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La UE estudia sancionar a Hungría por sus ayudas a las familias para aumentar la maternidad

24 de junio de 2019

La Unión Europea estudia sancionar a Hungría por sus ayudas a las familias para aumentar la maternidad

El Parlamento Europeo debate si inicia procedimientos disciplinarios contra Hungría por no cumplir con los valores de la UE, un movimiento que podría desembocar en la suspensión del derecho de voto de Budapest. El desacuerdo radica en las ayudas a las familias autóctonas para el fomento de la natalidad y «no depender de la inmigración», a diferencia de otros países europeos.

Orban es uno de los mayores críticos en la Unión Europa contra la inmigración masiva y la política comunitaria al respecto. La UE se opone a estas medidas proteccionistas de las familias y lleva años presionando al líder húngaro para que se someta a la agenda globalista. Las autoridades del país magiar estiman que estos temas se resolvieron tiempo atrás y son asuntos de soberanía nacional.

Precisamente, las políticas en favor de la familia del gobierno húngaro han logrado revertir la tendencia en favor de la muerte de Occidente y ha disminuido hasta en un 25% el número de abortos en su país.

Durante su discurso anual, Orban anunció un nuevo paquete de medidas económicas con el que pretende impulsar la natalidad y frenar el envejecimiento demográfico. El programa de siete puntos, que entrará en vigor en julio, contempla créditos por valor de unos 32.000 euros para las mujeres menores de 40 años que se casen por primera vez. Una suma que no tendrán que devolver si tienen tres o más hijos. Con el cuarto nacimiento, quedarán además exentas de pagar el impuesto sobre la renta de por vida. Por otro lado el Estado húngaro, que desde el 2016 es el que más invierte en políticas familiares a nivel europeo, prevé ampliar las subvenciones a las madres para adquirir inmuebles y automóviles.

FUENTE:

La UE estudia sancionar a Hungría por sus ayudas a las familias para aumentar la maternidad

demografia

7 de mayo de 2019

la esperanza de una Europa futura…

3 de mayo de 2013

la esperanza de una Europa futura…

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mujer-embarazada

 

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Las causas profundas de la “CRISIS”…

14 de diciembre de 2012

Las verdaderas causas de la presunta crisis económica

 
Hace unos años todavía teníamos que hacer un esfuerzo para convencer a la gente de que la incompetencia de la administración era un mero epifenómeno, un síntoma superficial de un problema mucho más profundo: la corrupción política e institucional. Eran tiempos en los que, para la mayoría de los ciudadanos, podía “haber” políticos corruptos, pero se trataba de casos aislados, como ocasionales y anecdóticas parecían también las escandalosas inepcias de los altos cargos y los profesionales del escaño. Hoy ya sabemos que no es así y, afortunadamente, la ciudadanía empieza a tener conciencia de que la corrupción es, como poco, un fenómeno generalizado, pero habría que ir todavía más allá: la corrupción no es una cuestión de cantidad, de “más o menos”, de manera que pudiérase ahora sostener que hay “mucha” o que incluso “todo” es corrupción, sino que -hete aquí nuestra tesis- la corrupción define la esencia misma del sistema oligárquico, éste es constitutiva y estructuralmente corrupto. De manera que quienes, en el mundo de la política, farfullan sobre regeneración democrática y nos explican el cuento de que si les votamos a ellos combatirán la corrupción (como si se tratara sólo de un problema de personas y no de un elemento o rasgo sistémico), son los futuros corruptos. En Italia ya han pasado por eso: partidos enteros se fundaron supuestamene para combatir la corrupción, o basaron sus campañas electorales en una presunta lucha contra la corrupción, por ejempo la Liga Norte. Pues bien, todos aquellos regeneradores han terminado implicados en casos de corrupción. Hay que empezar a hacerse preguntas, porque nos va la vida en ello.
 
Una primera consecuencia de la cotidiana lectura de los periódicos: la excepción es el político o administrador público honesto -alguien que, tarde o temprano, será expulsado del sistema precisamente por serlo-. Entonces, la pregunta que debemos plantearnos es por qué el sistema es necesariamente corrupto, por qué ha de serlo quiéranlo o no las personas, como entes individuales, ubicadas en los distintos escalones de la jerarquía político-administrativa.
 
De la incompetencia a la corrupción
 
Vayamos, empero, por pasos. Primero, de la incompetencia a la corrupción. En la actualidad estamos sufriendo una crisis económica que afecta a la práctica totalidad del mundo occidental, pero especialmente a Europa y, dentro de Europa, a países “meridionales” como Italia y España. A su vez, en España, la comunidad autónoma más afectada por la crisis -puede hablarse de bancarrota administrativa- es Cataluña. De ahí se podría concluir que la crisis económica de Occidente tiene en la sociedad catalana un ejemplo a la vez singular y único del que ya nos hemos ocupado en otras entradas de esta bitácora.
 
Pero la crisis económica no es más que una generalización de lo que antaño parecían casos puntuales de incompetencia. La crisis económica comporta algo así como una saturación de aparentes inepcias, el estallido de la antigua “incompetencia” en una falla estructural del sistema y, por tanto, en una crisis política e institucional de carácter técnico que reclama “mejores técnicos”, de ahí los casos de gestión directa del poder por parte de los tecnócratas… Ahora bien, tanta inepcia no puede atribuirse precisamente a errores técnicos que esos mismos técnicos puedan “solucionar”: nuestros políticos y administradores han demostrado ser, todos ellos en conjunto (y precisamente por ello ninguno asume responsabilidad alguna a título individual) unos incompetentes y esta “incompetencia” les impide incluso nombrar al técnico que pueda aportar las soluciones (el caso del ministro de economía español Luis de Guindos es patente: se trata de un directivo de Goldman Sachs, uno de los bancos causantes de la crisis).
 
La clave está en otro sitio. En efecto, al mismo tiempo, y paralelamente a la crisis económica, se observa un estallido de los casos de corrupción, de suerte que a la crisis institucional por inepcia (que podría mantenerse aislada y abordarse “técnicamente”) se añade una crisis institucional de idiosincrasia moral. La ciudadanía empieza a tener la certeza de que los políticos, además de unos incompetentes, que lo son sin duda alguna, son además unos pillos, unos auténticos ladrones y, en cualquier caso, que la crisis económica, de alguna manera, guarda una conexión con ese otro fenómeno más de fondo, a saber: la debacle política de un entramado institucional basado en el crimen. ¿Es esto un problema técnico? Pues allí donde existe corrupción se vulneran preceptos penales y la crisis redúcese realmente, en última instancia, al hecho de que los políticos roban o permiten que otros roben el dinero o los recursos de la sociedad. Este robo comporta la comisión de diversos delitos, como la prevaricación, la falsedad documental, el cohecho, etc.
 
Ahora bien, para que los políticos y altos cargos puedan cometer delitos de forma impune se necesita ante todo la complicidad del entero entramado de funcionarios, sindicatos y presuntos técnicos reclutados por concurso u oposición, empleados públicos encargados de distinguir entre los actos basados en la eficacia, la eficiencia y, hablando en términos muy generales, la racionalidad política y administrativa, y los actos fraudulentos inherentes al delito, técnicamente “irracionales”. Éstos vulneran la ley, cuando existe una ley que vulnerar. En otros casos, y a tenor del hecho de que las leyes las promueven los políticos, ni siquiera existe transgresión normativa, sino simple transgresión moral, por ejemplo las escandalosas dietas, jubilaciones y acumulaciones de cargos que leyes hechas a medida del expolio, permiten sin que pueda hablarse siquiera de delito. Habría que separar conceptualmente uno y otro aspecto a efectos jurídicos, aunque ambos en el fondo remiten a una raíz común: la crisis “institucional”, política.
 
Centrémonos, por el momento, en el primero. No sé si recordarán que un ministro del Partido Popular, el señor Zaplana, aprobó una norma en virtud de la cual los funcionarios no podían denunciar el acoso psicológico-laboral a la Inspección de Trabajo. Nadie se dio cuenta entonces -y, al parecer, tampoco se da cuenta ahora- de la enorme trascendencia de esa aparentemente inocua circular ministerial que dejaba inermes a los empleados públicos ante las presiones de los políticos y los altos cargos nombrados a dedo por los políticos.
 
De la corrupcíón a la criminalidad
 
Que la promoción profesional de los servidores públicos no dependa de su eficiencia, preparación y eficacia, sino de la confianza que inspiren al político o alto cargo de turno, significa que quienes van a controlar las palancas de mando serán, precisamente, aquellos que, conscientes de cuál es el camino para medrar y no disponiendo de otro por su falta de preparación o inteligencia, actuarán siempre, no como funcionarios servidores de la ley, sino como miembros del “equipo” particular del político de turno, es decir, de aquellos que se muestran, ante todo, leales al jefe. Por el contrario, los funcionarios conscientes de su preparación y eficacia no dependen de dicha lealtad mafiosa, pueden apelar al mérito que, según la norma legal, debería regir la carrera administrativa. Pues bien, contra estos funcionarios legalistas y mejor preparados se pensó la circular de Zaplana. Porque si el político quiere sacarle “partido” a su cargo, necesita funcionarios corporativisas leales al jefe y, al mismo tiempo, debe combatir a los funcionarios honestos, legalistas y más capacitados precisamente en cuanto dependen sólo de sí mismos, del mérito -y no de los favores– en su gestión administrativa. El acoso laboral es el arma que, con la inestimable colaboración de esa banda de mafiosos y corruptos comprados con sobres de dinero negro que son los sindicalistas, permite doblegar la voluntad del funcionario legalista y destruirle como profesional. Pero, ¿qué sucede con una administración que promueve a los ineptos y a los tolerantes con las irregularidades, mientras coloca de baja médica a los más capacitados? El resultado sólo puede ser el desastre. Y al final el desastre llegó, porque tenía que llegar.
 
Ya se perfila, pues, muy resumida, la oscura relación entre incompetencia y corrupción. Los dos fenómenos que permiten conectar ambos facta aparentemente independientes son el corporativismo y el acoso laboral o mobbing, haz y envés de un mecanismo único de subordinación de la legalidad, la racionalidad y la verdad a ciertos opacos “intereses”. Pero no veo que en ningún periódico o medio de comunicación se hable sobre el tema. Tenemos artículos sobre la crisis, y tenemos artículos sobre casos de corrupción. Pero los periodistas, que en esto también son, como los sindicalistas, pseudo profesionales comprados por el poder, se guardan muy mucho de analizar y explicarle a la gente algo tan sencillo como el sentido de la circular de Zaplana, la relación entre crisis económica y saqueo del erario público o, más en general, vulneración sistemática de la ley, perpetrada impunemente ante los ojos de millones de funcionarios que, al parecer, cuando van a trabajar no ven ni oyen nada; el misterioso nexo entre cosas como el acoso laboral impune y la quiebra de las administraciones públicas.
 
Salimos así de la crisis económica, de la incompetencia generalizada y de la bancarrota técnica de un sistema gobernado por técnicos (muy pagados de sí mismos, arrogantes por lo que respecta a las humanidades, pero unos técnicos que nos han llevado a la ruina), para llegar a la criminalidad estructural de un dispositivo administrativo que implica a funcionarios, sindicalistas, altos cargos y políticos. La crisis económica no es económica, es esencialmente política; o, en otros términos, es consecuentemente económica sólo porque causalmente fue, desde el principio, una crisis política.
 
De la criminalidad al genocidio
 
Los ciudadanos se preguntarán de dónde surge esta criminalidad estructural. Porque algo tan enorme como lo que estamos denunciando aquí no puede suceder por casualidad. Hablamos, no de una corrupción más o menos generalizada, insisto en ello, sino de una organización criminal -el estamento político- consciente de que lo es; de unas administraciones que amparan mafias al servicio de ciertos delincuentes llamados “políticos”, testaferros del poder económico-financiero; de gentes que, enquistadas en las más altas cúpulas del poder, son perfectamente sabedoras de la verdad y han diseñado el sistema institucional actual precisamente con tales fines delictivos o radicalmente inmorales (con fines que nunca podrían ser públicamente reconocidos). Esta es la verdad: nuestras existencias como ciudadanos transcurren envueltas en la ficción, en el fraude sostenido como un decorado de cartón piedra, consistente en la ingenua creencia de que nuestros representantes públicos son personas decentes y bienintencionadas. No lo son. Tantos casos de corrupción, incontables ya y únicamente la punta del iceberg de una realidad que jamás llegará a los juzgados o la prensa, resultarían imposibles si todo un estamento político no sólo los hubiera permitido, no sólo los hubiera querido, sino que desde el principio se hubiera organizado con ese objetivo. ¿Qué fin? Manipular, engañar, explotar y saquear literalmente a la inmensa mayoría de los ciudadanos en beneficio de una élite denominada oligarquía. De ahí que, desde las primeras líneas, hablemos de sistema oligárquico y no de sistema democrático. La democracia liberal actual es una impostura, un teatrillo de ladrones, criminales y asesinos. Simplemente no existe esa “democracia” y la rebelión ciudadana sólo puede consistir en llegar a tomar conciencia, en conseguir entender de una santa vez el significado del concepto “sistema oligárquico”.
 
Por este motivo tenemos que ir todavía más allá. ¿Hay más aún? Sí.
Es menester preguntarse por los orígenes del sistema oligárquico. Son esos orígenes los que permiten comprender por qué los fundamentos mismos de la presunta “democracia” emanan ab ovo de la organización de un dispositivo criminal controlado por la alta finanza y los políticos. Y ese origen es el genocidio. El actual aparato de poder se instauró tras la Segunda Guerra Mundial sobre la base legitimadora del juicio de Nüremberg, la Declaración Universal de los Derechos Humanos y la narración oficial del Holocausto. Tales tres son los pilares ideológico-propagandísticos del sistema oligárquico. Tras ellos se esconden, empero, genocidios impunes, como hemos argumentado en otras entradas harto conocidas de esta bitácora. Nuestros políticos son criminales porque antes fueron, y son hasta el día de hoy, genocidas. Sus latrocinios, sus manipulaciones, ilegalidades, mentiras…, representan muy poca cosa comparados con los cadáveres hundidos en el fondo de esa charca infecta denominada “democracia”. Los casos de corrupción son como una delgada capa de moho flotando en la superficie del agua putrefacta. Si apartamos esa mera apariencia contemplaremos con horror los rostros de silenciosas víctimas que, por millones, yacen en el fondo.
 
Es lo que hemos intentado explicar en el libro La manipulación de los indignados (2012).

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FUENTE:
http://www.nacional-revolucionario.blogspot.com.es/2012/12/las-verdaderas-causas-de-la-presunta.html

JUANA DE ARCO…¿Cabalgará… de nuevo?

8 de junio de 2012


En sus actos públicos de campaña, utiliza una gran estatua de la heroína nacional francesa, Santa Juana de Arco, quien murió martirizada el 30 de Mayo de 1431, a los 19 años de edad, canonizada en 1920 por el Papa Benedicto XV.
(…/…)
En las recientes elecciones presidenciales francesas del 21 de abril, Marine Le Pen obtuvo  el tercer lugar con 6 millones 421 mil votos, equivalentes al 17,90% de los votos.
Para la segunda vuelta electoral, del 6 de mayo, anunció que no apoyará a ninguno de los 2 candidatos finalistas: el falsamente derechista Sarkozy, hijo de judíos húngaros, y el socialista Hollande, descendiente de judíos holandeses.
(…/…)
Fuente:

La raza europea… en peligro de desaparecer…!

25 de mayo de 2012

El biólogo evolutivo de la Universidad de Reading, Mark Pagel era uno de los científicos que pensaban que las razas humanas no tenían base científica, pero Pagel ha cambiado totalmente de opinión y da su testimonio:

Hay una censura muy intensa en la manera que se nos permite pensar y hablar de la diversidad de la gente en la Tierra. Oficialmente, “somos todos iguales: no hay razas”. Erróneo, como las viejas ideas sobre la raza; los estudios modernos sobre el genoma revelan un panorama sorprendente, apasionante y diferente de la diversidad genética humana. Por término medio, unas razas somos genéticamente similares a otras en un 99,5%. Este porcentaje no es el que se barajaba antes; es menor que el calculado previamente, que era del orden del 99,9%. Para poner en perspectiva esta diferencia, que puede parecer minúscula, hay que subrayar que genéticamente somos similares en alrededor de un 98,5%, o puede que más, a los chimpancés, que son nuestros parientes evolutivos más próximos. En otras palabras, este nuevo porcentaje reviste gran importancia para nosotros. Entre otras cosas, deriva de muchas diferencias genéticas pequeñas que se han conocido a partir de estudios comparativos de poblaciones humanas. Todo esto significa guste o no, que puede haber muchas diferencias genéticas entre poblaciones humanas, incluso diferencias que podrían corresponder a la antigua clasificación por razas, y diferencias que son reales, en el sentido de que hacen a un grupo determinado mejor que otro a la hora de dar respuesta a un determinado problema particular del medio en que se desenvuelve. Esto no quiere decir en modo alguno que haya un grupo que en general sea “superior” a otro, o que un grupo debería ser preferido sobre otro. Ahora bien, nos pone sobre aviso de que debemos estar dispuestos a hablar de diferencias genéticas entre poblaciones humanas.

 

El actor británico John Rhys-Davies quien personificó a “Gimli” en la película de Peter Jackson, El Señor de los Anillos (2001-2003), basada en la obra de J. R. R. Tolkien, declaró en una entrevista de 2004: “Existe una catástrofe demográfica que está ocurriendo en Europa y de la que nadie quiere hablar, que no nos atrevemos a plantear porque tenemos miedo de ofender a las personas por cuestiones raciales. Y claro que debemos ser respetuosos. Pero hay algo cultural también… En 2020, el 50% de los niños en los Países Bajos menores de 18 años será de origen musulmán… Y que no se olvide, aunado a esto está este colapso en los números. Los europeos no están teniendo bebés. La población de Alemania a finales del siglo va a ser el 56% de lo que es ahora. Las poblaciones de Francia, el 52% de lo que es ahora. La población de Italia estará por debajo de las 7 millones de personas… Yo creo que Tolkien dice que ciertas generaciones serán desafiadas. Y si no se levantan para enfrentar ese desafío, perderán su civilización. Eso tiene una verdadera resonancia en mí. Estoy a favor de la cultura blanca tradicional… Estoy enterrando mi carrera de manera tan notoria en estas entrevistas que es doloroso. Pero creo que hay algunas preguntas que exigen respuestas honestas“.

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Nota de Tresmontes:

El texto arriba copiado es parte de un post publicado en el blog Nueva Europa.

La “desinformación” informativa… del “Ministro de la Verdad”…

9 de mayo de 2012

 

…Cuando los datos presuntamente informativos son abrumadoramente abundantes tratar de decubrir o conocer lo que más se acerque a la realidad objetiva es tarea muy difícil… Es posible que las medias verdades y las medias mentiras estén repartidas emn proporciones parejas…. Nuestra misión y desafío es distinguirlas…

Aquí tenemos un blog ( http://winstonsmithministryoftruth.blogspot.com.es) que tiene muy interesantes y sorprendentes informaciones. Probablemente en su mayoría son ciertas… pero, siempre queda  la duda…En todo caso, está inspirado en el Ministerio de la Verdad que George Orwell describió en su profético libro “1984”…

Friday, 31 December 2010

Non-Jews are dogs

Jewish professor Sacha Stern writes:

“The non-Jews are considered similar to dogs; they are even, according to the Mekhilta, of a lesser account than dogs. Ishmael, the ancestor of the Arabs, is “equal to a dog”, for both he and the dog eat carrion. Eating together with an uncircumcised is like eating together with a dog: for a dog is also uncircumcised. R. Akiva told Turnus Rufus that he appeared to him in a dream as a dog, and with good reason: for ‘what is the difference between you and dogs-you eat and drink, and so do they, you bear fruits and multiply, and so do they, you will eventually die, and so will they.’

It is quite clear that these statements aim at conveying that the non-Jews share
the general features of the animal world, and particularly the lowliness of dogs.”
Jewish professor Israel Shahak writes:
“Thus an Orthodox Jew learns from his earliest youth, as part of his sacred studies, that
Gentiles are compared to dogs, that it is a sin to praise them, and so on and so forth.”
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Fuente:

Thursday, 30 December 2010

“A woman is a sack full of excrement”

The Talmud, the highest authority in Rabbinical Judaism, has some charming things to say on the fairer sex:

Professor Israel Shahak of the Hebrew University of Jerusalem, a survivor of the Warsaw Ghetto & Nazi concentration camp Bergen-Belsen writes:
“The numerous misogynistic statements in the Talmud and in talmudic literature constitute a part of every Haredi male’s sacred study. The statement in Tractate Shabat, page 152b, defining a woman is exemplary: ‘A woman is a sack full of excrement.'” page 38

The Soncino, English language edition of the Babylonian Talmud, Shabbath 152a reads:
“Though a woman be as a pitcher full of filth and her mouth full of blood, yet all speed after her.” source
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Fuente:

…SE INTENTÓ MATAR DE HAMBRE A ALEMANIA

12 de abril de 2012

http://mises.org/daily/4308

En la dirección de arriba se informa de cómo en el siglo XX, reiteradamente se intentó destruir a Alemania mediante el genocidio, siendo éste un tema tabú silenciado en todos los medios de comunicación…desde 1945. Seguidamente publicamos la citada información en versión original:

The Blockade and Attempted Starvation of Germany

Mises Daily:Friday, May 07, 2010 by

[The Politics of Hunger: Allied Blockade of Germany, 1915-1919 • By C. Paul Vincent • Ohio University Press (1985) • 185 pages. This review was first published in the Review of Austrian Economics 3, no. 1.]

The Politics of Hunger: Allied Blockade of Germany, 1915-1919

States throughout history have persisted in severely encumbering and even prohibiting international trade. Seldom, however, can the consequences of such an effort — the obvious immediate results as well as the likely long-range ones — have been as devastating as in the case of the Allied (really, British) naval blockade of Germany in the First World War. This hunger blockade belongs to the category of forgotten state atrocities of the twentieth century. (Similarly, who now remembers the tens of thousands of Biafrans starved to death during the war of independence through the policy of the Nigerian generals supported by the British government?) Thus, C. Paul Vincent, a trained historian and currently library director at Keene State College in New Hampshire, deserves our gratitude for recalling it to memory in this scholarly and balanced study.

Vincent tellingly recreates the atmosphere of jubilation that surrounded the outbreak of the war that was truly the fateful watershed of the twentieth century. While Germans were overcome by an almost mystical sense of community (the economist Emil Lederer declared that now Gesellschaft [Society] had been transformed into Gemeinschaft [Community]), the British gave themselves over to their own patented form of cant. The socialist and positivist utopian H.G. Wells, for instance, gushed: “I find myself enthusiastic for this war against Prussian militarism. … Every sword that is drawn against Germany is a sword drawn for peace.” Wells later coined the mendacious slogan “the war to end war.”

As the conflict continued, the state-socialist current that had been building for decades overflowed into massive government intrusions into every facet of civil society, especially the economy. The German Kriegssozialismus that became a model for the Bolsheviks on their assumption of power is well known, but, as Vincent points out: “the British achieved control over their economy unequaled by any of the other belligerent states.”

Everywhere state seizure of social power was accompanied and fostered by propaganda drives unparalleled in history to that time. In this respect, the British were very much more successful than the Germans, and their masterly portrayal of the “Huns” as the diabolical enemies of civilization, perpetrators of every imaginable sort of “frightfulness,”[1] served to mask the single worst example of barbarism in the whole war, aside from the Armenian massacres.

This was what Lord Devlin frankly calls “the starvation policy” directed against the civilians of the Central Powers (particularly Germany),[2] the plan that aimed, as Winston Churchill, First Lord of the Admiralty in 1914 and one of the framers of the scheme, admitted, to “starve the whole population — men, women, and children, old and young, wounded and sound — into submission.”[3]

The British policy was in contravention of international law on two major points.[4] First, in regard to the character of the blockade, it violated the Declaration of Paris of 1856, which Britain itself had signed, and which, among other things, permitted “close” but not “distant” blockades. A belligerent was allowed to station ships near the three-mile limit to stop traffic with an enemy’s ports; it was not allowed simply to declare areas of the high seas comprising the approaches to the enemy’s coast to be off-limits.

This is what Britain did on November 3,1914, when it announced, allegedly in response to the discovery of a German ship unloading mines off the English coast, that henceforth the whole of the North Sea was a military area, which would be mined and into which neutral ships proceeded “at their own peril.” Similar measures in regard to the English Channel insured that neutral ships would be forced to put into British ports for sailing instructions or to take on British pilots. During this time they could easily be searched, obviating the requirement of searching them on the high seas.

This introduces the second and even more complex question: that of contraband. Briefly, following the lead of the Hague Conference of 1907, the Declaration of London of 1909 considered food to be “conditional contraband,” that is, subject to interception and capture only when intended for the use of the enemy’s military forces. This was part of the painstaking effort, extending over generations, to strip war of its most savage aspects by establishing a sharp distinction between combatants and noncombatants. Among the corollaries of this was that food not intended for military use could legitimately be transported to a neutral port, even if it ultimately found its way to the enemy’s territory. The House of Lords had refused its consent to the Declaration of London, which did not, consequently, come into full force. Still, as the US government pointed out to the British at the start of the war, the declaration’s provisions were in keeping “with the generally recognized principles of international law.” As an indication of this, the British admiralty had incorporated the Declaration into its manuals.

The British quickly began to tighten the noose around Germany by unilaterally expanding the list of contraband and by putting pressure on neutrals (particularly the Netherlands, since Rotterdam more than any other port was the focus of British concerns over the provisioning of the Germans) to acquiesce in its violations of the rules. In the case of the major neutral, the United States, no pressure was needed. With the exception of the beleaguered secretary of state, William Jennings Bryan, who resigned in 1915, the American leaders were amazingly sympathetic to the British point of view. For example, after listening to complaints from the Austrian ambassador on the illegality of the British blockade, Colonel House, Wilson’s intimate advisor on foreign affairs, noted in his diary: “He forgets to add that England is not exercising her power in an objectionable way, for it is controlled by a democracy.”[5]

The Germans responded to the British attempt to starve them into submission by declaring the seas around the British Isles a “war zone.” Now the British openly announced their intention of impounding any and all goods originating in or bound for Germany. Although the British measures were lent the air of reprisals for German actions, in reality the great plan was hatched and pursued independently of anything the enemy did or refrained from doing:

The War Orders given by the Admiralty on 26 August [1914] were clear enough. All food consigned to Germany through neutral ports was to be captured and all food consigned to Rotterdam was to be presumed consigned to Germany. … The British were determined on the starvation policy, whether or not it was lawful.[6]

The effects of the blockade were soon being felt by the German civilians. In June 1915, bread began to be rationed. “By 1916,” Vincent states, “the German population was surviving on a meager diet of dark bread, slices of sausage without fat, an individual ration of three pounds of potatoes per week, and turnips,” and that year the potato crop failed. The author’s choice of telling quotations from eye witnesses helps to bring home to the reader the reality of a famine such as had not been experienced in Europe outside of Russia since Ireland’s travail in the 1840s. As one German put it: “Soon the women who stood in the pallid queues before shops spoke more about their children’s hunger than about the death of their husbands.”

An American correspondent in Berlin wrote:

Once I set out for the purpose of finding in these food-lines a face that did not show the ravages of hunger. … Four long lines were inspected with the closest scrutiny. But among the 300 applicants for food there was not one who had had enough to eat for weeks. In the case of the youngest women and children the skin was drawn hard to the bones and bloodless. Eyes had fallen deeper into the sockets. From the lips all color was gone, and the tufts of hair which fell over the parchmented faces seemed dull and famished — a sign that the nervous vigor of the body was departing with the physical strength.

Vincent places the German decision in early 1917 to resume and expand submarine warfare against merchant shipping — which provided the Wilson administration with its final pretext for entering the war — in the framework of collapsing German morale. The German U-boat campaign proved unsuccessful and, in fact, by bringing the United States into the conflict, aggravated the famine.

“Soon the women who stood in the pallid queues before shops spoke more about their children’s hunger than about the death of their husbands.”

“Wilson ensured that every loophole left open by the Allies for the potential reprovisioning of Germany was closed … even the importation of foodstuffs by neutrals was prevented until December 1917.” Rations in Germany were reduced to about one thousand calories a day. By 1918, the mortality rate among civilians was 38 percent higher than in 1913; tuberculosis was rampant, and, among children, so were rickets and edema. Yet, when the Germans surrendered in November 1918, the armistice terms, drawn up by Clemenceau, Foch, and Pétain, included the continuation of the blockade until a final peace treaty was ratified.

In December 1918, the National Health Office in Berlin calculated that 763,000 persons had died as a result of the blockade by that time; the number added to this in the first months of 1919 is unknown.[7] In some respects, the armistice saw the intensification of the suffering, since the German Baltic coast was now effectively blockaded and German fishing rights in the Baltic annulled.

One of the most notable points in Vincent’s account is how the perspective of “zoological” warfare, later associated with the Nazis, began to emerge from the maelstrom of ethnic hatred engendered by the war. In September 1918, one English journalist, in an article titled “The Huns of 1940,” wrote hopefully of the tens of thousands of Germans now in the wombs of famished mothers who “are destined for a life of physical inferiority.”[8] The “famous founder of the Boy Scouts, Robert Baden-Powell, naively expressed his satisfaction that the German race is being ruined; though the birth rate, from the German point of view, may look satisfactory, the irreparable harm done is quite different and much more serious.”

Against the genocidal wish-fantasies of such thinkers and the heartless vindictiveness of Entente politicians should be set the anguished reports from Germany by British journalists and, especially, army officers, as well as by the members of Herbert Hoover’s American Relief Commission. Again and again they stressed, besides the barbarism of the continued blockade, the danger that famine might well drive the Germans to Bolshevism. Hoover was soon persuaded of the urgent need to end the blockade, but wrangling among the Allies, particularly French insistence that the German gold stock could not be used to pay for food, since it was earmarked for reparations, prevented action.

In early March 1919, General Herbert Plumer, commander of the British Army of Occupation, informed Prime Minister Lloyd George that his men were begging to be sent home; they could no longer stand the sight of “hordes of skinny and bloated children pawing over the offal” from the British camps. Finally, the Americans and British overpowered French objections, and at the end of March, the first food shipments began arriving in Hamburg. But it was only in July, after the formal German signature to the Treaty of Versailles, that the Germans were permitted to import raw materials and export manufactured goods.

Besides the direct effects of the British blockade, there are the possible indirect and much more damaging effects to consider. A German child who was ten years old in 1918, and who survived, was twenty-two in 1930. Vincent raises the question of whether the miseries and suffering from hunger in the early, formative years help account to some degree for the enthusiasm of German youth for Nazism later on. Drawing on a 1971 article by Peter Loewenberg, he argues in the affirmative.[9] Loewenberg’s work, however, is a specimen of psychohistory and his conclusions are explicitly founded on psychoanalytic doctrine.

Although Vincent does not endorse them unreservedly, he leans toward explaining the later behavior of the generation of German children scarred by the war years in terms of an emotional or nervous impairment of rational thought. Thus, he refers to “the ominous amalgamation of twisted emotion and physical degradation, which was to presage considerable misery for Germany and the world” and which was produced in large part by the starvation policy.

But is such an approach necessary? It seems perfectly plausible to seek for the mediating connections between exposure to starvation (and the other torments caused by the blockade) and later fanatical and brutal behavior in commonly intelligible (though, of course, not thereby justifiable) human attitudes generated by the early experiences. These attitudes would include hatred, deep-seated bitterness and resentment, and a disregard for the value of life of “others” because the value of one’s “own” life had been so ruthlessly disregarded.

A starting point for such an analysis could be Theodore Abel’s 1938 work, Why Hitler Came into Power: An Answer Based on the Original Life Stories of Six Hundred of His Followers. Loewenberg’s conclusion after studying this work is that “the most striking emotional affect expressed in the Abel autobiographies are the adult memories of intense hunger and privation from childhood.”[10] An interpretation that would accord the hunger blockade its proper place in the setting for the rise of Nazi savagery has no particular need for a psychoanalytical or physiological underpinning.

Occasionally Vincent’s views on issues marginal to his theme are distressingly stereotyped: he appears to accept an extreme Fischer-school interpretation of guilt for the origin of the war as adhering to the German government alone, and, concerning the fortunes of the Weimar Republic, he states: “That Germany lost this opportunity is one of the tragedies of the twentieth century. … Too often the old socialists seemed almost terrified of socialization.”

The cliché that, if only heavy industry had been socialized in 1919, then German democracy could have been saved, was never very convincing.[11] It is proving less so as research begins to suggest that it was precisely the Weimar system of massive state intervention in the labor markets and the advanced welfare-state institutions (the most “progressive” of their time) that so weakened the German economy that it collapsed in the face of the Great Depression.[12] This collapse, particularly the staggering unemployment that accompanied it, has long been considered by scholars to have been a major cause of the Nazi rise to power in 1930–33.

These are, however, negligible points in view of the service Vincent has performed both in reclaiming from oblivion past victims of a murderous state policy and in deepening our understanding of twentieth-century European history. There has recently occurred in the Federal Republic of Germany a “fight of historians” over whether the Nazi slaughter of the European Jews should be viewed as “unique” or placed within the context of other mass murders, specifically the Stalinist atrocities against the Ukrainian peasantry.[13] Vincent’s work suggests the possibility that the framework of the discussion ought to be widened more than any of the participants has so far proposed.

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Ralph Raico, Professor Emeritus in European history at Buffalo State College is a senior fellow of the Mises Institute. He is a specialist on the history of liberty, the liberal tradition in Europe, and the relationship between war and the rise of the state. He is the author of The Place of Religion in the Liberal Philosophy of Constant, Tocqueville, and Lord Acton. You can study the history of civilization under his guidance here: MP3-CD and Audio Tape. Send him mail. See Ralph Raico’s article archives.

This review was first published in the Review of Austrian Economics 3, no. 1.

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Notes

[1] Cf. H.C. Peterson, Propaganda for War. The Campaign against American Neutrality, 1914–1917 (Norman, Okla.: University of Oklahoma Press, 1939), especially pp. 51-70, on propaganda regarding German “atrocities.”

[2] Patrick Devlin, Too Proud to Fight: Woodrow Wilson’s Neutrality (New York: Oxford University Press, 1975), pp. 193–98.

[3] Cited in Peterson, Propaganda, p. 83.

[4] Cf. Devlin, Too Proud to Fight, pp. 158–67,191–200; and Thomas A. Bailey and Paul B. Ryan, The Lusitania Disaster: An Episode in Modern Warfare and Diplomacy (New York: Free Press, 1975), pp. 27–33.

[5] Cited in Walter Millis, Road to War: America, 1914–1917 (Boston: Houghton Mifflin, 1935), p. 84. The US government’s bias in favor of the Allied cause is well documented. Thus, even such an “establishment” diplomatic historian as the late Thomas A. Bailey, in his A Diplomatic History of the American People, 9th ed. (Englewood Cliffs, N.J.: Prentice-Hall, 1974), p. 572, states: “The obvious explanation of America’s surprising docility [in the face of British violations of neutrals’ rights] is that the Wilson administration was sympathetic with the Allies from the beginning.” The partisanship of Wilson, his advisor Colonel House, Secretary of State Robert Lansing, and, especially, the American ambassador to England, Walter Hines Page, is highlighted in Bailey’s even-handed account of the entry of the United States into the war (pp. 562–95). The reader may find it an interesting exercise to compare Bailey’s treatment with that from a newer generation of “establishment” authority, Robert H. Ferrell, American Diplomacy: A History, 3rd ed. (New York: Norton, 1975), pp. 456–74. Ferrell gives no hint of the administration’s bias toward Britain. Of the notorious British propaganda document luridly detailing the nonexistent German atrocities in Belgium, he writes: “It is true that in the light of postwar investigation the veracity of some of the deeds instanced in the Bryce Report has come into question” (p. 462). (On the Bryce Report, see Peterson, Propaganda, pp. 53-58, and Phillip Knightley, The First Casualty [New York: Harcourt Brace Jovanovich, 1975], pp. 83–84.) Ferrell’s account could itself pass muster as somewhat refined Entente propaganda. Lest American college students miss the moral of his story, he ends with the assertion: “It was certainly in the interest of national security to go to war … logic demanded entrance.”

[6] Devlin, Too Proud to Fight, pp. 193, 195.

[7] The British historian Arthur Bryant, writing in 1940, put the figure even higher, at 800,000 for the last two years of the blockade, “about fifty times more than were drowned by submarine attacks on British shipping.” Cited in J.F.C. Fuller, The Conduct of War, 1789–1961 (London: Eyre & Spottiswoode, 1961), p. 178.

[8] F.W. Wile, “The Huns of 1940,” Weekly Dispatch, September 8,1918. Vincent notes that he is citing the article from a book published in Stuttgart in 1940.

[9] Peter Loewenberg, “The Psychohistorical Origins of the Nazi Youth Cohorts,” American Historical Review 76, no. 5 (December 1971): 1457–502. Loewenberg writes, for instance:

The war and postwar experiences of the small children and youth of World War I explicitly conditioned the nature and success of National Socialism. The new adults who became politically effective after 1929 and who filled the ranks of the SA and the other paramilitary party organizations … were the children socialized in the First World War. (p. 1458)

[10] Ibid., p. 1499.

[11] The leading advocate of socialization in Germany after the war was Emil Lederer, whose remarks about Gemeinschaft and Gesellschaft were cited previously. He denied, however, that the socialized economy would be more productive than capitalism. See Karl Pribram, A History of Economic Reasoning (Baltimore: Johns Hopkins University Press, 1983), p. 382.

[12] The recent debate among German economic historians on this question is discussed in Jürgen von Kruedener, “Die Überforderung der Weimarer Republik als Sozialstaat,” Geschichte und Gesellschaft 11, no. 3 (1985): 358-76.

[13] Historiker- “Streit.” Die Dokumentation der Kontroverse um die Einzigartigkeit der nationalsozialistischen Judenvernichtung (Munich: Piper, 1987).

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TRADUCCIóN AL CASTELLANO:

Los estados a lo largo de la historia han persistido en dificultar severamente e incluso prohibir el comercio internacional. Sin embargo, casi nunca las consecuencias de dicho intento (tanto en los resultados evidentes inmediatos como probablemente en los de largo plazo) pueden haber sido tan devastadoras como en el casi del bloqueo naval aliado (realmente británico) a Alemania en la Primera Guerra Mundial. Este bloqueo de hambre pertenece a la categoría de las atrocidades estatales olvidadas del siglo XX. (Igualmente, ¿quién recuerda hoy a las decenas de biafreños muertos por hambre durante la guerra de independencia por la política de los generales nigerianos apoyados por el gobierno británico?) Así, C. Paul Vincent, un veterano historiador y actualmente director de la biblioteca, en el Keene State College en New Hampshire, merece nuestra gratitud por traerlo a la memoria en este estudio erudito y equilibrado.
Vincent recrea eficazmente la atmósfera de júbilo que rodeó al estallido de la guerra que fue en realidad el hito funesto del siglo XX. Mientras que los alemanes estaban poseídos por un sentido casi místico de comunidad (el economista Emil Lederer declaraba que ahora la Gesellschaft [sociedad] se había transformado en Gemeinschaft[comunidad]), los británicos se entregaban a propia forma patentada de hipocresía. El socialista y utópico positivista H.G. Wells, por ejemplo, decía efusivamente: “Me encuentro entusiasmado por esta guerra contra el militarismo prusiano. (…) Toda espada que se empuñe contra Alemania, es una espada que se empuña por la paz”. Well acuñó más tarde el falso lema: “la guerra para acabar con la guerra”.
Mientras continuaba el conflicto, el actual estado socialista que se había venido construyendo durante décadas se desbordó con masivas intrusiones del gobierno en todas las facetas de la sociedad civil, especialmente en la economía. El Kriegssozialismusalemán que se convertiría en un modelo para los bolcheviques en su ascenso al poder es bien conocido, pero, como apunta Vincent: “los británicos alcanzaron un control sobre toda la economía sin parangón con ningún otro estado beligerante”.
En todas partes la apropiación del poder social por el estado estaba acompañada y estimulada por labores de propaganda sin precedentes en la historia. A este respecto, los británicos tuvieron mucho más éxito que los alemanes y su magistral retrato de los “hunos”como diabólicos enemigos de la civilización, perpetradores de todo tipo de“horror” imaginable,[1]servía para enmascarar el peor ejemplo de barbarie de toda la guerra, aparte de las masacres armenias.
A éste lo llama abiertamente Lord Devlin, “la política del hambre”, dirigida contra los civiles de las Potencias Centrales (particularmente Alemania),[2] el plan que se dirigía, como admitía Winston Churchill, Primer Lord del Almirantazgo en 1914 y uno de los redactores del plan, a “hacer pasar hambre a toda la población (hombres, mujeres y niños, jóvenes y viejos, heridos y sanos) para que se rinda”.[3]
La política británica contradecía el derecho internacional en dos puntos principales.[4]Primero, respecto del carácter del bloqueo, violaba la Declaración de París de 1856, que había firmado la propia Gran Bretaña y que, entre otras cosas, permitía bloqueos “cercanos”, pero no “distantes”. Se permitía a un beligerante estacionar buques cerca del límite de las tres millas para detener el tráfico con puertos enemigos; no se permitía sencillamente declarar áreas de alta mar que incluyeran las aproximaciones a la costa enemiga fuera de esos límites.
Eso es lo que hizo Gran Bretaña el 3 de noviembre de 1914, cuando anunció, supuestamente en respuesta al descubrimiento de un barco alemán desplegando minas cerca de la costa inglesa, que desde entonces todo el Mar del Norte era área militar, que podía minarse y en la que los barcos neutrales actuarían “bajo su propio riesgo”. Medidas similares respecto del Canal de la Mancha aseguraban que los barcos neutrales se vieran obligados a arribar a puertos ingleses para recibir instrucciones de navegación o recoger pilotos ingleses. Durante este periodo podían ser revisados, evitando el requisito de buscarlos en alta mar.
Eso introduce la segunda y aún más compleja cuestión: la del contrabando. En pocas palabras, siguiendo el camino de la Conferencia de La Haya de 1907, la Declaración de Londres de 1909 consideraba que la comida era “contrabando condicional”, es decir, estaba sujeta a intercepción y captura solo cuando s dirigía al uso de las fuerzas militares del enemigo. Esto era parte del meticuloso trabajo, extendido durante generaciones, de quitar a la guerra sus aspectos más salvajes estableciendo una clara distinción entre combatientes y no combatientes. Entre los corolarios de esto estaba que la comida que no tuviera un uso militar podía transportarse legítimamente a un puerto neutral, incluso si acabara llegando al territorio enemigo. La Cámara de los Lores había rechazado dar su consentimiento a la Declaración de Londres, que, en consecuencia, no tenía vigencia plena. Aún así, como apuntó el gobierno de EEUU al británico al inicio de la guerra, las provisiones de la declaración en general seguían “los principios generalmente reconocidos del derecho internacional”. Como una indicación de esto, el almirantazgo inglés había incorporado la Declaración a sus manuales.
Los británicos empezaron pronto a apretar el dogal alrededor de Alemania expandiendo unilateralmente la lista del contrabando y presionando a los neutrales (especialmente a Holanda, ya que Rotterdam, más que ningún otro puerto, era el foco de las preocupaciones inglesas respecto del aprovisionamiento de los alemanes) para que consintieran sus violaciones de las leyes. En el caso del neutral más importante, Estados Unidos, no hizo falta ninguna presión. Con la excepción del atribulado secretario de estado, William Jennings Bryan, que dimitió en 915, los líderes estadounidenses fueron asombrosamente simpatizantes con el punto de vista británico. Por ejemplo, después de escuchar las quejas del embajador austriaco sobre la legalidad del bloqueo británico, el coronel House, el íntimo asesor de Wilson en asuntos exteriores, apuntaba en su diario: “Olvida añadir que Inglaterra no está ejercitando su poder de una forma objetable, pues está controlada por una democracia”.[5]
Los alemanes respondieron al intento británico rendirles por hambre declarando a los mares alrededor de las Islas Británicas como “zona de guerra”. Entonces los británicos anunciaron abiertamente su intención de incautarse de todos y cada uno de los bienes originados o en camino hacia Alemania. Aunque a las medidas británicas se les dio el aspecto de represalias por las acciones alemanas, en realidad el gran plan se habría urdido y realizado independientemente de cualquier cosa que hiciera o dejara de hacer el enemigo:
Las Órdenes de Guerra del Almirantazgo del 26 de agosto [de 1914] eran muy claras. Iba a capturarse toda la comida consignada a Alemania a través de puertos neutrales e iba a considerarse que toda la comida consignada a Rotterdam estaba consignada a Alemania. (…) Los británicos estaban determinados en su política del hambre, fuera ajustada a derecho o no.[6]
Los efectos del bloqueo se sintieron pronto entre los civiles alemanes. En junio de 1915, el pan empezó a estar racionado. “En 1916”, dice Vincent, “la población alemana sobrevivía con una mísera dieta de pan negro, rodajas de salchichas sin grasa, una ración individual de tres libras de patatas por semana y nabos” y en ese año se perdió la cosecha de patatas. La elección del autor de contar citas de testigos oculares para llevar al lector la realidad de una hambruna como no se había experimentado en Europa fuera de Rusia desde las tribulaciones irlandesas de la década de 1840. Como decía un alemán: “Pronto las mujeres que esperaban en las pálidas colas hablaron más del hambre de sus hijos que de la muerte de sus maridos.
Un corresponsal estadounidense en Berlín escribía:
Una vez salí con el propósito de encontrar en estas colas de comida una cara que no mostrara los estragos del hambre. (…) Inspeccioné con cuidado cuatro largas colas. Pero entre los 300 buscadores de comida no había nadie que hubiera tenido suficiente para comer durante semanas. En el caso de las mujeres y niños más jóvenes, la piel se había pegado a los huesos y no tenía sangre. Los ojos se habían hundido en las cuencas. Había desparecido todo el color en los labios, y los mechones de pelo que caían sobre las caras apergaminadas parecían lacios y famélicos (una señal de que el vigor nervioso del cuerpo desaparecía con la fortaleza física).
Vincent pone la decisión alemana de principios de 1917 de reanudar y extender la guerra submarina contra la marina mercante (que proporcionó a la administración Wilson su pretexto final para entrar en guerra) en el marco del desmoronamiento de la moral alemana. La campaña de los U-boat alemanes resultó un fracaso y, de hecho, al hacer entrar a Estados Unidos en el conflicto, agravó la hambruna.
“Wilson garantizó que se cerrara toda laguna jurídica dejada abierta por los aliados (…) incluso la importación de alimentos por los neutrales se prohibió hasta diciembre de 1917”. Las raciones en Alemania se redujeron a alrededor de mil calorías por día. En 1918, la tasa de mortalidad entre los civiles en un 38% mayor que la de 1913, proliferaba la tuberculosis y, entre los niños, también el raquitismo y los edemas. Aún así, cuando los alemanes se rindieron en noviembre de 1918, los términos del armisticio, redactados por Clemenceau, Foch y Pétain, incluían la continuación del bloqueo hasta que se ratificara el tratado final de paz.
En diciembre de 1918, la Oficina de Salud Nacional en Berlín calculaba que 763.000 personas habían muerto hasta entonces como consecuencia del bloqueo: la cifra adicional a ésta en los primeros meses de 1919 se desconoce.[7] En algunos aspectos, el armisticio supuso la intensificación del sufrimiento, ya que la costa alemana del Báltico estaba ahora efectivamente bloqueada y anulados los derechos de pesca en el Báltico.
Uno de los puntos más notables en la explicación de Vincent es cómo la perspectiva de una guerra “zoológica”,luego asociada con los nazis, empezó a aparecer en la vorágine del odio étnico engendrado por la guerra. En septiembre de 1918, un periodista inglés, en un artículo titulado “Los hunos de 1940”, escribía con optimismo de las decenas de miles de alemanes ahora en los vientres de mujeres famélicas que “están destinados a una vida de inferioridad física”.[8] El“famoso fundador de los boy-scouts, Robert Baden-Powell, expresaba ingenuamente su satisfacción de que la raza alemana fuera arruinada: aunque la tasa de natalidad, desde el punto de vista alemán, pueda parecer satisfactoria, el daño irreparable producido es bastante distinto y mucho más serio”.
Frente a las fantasías genocidas de esos pensadores y el despiadado rencor de los políticos de la Entente deberían considerarse los angustiosos reportajes de periodistas y, especialmente, oficiales británicos del ejército desde Alemania, así como de miembros de la American Relief Commission de Herbert Hoover. Una y otra vez destacaban, aparte de la barbarie del continuo bloqueo, el peligro de que la hambruna bien puedira empujar a los alemanes hacia el bolchevismo. Hoover se vio en seguida convencido de la urgente necesidad de acabar con el bloqueo, pero las disputas entre los aliados, particularmente la insistencia francesa en que las existencias de oro no podrían usarse para pagar alimentos, pues estaban destinadas a las indemnizaciones, impidieron actuar.
A principios de marzo de 1919, el general Herbert Plumer, comandante del Ejército Británico de Ocupación, informaba al Primer Ministro Lloyd George que sus hombres demandaban volver a casa: ya no podían soportar la vista de “hordas de niños flacos e hinchados buscando entre los desperdicios” de los campos británicos. Por fin, estadounidenses y británicos superaron las objeciones francesas y a finales de marzo, empezaron a llegar los primeros cargamentos de comida a Hamburgo. Pero solo fue en julio, después de la firma formal alemana del Tratado de Versalles, cuando se permitió a los alemanes importar materias primas y exportar bienes manufacturados.
Aparte de los efectos directos del bloqueo británico, hay posibles efectos indirectos y mucho más dañinos a considerar. Un niño alemán que tuviera 10 años en 1918 y sobreviviera, tendría 22 en 1930. Vincent plantea la pregunta de si las miserias y sufrimientos por el hambre en Alemania en los primeros años de formación contribuyen a explicar en alguna medida el entusiasmo de la juventud alemana por el nazismo posterior. Partiendo de un artículo de 1971 de Peter Loewenberg, argumenta positivamente.[9]Sin embargo, la obra de Loewenberg es una especie de psicohistoria y sus conclusiones se basan explícitamente en la doctrina psicoanalítica.
Aunque Vincent no las apoye sin reservas, se inclina a explicar el comportamiento posterior de la generación de niños alemanes marcados por los años de la guerra en términos de dificultades emocionales o nerviosas para pensar racionalmente. Así, se refiere a “la ominosa amalgama de emoción retorcida y degradación física, que iba a presagiar una considerable miseria para Alemania y el mundo” y que fue producida en buena medida por la política de hambre.
¿Pero es necesaria una aproximación así? Parece perfectamente factible buscar las conexiones que median entre la exposición al hambre (y los demás tormentos causados por el bloqueo) y el posterior comportamiento fanático y brutal en actitudes humana comúnmente comprensibles (aunque, por supuesto, no por eso justificables) generadas por experiencias anteriores. Estas actitudes incluirían el odio, una profunda amargura y resentimiento y un desprecio por el valor de la vida de “otros”,porque el valor de la “propia” vida hubiera sido despreciado tan despiadadamente.
Un punto de partida para un análisis así podría ser la obra de Theodore Abel de 1938, Why Hitler Came into Power: An Answer Based on the Original Life Stories of Six Hundred of His Followers. La conclusion de Loewenberg después de estudiar esta obra es que “el más sorprendente afecto emocional expresado en las autobiografías de Abel son los recuerdos de adultos de la intensa hambre y privaciones de la infancia”.[10]Una interpretación que pondría al bloqueo del hambre en su lugar apropiado en la aparición del salvajismo nazino tiene ninguna necesidad particular de un fundamento psicoanalítico o fisiológico.
De vez en cuando, las opiniones de Vincent en temas marginales a éste son lamentablemente estereotipadas: parece aceptar una interpretación extrema de la escuela de Fischer de la culpabilidad del origen de la guerra como atribuible solo al gobierno alemán y, respecto de la fortuna de la República de Weimar, dice: “Que Alemania perdiera su oportunidad es una de las tragedias del siglo XX. (…) demasiado a menudo los viejos socialistas parecieron casi aterrorizados ante la socialización”.
El tópico de que si se hubiera socializado la industria pesada en 1919 la democracia alemana podía haberse salvado, nunca fue muy convincente.[11]Cada vez resulta serlo menos ya que la investigación empieza a sugerir que fue precisamente el sistema de Weimar de intervención masiva del estado en los mercados laborales y la extensión de las instituciones del estado del bienestar (el más “progresista” de su tiempo) el que debilitó la economía alemana que se desplomaba ante la Gran Depresión.[12]Este desplome, particularmente el asombroso desempleo que lo acompañó, ha sido considerado desde hace mucho por los investigadores como la mayor causa del ascenso nazi al poder en 1930-33.
Son sin embargo, puntos mínimos a la vista del servicio que ha proporcionado Vincent tanto el rescatar del olvido a las víctimas de una política asesina de estado y en profundizar en nuestra comprensión de la historia europea del siglo XX. Se ha producido recientemente en la República Federal de Alemania una “lucha de historiadores”sobre si la matanza nazi de judíos europeos debería considerarse como “única” o ubicarse dentro del contexto de las matanzas masivas, en concreto las atrocidades estalinistas contra el campesinado ucraniano.[13] La obra de Vincent sugiere la posibilidad de que el marco de la discusión tendría que ampliarse más de lo que haya propuesto hasta ahora cualquiera de los participantes.
Ralph Raico es miembro senior del Instituto Mises. Es profesor de Historia Europea en el Buffalo State College y especialista en la historia de la libertad, la tradición liberal en Europa y la relación entre la guerra y al aumento del estado. Es autor de The Place of Religion in the Liberal Philosophy of Constant, Tocqueville, and Lord Acton.Puede estudiarse la historia de la civilización bajo su guía aquí: en MP3-CD y en casete.
Esta reseña se publicó por primera vez en la Review of Austrian Economics 3, nº 1.
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NOTA de Tresmontes: La versión en lengua española del post publicado por
Ludwig von Mises Institute la hemos tomado del blog FILOSOFÍA CRíTICA.

digno y solidario gesto de la R D del Congo con los cristianos de Egipto

5 de marzo de 2012

Recientemente  una emisión postal de la República Democrática del Congo ha manifestado su

denuncia de la cruenta persecución sufrida por los cristianos llamados coptos, es decir egipcios, por parte del islamismo.

El Congo-Kinsaha, con 72 millones de habitantes (80% de ellos son de religión cristiana) puede llegar

a tener una población de de 177 millones en el año 2050.

No tenemos constancia de que ningún gobierno europeo ó de algún pais de mayoria cristiana haya

seguido un gesto tan ejemplar.

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Nota de Tresmontes: En el blog latercerayijad se publica el siguiente comentario, y en otro post, se informa sobre la mezquita de Badalona.

alfonso dice:
2 marzo 2012 a las 10:56 pm

Por cierto, una vergüenza para nosotros que haya sido el Congo quien haya tomado esta iniciativa.

En este caso no queda mas que felicitar a las autoridades del Congo, que han demostrado mas sensibilidad que la casta que nos gobierna.

la SEXUALIDAD en la HÉLADE (I)

11 de enero de 2012

VERDADES Y MENTIRAS SOBRE LA SEXUALIDAD EN GRECIA

Todo lo que sucede
No es más que
Un símbolo.

J. W. Von Goethe
Eduardo Alcántara, el prologuista de este libro (*) denuncia las grandes falsedades que ha ido tejiendo la modernidad en torno a la supuesta generalidad e las prácticas homosexuales [“hoxuales”] en la Antigua Hélade. Una demostración de la fuerza de la llamada ideología “homosexualista” [hoxualista] es la reciente publicación del “Manifiesto gay” que además amenaza con “reescribir” la Historia… especialmente, la de la Civilización Occidental.
(*) El libro firmado por Eduardo Velasco y que lleva como título “El Mito de la homosexualidad en la Antigua Grecia” ha sidio editado por http://www.edicionescamzo.com

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INTRODUCCIÓN (por E. Velasco):
“Reescribiremos la historia, historia llena de vuestras mentiras y distorsiones heterosexuales.”
(Manifiesto gay).
pág.  019:
Está por todas partes. Se menciona por encima en tertulias televisivas, se escribe en libros de texto, está en boca de profesores de universidad, e Internet lo repite incesantemente, incluso en la Güiquipedia [Wikipedia]―como por ejemplo en este “artículo” (por llamarlo de alguna manera) sobre la pederastia [perastia] en Grecia. Todo el mundo lo parafrasea, se ha convertido en un “meme”, un eslogan que las masas repiten sin pensar, de modo similar al famoso “todos somos iguales”. Se han vertido toneladas y toneladas de basura sobre la historia griega, e innumerables autorzuelos del tres al cuarto han desarrollado páginas y páginas dando por sentado que la mentira es cierta.

(…).

En éste artículo nos ocuparemos del mito griego más desafortunadamente conocido: el mito de que la hoxualidad formaba sistemáticamente parte de la sociedad griega y de que la pefilia era una práctica común y socialmente aceptada. Como se verá, la tesis no es que no existiese hoxualidad entre ellos, sino que la moral tradicional tenía a los hoxuales mal vistos. También se demostrará que, en la mayor parte de los casos, existían castigos prescritos por conducta hoxual, como por ejemplo la pena de muerte, el exilio o la marginación de la vida pública.

pág. 020:

Esto va dirigido, ante todo, a quienes algo “no les cuadra” en eso de la hoxualidad griega y a quienes quieren fundamentar tales sospechas para que sean algo más que simples sospechas. Efectivamente, hubo hoxuales en Grecia, pero como se verá, que haya habido hoxuales no significa que haya sido una “práctica habitual” ni mucho menos que la pefilia fuese una “institución social”, como han llegado a afirmar disparatadamente algunos autores hoxuales, a quienes nadie ha arrojado a la cárcel por hacer apología de la pefilia ―y además sin bases para ello, difamando y ensuciando gratuitamente la historia de todo un país. Y es que es detestable que se utilice la mitología de hace milenios para legitimar fenómenos decadentes de la vida moderna y sólo moderna. Desde arriba, la doctrina oficial del Sistema pretende presentar a la Antigua Grecia como la tierra prometida de los gays [gallis],  una suerte de paraíso hoxual, y eso es demasiado para un amante de Grecia como un servidor, al cual nadie le puede vender la moto porque conoce bastante bien el imaginario mitológico de la Hélade, o para muchos griegos modernos, que aborrecen que otras sociedades decadentes utilicen la historia de su país para justificar sus propias desviaciones. Como veremos después, la película “Alejandro Magno” se mostró sólo 4 días en Grecia y fue un fracaso absoluto: los griegos conocen su propia historia como la palma de su mano, se han leído bien todos los libros (en griego antiguo inclusive) y saben lo que hay, como para que ahora vengan cuatro escritores neoyorkinos psicológicamente destrozados, a explicarles cómo era su propio país.

LIBERTAD PARA INVESTIGAR LA VERDAD HISTÓRICA:

p. 023:

A que lo que yo defenderé de nuevo en este artículo es precisamente la posibilidad que tiene cada hombre libre de conocer la pura y simple VERDAD, sin tener que confiar en intermediarios de dudosa reputación (medios de comunicación, revistas, programas de TV, sensacionalismo, manipulación, intereses políticos, sociales e internacionales), y recurriendo a las fuentes escritas originarias, en este caso, las fuentes griegas. Por tanto recurriré en este artículo a fuentes griegas para demostrar que la hoxualidad en la Antigua Grecia no era, ni de lejos, un fenómeno social extendido y aceptado. Escaparemos, pues, a la tiranía del pensamiento único, y a los intereses políticos que, siguiendo una agenda impuesta desde arriba, intentan hacer creer a todo el planeta que Grecia, una de las civilizaciones más encomiables que haya existido jamás, estaba basada en la hoxualidad, y examinaremos la evidencia que hay para llegar a una conclusión personal despojada de cualquier influencia que no provenga de la misma Grecia antigua, desenmascarando también a quienes predican irresponsablemente la teoría de los griegos petaojetes.

(CONTINUARÁ….)

Nota de TRESMONTES: Este post pretende ser un resumen del libro arriba citado y en la confianza de contar con el permiso de su autor. Copio los textos con absoluta fidelidad al original, pero en aras de un perfeccionamiento semántico he  substituido los términos que abusivaente ha introducido la ideología “homosexualista” por neo-palablas más acordes  con la etimología y el auténtico significado del originak griego. Así por ejemplo, junto a la palabra “heterosexual”, con frecuencia la acompaño del término, más exacto de “ortosexual”… y la palabra “homosexual” pasa a ser “hoxual” pues la raiz “homo” induce a error ya que “homo” es palabra griega que significa “igual” ó “equivalente” y también “homo” es una palabra latina que significa “hombre”, significado que por supuesto no es el pertinente en  la palabra “homosexual”, la cual significa sexualidad con persona del mismo sexo, es decir de igual sexo y no significa, por descontado, “hombre sexual” como creen multitud de gentes ignorantes.

El siguiente glosario con las equivalencias entre el lenguaje convencional y el que yo aporto trata  de evitar caer en las tergiversaciones y ambigüedades en las que –como señala el autor de este libro– incurren deliberadamente algunos  “traductores”  modernos:

gay = GALLI .-  homoerótico = HORóTICO.-  homosexual= HOXUAL.-

homosexualidad =  HOXUALIDAD.-   pederástia  = PERáSTIA.-  

pedofilia = PEFÍLIA.-     homofobia = HOFÓBIA.- 

heterosexual =  ORTOSEXUAL.-    lesbianismo = TRIBADISMO.


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