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Políticos que nos envilecen / por Raúl del Pozo

13 de noviembre de 2018

Políticos que nos envilecen

EL RUIDO DE LA CALLE

 

La guapeza es incierta, subjetiva, un canon variable, según la historia y la geografía. Va de las Venus de Botticcelli y Las tres Gracias de Rubens al 90-60-90 de las torturas de la dieta. “Preguntad a un sapo -escribe Voltaire– que es la belleza y contestará que es la hembra de su especie”. Hoy la política ya no es para los feos. Se rechaza a los que tienen cara de sapo, o de miedo como Lincoln o son gordos como Churchill. El arte de gobernar no es ya convencer con la palabra, sino seducir con la voz, con el escorzo en televisión. Triunfan tipos como Macron o Trudeau. En España el Congreso parece un pase de modelos. Hay pintones y pintonas comoAlbert Rivera, Pedro Sánchez, Pablo Casado o Inés Arrimadas en el Parlament. No sólo se votan ideas, se votan caras. La seducción y la belleza son factores de atracción política.

Los periódicos extranjeros han destacado la buena pinta de nuestros líderes y sobre todo la de Pedro Sánchez -fotogénico, ex jugador de baloncesto, alto y guapo- al que han comparado con Antonio Banderas. Los políticos españoles elegantes y molantes, entre los más jóvenes de la UE, hacen un buen papel en las cumbres, y, sin embargo, a veces se comportan como capullos que no se hacen respetar ni dentro ni fuera de España. No dialogan, riñen. Nos marean con el patriotismo de partido y el mangoneo de sus siglas. Les viene muy grande la crisis que atormenta a España; no se comportan como hombres de Estado sino como oportunistas con tendencia a la deslealtad y a la felonía que ya ocurrió en otras abominables cobardías históricas que ocasionaron motines populares: Los Gatos, Aranjuez, Dos de Mayo…

Dijeron que la fábula es más antigua que la historia y desde las de Esopo sabemos que hay capiteles bonitos pero sin sesera. Estos guaperas que nos gobiernan y nos humillan pueden pasar a la historia como gilipollas, como tipos horrorosos que se han tragado demasiados sapos, confundiendo la nación con sus culos y contribuyendo por cobardía y estupidez a deshacer la nación.

Navarra, las islas Baleares y Valencia siguen el camino del procés, la senda que lleva a los Balcanes. La izquierda está haciendo un papelón. Se lo recuerda Nicolás Sartorius, que estuvo en Carabanchel por defender la democracia y a los trabajadores, cuando dice que el derecho a decidir es reaccionario y que los comunistas de la Transición ponían la bandera en mítines. Les avisa Macron en el centenario del Armisticio diciéndoles que el nacionalismo provocó la Gran Guerra y también la Segunda y puede volver a sus andadas de muerte y destrucción.

—FUENTE:

https://www.elmundo.es/opinion/2018/11/13/5be9c48ce2704e50498b4584.html

los datos estadísticos dan la razón a Donal Trump

8 de noviembre de 2018

Trump y el ocaso del hombre blanco

UNA COLUMNA CON VISTAS
IÑAKI GIL

8 NOV. 2018 02:06

EFE

Más ajustado sería decir: Trump saca provecho del ocaso del hombre blanco. O, hilando fino, Trump aprovecha la sensación de declive del hombre blanco.Porque los datos no confirman ese sentimiento de muchos hombres blancos de ir cuesta abajo. La tasa de paro de los estadounidenses de raza blanca es del 3,3%. Inferior a la de los asiáticos (3,5%), hispanos (4,5%) y negros (6%). La renta media de los hogares blancos es, cierto, inferior a la de los asiáticos (68.145 dólares frente a 81.331) pero superior a la de hispanos (50.586) y negros (40.258). También es un hecho que, en los últimos ocho años,[la renta] ha aumentado sólo un 13,1% cuando los hogares negros y asiáticos disponen de un 14,5% más y los hispanos, de un 20%. Sólo un 8,8% de los blancos son pobres frente al 19,4% de los hispanos y el 22% de los negros. Los tres grupos han mejorado en estos dos años de mandato de Trump.
Pese a esta realidad, es incontestable la crisis social que atraviesan los blancos
. Se suicidan casi el triple que los de las otras razas: 17 casos frente a seis (sobre 100.000 muertos). La tasa de muertes por sobredosis de opiáceos ha explotado entre los blancos pasando de 2,8 en 1999 a 17,5 en 2016 (siempre sobre 100.000 fallecidos). Entre los negros se ha triplicado hasta los 10 casos y entre los hispanos se ha doblado hasta los seis.
Obviamente, los datos globales no lo son todo en un país del tamaño de un continente. Los blancos con diploma universitario, que viven en núcleos urbanos y en los estados costeros son casi otro país distinto de los obreros y campesinos del interior. Así, por ejemplo, dos tercios de los obreros blancos creen que su modo de vida se ha deteriorado en el último medio siglo y siete de cada 10 opina que EEUU puede perder su identidad.

Entre los temas de debate de campaña, las principales diferencias entre republicanos y demócratas aparecían en cuestiones identitarias referidas a las comunidades LGTB o a las minorías raciales. Interesaban mucho a los demócratas; poco, a los republicanos. La única cuestión en la que ambos grupos mostraban parecido interés era… la inmigración.Está claro que si los demócratas quieren acabar con la era Trump tendrán que conquistar a los trabajadores blancos. Y proponer algo con gancho.

FUENTE:
https://www.elmundo.es/opinion/2018/11/08/5be32252e5fdea09748b45b3.html

COMENTARIOS:

Estrella_Fugaz
08/11/2018 20:29
Me pregunto qué clase de época suicida vivimos para que los hombres blancos lo positivo y lo adecuado es la extinción de los blancos y su pérdida de poder y cacarear que son más tontos o algo por votar a Trump.

bierzoj
08/11/2018 21:00
En realidad las nominaciones de los jueces para la corte suprema las hizo el GOP (partido republicano) no Tramp…..Tramp sucede que era el presidente….Aclaro…..el partido republcano tenia el control del senado y la casa….Tramp solo no es nadie.

un asturiano defiende la Bandera de España

3 de noviembre de 2018

Sentimiento y razón

11 de octubre de 2018

martes, 3 de abril de 2018
Sentimiento y razón

Últimamente me encuentro con un recurrente argumento frente a mi defensa de la razón frente al sentimiento: el sentimiento -dicen- es la experiencia y es previa a la razón, por lo tanto debe ser predominante.

Los partidarios de la experiencia, del sentimentalismo, del desnudo de las emociones, me suelen mirar con pena, como diciendo “pobre, si supiese lo que se pierde al no expresar los sentimientos”. Creo que pensé en este artículo cuando un profesor budista me decía que él lloraba varias veces al día (o a la semana) y que había que “sacar” todos los sentimientos en todo momento, yo -la verdad- pensé que no debería llevar una vida buena para llorar tanto. Pero esto de “sacar” sentimientos es más que una moda. De hecho hay grupos de risoterapia, lloroterapia, teatralización, gritoterapia, cantoterapia (creo que no lo llaman así), etc. A algunos grupos de Iglesia les encantan las lágrimas grupales, las confesiones a la comunidad, los “testimonios” de personas que estaban en lo peor y que al conocer a Dios cambiaron radicalmente. En los debates sobre el nacionalismo, cuando les digo lo bien que viven los nacionalistas españoles en comparación con los países con los que les gusta compararse, me dicen que los sentimientos de los catalanes independentistas son muy importantes, casi tanto como el derecho o la economía.

En fin, de nuevo otro fantasma recorre Europa: el del sentimentalismo, que ya pasó en el siglo XIX y dejó muy mal la cosa…

Mi tesis es que la experiencia sentimental ni es ni previa a la razón ni debe ser predominante. No es previa porque el ser humano no puede dejar la razón a un lado para tener experiencias y luego recogerla para analizarlas. La percepción no funciona así, la razón no está para analizar, quizá confunden el término razón con la ciencia, quizá, o quizá estemos estrenando un tiempo de renacimiento del irracionalismo.

La razón es lo que nos permite ver el mundo como seres humanos, es decir, desligarnos del espacio y del tiempo y poder salirnos de lo cotidiano, de la percepción inmediata, del carpe diem y crear una realidad consistente e intersubjetiva. Los animales y los niños perciben así, sin razón: lo que hay es lo que ven, sin un posible análisis, y lo que ven es lo que su instinto -o su inteligencia- le permite ver. Pero nosotros, los humanos adultos, no vemos lo que tenemos que ver, vemos lo que queremos ver, seleccionamos de toda la realidad lo que nos interesa por situación, por ideas preconcebidas o por historia personal. Por eso necesitamos un análisis de esta realidad, porque nosotros construimos la realidad y le damos sentido como sociedad.

Si después de percibir, de tener una experiencia sentimental, queremos salir de nuestro solipsismo y comunicarla a los demás, no nos vale con la experiencia nuda, necesitamos salirnos de lo inmediato, romperla, analizarla y descubrir la verdad objetiva que pueda haber en ella, porque sí, puede haber experiencias que no merecen ser tenidas en cuenta.

Así podemos distinguir dos niveles de verdad: un primer nivel donde lo que se siente, lo que se percibe, no es discutible, es verdad el sentimiento (es verdad que sientes lo que sientes); y otro nivel superior donde esa verdad se pone a prueba con la realidad intersubjetiva y se integra en un proyecto de vida donde se ordena. No son dos actos, es un mismo acto con dos niveles o momentos. En el primer momento no hay discusión, lo que percibimos percibido queda y no hay forma de convencernos de que lo sentido es real o falso. Aquí no hay diálogo ni posibilidad de cambiar, solo hay tolerancia: tú con tu verdad, yo con la mía, nadie puede quitárnosla. Pertenece por lo tanto al mundo de la opinión, donde no podemos entrar más que a clasificar las opiniones y experiencias, todas al mismo nivel. Si uno siente la energía del Universo, el Amor de Dios, la humanidad de su perro, la opresión del Estado, la soledad o la tristeza nadie puede decirle nada, nadie puede quitarle esta idea previa, digamos que es su experiencia y por lo tanto es verdad para la persona que lo experimenta. Solo queda mirar al otro con pena, con alegría, abrazarlo o apalearlo.

Pero con estas experiencias y sentimientos no hacemos nada, no nos formamos como comunidad ni como sociedad, ni como personas. Como mucho podemos buscar quienes hayan tenido experiencias similares y por lo tanto la forma de unidad que genera este sentimentalismo es la de grupos de reafirmación del sentimiento: grupos religiosos que se esmeran en vivir las experiencias místicas (música, color, iluminación, cánticos), grupos de nacionalistas donde todos comparten el amor a la patria utópica basado en experiencias inmarcesibles: las montañas, la lengua, los ríos y las fuentes de Rosalía de Castro son compartidos por un pequeño grupo de experimentadores que excluyen por lógica a aquellos que no lo han vivido. La raza, la lengua, la patria chica, la pacha mama: abracémonos todos en la lucha…

Claro que del sentimiento espontáneo pasamos fácilmente a la manipulación: bien dirigidos, con un conductismo social, puede hacerse que un grupo grande de personas se enciendan con estas experiencias previas, personales, incomunicables; e incluso personas que no las vivieron originalmente vivan las experiencias al ver a los demás contarlas, al repetir esquemas, canciones, lemas, imágenes, relatos. Entramos en el resbaladizo terreno del populismo y de la postverdad.

Pero por encima de este sentimentalismo existe la razón que siente, la que aplica los criterios de verdad sobre la experiencia sensible. Vemos el mundo que queremos, pero ¿podemos ponernos en el lugar del otro para sentir lo mismo? Ciertamente en el primer nivel no, como mucho podemos reproducir la experiencia, pero en el segundo nivel podemos hacer abstracción y por medio de comparaciones comprender lo que no hemos experimentado o no experimentamos por nuestra perspectiva, podemos ir a la realidad a comprobar si ese sentimiento es adecuado. Lo que hacemos en este segundo momento es despegarnos de nuestra realidad y ponernos en el lugar del otro y por lo tanto podemos tener experiencias para compartir, para pensar en común. Aquí ya no está solo tu verdad y mi verdad, aquí entramos en una nueva realidad que no es ni tuya ni mía, una verdad que hay que buscar en común.

La razón es pues una especie de mediador entre nosotros, que tiende a unir experiencias para poder llegar a una verdad. Ya no es la tolerancia, virtud del relativista, la que prima por encima de la búsqueda en común de la verdad. Ahora es la veracidad la virtud que nos mueve.

La razón hace que las experiencias vividas sean aprovechables y permitan la vida en común y el crecimiento personal. Podemos dialogar con Platón y con Nietzsche porque ambos usan la razón (y vean que pongo ejemplos de filósofos no racionalistas), y con Lao Tse o con Ana Catalina Emmerick no, solo su experiencia nos vale como punto de partida, pero no hay razones detrás, hay videncias, experiencias directas que solo pueden servir si se integran en un proyecto vital.

El sentimentalismo de experiencia vital, alejado de la razón, nos inunda desde que Freud descubrió el inconsciente, Nietzsche y Schopenhauer las fuerzas ocultas de la vida y Marx las de la historia: como la razón nos lleva a un estado de cosas que no queremos tenemos que sacudirnos de la misma para progresar y entonces crear una realidad paralela donde la experiencia individual sea el centro de la vida. Muchas vidas se mueven, cada vez más, en esta irrealidad de lo sentimental, buscando acumular experiencias para sentir la vida, creando un mundo ficción solipsista o en grupo, donde las cosas suceden de acuerdo a estas experiencias. Y lo peor es que los medios de comunicación y audiovisuales con frecuencia apoyan esta ficción retroalimentando la experiencia previa.

Si dejamos actuar al sentimiento, el amor se convierte en sensualismo, en seducción, en enamoramiento. Aunque el amor también es razón, propósito, promesa, de lo contrario ocurriría lo que suele ocurrir con demasiada frecuencia: que cuando el sentimiento se apaga o aparece otro sentimiento las relaciones se rompen. El amor no es enamoramiento.

En la lógica del sentimiento la realidad se convierte en la realidad experimentada y querida. Pero la realidad debe ser medida, articulada, probada, de lo contrario las convicciones de hoy mañana pueden ser desarticuladas sin prueba alguna, simplemente porque se me presenta con mayor atractivo la tesis contraria.

La religión tampoco puede reducirse a la experiencia religiosa. La religión, que puede comenzar por el sentimiento de unidad con Dios, por una experiencia, no es lo que debe primar, sino la racionalización de la misma y la integración en la vida, en toda la vida, como proyecto de salvación que haga más fecundo el diálogo con Dios y no se quede en pura experiencia.

Cada vez más el arte se quiere reducir a obras que dicen algo a alguien en un momento estético, el efecto Stendhal. El arte es sentimiento, sí, pero también trascendencia y canon, y forma, y sentido.

La nueva política quiere ser un juego de encandiladores atacando a los sentimientos más bajos del pueblo (el resentimiento ante la riqueza, el sentimiento nacional, el sentimiento de abandono, la desafección…). La política puede tener que ver con la psicología social, pero hay que tener claro el fin práctico de la misma: el bien común.

La educación se está convirtiendo en un juego para despertar las emociones del niño. La educación tiene mucho de encandilamiento, pero éste debe fluir hacia el conocimiento y hacia la formación de la persona completa, no solo de sus emociones.

La experiencia auténtica debemos integrarla en la vida sin darle más importancia que la que tiene, porque todos los sentimientos son iguales, pero algunos nos pueden llevar al error, en cambio la razón puede descubrir el error y permite el diálogo.
Publicado por Javier Borrego
FUENTE:
http://javierborrego.blogspot.com/2018/04/sentimiento-y-razon.html

el jacobino VALLS: FRANCIA QUIERE CONVERTIR CATALUÑA EN UNA PROVINCIA SUYA

27 de septiembre de 2018

el jacobino VALLS. FRANCIA QUIERE CONVERTIR CATALUÑA EN UNA PROVINCIA SUYA

Los Borbones razón de Estado. Es lamentable que hayamos vuelto a la situación de 1638 cuando Francia invadió el principado. Algo vale que entonces mandaba en España un Austria y los españoles teníamos al mando a un gran canciller como era el conde duque de Olivares. Lo cuenta Melo en su portentosa historia que hemos analizado en esta bitácora, revolución tinta en sangre, mataron al gobernador españolista Cardona al ritmo de las estrofas de “Els Segadors” furibunda himnodia. El desmelenamiento catalán nada tiene que ver con eso que llaman el “seny”. Amo el catalán lengua la primera que aprendí de niño de labios de mi tata la señora Antonia Sabaté una familia ilerdense que vino a Segovia huyendo con sus hijos de los bombardeos de la batalla del Ebro. El catalán es un vaso de agua clara. Los políticos se empeñan en convertir en casus belli un idioma. Se puede pensar en lemosín aunque el buen catalán se exprese en español y siga sintiéndose español. Lo advertía el otro día madame Albtright: remember Yugoslavia. La tal ex jefa del departamento de estado es una judía sefardí que pronuncia la palabra cojones con mucha onomatopeya. Su aviso a navegantes es valedero en esta hora occidua. Francia quiere meter la gamba. USA no se resigna a perder este bastión del Mediterráneo. Los rusos desde sus medios de comunicación hostigan a España. Sólo tenemos con un pueblo indefenso ante las tropelías de los políticos y toda esa patulea de tertulianos. Sólo nos queda el honor de la Guardia Civil la razón del honor y no el honor de la fuerza. Pensando en catalán la dulce y áspera Cataluña siempre fue española

FUENTE:
https://antonioparragalindo.blogspot.com/

Jesús Maestro: “Las formas de la materia cómica en el Quijote de Cervantes”

20 de marzo de 2018

Jesús Maestro – Las formas de la materia cómica en el Quijote de Cervantes

Samantha Fox, una sex symbol en plena forma

11 de febrero de 2018

Samantha Fox, una sex symbol en plena forma

Derechos de bragueta y marxismo / Juan Manuel de Prada

2 de febrero de 2018

Derechos de bragueta y marxismo

por JUAN MANUEL DE PRADA

“Los discípulos de Marx se centraron en combatir aquella “superestructura” que el capitalismo siempre había aborrecido, porque para entonces era ya el único freno que dificultaba su expansión. Esa “superestructura”, por supuesto, era la moral cristiana.”

Hace ahora un año publicábamos una serie de cuatro artículos, titulada Capitalismo y derechos de bragueta, en los que mostrábamos cómo el antinatalismo fue una obsesión recurrente de todos los padres fundadores del pensamiento capitalista, desde Adam Smith a David Ricardo, desde Malthus a John Stuart Mill. Entendieron aquellos hombres protervos que el capitalismo sólo podría imponer sus postulados si lograba debilitar la posición de los trabajadores; y, para ello, tuvo desde el principio claro que debía hacerlos infecundos. Pues, cuantos menos hijos tuviesen, se conformarían con salarios más bajos; y lucharían con menos ardor por sus derechos, pues sólo los hombres fecundos miran hacia el horizonte. Los hombres estériles, en cambio, se miran el ombligo.

El capitalismo se dedicó desde el principio, pues, a destruir la institución familiar, alentando el divorcio, provocando la lucha entre los sexos y escarneciendo las viejas virtudes, hasta instaurar una nueva religión que, a la vez que exaltaba la lujuria, prohibía la fecundidad. Chesterton ha descrito este designio del capitalismo con palabras imperecederas que, lamentablemente, el catolicismo farisaico y pompier, lacayo del Dinero, ha procurado siempre ocultar. La apoteosis de esta religión promovida por el capitalismo se está produciendo en nuestra época, que celebra con eufórico orgullo el sometimiento de nuestra generación a los imperativos del antinatalismo más aberrante. Y que exalta una serie de derechos de bragueta cuyo poder narcotizante hace pasar inadvertida la simultánea consunción de los derechos derivados del trabajo.

Que al capitalismo le interesa promover de los derechos de bragueta resulta evidente; pues sabe que el trabajador que carece de una prole por la que luchar acaba convirtiéndose en un conformista. Pero, ¿cómo se explica que aquellas ideologías surgidas para combatir al capitalismo hayan terminado siendo sus mamporreros más abnegados y eficaces en la propagación y proliferación de estos derechos de bragueta? ¿Cómo es posible que quienes supuestamente defendían a los trabajadores de los embates del capitalismo se hayan convertido en sus apacentadores hacia el redil de esclavitud?

Nos confrontamos aquí con la traición de las ideologías izquierdistas a los trabajadores, uno de los fenómenos más estremecedores e inicuos de nuestra época. Para Marx, la liberación del hombre y la erradicación de las diversas alienaciones que lo atenazaban sólo se lograría alterando las circunstancias económicas. Sólo el cambio en las relaciones de producción desencadenaría el consiguiente desmoronamiento de la “superestructura” (que, en la jerga marxista, es el conjunto de instituciones jurídicas y políticas, así como las representaciones ideológicas, filosóficas y religiosas propias de cada época). Pero cambiar las relaciones de producción capitalistas allá donde no triunfaron las revoluciones cruentas se demostró pronto una labor ímproba para los discípulos de Marx. Y, para mantener engañados a sus adeptos, ya que no podían cambiar las relaciones de producción del capitalismo, se lanzaron a la quimera utópica de cambiar la “superestructura”. De este modo, mantenían viva una retórica “liberacionista” que disimulase su incapacidad para cambiar las relaciones de producción. Curiosamente, en esta maniobra de despiste, los discípulos de Marx se centraron en combatir aquella “superestructura” que el capitalismo siempre había aborrecido, porque para entonces era ya el único freno que dificultaba su expansión. Esa “superestructura”, por supuesto, era la moral cristiana. Y es que, como escribió Belloc, “la anarquía moral es siempre muy provechosa para los ricos y los codiciosos”.

“Si en el pensamiento marxista originario no hallamos (a diferencia de lo que ocurría con el pensamiento capitalista) odio a la procreación sí hallamos, en cambio, aversión hacia la institución familiar.”

Habría que empezar señalando que los padres del socialismo no fueron antinatalistas. Proudhom, en La filosofía de la miseria, había afirmado sin rebozo que «sólo hay un hombre de más sobre la faz de la tierra: el señor Malthus». Y Marx, en El capital, afirma que las teorías de Malthus fueron aclamadas por las oligarquías inglesas porque en ellas descubrieron «el extintor de todas las aspiraciones del progreso humano». El marxismo originario consideraba que la natalidad sería un instrumento poderosísimo en la liberación del proletariado; pues el anhelo de brindar a sus hijos un futuro mejor enardecería a los obreros en su lucha. Esta posición nítida del marxismo originario la encontramos todavía en líderes comunistas posteriores tan destacados como el francés Maurice Thorez, quien en 1956 escribía en L’Humanité: «Nosotros luchamos, frente al malthusianismo reaccionario, por el derecho a la maternidad y por el futuro de Francia. (…) El camino que conduce a la liberación de la mujer pasa por las reformas sociales, por la revolución social, y no por las clínicas abortivas».

Ni siquiera puede afirmarse que el totalitarismo soviético tuviese un designio antinatalista. Aunque Lenin, sabiendo que la anarquía moral favorecería el triunfo de la revolución, despenalizó el aborto y la homosexualidad, enseguida Stalin rectificó, prohibiendo el aborto y persiguiendo sañudamente la homosexualidad. A mediados de los años cincuenta, una vez superados los estragos causados por la guerra, la Unión Soviética volvió a promover leyes de control de la población; en cambio, extremó su vigilancia contra la homosexualidad, cuya práctica consideraba una vía de infiltración del decadente y abominable modo de vida capitalista. El comunismo soviético, pues, sólo fue antinatalista por razones de coyuntural conveniencia política, o porque la aritmética del horror de los planes quinquenales así lo establecía.

Si en el pensamiento marxista originario no hallamos (a diferencia de lo que ocurría con el pensamiento capitalista) odio a la procreación sí hallamos, en cambio, aversión hacia la institución familiar. En sus Tesis sobre Feuerbach, por ejemplo, Marx afirma que para combatir la «autoenajenación religiosa» no basta con disolver el mundo religioso, reduciéndolo a su «base terrenal», sino que hay que transformar esta base terrenal. Y pone un ejemplo muy ilustrativo : «Después de descubrir, v. gr., en la familia terrenal el secreto de la sagrada familia, hay que criticar teóricamente y revolucionar prácticamente aquélla». Esta “deconstrucción” de la familia que propone Marx (y que sus discípulos harán suya con entusiasmo) se explica porque en ella descubre una pervivencia del principio de autoridad que es el fundamento de instituciones políticas como la monarquía. Resulta paradójico que la perspicacia de Marx descubriese al instante lo que los monárquicos de opereta ni siquiera huelen; y tampoco, por cierto, el clericalismo merengoso que oculta o tergiversa las palabras de San Pablo sobre la familia, temeroso de provocar las iras del mundo. En efecto, la familia natural es una escuela de autoridad amorosa y obediencia responsable, en donde interiorizamos el concepto de jerarquía. Marx creyó que criticando teóricamente y revolucionando prácticamente la familia podría combatirse más fácilmente la autoridad política (para entonces ya degenerada) que amparaba unas relaciones de producción injustas. Pero al capitalismo también le interesaba esta revolución de la familia, como dejó claro John Stuart Mill; y tenía la fórmula idónea para preservar las estructuras que facilitaban su hegemonía, mientras los marxistas se dedicaban a destruir las superestructuras que la dificultaban.

“El marxismo gramsciano fue el mamporrero intelectual que el capitalismo requería, la vaselina teórica que facilitaría sus violencias prácticas.”

Pronto los discípulos de Marx, incapaces de liberar a los pueblos de las relaciones de producción capitalistas, se lanzaron a la destrucción de las “superestructuras”. Y, entre todas las “superestructuras” existentes, se centraron en la demolición de la religión y la moral cristianas, que eran el escudo que protegía –si bien de forma cada vez más precaria, a medida que la autoridad política no reconocía la soberanía divina– a los pobres de la rapacidad de los poderosos. Así ocurrió, por ejemplo, durante la Segunda República española, en la que las izquierdas se empeñaron en combatir la religión de forma obsesiva, lo que a la postre no hizo sino beneficiar los propósitos del capitalismo. Pues, a la vez que dotaba a sus partidarios de una coartada excelente, permitiéndoles presentarse como protectores de la religión, asociaba la salvación de la religión a la salvación del capitalismo, que es lo que hasta nuestros días ha defendido el catolicismo pompier.

Entre todos los discípulos de Marx que se lanzaron a la quimera utópica de cambiar las “superestructuras”, debemos citar a Antonio Gramsci. Fue él quien, en flagrante contradicción con la metodología establecida por Marx, preconizó que el cambio en las relaciones de producción sólo se lograría después de una “larga marcha” hacia la hegemonía cultural. Y esa hegemonía se lograría subvirtiendo ideológicamente las “superestructuras” asociadas a la moral cristiana. Desde entonces, para los intelectuales marxistas la familia se convirtió en una “superestructura patriarcal” abominable; y se pusieron a criticarla teóricamente, mientras el capitalismo –mucho más pragmático– la revolucionaba prácticamente con los métodos descritos por Chesterton: alentando divorcios, provocando la lucha moral y la competencia laboral entre los sexos, obligando a emigrar a los trabajadores, favoreciendo una publicidad que se burlaba de todas las virtudes domésticas, desde la obediencia a la fidelidad. El marxismo gramsciano fue el mamporrero intelectual que el capitalismo requería, la vaselina teórica que facilitaría sus violencias prácticas.

El marxismo gramsciano, en fin, consumó una traición a los trabajadores de magnitudes colosales, pues fue la cobertura ideológica que el capitalismo necesitaba para destruir la institución familiar y supeditarla a la organización económica, tal como había reclamado John Stuart Mill Y su legado más evidente sería a la postre el indigno Estado de Bienestar, amalgama de capitalismo y socialismo que Belloc anticipó bajo el nombre de “Estado servil”, en donde el trabajo asalariado de una mayoría abrumadora se hace obligatorio, en beneficio de una minoría propietaria; y en donde, para que esta iniquidad no resulte del todo insoportable, se procura la «satisfacción de ciertas necesidades vitales y un nivel mínimo de bienestar». El marxismo gramsciano fue a la postre el caballo de Troya del capitalismo para que –citamos de nuevo a Belloc– «los hombres estuviesen conformes en aceptar ese orden de cosas y seguir viviendo en él»; es decir, para que acatasen las relaciones productivas del capitalismo y la autoridad política degenerada que, en lugar de combatir el poder del Dinero, se arrodillaba ante él. Autoridad política degenerada que, sin embargo, los hombres llegaron a adorar, pues entretanto habían dejado de creer en la propiedad y en la libertad, y ya sólo anhelaban «el mejoramiento de su condición mediante regulaciones e intervenciones venidas de lo alto».

No hace falta añadir que, a falta de propiedad y libertad política, el capitalismo confabulado con el marxismo gramsciano ofreció a los hombres un “mejoramiento” que a ambos iba a resultar muy rentable: los derechos de bragueta.

“Se atribuyen al “marxismo cultural” unas responsabilidades que en gran medida corresponden a este conservadurismo, por su connivencia con las formas capitalistas más depravadas.”

En esta exaltación de los derechos de bragueta que propicia la alianza entre capitalismo y marxismo la llamada Escuela de Fráncfort desempeñó un papel bastante relevante; aunque no tanto, desde luego, como cierto conservadurismo conspiranoico pretende, en su afán por asociar la salvación de la religión a la salvación del capitalismo. En el fondo, se atribuyen al “marxismo cultural” unas responsabilidades que en gran medida corresponden a este conservadurismo, por su connivencia con las formas capitalistas más depravadas; lo cual no deja de ser una curiosa maniobra a la vez victimista y ponciopilatesca. Es verdad que esta Escuela de Fráncfort urdió teorías que atentaban contra la familia; pero la revolución práctica la llevó siempre a cabo el capitalismo, que controlaba los parlamentos y las fábricas de anticonceptivos.

Para entender plenamente la consolidación de esa religión que, «a la vez que exalta la lujuria, prohíbe la fecundidad», tenemos que referirnos a la aberrante síntesis entre marxismo y psicoanálisis. Freud, mediante la exploración del inconsciente, llegó a la delirante conclusión de que la inmensa mayoría de las faltas y errores humanos se pueden atribuir a unas causas sobre las que el ser humano tiene poco o ningún control. El psicoanálisis se convirtió, de este modo, en la coartada perfecta para evitar el juicio sobre la maldad objetiva de nuestras acciones; y en una negación de nuestra responsabilidad. En este contexto, surgieron hombres como el psiquiatra marxista Wilhelm Reich, autor de La liberación sexual, para quien la represión sexual es un efecto de la dominación capitalista, que de este modo se asegura la existencia de sujetos pasivos y obedientes. Esta represión sexual, a juicio de Reich, sólo se podría solucionar mediante una revolución que garantizase la liberación absoluta de energías sexuales. Y esta liberación de energías sexuales sería, a juicio del visionario o demente Reich, capaz de transformar el mundo.

Esta lectura sui generis de la undécima tesis sobre Feuerbach de Marx sería después legitimada por la Escuela de Fráncfort, que preconizó la aniquilación del orden natural (por considerar que sostenía… ¡los valores capitalistas!) y la transformación revolucionaria del mundo a través de la liberación de la libido. Tales ideas serían posteriormente exaltadas por los agitadores de Mayo del 68. Aunque sería injusto no recordar también que desde la propia Escuela de Fráncfort se desarrolló una crítica muy lúcida a esta presunta “liberación sexual”. Así, por ejemplo, Herbert Marcuse advierte en Eros y civilización de los peligros de la “desublimación represiva”, mediante la cual el capitalismo enfoca la “energía libidinal” hacia el ámbito de la pura genitalidad, creando una sociedad de hombres que se conforman con la satisfacción de apetencias sexuales inducidas por la élite dominante. Y no podemos dejar de mencionar, entre los marxistas críticos, al cineasta y escritor Pier Paolo Pasolini, quien en su ensayo Demasiada libertad sexual os convertirá en terroristas advierte proféticamente que el capitalismo se ha aliado con las fuerzas de la izquierda; y que la libertad sexual que la izquierda había abrazado insensatamente era una vil argucia capitalista que, concediendo «una tan amplia como falsa tolerancia», sometía aún más y de una manera más vil a los seres humanos, lucrándose con lo que disfrazaba de transgresión.

Pero el capitalismo aún se reservaba una argucia más vil, una golosina más deslumbrante, que los epígonos del marxismo correrían a comprar, para traicionar más eficazmente a los trabajadores. Nos referimos a las “políticas de identidad”.

“El capitalismo, en alianza con sus mamporreros marxistas, había logrado desintegrar las estructuras tradicionales de autoridad que conformaban la comunidad política, dejando a las gentes huérfanas y desposeídas de vínculos, convertidas en una masa amorfa ensimismada en sus genitales.”

Para los años setenta, la izquierda se había convertido en una caricatura degradada: absolutamente incapaz de hacer mella en las relaciones de producción capitalistas, plenamente integrada en regímenes políticos que le permitían disfrutar opíparamente del poder, sus líderes amparaban leyes cada vez más lesivas para los trabajadores. Es en este contexto cuando la plutocracia antinatalista lanza un último cebo que resultará extraordinariamente eficaz para sus fines.

Durante los años sesenta, las reivindicaciones de diversos grupos étnicos (v.gr. los negros de Estados Unidos) habían obtenido unos resultados que, apenas unos años antes, hubiesen resultado inimaginables. Enseguida la plutocracia antinatalista descubrió que, si lograba utilizar estos movimientos para exaltar el aborto, así como preferencias sexuales excéntricas, podrían matar dos pájaros de un tiro: por un lado, quebrarían la solidaridad de los trabajadores, entreteniéndolos en reivindicaciones que causarían una división creciente entre sus filas; por otro lado, podrían hacer avanzar su lucha contra la procreación, asociándola a movimientos que, además, los Estados financiarían, para que no los acusasen de “discriminación”. Era un método bueno, bonito y barato de conseguir sus fines antinatalistas; y, por supuesto, para ponerlo en marcha recurrieron a su tonto útil predilecto, la izquierda post-marxista y cipaya, traidora y pancista.

El capitalismo, en alianza con sus mamporreros marxistas, había logrado desintegrar las estructuras tradicionales de autoridad que conformaban la comunidad política, dejando a las gentes huérfanas y desposeídas de vínculos, convertidas en una masa amorfa ensimismada en sus genitales. Mediante estas “políticas de identidad”, se podía sobornar a esa masa amorfa con caramelitos muy apetitosos –discriminación positiva, cuotas laborales, “ampliación de derechos”, quirófanos gratis, etcétera– que estimularían la formación de diversos grupúsculos identitarios, ávidos de privilegios. Así se logró hacer añicos la tradición solidaria y universalista del marxismo originario.

La izquierda, desde entonces, se convertiría en un mosaico de intereses minoritarios, definidos por la pertenencia a una raza, por la preferencia sexual o la adscripción (cambiante) a tal o cual “género”. Estos grupúsculos se mantienen frágilmente unidos mientras existe un enemigo común real o ficticio (por ejemplo, una Iglesia católica cada vez más eclipsada); pero siembran la cizaña, arrastrados por sus intereses egoístas nunca suficientemente satisfechos, cuando ese enemigo desaparece, favoreciendo el triunfo de un capitalismo globalizado e inexpugnable (entre otras razones, porque los marxistas traidores dejaron de combatirlo, ocupados en halagar la bragueta de sus adeptos). Las políticas de identidad (feminismos, homosexualismos, ideologías de género, etcétera) desactivan por completo la vieja “lucha de clases”, atomizándola en un enjambre de luchas sectoriales y dejando a las personas a merced de su sexualidad polimorfa, que exige la satisfacción de caprichos cada vez más estrambóticos y su conversión en “derechos civiles”. Así se alcanza la apoteosis de esa religión que, a la vez que exalta la lujuria, prohíbe la fecundidad.

Y esos trabajadores traicionados por la izquierda, mientras disfrutan de pornografía gratuita, mientras abortan a mansalva o se cambian de sexo, mientras permiten que sus escasos hijos sean envilecidos con las formas más corruptoras de propaganda, se conforman con salarios cada vez más birriosos. La anarquía moral, como nos enseñaba Belloc, es siempre muy provechosa para los ricos y los codiciosos.
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FUENTES:
https://www.religionenlibertad.com/derechos-bragueta-marxismo–57852.htm y “ABC”, Madrid, 3 julio 2017
https://www.religionenlibertad.com/derechos-bragueta-marxismo–57949.htm y “ABC”, Madrid, 8 julio 2017
https://www.religionenlibertad.com/derechos-bragueta-marxismo-iii-58005.htm y “ABC”, Madrid, 10 julio 2017
https://www.religionenlibertad.com/derechos-bragueta-marxismo–58114.htm y “ABC”, Madrid, 15 julio 2017
https://www.religionenlibertad.com/derechos-bragueta-marxismo–58117.htm y “ABC”, Madrid, 17 julio 2017

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Publicado el 14 nov. 2009