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“LA MANIPULACIÓN DE LOS INDIGNADOS” (cap. 01)

2 de febrero de 2013

sábado, diciembre 29, 2012

Stéphane Hessel o la pólvora mojada del sistema oligárquico

Stéphane Hessel

PRIMER CAPÍTULO DEL LIBRO “LA MANIPULACIÓN DE LOS INDIGNADOS”

Resulta imposible comprender las ideas de Hessel sin explicar quién es. Para los aspectos básicos me remito a la página de Wikipedia, poco sospechosa animadversión hacia un ex prisionero de Buchenwald. Hessel es el vástago, padre judío y madre alemana, de una familia burguesa acomodada de Berlín. Alumno de una escuela de élite elevado a los altares de la ONU gracias a sus excelentes relaciones privadas con oligócratas (verbi gratia: la esposa de Roosevelt), Hessel “osténtase” ante los jóvenes actuales como paradigma ético. No cabe duda de que el comportamiento de Hessel durante la Segunda Guerra Mundial, abandonando un seguro exilio inglés para infiltrarse clandestinamente en territorio controlado por los alemanes, constituye un acto de heroísmo que sería mezquino negar. Tampoco puede obviarse la inteligencia y alto nivel cultural de Hessel, que explican en parte, pero sólo en parte, su vertiginosa carrera hacia las cumbres de la diplomacia occidental. Las luces de Hessel resultan de sobra conocidas, ¿hará falta subrayarlas? Mas junto a las luces existen también las sombras en su vida. Unas sombras que no pueden ser calificadas sólo de anecdóticas, por aquello de que nadie sería perfecto. Nuestra tarea consiste aquí en criticar las ideas de Hessel, pero a tenor de que él mismo se ha erigido como “modelo”, es decir, como encarnación de aquello que dice defender, no podremos eludir el trabajo de una cierta desmitificación personal.

De la lectura de su autobiografía se desprende, por de pronto, la decisiva influencia de unos progenitores que encarnan todos los tópicos de los ambientes vanguardistas. Por ejemplo, el adulterio de la madre tolerado por el padre marca tempranamente su impronta en la personalidad del muchacho. Éste desarrolla un sentido de la moralidad harto relativista, compatible, por un lado, con la picaresca, el robo y la mentira, y, por otro, con una vaga noción estética de “progresismo” muy propia de los “antifascistas” de procedencia burguesa. Para que nos hagamos una idea de la frivolidad intelectual de Hessel, obsérvese cómo valora las aficiones quirománticas de una compañera lesbiana de la madre y la idea de “racionalidad” que desprende:

Justamente porque trató la interpretación de las líneas de la mano como una ciencia, para mí encarna el triunfo seguro de la razón.[1]

Será la “razón” de la masonería, pero no aquello que un filósofo serio pueda admitir como tal. De la parte materna le benefician, por otro lado, nada desdeñables relaciones familiares con el mundo de la banca, en las cuales no profundizan las memorias, pero sabemos que cuando su padre Franz tiene que huir de los nazis, nada menos que los Rothschild de París son quienes le reclaman.[2] Hessel –cuyo talento y valentía, insisto en ello, no negamos- nunca ha dejado de moverse con listeza entre las altas esferas del poder, incluidas las del bando estalinista.

Ahora bien, después de décadas de impunidad del sionismo, que alguien con semejante pedigrí (se declara “amigo de Israel”), funcionario de las Naciones Unidas y diplomático francés a las órdenes del derechista Giscard d’Estaing, pueda gozar de credibilidad como crítico del “sistema”, sólo confirma el grado de lavado de cerebro al que han estado sometidos los ciudadanos de Occidente durante décadas. La inversión en propaganda ha sido muy útil para el dispositivo oligárquico, porque incluso cuando los maltratados por ese mismo aparato de explotación y coacción toman la palabra, aquello que habla en ellos y a través de ellos sigue siendo, en la mayor parte de los casos, la propia oligarquía. Parece evidente que el dispendio publicitario a lo largo de medio siglo resulta, más que rentable, imprescindible para los poderosos. Debemos entender así por qué gobiernos y grandes empresas gastan cantidades astronómicas de dinero en la partida de manipulación psíquica de la población.

Mayo del 68: el fraude de la modernidad transgresiva,
cuyos frutos conocemos bien. Cohn-Bendit
burlándose del “policía” en cuanto “encarnación de la ley”.

Hessel no debería, en efecto, merecer nuestra confianza ética. Preguntémonos cómo escapó Hessel a la muerte en Buchenwald. Pues bien, fue gracias a la intervención de Eugen Kogon, miembro del comité de políticos que dirigía el campo a cuenta de los alemanes. Kogon era “amigo” del médico de las SS que le salvó la vida. Todo esto nárralo el propio Kogon en su libro Der SS-Staat. Das System der deutschen Konzentrationslager, traducido al francés bajo el título L’enfer organisé (1947). Testigo del juicio de Nüremberg contra los nazis, Kogon devino una eminencia reconocida entre los escritores de la literatura sobre “el Holocausto” y se cuenta entre los “padres fundadores” de la República Federal Alemana. Pero resulta que, según Kogon, los nazis sólo le exigían al comité del campo, so pena de substituirlo por otro, que mantuviera el orden entre los presos. A cambio de esta colaboración, los energúmenos del comité, casi todos ellos de filiación estalinista, recibían porciones de comida suplementarias y se apropiaban, a costa de la mayoría, de las magras raciones de los presos comunes o políticos no comunistas, provocando con ello hambrunas, enfermedades y altos índices de mortandad. La supuesta ética de muchos de los supervivientes se basaba así en la corrupción, en la delación y en la bestialidad de los castigos que la mafia comunista de Buchenwald infligía al resto de los internos con la colaboración, por activa o por pasiva, de la dirección SS del campo. Kogon nos cuenta que el comité comunista de Buchenwald, compinchado con la SS, ocultaba a las inspecciones de Berlín y a los visitantes (cadetes de la policía, juventudes hitlerianas, diplomáticos o prominentes de potencias fascistas) las evidencias de que se practicaba la tortura (Kogon, p. 256):

Frecuentemente, tenían lugar en los campos las visitas de la SS. Con este motivo, la jefatura de la SS aplicaba un extraño método: por una parte disimulaba todos los detalles accesorios; por otra organizaba verdaderas exhibiciones. Todos los dispositivos que podían hacer adivinar que se torturaba a los presos eran pasados en silencio por los guías y se les ocultaba. De este modo el famoso potro que se encontraba en la plaza era disimulado en un barracón habitable hasta que partían los visitantes. (…) Igualmente eran apartadas las horcas y las estacas en las cuales se colgaba a los presos. Los visitantes eran conducidos a través de unas ‘instalaciones modelo’: enfermería, cine, cocina, biblioteca, almacenes, servicio de limpieza de ropa y sección de agricultura.[3]

El infierno estaba organizado, así reza el título galo de la obra, pero parece que los comunistas eran expertos en sacar partido de una situación política privilegiada empeorando la del resto de internos. Kogon afirma que “tenía en mis manos al doctor Ding-Schuller” (Kogon, p. 218) y algo más sorprendente todavía (Kogon, p. 275):

Las direcciones de los campos no eran capaces de ejercer un control sobre decenas de millares de presos de otra manera que no fuese la exterior y esporádica. Ella ignoraba lo que realmente sucedía tras las alambradas.[4]

Las conclusiones de Kogon resultan estupefacientes para los espectadores de Hollywood, porque al parecer haber sido preso de Buchenwald no constituye ninguna garantía de moralidad (Kogon, pp. 16-17):

(…) era un mundo en sí, un estado en sí, un orden sin derecho en el cual se arrojaba a un ser humano, que a partir de ese momento sacando partido de sus virtudes y de sus vicios –más vicios que virtudes- sólo combatía para salvar su miserable existencia. ¿Luchaba sólo contra la SS? ¡Por supuesto que no! Le era preciso luchar otro tanto, si no más, contra sus compañeros de cautiverio (…). Decenas de millares de supervivientes a los que el régimen de terror ejercido por arrogantes compañeros ha hecho sufrir aún más quizá que las infamias de las SS, me agradecerán por haber señalado igualmente este otro aspecto de los campos, por no haber tenido miedo de descubrir el papel representado en diversos campos por ciertos tipos políticos que hoy pregonan a voces su antifascismo intransigente. Yo sé que algunos camaradas míos se han desesperado viendo cómo la injusticia y la brutalidad fueron adornadas después con la aureola del heroísmo por personas honradas que no sospechaban nada. Esos explotadores de los campos no serán ensalzados en mi estudio porque éste ofrece los medios para hacer palidecer esas glorias usurpadas.

Sin embargo, pese a estas afirmaciones, el propio Kogon reconoce de qué manera ha evitado, en su libro, inculpar a los presos políticos responsables de los mencionados abusos criminales (Kogon, pp. 20-21):

(…) para disipar ciertos temores y demostrar que este relato no corría peligro de transformarse en acta de acusación contra ciertos presos que habían ocupado una posición dominante en el campo, lo leí, a comienzos del mes de mayo de 1945, cuando ya estaba casi terminado y sólo faltaban los dos últimos capítulos de un total de doce, ante un grupo de quince personas que habían pertenecido a la dirección clandestina del campo o que representaban a determinadas agrupaciones políticas de detenidos.

En suma, Kogon admite en la introducción a su libro, ya de por sí bastante revelador, que encubrió a los responsables de los crímenes; no en vano el propio Kogon formaba parte de esa élite de presos privilegiados. Él mismo tenía mucho que callar. Ahora bien, si Hessel pudo falsificar sus papeles y salvar así su vida gracias a la amistad de Kogon con el médico-jefe de las SS, doctor Ding-Schuler, según cuenta la Wikipedia, parece evidente que Hessel pertenecía también de alguna manera, como poco en calidad de “protegido de lujo”, a la cúpula del comité:

At Buchenwald, Kogon spent part of his time working as a clerk for camp doctor Erwin Ding-Schuler, who headed up the typhus experimentation ward there. According to Kogon’s own statements, he was able to develop a relationship bordering on trust with Ding-Schuler, after becoming his clerk in 1943. In time, they had conversations about family concerns, the political situation and events at the front. According to Kogon, through his influence on Ding-Schuler, he was able to save the lives of many prisoners, including Stéphane Hessel, by exchanging their identities with those of prisoners who had died of typhus. In early April 1945, Kogon and the head prisoner nurse in the typhus experimentation ward, Arthur Dietsch found out from Ding-Schuler that their names were on a list of 46 prisoners who the SS wanted to execute shortly before the expected liberation of the camp. Ding-Schuler saved Kogon’s life at the end of the war by hiding him in a crate and smuggling him out of Buchenwald.[5]

En definitiva, Hessel pudo sobrevivir gracias a la brutal mafia de presos políticos que, en beneficio propio, gestionaba el campo a cuenta de las SS. Kogon y Hessel fueron ambos beneficiarios de esa mafia. ¿Cómo alcanzó Hessel tales posiciones de privilegio? El propio Hessel, quien reconoce en su autobiografía que ha sido un mentiroso empedernido hasta los 70 años, atribúyelo a la “amistad”:

A finales de septiembre, la conjura estaba madura. Yeo-Thomas debía elegir a los beneficiarios. ¿Uno? ¿Dos? Tres como máximo. Eligió a un inglés, Harry Peulevé, y a un francés, yo. ¿Por qué a mí? ¿Para que hubiera un oficial francés? ¿Porque hablaba alemán? Quién sabe. Tal vez por amistad.[6]

En la obra de Kogon, los hechos que afectan a Stéphane Hessel son relatados en las páginas 226-232 de la versión alemana y 217-225 de la francesa. Aunque el fondo del relato es el mismo, se trata de textos muy distintos. En la versión alemana, la original, ya se anuncia que Hessel se ha convertido en un funcionario de las Naciones Unidas:

Die Rettung gelang. Yeo-Thomas und Pauleve sind heute in London. Stéphane Hessel in New York bei der UN.

Drogas, sexo, pederastia, violencia, negación de todas
las normas: hoy son políticos corruptos.
¿Debería extrañarnos? Daniel Cohn-Bendit joven.

La versión francesa amplía la importancia atribuida a la figura de Hessel reproduciendo in extenso algunas notas o cartas que éste hiciera circular y en virtud de las cuales se le erige poco menos que en héroe cinematográfico. Desde luego, que Hessel culminara su carrera en la ONU no puede ser ajeno al hecho de que la cúpula comunista del campo decidiera seleccionarlo. Cuando habla de mera „amistad“, Hessel oculta los verdaderos motivos. En las dos versiones de la obra, Hessel es descrito por Kogon como alguien que trabaja para el servicio secreto del general De Gaulle. En consecuencia, la displicente actitud de Hessel hacia el comunismo debe ser observada con lupa, porque su salvación a manos de los comunistas de Buchenwald fue un acto político. Comunistas eran quienes decidían entre la vida y la muerte (Kogon, pp. 231-232):

Les forces clandestines du camp ont sauvé des centaines de camarades de toutes nations de ce block 61; dans cette affaire, c’étaient les communistes qui avaient le plus de chance. (…) Les détenus chargés du choix avaient toujours la possibilité de procéder à des échanges de persones, et les victimes qu’ils choisissaient n’étaient pas toujuours ceux qui étaient qualifiés de „traîtres“ ou „d’espions de la SS“ par leurs compatriotes. Dans toute una série de cas bien déterminés, on livra ainsi à la mort des hommes dont le seul crime était d’être en mauvais termes avec les communistes dirigeant leur groupe national, ou d’avoir fait quelque déclaration politique contre le parti communiste.

Pero es que, además, los comunistas sólo podían ejercer su dominio a través de sus contactos con los nazis. En el caso de Kogon, el Dr. Ding-Schuler, de las SS, como ya hemos subrayado. Conviene no olvidar, en este sentido, que en 1940, la vigencia del pacto germano-soviético, firmado el 23 de agosto de 1939, había convertido a comunistas de toda Europa en aliados del nacionalsocialismo. Para los antifascistas españoles, dicha alianza debió de convertirse en una auténtica revelación. Cuando los alemanes ocuparon París, el partido comunista francés y Hitler formaban en el mismo bando. Según cuenta Herbert Lottmann en La rive gauche, a los comunistas (Lottmann, p. 202):

(…) la línea oficial les hacía considerar la guerra francobritánica con Alemania como imperialista; en lugar de combatir el fascismo, la lealtad a la línea soviética les imponía sabotear a lo que ellos llamaban ‘la pretendida guerra antifascista’ y considerar agresores a los franceses y a los británicos. Después de la ocupación de París por los alemanes, en junio de 1940, todavía transcurrió un año hasta la invasión de la URSS por Hitler. El órgano oficial comunista, L’Humanité, publicado clandestinamente, trataba la guerra como un asunto de bandas rivales, entre bandidos, y está probado que los comunistas solicitaron a las fuerzas alemanas de ocupación el permiso para publicar un L’Humanité hostil a la guerra. La idea gustó a los alemanes, pero el gobierno de Pétain opuso su veto.

Hessel joven: “luché contra Hitler”.

Es en esa misma época que algunos comunistas presos en Alemania se convierten –por razones obvias- en internos privilegiados que controlan al resto de los reclusos. Esta relación de conveniencia entre nacionalsocialistas y comunistas no sería rota por Moscú, sino por los nazis, puesto que fue Hitler, ante un incrédulo Stalin, quien decidió invadir la Unión Soviética en 1941. En el momento de cruzar la frontera rusa, el holocausto todavía formaba parte del futuro, pero el régimen bolchevique, desde la época de Lenin, ya había exterminado a 13 millones de ciudadanos rusos. Este hecho no impidió a Churchill y De Gaulle, para quien Hessel trabajaba en calidad de espía, hacer causa común con los soviéticos, como si luchar contra Berlín fuera más justificable que apoyar a otro dictador; con la diferencia de que Stalin, en ese momento, además de tirano era ya un probado genocida y asesino de masas. Hitler, no. Atacada Rusia, el partido comunista se hizo inmediatamente con el control de la Resistencia francesa contra los alemanes, pero las características morales de esa Resistencia se tienen que convalidar con la atroz idiosincrasia del régimen estalinista para el que trabajaban, de forma consciente, la mayor parte de los resistentes. De manera que, cuando Hessel fue detenido e internado en Buchenwald, el apoyo que recibió por parte de la cúpula comunista del campo puede calificarse, sí, de “política”, pero en el peor sentido de la palabra. Hablar de “indignación” y, al mismo tiempo, aceptar un vínculo con los estalinistas, “compromiso” cuyas consecuencias Hessel no podía ignorar, es lo más parecido a burlarse de la gente, eso que los políticos profesionales acostumbran a hacer con los ciudadanos.

Puede pretenderse honestamente que la alianza con Stalin tenía un sentido racional para los nacionalismos francés y británico, cuya intención de ganarle una guerra al nacionalismo alemán era en cuanto tal tan válida como la contraria. Pero aquélla quiere envolverse con el manto del heroísmo cuando no hay lugar para la palabra “ética” en semejante contexto abominable. Utilizar la ética para tales fines es indignante: si la Segunda Guerra Mundial fue desencadenada por la invasión alemana de Polonia, pero siempre con ese sentido ético, que Hessel esgrime, de amparar a un país agredido, ¿por qué Francia e Inglaterra no declararon la guerra a la URSS en 1939? ¿No cruzaron los soviéticos la frontera oriental y se apropiaron de la mitad de la nación polaca en cumplimiento del pacto Ribbentrop-Molotov? ¿No invadió Stalin a continuación los Países Bálticos y luego Finlandia? ¿Dónde se escondía entonces la supuesta ética de los gabinetes de Londres y París? Hessel afirma que se alegró cuando el Ejército Rojo derrotó a los nazis, pero esa victoria permitió, precisamente, que no sólo Polonia, sino toda la Europa del Este cayera en manos de Stalin. Quizá los polacos, víctimas de Katyn, no se alegraran tanto de los éxitos de Moscú. Gracias a su alianza con Inglaterra, Francia y Estados Unidos, el comunismo totalitario pudo extenderse a China y otros países; y continuar impunemente con sus genocidios, crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad en todo el mundo, hasta alcanzar la cifra de 100 millones de víctimas. ¿Es esta “ética de juventud” la que pretende esgrimir Hessel contra los políticos corruptos de nuestros días? ¿No fueron los acontecimientos a los que me estoy refiriendo el origen histórico del fraude, es decir, de la falsa democracia en el seno de un estamento político que ya ha mostrado con creces a todos los ciudadanos cuál es su verdadero rostro? ¿No será que él, Hessel, forma parte de la misma casta política que pretende criticar? ¿No trabajaba para ella al publicar su libro, como siempre hizo a lo largo de su dilatada carrera de trepador institucional?

Para la España que se ha convertido en epicentro del movimiento de los indignados, es muy importante tener una idea clara de contra qué está luchándose. En nuestros días, los historiadores, que, tras la caída del comunismo totalitario, tienen acceso a los archivos de Moscú, han llegado a conclusiones poco conocidas por la mayoría. Así, según Stephen Koch, autor de El fin de la inocencia (Koch, p. 317):

(…) durante los meses más cruciales, heroicos y sangrientos de la lucha armada antifascista en Europa, mientras españoles y radicales de todo el mundo se jugaban la vida por lo que creían que era una batalla para detener la oleada fascista, el gobierno soviético, el supuesto patrocinador de esa batalla y esa lucha, utilizaba el sufrimiento español en negociaciones cuyo objetivo era una alianza con Hitler.

La finalidad de Stalin al pactar con Hitler no era, empero, ni mucho menos, evitar la guerra, sino conseguir que el Tercer Reich y las potencias occidentales se desgastaran en un conflicto previo para, a continuación, poder sacar provecho de la situación e invadir una Alemania ya debilitada, expandiendo la sanguinaria dictadura comunista por toda Europa. El “antifascismo” en el que militó Hessel no representa más que una pieza muy pequeña en este puzzle de política caracterizada por el cinismo, el crimen y el más absoluto desprecio de todos los principios éticos (Koch, p. 157):

Stalin propuso una política dual, en apariencia contradictoria, pero coherente en la realidad. Una vez que Hitler estuvo en el poder, la estrategia de Stalin fue estabilizar sus fronteras orientales dirigiendo la agresión nazi contra las democracias occidentales. De haber guerra, quería que fuese entre Alemania y Occidente, mientras él quedaba al margen del conflicto tras la seguridad de una alianza con Hitler. Parece haber asumido que Hitler sería tan cauto como él. Estaba completamente convencido de que los alemanes jamás se embarcarían en una guerra en dos frentes. Por supuesto que, pese a su considerable admiración por el tirano de Berlín, Stalin no quería que Hitler ganase. Su idea era destruir a Hitler y a las democracias en una tercera guerra mundial que acabaría con la intervención del Ejército Rojo en territorios ya preparados por los servicios secretos y sólo cuando los combates de verdad hubieran cesado. Entonces, él, gángster contra gángster, podría apuñalar por la espalda a un rival ya maltrecho por los combates.

Hitler, perfectamente consciente del doble juego de Stalin, decidió adelantarse y atacarle por sorpresa en 1941, siendo así que el verdadero objetivo del nazismo no eran las democracias occidentales (a las que ofreció la paz en diversas ocasiones), sino la destrucción del comunismo y la creación de un “imperio alemán” en el Este que esclavizaría a los eslavos como “raza inferior”; colonialismo aplicado a europeos que nos escandaliza, pero que Francia, EEUU e Inglaterra ya habían puesto en práctica hasta la náusea con pueblos “de color”.

Hessel en apoyo
al partido de Cohn-Bendit.

Con todo lo que actualmente sabemos, la Segunda Guerra Mundial no cabe concebirla como una lucha entre la democracia y la tiranía, la ética y la infamia, según pretendieron hacernos creer los vencedores: fue una lucha entre distintos imperialismos, a cual más opresor e inmoral. Y de esa lucha brotó vencedora la putrefacta clase política actual, amparada en la hegemonía de los Estados Unidos e Israel, con las consecuencias que, pasados sesenta años, los ciudadanos conocemos de sobras (aunque las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki, Dresde, Palestina o el gulag, entre otras atrocidades, dejaran claro desde el principio, para quien no quisiera taparse los ojos, lo que podía esperarse de los “antifascistas”). Pero Hessel pretende convencernos de que, pese a la corrupción, pese al crimen y el genocidio que precedió, acompañó y siguió a la victoria de los aliados, esa guerra fue una gesta épica; y que Hessel mismo debe servirnos de paradigma o modelo cívico para enfrentarnos, precisamente, a los herederos políticos de quienes ganaron. Semejante pretensión no puede sostenerse ni un segundo ante una conciencia crítica y bien informada sobre los hechos. Hessel miente. ¡No nos dejemos manipular!

Mimado por los comunistas, Hessel vivió en Buchenwald todo lo bien que se podía vivir en un campo de concentración de cualesquiera de los bandos en conflicto. Cierto es que los miembros de la Resistencia iban siendo liquidados a medida que avanzaba el curso de la guerra, pero lo que oculta Hessel al lector es que la Convención de Ginebra no amparaba a una guerrilla que, sin uniforme, lanzara alevosos ataques sorpresa –o sea, por la espalda- contra tropas regulares. El maquis, a la luz de la legislación militar internacional, estaba compuesto por criminales que podían ser ejecutados inmediatamente sobre el terreno de manera perfectamente legítima. Y así actuaron los aliados con los paracaidistas alemanes apresados que, con uniformes ingleses o americanos, habían precedido a la contraofensiva de la Wehrmacht en las Ardenas destruyendo o anulando postes de señalización y comunicaciones. No obstante, Hessel, espía y así reo de muerte, desconoció el horror en Buchenwald, ese celebérrimo horror del que, según Hessel, sólo tuvo noticias… ¡cuando leyó el libro de Kogon!

El 8 de septiembre, dieciséis de nosotros fuimos llamados a la torre. Balachowski nos confirmó, tres días después, que habían sido ejecutados. Nos ocultó los aspectos atroces del ahorcamiento que había averiguado. Estos horrores, como tantos otros, yo los descubriría tres años más tarde en El estado de las SS de Eugen Kogon, nuestro segundo salvador. Kogon trabajaba también en el barracón 50 con Ding-Schukler (sic), cuya confianza se había ganado. Estaba al corriente de los experimentos in vivo que Ding llevaba a cabo con “criminales”.[7]

La descripción que hace Hessel de su estancia en Buchenwald incluye pasajes como los siguientes:

Escuchaba las noticias de la radio alemana a través de un altavoz. La víspera del bombardeo de Gustloff, París había sido liberado por los Aliados. Una gran emoción. Alfred Balachowski vino a vernos y nos trajo conejo. Estaba rico.

Ignoramos hasta qué punto había que disfrutar de privilegios para comer conejo en Buchenwald, pero, desde luego, no es ésta la imagen que se nos ofrece habitualmente de un campo de concentración nazi. Por lo demás, el propio Hessel compara su destino con el de los denominados Muselmänner, quienes trabajaban hasta la extenuación y cuyo aspecto físico era lo más parecido al de un faquir. Convine no olvidar que en aquellos momentos, centenares de miles de mujeres y niños alemanes eran quemados vivos por los bombardeos incendiarios aliados y, en consecuencia, los nazis no se andaban con chiquitas a la hora de tratar a los prisioneros enemigos. En cualquier caso, quizá por ser privilegiados de los campos, entre los que al parecer se contaba Hessel, podían también organizarse en Buchenwald espectáculos artísticos:

También estaba Hewitt, a quien los SS habían autorizado a montar un cuarteto de cuerda que tocaba Mozart, por la noche, en uno de los barracones. Extraño campo, donde se podía tocar música y escribir tragedias.

Conejo, teatro… Curiosas formas del “horror”. ¡El propio Hessel tiene que reconocerlo, pues la norma canónica de aquello que debe ser, a los ojos del mundo, un Konzentrationslager alemán, no procede de su propia experiencia, sino del libro de Kogon, como él mismo ha admitido! Pero la metodología con que Kogon escribió su obra tiene un carácter tan nauseabundamente político como los criterios que permitieron seleccionar a Hessel para ser salvado del fusilamiento (Kogon, p. 15):

J’espère être parvenu, même sur les points les plus délicats, à dire la vérité toujours de telle sorte qu’elle serve au bien et non au mal.

Que sirva al “bien” significa aquí: a la causa aliada de Stalin y Roosevelt.

El promotor de la “transgresión” Daniel Cohn-Bendit.
Toda su vida ha sido un político profesional.

Hessel funcionario de la ONU, diplomático, político

La carrera de Hessel empezó después de la Segunda Guerra Mundial. Una recomendación de la esposa de Roosevelt le permitió formar parte del grupo de redactores de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948). Sobre Roosevelt ya se conocen algunas exquisiteces morales, como, por ejemplo, durante la conferencia de Teherán (1943), su aprobación a las propuestas de Stalin de asesinar a 50.000 oficiales alemanes prisioneros. Cuando Churchill manifestó su repugnancia ante semejante sugerencia, Roosevelt respondió:

Como siempre, parece que me toca hacer de mediador en la contienda. ¿Por qué no lo dejamos en 49.500?

Y el hijo de Roosevelt, Elliot, se sumó al coro del crimen de guerra planificado con la siguiente afirmación:

Espero que se ocupen de esos cincuenta mil criminales de guerra, pero ¡que no se olviden de otros varios centenares de miles de nazis!

Roosevelt fue favorable a la aplicación del plan Kaufman/Morgenthau, del que ya hablaremos más abajo, cuya finalidad era el exterminio del pueblo alemán. En una conversación con el ministro del Interior de EEUU a propósito de dicho plan genocida, castraciones y esterilizaciones incluidas, Roosevelt afirmó:

Tenemos que ser duros con los alemanes, y me refiero al pueblo alemán, no sólo a los nazis. También tenemos que castrar a los alemanes de a pie, o cuando menos habrá que tratarles de tal forma que no puedan seguir alumbrando sin más a individuos que deseen continuar por el mismo camino que antes.[8]

Como es sabido, la bomba atómica norteamericana fue construida bajo el mandato de Roosevelt y lanzada sobre el Japón por orden del presidente Truman. Pues bien, Truman heredó un memorándum secreto redactado por Roosevelt y Churchill donde se establecía que “una vez construida la bomba, se podría, después de maduras consideraciones, utilizar contra los japoneses, a los que se advertiría que se repetiría esta acción hasta que se rindieran.” No creemos que se pueda gozar de la amistad de la esposa de Roosevelt inocentemente. Mientras ella promovía la futura Declaración Universal de los Derechos Humanos, su marido, en la habitación contigua, diseñaba políticamente el arma absoluta y redactaba el documento que iba a permitir utilizarla contra decenas de miles de civiles inocentes. La ética no tolera estas ambigüedades. ¿Qué dijo la señora Roosevelt cuando Truman arrojó finalmente el “horror” –este sí, de verdad- sobre las cabezas de las mujeres y los niños japoneses? Agárrense, indignados: “Truman tomó la única decisión que podía”, pues el uso de la bomba era necesario “para evitar el tremendo sacrificio de vidas estadounidenses”. Pero esta afirmación es éticamente insostenible, además de una mentira de hecho: los norteamericanos estaban ya perfectamente informados de que la intención del Japón era rendirse de manera inmediata. El problema consistía precisamente en eso, porque EEUU buscaba poder lanzar la bomba para conocer sus efectos reales e intimidar, de paso, a la Unión Soviética. Por si fuera poco, una vez lanzada la de Hiroshima, y todo ello con el supuesto fin de salvar más vidas americanas, los héroes de la libertad glorificados por Hollywood lanzaron un segundo artilugio mortífero sobre Nagasaki. Eleanor, la amiga de Hessel, legitimó estas atrocidades. A tenor del favor que gozaba de la primera dama, no creemos que Hessel se lo reprochara como merecía… Una vez más, los amigos de Hessel le delatan. Toda su influencia personal procede de dudosos contactos con el estamento político oligárquico, y ello hasta niveles verdaderamente asombrosos. Ora son los criminales comunistas, ora los criminales capitalistas, pero Hessel no deja nunca de beneficiarse de singulares referentes humanos de la “barbarie” del siglo XX. Todo ello, empero, en nombre de unos “ideales maravillosos”, cuya encarnación humana él, como judío de Buchenwald, representaría paradigmáticamente.

Es cierto que Hessel cuenta también con el apoyo de Daniel Cohn-Bendit, el mítico dirigente “rebelde” de mayo del 68 convertido de por vida en funcionario de las instituciones europeas. Pero Cohn-Bendit no es precisamente un dechado de ética, siendo así que en su heroica juventud se dedicó a promover argumentaciones político-filosóficas a favor de las relaciones sexuales entre adultos y niños. Se le considera un legitimador ideológico de la pederastia y ha tenido que pedir perdón por ello (“La Vanguardia”, 22-2-2001):

Veintiséis años más tarde, la hija de Ulrike Meinhof desentierra varias entrevistas y un viejo libro Le grand bazar, publicado en 1975, sin que entonces llamase la atención, haciendo afirmaciones de este tipo: ‘Ocurrió que algunos niños me abrían la bragueta y me hacían cosquillas. Yo reaccionaba de manera diferente según las circunstancias. A veces, les decía a los niños: ¿Por qué no jugáis entre vosotros…? Pero ellos seguían y yo terminaba por acariciarlos’. Cohn-Bendit agrega: ‘Mi ligue con los chavales tomaba, rápido, formas eróticas…’ Estas afirmaciones y comentarios formaban parte de su libro, en el que su autor evoca su aventura personal en los medios ‘contra-culturales’ franceses y alemanes de los años sesenta y setenta, contando, con mucho detalle, sus grandes experiencias y grandes debates en materia de educación y sexualidad, y abogando, con distinto énfasis, en muy distintas ‘liberaciones’. Veinticinco años más tarde, Cohn-Bendit descubre horrorizado, afirma, el ‘alcance’ de sus declaraciones, realizadas, según él, ‘para escandalizar a los burgueses’. Cohn-Bendit sale al paso de cualquier sospecha de pederastia, declarando: ‘Nunca tuve relaciones sexuales con ningún niño. Por otra parte, los padres y los niños de la guardería donde yo trabajaba publicaron una carta abierta en la prensa alemana, insistiendo que jamás hubo la menor sospecha de pederastia. No hay ninguna duda’. El semanario L’Express desentierra hoy esta historia, y pone en boca de Cohn-Bendit esta frase: ‘Sabiendo lo que hoy sé sobre abusos sexuales, siento un remordimiento profundo por haber llegado a escribir y declarar estas cosas…’. Cohn-Bendit intenta explicarse afirmando que, en verdad, muchas de las afirmaciones de su libro Le grand bazar son sencillamente falsas, poniendo como propias ‘reflexiones sobre la sexualidad infantil que corrían entre los grupos contraculturales’. ‘Hoy -concluye Cohn-Bendit en L’Express- todo esto parece horrible e incomprensible. Y quizá lo sea. Pero, en mi libro, es un condensado de las discusiones que sosteníamos padres y educadores en la guardería donde yo trabajaba’.

Hessel y Cohn-Bendit son correligionarios del partido Europe Ecologie. Pero un ciudadano indignado nunca aceptaría compartir escaño u opción política con un personaje capaz de semejantes afirmaciones, sobre cuyas consecuencias no basta con disculparse. Quien en edad adulta ha dicho: “podía sentir perfectamente cómo las niñas de cinco años habían aprendido a excitarme” (1976), tiene que dimitir de cualquier cargo público. Pero Cohn-Bendit, muy a la española, no soltó jamás su poltrona y no parece que Hessel se lo haya reprochado. Al contrario, le apoyó públicamente el 9 de febrero de 2011 en la campaña electoral de Europe Écologie. Una vez más, la política pasa por delante de la ética en Hessel. ¿Cuenta este personaje con autoridad moral alguna para tutelar filosóficamente la rebelión de los indignados? Que el lector juzgue por sí mismo.

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[1]Hessel, S., Mi baile con el siglo, Barcelona, Destino, 2011, p. 40.

[2]Op. cit., p. 33.

[3] Traducimos directamente de la versión francesa, pero, para mayor seguridad, hemos confrontado el texto con la versión original (p. 260) y constatado que la francesa es más extensa e incluye detalles que no se encuentran en la edición alemana, pese a lo cual el sentido es básicamente el mismo: “SS Besuche fanden in den Lagern haufig statt. Die Lagerführung entwickelte dabei eine merkwürdige Praxis: einerseits verschleierte sie die Zusammenhänge, anderseitszeigte sie besondere Schaustücke. Einrichtungen, die auf Marterungen der Häftlinge hinweisen konnten, wurden bei den Führungen übergangen, derartige Gegenstände versteck. So kam zum Beispiel der berüchtige „Bock“, wenn er auf dem Appellplatz stand, so lange in eine Wohnbaracke, bis die Besucher wieder gegangen waren. En la versión francesa se encuentra la siguiente precisión, ausente en la alemana: Une fois, semble-t-il, on oublia de prendre ces mesures de prudence : un visitant ayant demandé quel était cet instrument, l’un des chefs de camp répondit que c’était un modèle de menuiserie servant à fabriquer des formes spéciales. Les potences et les pieux auxquels on pendait les détenus étaient également rangés chaque fois.

[4] Versión francesa: Les directions des camps n’étaient pas capables d’exercer sur des dizaines de milliers de serfs un contrôle autre que purement extérieur et sporadique.Elles ignoraient ce qui se passait réellement derrière les barbelés.Versión alemana (p. 280) : Die Lagerführungen waren nicht imstande, Zehntausende von Unterjochten anders als rein äuBerlich und durch plötzliche Eingriffe zu kontrolieren. Was hinter dem Stacheldraht wirklich vorging, blieb ihnen verborgen.

[5]Traducimos al castellano: “(…) en Buchenwald, Kogon pasó parte de su tiempo trabajando como oficinista para el doctor Erwin Ding-Shuler, quien lideraba la sala de experimentación del tifus del campo. Según las propias declaraciones de Kogon, fue capaz de desarrollar una relación que bordeaba la confianza con Ding–Schuler después de convertirse en su oficinista en 1943. A partir de entonces, tenía con él conversaciones sobre asuntos familiares, la situación política y el frente. De acuerdo con Kogon, gracias a su influencia con Ding–Schuler, fue capaz de salvar la vida de muchos prisioneros, incluido Stéphane Hessel, cambiando sus identidades con aquellos que habían muerto de tifus. A principios de abril de 1945, Kogon y el jefe de enfermeros prisioneros de la sala de experimentación con tifus, Arthur Dietsch (sic) supieron por el propio Ding-Schuler que sus nombres estaban en la lista de 46 prisioneros que los SS querían ejecutar inmediatamente antes de la esperada liberación del campo. Ding-Schuler salvo la vida de Kogon al final de la guerra escondiéndolo en un cajón de embalaje y sacándolo ilegalmente de Buchenwald.

[6]Hessel, S., Mi baile con el siglo. Memorias, Barcelona, Destino, 2011, p. 100.

[7) Hessel, S., Bailando con el siglo, op. cit., p. 99.

[8]Reagan, Geoffrey: Guerras, políticos y mentiras. Cómo nos engañan manipulando el pasado y el presente, Barcelona, Crítica, 2006, p. 45.

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Savitri, sacerdotisa del arianismo

28 de junio de 2010

Nota de URANIA:  Gracias a un blog de reciente aparición (www.savitridevi.es) hemos podido conocer algunas fotografías que nos dan testimonio de la biografia de Savitri Devi, una extraordinaria mujer que parece surgir de una Antigüedad eterna. Ha sido calificada, en un libro editado en Francia, como “sacerdotisa de Hitler”. En realidad ella era y es más que todo eso. Fue realmente un puente de unión entre la arianidad de la antiquísima tradición de la India y la de Europa. Una de sus obras, más interesantes, y que casi solo se encuentra en internet, es “Recuerdos de una mujer aria” (traducida al castellano en los años 80 del siglo XX) con el título de “La llama eterna“. En su prólogo, Savitri Devi, escribe que la India es el único país del mundo donde lo que llama la Fe Hitleriana puede expresarse con relativa libertad… y ello es debido a que desde una visión hindú, la guerra de Europa en los años 1939 a 1945, fue una batalla más, en la lucha  milenaria entre la  las fuerzas de la Luz y de la Obscuridad.  Como dato curioso y anecdótico, a través de un blog especializado en la figura de Adolf Hitler (Mein Führer) hemos sabido que en la India se prepara un filme sobre la vida del “último avatara”… como le llamó Miguel Serrano… En cuanto a las obras, de interés fascinante, de Savitri Devi, es evidente que siguen siendo inaccesibles para el gran público, pero se pueden conseguir a través de Iberlibro. Concretamente, “Recuerdos y Reflexiones de una Aria” puede leer se en versión pdf en libreopinion.com.

un “cazanazis” embustero

20 de junio de 2010

De un interesante blog que se autoproclama “blog antinazi” reproducimos un informe sobre el controvertido personaje Simon Wisenthal, conocido como profesional y subvencionado “cazanazis”.  Al margen de que consideramos ingenuo  que un blog católico  cruxetgladius se proclame “antinazi”, hay que reconocer que dado el “lavado cerebral” que ejercen los medios de incomunicación desde 1945, e incluso antes,  es lógico que este blog se “cure en salud” para evitar suspicacias o falsas interpretaciones por parte de los lectores, sobre todo cuando se trata de un informe en el que se descubre la verdadera catadura de un individuo que dedicó su vida a “cazar” seres humanos, como si fueran alimañas…

Copiamos literalmente de crux et gladius:

Un pequeño introito a modo de tentempié

Es muy difícil que en nuestros tiempos exista persona alguna que no haya escuchado, aunque más no sea someramente, del polaco don Simón Wiesenthal, el implacable cazador de nazis y, por tal motivo un Benemérito de la Humanidad. Pero como se ve, éste era poco y, sobre el pucho la escupida: apareció Beate Klarsfeld, miembro de la terrible organización sionista Sherit Hapleitá (con la invalorable ayuda de su marido Serge Klarsfeld), quien se dedicó con ahínco a ser cazadora de nazis (el caso Klaus Barbie, en Bolivia es el mayor de sus éxitos), a la par de denunciar la aparición de líderes nazis en Hispanoamérica, entre los cuales se encontraba nuestro General Juan D. Perón y otros fascistas de alcurnia, que da siempre la casualidad o son peronistas o son nacionalistas. Del otro lado: liberal y bolchevique no encontraron uno. Y, en el fondo, es este el motivo por el cual les dedico, como un caballero que soy, a estos dos cazadores, los renglones que siguen. Es decir, les devuelvo la gentileza, aunque sin necesidad de tornarme macaneador.

Cita la literatura infantojuvenil, aquella que nos hacían leer nuestros maestros en la época nefasta del Tirano Prófugo, al Barón de Münchhausen como el mayor mentiroso que haya existido sobre la faz de la tierra en todos los tiempos, a extremo tal que le mató el punto a Néstor Diletante, que no es poco. En verdad no he tenido el placer de leer por completo las andanzas de este personaje por los prados del Señor, aunque sí he espigado algunos capítulos que me han prestado por aquí y por allá, en ayer y otrora. Mas como Dios me ha negado esta suerte, la que acepto sin pestañar, porque debe hacerse su voluntad y no la mía, no me ha negado la otra: de tener amigos esparcidos en los rincones por doquier. Y, gracias a uno de éstos, me ha llegado un envío del doctor don Gervasio Fernández Funes, que vive en Montevideo cerca del coqueto Miguelete, el libro Los Asesinos entre Nosotros, que son las memorias traducidas al castellano de Simón Wiesenthal, editado por Noguer, de Barcelona, en España. Lectura recomendable para todos aquellos que se dedican a estos estudios y mucho más para los que desean reírse un rato a costillas de un delirante.

Amistades que me hicieron mal y sin embargo las quiero

En la presentación de su libro, dice don Simón que ha estado en una docena de campos de concentración y que sólo sobrevivió por una serie de milagros. Los que en realidad no parecen ser tales, si se tiene en cuenta la promiscuidad en la que vivía Wiesental con los oficiales de la Schutz-Staffeln (SS), dado que como ingeniero diplomado ejerció importantes funciones durante cuatro años y dos meses al lado de los terribles nazis, los que, desde luego, sabían que don Simón era judío, todo lo cual resulta desde ya, más que un milagro, una maravilla sin abuela. Tal es el caso de su amistad con el ex oficial de la SS, Heinrich Guentheret, a quien en diciembre de 1965, es decir, 20 años después de guerra que involucra su martirio, lo invitó especialmente para el casamiento de su hija. Por este botón para la muestra, el lector se habrá dado cuenta que nos encontramos ante uno de los buenos y, que por tal hecho, debería ser simplemente descalificado de todo lo que dice en adelante. Conste además que a esto lo dice Wiesenthal y no quien esto escribe, que ya el lector lo puede haber calificado de nipo-nazi-facho-falanjo-peronacionalista. Y en una de esas, con tal etiqueta, se ha quedado corto el decidor.

Una vida maravillosa

Wiesenthal nació un 31 de diciembre de 1908. Y, aunque tenía a esa fecha madre y padre, fue su abuelo materno quien lo anotó en los registros, sin que medie explicación alguna del autor, el día 1° de enero de 1909. Así anduvo a las gambetas y agachadas por esta causa, hasta que la policía lo descubrió y fue acusado de haber adulterado tal fecha para evitar el servicio militar. Una falta muy grave ayer y hoy. Mas hete aquí que sobrevino el primer milagro: convenció a la severa policía polaca de que el culpable había sido su abuelo, el que no pudo ser llamado a atestiguar porque se había muerto. Y colorín colorado este cuento ha terminado.

En el almacén que tenía su padre, próspero comerciante, gustaba pasar las horas armando casitas y castillos con panecillos de azúcar, los que luego aquél recogía de la mesa, el suelo y el jergón del perro, aunque manoseados, pisoteados y babeados por el niñito, reintegrándolos a su caja para la venta a la confiada clientela del barrio. Es que don Simón quería ser arquitecto, por lo que luego se recibió de ingeniero, que es como decir que le gustaba el triciclo pero se hizo aviador. Y esto no fue por maldad, sino porque en los exámenes que le tomaron en la ciudad de Lwow, no pudo responder más de cuatro preguntas de las sesenta que le hicieron. Lo que quiere decir que era mejor que Sarmiento, que tenía 14 años y estaba en primer grado haciendo la “o” con un vaso, como nos cuenta en Recuerdos de Provincia (¿será por esto que lo llamaban Padre del Aula?). Decepcionado Simón ingreso a la universidad técnica de Praga, donde y desde luego, no había examen de ingreso y la única exigencia era llenar un formulario, cortarse las uñas y tener el certificado de la vacuna contra el coqueluche. Bueno: en verdad, a veces, todo no se puede. Y demos al hombre el mérito que tiene. Además, ¿para que tanta exigencia con un postulante a ingienería?

En la página 29 nos cuenta: “Pasé (en Praga, se entiende) los días más felices de mi vida. Era muy popular entre mis compañeros como estimulante polemista en reuniones estudiantiles y como brillante maestro de ceremonias en actividades sociales. Tenía excelente memoria para divertidas historias aderezadas con mímicas. Tenía también talento para la sátira. Mi humor era particularmente del gusto de mis amigos no judíos, a quienes encantaba la profundidad y la oculta ironía de mis historias. Cuando iba a pasar las vacaciones de Navidad y Pascua a mi casa, llevaba toda la noche en el tren con mis amigos, contando historias, y al llegar a casa, estaba tan ronco que no podía hablar.” Digan si no es un capullito de alelí. Se ve que de jovencito ya estaba practicando lo que después haría toda su vida: darle al macaneo sin asco.

Una misa milagrosa

Resulta que en 1941, los granujas ucranianos que ayudaban a las malvadas tropas alemanas entraron en Lwow (pero no dice por qué él no estaba estudiando en Praga). Entonces los ucranianos que estaban en la ciudad aprovecharon para hacer un progrom que duró tres días y tres noches. Al final habían asesinado unos 600 judíos de los cuales don Simón no recuerda el nombre de ninguno a pesar de ser sus vecinos y correligionarios. Más tarde él y otros 40 judíos, entre abogados, médicos, profesores e ingenieros, fueron apresados y llevados al patio de la prisión de Brigki. En el centro de aquella explanada había una mesa repleta de botellas de vodka, salchichas y zakusky (digamos entre nosotros: una picadita), más con fusiles y municiones. Y ahí nomás les ordenaron a los judíos de la arriada ponerse cara a la pared con las manos en la nuca.

Un ucraniano comenzó a disparar haciendo centro en la nuca de cada judío (justo donde tenían las manos). Cada dos disparos el verdugo interrumpía las ejecuciones y se iba a la mesa a beber vodka y darle al zakusky que parece estaba muy bueno. En el ínterin otro hombre le alcanzaba otro fusil recién cargado (¿qué fusiles usarían estos ucranianos en 1941 que cargaban dos tiros? ¿Acaso el arcabuz de Pizarro o el que llevaba Robinson Crusoe?). Otros ucranianos iban depositando a los judíos muertos en sus ataúdes. Y así los gritos y los disparos se fueron acercando a don Simón, quien recuerda que del miedo que tenía solamente miraba a la pared (pero veía todo lo que pasaba a su lado y a sus espaldas, lo que no deja de ser portentoso, pero no tanto si se sabe que fue un Elegido del Señor de Israel). Y cuando parece que le tocaba el turno a él, comenzó el tañido de las campanas de la iglesia llamando a misa vespertina. Entonces resonó una voz aguardentosa de uno de estos borrachines que dijo: ¡Basta! ¡Tenemos que ir a misa a comulgar” (lo que prueba, aunque él no lo diga, que don Simón por lo menos entendía el ucraniano). Parece mentira, pero los ucranianos, terribles asesinos y temulentos sin costura, no querían perderse la misa, ni la comunión (¿qué le dirían estos asesinos en la confesión al cura del pueblo?). Pero no es una mentira lector, es uno de los tantos milagros que le sucedieron a don Wiesenthal y él los cuenta con intrepidez haciéndome poner los pelos como un cepillo.

Después de esto parece que se quedó dormido en ese mismo lugar y no recuerda por cuanto tiempo (parece que la misa fue larga; y a la mortadela con queso de la picadita, ¿quién se la comió?). Hasta que la luz mortecina de una linterna le dio en la cara despertándolo. Se trataba de Bodnar, un polaco que había sido su capataz en una de sus obras y lo quería salvar. Entonces don Simón pidió que también ayudase a su amigo Gross (de los restantes judíos supuestamente vivos no dice nada) por tener a su madre viejita. Y Bodnar ideó un plan que consistía en darle un garrotazo a cada uno de estos dos y hacerlos pasar por espías rusos, para llevarlos luego al comisario ucraniano de la calle de la Academia. Y fue así que este polaco le dio semejante garrotazo a don Simón que lo dejó sin dientes y los labios como riñón partido. Pero en fin, así son los amigos, y agrego de metido no más: menos mal que era un amigo, porque de haber sido un conocido simplemente, le arranca la cabeza del palazo. El asunto fue que esa noche Wiesenthal estaba en su casa (que se ve los del progrom no la tocaron y a sus progenitores tampoco, porque su padre seguía con el próspero negocio), lo más campante, aunque reconoce que no pudo silbar por varios días. Un detalle importante. Gracias a la misa y a un ex empleado, don Simón había salvado su vida.

Comienza su ascenso de canillita a campeón

A fines de 1941, Wiesenthal fue remitido a un campo de trabajos forzados (lamentablemente no nos dice por qué). Era un taller de reparaciones de locomotoras del Ferrocarril del Este. El forzado trabajo que haría don Simón, ponga y dele a sudar, consistía en pintar el águila alemana y la cruz gamada en las locomotoras capturadas a los rusos, tarea que hacía con gran primor según él lo dice con detalle y merecía las felicitaciones de los nazis. Estando en esto, un día muy frío, se le presentó su jefe, el nazi Heinrich Guentheret (el invitado al casamiento de su hija veinte años más tarde), y se compadeció de él porque tenía las manos azules por el frío por lo que el malvado le regaló sus guantes. Interrogado por Guentheret sobre dónde había estudiado tuvo miedo, porque él sabía de la envidia que los alemanes les tenían a los judíos por ser más inteligentes que ellos. Entonces don Simón mintió diciendo que lo había hecho en una escuela de comercio (complicados estos polacos: en una escuela de comercio en lugar de llevar los libros le enseñaban dibujo y pintura). Pero otro judío que estaba a su lado y preso como él, lo desmintió a los gritos diciéndole a Guentheret que Simón era ingeniero y que no le creyera nada porque todo lo que decía eran mentiras (aquí, lector, esto se merece, si usted me permite, un ¡Oh! y un ¡Huy!). Sorprendido el nazi le preguntó por qué le había mentido y si no sabía que ese era un delito muy grave en Alemania. Lleno de indignación Guentheret en lugar de mandarlo a la moledora de carne, lo ascendió a Técnico y Orientador. Por lo que aquí Wiesenthal consumó otro milagrito.

Cuenta don Wiesenthal que este nuevo cargo lo hizo gozar a de la más completa libertad “en aquel mar de locuras”. Y trabó amistad con los 50 oficiales SS que estaban a cargo de los talleres (aquí me largo otro ¡Oh! y un ¡Ayayai!), los que se comportaron siempre correctamente con los judíos y los polacos. También lo fue con el Superior Inspector Adolf Kohlrautz a cargo de aquel asentamiento maldito. Y fue tan grande aquella intimidad con Kohlrautz que le permitió a Wiesenthal tener en su escritorio dos pistolas cargadas, que había obtenido clandestinamente y de hecho robadas (¿para qué querría un hombre pacífico como Wiesenthal, un capullito de petunia, dos pistolas cargadas donde todos, supuestamente, eran amigos?). De esto se deduce que a don Simón le tocaron unos nazis macanudos, ¿o no? Aparte de que, como él mismo lo dice, tenía despacho privado y escritorio, mientras que los restantes pobrecitos judíos andaban a salto de mata, comiendo gambeta, muertos de frío y con un par de latigazos de yapa. ¿Otro milagro? Parece que sí, y ¿cuántos van? (Confieso: estoy por abandonar esto; pero no, seguiré, en honor a vosotros).

El cumpleaños del Führer

El día 20 de abril de 1943 se cumplía el 54° aniversario del nacimiento del Führer, que dice don Simón “fue día de sol y primavera”. Wiesenthal había salido temprano de la cama para terminar un enorme cartel que decía: “Wir lieben unseren Führer” (nosotros amamos a nuestro conductor). Relata que con anterioridad había pintado enormes cartelones con la cruz gamada para las celebraciones de las SS. Y estando en esta faena, cayó un oficial de apellido Dyga que, sin decir agua ni viene, tomó a Wiesenthal y otros judíos y los condujo a otro campo de concentración distante a tres kilómetros de aquellos talleres ferroviarios, donde él la estaba pasando pichichú con sus amigotes nazis.

El motivo de aquel cambio fue que, para conmemorar el cumpleaños del Führer, iban a ejecutar a 54 judíos. Esto es, uno por cada año de vida de Hitler (no me digan que esto no es original). En cuanto llegó al lugar pudo reconocer entre los judíos elegidos para inmolar, que eran todos científicos de primer nivel, catedráticos, abogados, médicos y todos los otros intelectuales que había en el campo (del que don Simón se le olvidó darnos el nombre). Una pesada lluvia caía en ese momento (lo que ya presagia otro milagro, porque a tres kilómetros de allí era un “día de sol y primavera”) sobre el tenebroso campo de ejecución. En el lugar se había cavado una zanja de 450 m de largo (para enterrar 54 judíos, de donde pueden ocurrir una de dos: o la zanja era demasiado larga o los judíos eran muy grandotes, porque le corresponderían más de 8 m para cada uno).

Los a ejecutar fueron puestos al borde de aquella cuneta horripilante, y don Wiesenthal vio al SS de nombre Kautzer (acababa de llegar y ya sabía el nombre del fusilador), ir matando de a uno a los judíos que caían en la fosa. Hasta que le llegó el turno a don Simón, que parece siempre era el último porque le había tocado el número 54, dado que pudo contar los 53 anteriores. Pero en ese preciso instante se sintió una voz férrea que gritó: “¡Wiesenthal!”, por lo que giró un poco su cabeza muy tímidamente; entonces la voz volvió a sonar: “¡Sí, usted, Wiesenthal!” (lo que revele ya dos cosas: o que este alemán era un idiota redomado o que don Simón no nos dice la verdad; porque allí había, según sus dichos, una sola persona: él, esperando que lo faenen, y no 350, y justamente esta persona se llamaba Wiesenthal y no Pototo Mangiafiore). No habrán sonado las campanas, pero don Simón se salvó de la Huesuda Parca de nuevo. He aquí otro milagro.

Los 11.000.000

Es el cálculo que hace Wiesenthal de los que perecieron en el holocausto. Y no quiere saber nada con que hayan sido menos. Sí señor: 6 millones de judíos, 5 millones de yugoeslavos, rusos, polacos, checoslovacos, holandeses, franceses y muchos otros más. Sólo de niños dice que perecieron un millón reventándolos contra las paredes. Don Simón participó activamente en el proceso de Nüremberg. Sus testimonios fueron tomados al pie de la letra sin que ofreciera un solo documento. De este proceso salieron los linchamientos de los jerarcas del nazismo y otras condenas durísimas, como la de Rudolf Hess (que ya llevaba cinco años de prisión, incomunicado).

Una de cow boys para la muchachada ignara

En el campo de concentración de Lwow –dice afligido don Simón-, uno de los más perversos guardias de las SS, era conocido con el sobrenombre de Tom Mix, como el muchachito de las (añejas) películas del Far West, porque su pasatiempo favorito era montar a caballo, y disparar a los prisioneros.” Simón Wiesenthal tiene muchos testimonios, pero no conocía el nombre del artista que encarnaba a Tom Mix, así como se ve que tampoco conocía el nombre del alemán que hacía semejantes barbaridades. En fin, todo no se le puede pedir a un hombre que sufrió tanto y que hizo más milagros que el Pastor Jiménez en la cancha de Boca, ¿no le parece? Además este libro tiene su mérito: fue lectura obligatoria en Alemania.

Forma práctica de rellenar los hoyos de las bombas

Don Simón, aunque hombre sabio si lo hubo enantes, comenzó a entender los misterios que encierra la mente alemana después de la guerra. Antes parece que no. Y esto ocurrió cuando tuvo acceso a la correspondencia que los SS escribían a sus esposas. Por ejemplo, recuerda una carta en que un führer de las SS describía como tal cosa que una unidad bajo su mando había sido designada para rellenar el cráter abierto por una bomba rusa en Umán, cerca de Kiev, en Ucrania (¡qué bombita, madre mía!, ¿será como las de 15 toneladas que le tiraron los yanquis a los afganos para salvaguardar los Derechos Humanos?). Los matemáticos alemanes (¡mire el lector en la que andaban estos sinvergüenzas!) calcularon después de varias semanas, que los cuerpos de 1.500 judíos serían suficientes para rellenar semejante agujero.

Por este motivo, e inmediatamente, se ejecutaron 1.500 judíos, cuyos cadáveres fueron tapando el hoyo; después les colocaron tierra y una tela metálica por arriba. Así habría desaparecido el socavón. No haré hincapié en el lamentable antecedente de que la socava de don Simón jamás fue encontrada. No. Pero si me llama la atención de la frialdad en el relato, el cual se encuentra desprovisto de todo rasgo emotivo que haga notar la afectación espiritual de quien haya presenciado, o simplemente conocido, semejante inhumanidad.

Pero en la primera carilla de esta carta (su letra fue sometida a un grafólogo de renombre y nos dijo que su autor no padecía ninguna patología mental), el SS le preguntaba a su esposa sobre las flores de su jardín con gran melancolía, prometiéndole que le conseguiría una empleada rusa para que le ayudase en los quehaceres domésticos.

Wiesenthal cita otra carta que vio, donde un SS le cuenta a su esposa cómo mataban a los niños recién nacidos en cautiverio, arrojándolos contra las paredes (¡qué no diría sobre esto la Carlotto que es Wiesenthal con polleras!) y, al cambiar de tema, el alemán le pregunta por su propio hijito que sabía estaba cursando un sarampión. Ahora digo yo, siempre puro metido, que hacer estas cosas es una barbaridad peor que la del canalla de Herodes. Pero imaginarlas, sin que jamás hayan existido, es digno de la psiquiatría, por lo que el dicente es poseedor de un mente extraviada, vaya saberse en qué vericuetos de su criminalidad.

Eichmann

“Pasé una semana en Nüremberg –cuenta don Wiesenthal-, leyendo día y noche (esto, ¿acaso sería parte de los trabajos forzados a los que fue sometido?, y, ¿cómo haría para conseguir libros en un campo de concentración?). Eichmann aparecía como jefe ejecutor de la máquina aniquiladora, que constantemente pedía grandes sumas (¿cómo sabía Simón que Eichmann pedía más y más dinero al gobierno central de Berlín, si él no salía de su barraca?), con el objeto de construir más cámaras de gas y crematorios y para financiar institutos de investigación especial (y a esto último, ¿cómo lo habrá conocido si no pasaba de su condición de recluso?), para estudiar los gases letales y sus métodos de ejecución.” Visto esto resulta que Eichmann era lo que yo pensaba: un majadero incurable. Todos los venenos, sólidos, líquidos y gaseosos vienen con una cartilla editada por su fabricante, con todos los efectos que produce en animales y vegetales, entonces, ¿qué andaba averiguando el alemán exterminador? Tenía que leer el prospecto solamente. O levantar el teléfono y hablar con el proveedor. Aunque habría sido más fácil hablar con la Cruz Roja internacional que la tenía a tiro de mata gatos. Y hablando de proveedores y de la Cruz Roja, recuerdo que en el proceso contra Ernst Zundel, llevado a cabo en Toronto, Canadá, el 8 de enero de 1985, se ventiló el asunto de que el Zyclon-B (Z-B) que habrían usado los nazis para exterminar judíos fue provisto por los EE. UU. (la Dupont, su único fabricante), por lo menos hasta 1943. ¿Y la Cruz Roja no le avisó a los yanquis lo que estaban haciendo los nazis con semejante pesticida? No quiero pensar que los gringos les proveyeron el Zyclon-B y después los acusaron de asesinatos de lesa humanidad. Un negocio redondo.

El Doctor Menguele

“El nombre del Dr. Josef Menguele era conocido de cuantos estuvieron en Auschwitz y aún para los que no estuvieron allí. Millares de niños y adultos, tiene Menguele en la conciencia (…) Odiaba especialmente a los gitanos, tal vez porque parecía uno de ellos y por eso ordenó la muerte de millares” (no me digan que no es un buen motivo). En ninguna parte dice don Simón que haya conocido personalmente al doctor Menguele, luego habla por boca de un tercero con versión de segunda, o vaya a saber de qué mano. Y bien, así sigue toda esta parte sobre el supuesto galeno asesino, con versiones “de un hombre que me contó”; lo que “Hermann Langbein, escritor judío, que me contó una vez”; que “escuchó que había dado muerte a millares de niños mellizos por toda Europa (…) para cambiarle el color de sus ojos, de pardos a azules”; que escuchó decir que “Menguele era el SS perfecto, pero no cuenta cómo este nazi maldito cortaba la churretera con té de barba de choclo. Le refirieron que le “sonreía a las muchachas bonitas mientras las enviaba a la muerte (…) y frente al crematorio de Aschwitz alguien lo oyó decir: Aquí los judíos entran por la puerta y salen por la chimenea”; etc. Y así sigue esta narración de historias chapuceras, cuyo autor las escribió porque es evidente que sus motivos tendrían. Lo grave en todo esto es que haya gente que se las haya creído y mucho más grave que exista gente que aún se las crea. Sin embargo estas declaraciones “que me contaron”; “yo no lo ví pero me dijeron”; “me lo manifestó una chica, cuyo nombre no recuerdo, que ella vio a Fulanita de Tal encadenada”; que “al lado del coso estaba un foso donde se quemaban los cadáveres y las llamas llegaban a catorce metros de altura”; “que una amiga le dijo que Merengadita de Cual había tenido un bebé y que los captores la rifaron en una partida de truco de hacha y tiza”; etc., me parece haberlo escuchado en alguna parte. No hace mucho. Ante un juez y un fiscal. Pero no me acuerdo a dónde. Disculpará el lector esta imprecisión de mi parte.

La aguja infalible

Reconozco que el título es muy raro pero, como verá el lector, es la que se deduce de la historia contada por don Simón en las pp. 227 y 228 de su memoria.

Dice que Ruth le contó una historia, pero él en realidad pensaba en otra cosa, que era en “una pequeña habitación gris oscura (digo yo de puro metido: ¿cuántas personas habrá que hayan visto en su vida una habitación pintada de gris oscuro?). La entrada está a la izquierda, la salida en el centro de la pared de atrás, y esa salida conduce directamente al crematorio de campo de concentración de Grossronsen, próximo a lo que era entonces Breslau y hoy es Wroclaw, en Polonia (palabras por las que pienso Wiesenthal fue un testigo ocular). En el escenario no hay nada más que una mesita con varias jeringas y unos pocos frascos llenos de un líquido incoloro, y una silla, no más que una (da la impresión que don Simón conocía bien el ambiente). Un ligero olor a carne quemada flotaba en el aire (¿los nazis estaban haciendo un asadito o estaban quemando gente?). Estamos en el año de 1944 y la hora puede ser cualquiera del día o de la noche (esto, para ser una acusación, es bien precisa, no me digan que no, porque lo narrado no es un chiste).”

Nosotros nos hallamos –dice Wisenthal- en la antecámara del crematorio de Grossronsen. No hay cámara de gas en este campo de concentración (aunque no sea de don Simón es ¡otro milagro!), y el crematorio es manejado por un ruso llamado Iván el Negro, porque el humo constante le dejó negras las manos y la cara (¡Santo Cielo! Aparte que este Iván no se bañaba nunca, parece que Wiesental lo conocía hasta por el apodo antes que por el olor, ¿cómo habrá hecho?). Iván tiene un aspecto terrible, pero pocos internados lo ven cuando están vivos (pero él estaba internado, vivo y lo vio). Cuando Iván se ocupa de ellos, la gente ya no le tiene más miedo (esto es humor negro puro). El lleva sus cenizas hasta una huerta vecina, donde son usadas como fertilizantes, en ella los guardias plantas verduras para la cocina del campo (de donde se deduce que estos nazis eran ecologistas). Sé de esto porque soy uno de los prisioneros que trabajaban en la huerta (de donde se deduce que don Simón de ingeniero pasó a pintor, y de allí, por ahora, a hortelano).

Ahora aparece un joven –sigue diciendo el sobreviviente del holocausto- en el centro de la sala (o sea que él estuvo allí, fue un espectador, ¿qué estaría haciendo el bueno de don Simón?). Sobre su uniforme de las SS, lleva una ropa blanca de médico (es decir: él lo vio). La mayoría de los prisioneros no conocían hasta aquel momento al joven doctor (pero parece que él sí lo conocía de antes, ¿tal vez de la huerta? ¡Wiesenthal conocía a todos! He aquí otro milagro), que era miembro del comité de recepción.

Cuando llegan los transportes de prisioneros, les es ordenado bajar la rampa y quedarse en posición de firmes frente a la mesa (nótese que Wiesental hace su narración como un espectador, ¿acaso no estaba entre los prisioneros?). El doctor sentado atrás de ella, mueve el índice para la derecha, vida, o para la izquierda, muerte (¿y don Simón a dónde estaría?, ¿acaso detrás del doctor?) Un SS va haciendo señales en una lista (Wiesenthal vio las señales y la lista). El doctor hace una segunda revisación en el despojo humano que tiene enfrente (seguro que él no era, porque cuando lo encontraron estaba gordo).”

¡Abra la boca! –cuenta que dijo el galeno alemán- ¡Más! Hace una señal de asentimiento con la cabeza. El prisionero vale algo: tres dientes de oro (parece que él los contó). El doctor marca una gran cruz negra en la frente del prisionero, con un grueso lápiz mojado (¡ni locos los nazis, tan apegados al oro y los dólares, iban a dejar escapar esos dientes!).

¡Abtreten! (salir de las filas). Todos los marcados tienen que registrarse en los escritorios del campo y los dientes de oro que poseen en la boca (él seguro que no porque su amigo, el polaco Bodnar, de un garrotazo se los extrajo sin anestesia dejándole la boca como una morcilla), son debidamente registrados. ¡Ya no les pertenecen, pero los SS les permiten usarlos mientras están vivos, porque ¿quién dijo que los SS eran inhumanos? (mire don Simón: esto si que es humor negro de pésimo gusto). No serían capaces nunca, de arrancar los dientes de oro de un hombre vivo (parece que su amigo, el polaco Bodnar, no pensaba lo mismo).

Puestas en fila las víctimas, el doctor (dice don Simón más adelante que era de apellido Babor, es decir también lo conocía, así como su sobrenombre que era Herr Doktor, ¿cómo habrá hecho para conocer tal apellido y su mote?) llenaba una jeringa y le ordenaba a la persona a inmolar que se desnudase hasta la cintura. Hecho esto le indicaba que se sentase en la única silla que allí había. Simultáneamente dos SS tomaban al sujeto por ambos brazos y el médico le clavaba la aguja en el corazón inyectándole el líquido, que era ácido fenólico que mata instantáneamente (observe el lector que Wiesenthal conoce hasta el nombre del compuesto químico). Y el resto de los prisioneros que estaban en la cola esperando el turno para ser inyectados, ¿qué hacían? No. De esto don Simón no nos cuenta nada, por lo que supongo nada habrán hecho.

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Y bien señor lector: a esto yo no lo sigo más. Me duele la cabeza. Que lo siga otro si puede. Pero algo de fuerzas me quedan para darle un consejo a la muchachada de la Organización Wiesenthal que veo son muy jóvenes: hagan desaparecer este libro y eviten, como lo han hecho hasta ahora, que se reedite. Porque miren: no hay nada peor que avivar a la gilada, que después se vuelve contra. Bien, me dirán seguramente, pero ¿cómo hacemos para ocultar un libro escrito por nuestro fundador? ¡Ah, no, esa es harina de otro costal! Habrá que inventar algo. Total la gilada es capaz de manducarse un adoquín con mayonesa.

Mientras se les ocurre algo yo les aconsejaría que sigan insistiendo en que el General Perón era un nazi; que los peronistas son todos nazis; que los nacionalistas son lo peor de lo peor en este horripilante sentido; que el oro nazi robado a los judíos fue el financista de la Revolución NacionalJusticialista y que el oro nazi está enterrado en algún lugar de la Patagonia. En cambio el General Justo (el edificio del Colegio Militar de la Nación construido durante su presidencia es copia exacta de un cuartel de los SS, cosa que demostraré en breve con fotografías: una por una; lo sabrá a esto la Garré que se las da de bataclana), Lonardi, Rojas, el Gordo Codovila (enterrado en Moscú), Norteamérico Ghioldi, los hermanitos Frondizi, Santucho, Gorriarán Merlo, todos los Virreyes y ahora Kirchner con su fámula, no. Ellos fueron y son hombres y mujeres de la Democacacracia.

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FINALMENTE PARA MUESTRA UN BOTÓN POR QUE NO FALTARAN LOS SIMONADICTOS QUE DIRAN QUE TODO ES MENTIRA, QUE EL ANTISEMI…eso….que pobrecitos que no les creen…bla, bla, bla……

En 1946 él publicó las memorias, ” KZ Mauthausen”. En ese libro él reprodujo un bosquejo que él dijo haber hecho de memoria en 1945, de las ejecuciones bestiales realizadas por los carceleros nazis.

La revista Life Magazine, 1946, exhibió las fotografías de tres jóvenes soldados alemanes que sus comandantes habían enviado a través de las líneas enemigas vistiendo uniformes capturados de los E.E.U.U. en misiones del sabotaje, durante la ofensiva Ardennes del diciembre de 1944., Sorprendidos fueron Condenado a la muerte por un consejo de guerra de los E.E.U.U. , el 24 de Diciembre de 1944.

Mas antecedentes sobre el mitomano en cuestión:

http://www.vho.org/GB/Journals/JHR/15/4/Weber8-16.html (Ingles)

Faked Holocaust Memoirs – Simon Wiesenthal

http://www.zundelsite.org/english/wiesenthal/bogus_nazi_hunter/index.html

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Nota de URANIA: También hemos sabido, gracias a la yijad en eurabia, que  en el nada sospechoso diario londinense The Times, Guy Walters ha publicado un documentado artículo titulado:   The head Nazi-hunter´s trail of lies

También el la yijad en eurabia leemos que nada menos que en The Jewish Chronicle online se publica un artículo titulado: “Simon Wiesenthal lied”.

Sobre el significado del nombre “Wisenthal”, una comentarista de radiocristiandad escribe:

ALICIA Enlace permanente
Viernes 21 Agosto 2009 6:48 am

Wisenthal miente desde el nombre. ¿hijo del sabio?

Barcelona: cárcel por delito de “impreSión”

11 de octubre de 2009

Del blog  Las crónicas de Juan Fernández Krohn, editadas  en periodistadigital.com , recogemos fragmentos de un comentario sobre recientes sentencias de la Audiencia de Barcelona sobre “delitos de opinión”:

Las Ediciones Nueva Republica son una editorial considerada revisionista que acaba de verse condenada por negacionista ahora en la Audiencia provincial de Barcelona (1) En este tema, sea dicho de entrada, soy consciente de adentrarme en aguas profundas, aqui ya lo saben, pero tampoco es la primera vez ni sera la unica mas que seguro. He seguido de no muy lejos -por la via del Internet- la actividades de esta editora sobre todo desde que publicaron el libro sobre el FES que incluia un texto de mi propia pluma como aqui ya saben. Y en el asunto que ahora nos ocupa mantengo una postura analoga -desde luego, ¿por que no deberia ser asi?- a la que ya tengo aqui defendida en el caso de David Irving que me ganó algunos ataques virulentos en esta bitacora.

Si es cierto que la libertad de expresion tiene sus limites tambien es verdad que estan en mala posicion para defenderlos y aplicarlos los que tanto la invocaron, siempre de forma absoluta. Las revisiones son el pan nuestro del historiador y de la historiografia, como declaro una vez con gran acierto el historiador aleman “revisionista” Ernest Nolte que escapo siempre (por poco) él mismo al perseguimiento en los tribunales. He venido pues como digo siguiendo una tras otra las publicaciones sucesivas de esta editorial desde ya hace tiempo y es obvio que la linea central de inspiracion de su oferta edtorial lo es justamente la Memoria historica de los vencedores del 36 y de sus amigos y aliados (de entonces)…La historia es campo de batalla, ideologica y de propaganda; la literatura -incluso en su forma puramente narrativa- no lo es menos, ya creo haberlo venido aqui probando e ilustrando desde que esta bitacora inicio su singladura. Y si bien es cierto que las lineas de frente andan mucho mas activas en el terreno historico, que en el puramente literario, en España y hoy por hoy y ya desde hace algun tiempo; el de la literatura es un terreno neuralgico que no debe de forma alguna verse desguarnecido.

(…/…)

Hay tambien una razon que me pilla si cabe un poco mas de cerca habida cuenta de los años (ya) largos que llevo residiendo en Belgica y lo es el nombre de Leon Degrelle del que la editora perseguida habra publicado en los ultimos tiempos sus dos titulos mas divulgados, “Almas ardientes” y “La campaña de Rusia, el primero un texto de poesia heroica (en prosa) que llevaba en su (primera) edicion española un prologo plagado de elogios nada menos que de Gregorio Marañon -para algunos sin duda uno mas en la lista (interminable) de exponentes de literatura española “fascista”-, y el segundo, el propio testimonio de su autor de lo que vivio al frente de la Legion Valona en el frente del Este. La condena a muerte de Leon Degrelle siempre en vigor en Belgica es un anacronismo clamoroso y estrepitoso con pocos parangones en la Europa de la UE, ya lo tengo dicho y mantenido en esta bitacora, sin atenerme por cierto en nada a las consecuencias (…); y ni siquiera su condena por el Tribunal constiucional (español) poco antes de su muerte invalida en modo alguno el valor de esos escritos.

LLOPART ggggg


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