Archive for the ‘Adolf Hitler’ Category

Salvador Borrego Escalante, 90 años…

21 de mayo de 2015

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Derrota-Mundial
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…70 años después, AH sigue siendo noticia…

1 de mayo de 2015

…Lógicamente, cierta prensa, como http://www.huffingtonpost.es/2015/04/30/hitler-curiosidades_n_7179938.html

“informa” de lo que llama “curiosidades”, como por ejemplo,

el 25 de febrero de 1932 consiguió la ciudadanía alemana.

original

Era un maniático antitabaco…

Los pitillos estaban absolutamente prohibidos en su presencia. Pese a que de joven fue fumador, cambió drásticamente hasta el punto de que llevarse un cigarrillo a la boca lo consideraba “un acto decadente” y el tabaco la plasmación de “la ira del Hombre Rojo —los indígenas americanos— contra el Hombre Blanco por haberle llevado el aguardiente”. Eliminó los paquetes de tabaco de las ‘cestas de Navidad’ que se enviaban a los soldados y fueron sustituidos por caramelos. Incluso sopesó la posibilidad de que, en el futuro, todos los cigarrillos fabricados en Alemania carecieran de nicotina.

… Y un pedorro: Hitler era vegetariano.

Hitler abusaba del consumo de azúcar hasta límites insospechados….

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Nota de TRESMONTES7 :

Los medios de propaganda del Sistema dominante desde 1945… critican  a AH por tratar de mejorar la salud de la gente al  oponerse a que los pulmones de miles de millones de hombres, mujeres y niños fueran envenenados con el humo del tabaco quemado.  

“La nación de Urania”, un blog que trata sobre Astrologia

15 de septiembre de 2014

http://www.urania.com.ar/index.php?option=com_content&view=article&id=131:la-astrologia-confirma-la-teoria-de-que-adolf-hitler-murio-26-anos-despues-de-su-supuesto-suicidio&catid=35:investigaciones&Itemid=53

Si Adolf Hitler no murió en Paraguay el 5 de Febrero de 1971, como lo afirma en su libro “Tras los pasos de Hitler” el periodista e investigador barilochense Abel Basti, es porque algún astrólogo eligió esta fecha y “puso los planetas con la mano” para justificar que la teoría es cierta, por lo menos a la luz de la astrología. La técnica astrológica convalida con un enorme grado de certeza la exactitud de esta fecha como la más probable para el momento de su muerte en desmedro de la históricamente conocida, del 30 de abril de 1945, en la que se supone que por mano propia, Eva Brown y Adolf Hitler terminaron con sus días.

En los más de 35 años que llevo dedicado a la astrología, la carta natal de Adolf Hitler ha sido siempre un caballito de batalla que recorrió la mayoría de los cursos en los que se analizaron las estrellas de personajes históricos, donde cientos de alumnos miraban fijamente este diabólico mandala astrológico tratando de desentrañar el porqué de tanta maldad y locura. Carta natal que cientos de libros de astrología utilizaron para fundamentar sus clases en las que abundaban apreciaciones sobre predisposiciones hacia el bien o hacia el mal y miles de artículos en los que se analiza la personalidad de aquel que históricamente personifica a quien se encuentra por encima del demonio.

Muchas veces la carta natal de Hitler es presentada ante los estudiantes sin la mención de su nombre, junto a otras de personajes situados en el otro extremo de la regla que mide el bien y el mal, como la Madre Teresa de Calcuta, el Papa Juan XXIII o hasta el mismísimo Walt Disney, torturando así a nuestros alumnos para ver si son capaces de determinar quien es uno y quien es otro, y comprobar si son capaces de interpretar correctamente, bajo la luz de sus nuevos conocimientos astrológicos, quien de ellos es un cabal representa del bien y quien sin ninguna duda representa a lo más oscuro y nefasto del comportamiento humano.

De esta manera hemos escuchado hasta el cansancio, la historia de este “anciano bondadoso” que con su ascendente en Libra y su Sol en Tauro, ambos bajo la regencia del amoroso planeta Venus, parece mucho más propenso a destacarse como un sutil artista con la capacidad de interpretar los sentimientos del prójimo, que identificarse como el verdadero criminal que en la práctica fué y que llevó a la muerte a millones de seres humanos. Claro… esto es así si nos dejamos llevar por un primer golpe de vista.

Pero si nos tomamos el trabajo de profundizar en su carta natal podemos ver que ese primer golpe de vista nos lleva por un camino equivocado y que la suma de factores, que muy bien analiza John Frawley en su libro “La Verdadera Astrología” aporta una descripción correcta desde el punto de vista interpretativo, tanto en el análisis de los elementos de su carta natal que hacen a la personalidad de Hitler, como también a las reglas a aplicar en el momento de determinar la fecha de su muerte, ahora puesta en duda tras los trabajos de investigación llevados a cabo por el periodista barilochense Abel Basti.

Basti publica una serie de libros en las que analiza la presencia del Nazismo en el sur de la República Argentina, con la presencia de jerarcas nazis en Bariloche, incluido el propio Adolf Hitler. Su investigación es avalada en la actualidad por cientos de documentos ya desclasificados, por parte de los servicios secretos de distintos países y por la gran cantidad de testimonios de personas a las que el entrevistó y que confirmaron su hipótesis de que Hitler vivió en el sur de la Argentina, muriendo luego en el Paraguay el 5 de Febrero de 1971.

Cuando John Frawley analiza la carta natal de Hitler de acuerdo a las reglas de la astrología tradicional (a las que confronta con la astrología actual) rescata una serie de elementos clave para la interpretación de su personalidad, y deja claros algunos elementos de la carta natal que nos servirán para determinar cual es la verdadera fecha de su muerte, respetando siempre los principio interpretativos de la astrología tradicional.

Venus es el único planeta de la carta natal de Hitler que se encuentra bien por signo. Venus es regente de su Ascendente en Libra y dispositor de su Sol en Tauro. Venus se encuentra en Tauro por lo que su posición es la mejor. Como contrapartida de esta configuración, que podríamos considerar como afortunada, recibe una verdadera tormenta de elementos negativos del resto de los componentes del tema natal.

Marte (en detrimento en Tauro está en conjunción exacta con Venus, siendo Venus regente de la casa octava (significadora de la muerte) y del propio Ascendente de Hitler. Además, como valor agregado, esta conjunción se encuentra en la cúspide de la casa octava.

Saturno (en detrimento en Leo) hace una cuadratura exacta a la conjunción Venus/Marte antes mencionada.

Saturno se encuentra exactamente en el punto antiscio (véase puntos con una misma declinación zodiacal) de Venus/Marte, por lo que incrementa su significado negativo.

Saturno es también regente de la casa IV, significadora de la última etapa de la vida.

Luna y Jùpiter, se encuentran ambos en caída en el signo de Capricornio siendo dispuestos por Saturno.

Más allá de que los elementos arriba mencionados nos permitirían analizar con mucho detalle las características psicológicas y personales de Adolf Hitler y su estrecho vínculo con el tema de la muerte, el alcance que le daremos a la interpretación, a los fines de este trabajo, es el de analizar las condiciones de su propia muerte, buscando cual de las dos fechas mencionadas como probables para el día de su muerte (si la históricamente aceptada del 30 de Abril de 1945 o la propuesta por el periodista Abel Basti luego de su exhaustiva investigación, del 5 de Febrero de 1971)es la que mejor responde desde el análisis astrológico a la que determina su deceso.

En este sentido analizo la carta natal de Hitler proyectando sobre la misma tres técnicas diferentes de pronóstico sobre las dos fechas a analizar para determinar cual de las dos fechas es la que más responde desde lo interpretativo al día de su muerte.

Las técnicas a utilizar son:

TRANSITOS
PROGRESIONES SECUNDARIAS
DIRECCIONES POR ARCO SOLAR

Y estas técnicas se aplicarán sobre la Carta Natal de Hitler sobre las siguientes fechas:

30 de abril de 1945 (fecha oficial de su supuesto “suicidio”)
05 de febrero de 1971 (fecha mencionada por el periodista Abel Basti)

Siempre me llamó la atención que del estudio de la carta natal de Hitler surja una diversidad de elementos que permite comprender la naturaleza de su personalidad, mientras que a la hora de confirmar la fecha “oficial” de su muerte, el 30 de abril de 1945, no aparezcan elementos contundentes que permitan determinar con certeza que Hitler se suicidó ese día.

Si proyectamos sobre su carta natal para ese día, los tránsitos, las progresiones secundarias y las direcciones por arco solar, nos encontramos con aspectos poco demostrativos de lo que es una muerte por mano propia y con una serie de elementos astrológicos ocasionales de carácter general, con muy poca exactitud y precisión en el cálculo y muy baja incidencia desde lo interpretativo.

El siguiente gráfico, en el que se superpone sobre la carta natal (Desde el centro y hacia afuera: Carta Natal – Tránsitos – Progresiones – Direcciones) muestra la poca relevancia de los aspectos que se producen con cada una de las técnicas si tratamos de interpretarlos en relación al momento de su muerte. Solo el planeta Venus, en su progresión secundaria llegando al grado 12 del signo de Tauro, no alcanza a completar el aspecto partil de cuadratura con Saturno que podría tomarse como el único elemento más significativo que preanuncia su muerte.

https://lh5.googleusercontent.com/TrO7JAVLX-FNYwxT0uACIxKGC8eSQ5HcvDpmbxuqbQIrrWU0w-LVTWq7EZV80nyikoRxawKrbXRHTzJXWfL3IegmHsWtolazKWgqTBk-WlIodEbcjpjwrySY2P-XeziSHg

Sin embargo, el 5 de Febrero de 1971, fecha que propone el periodista Abel Basti como el momento en que sucedió la muerte de Hitler en el Paraguay, luego de su trabajo de investigación histórica, se ve desde el punto de vista astrológico como mucho más contundente y significativa si analizamos proyectando las mismas técnicas sobre la carta natal de Hitler en ese momento, tal como lo muestra el siguiente gráfico:

https://lh3.googleusercontent.com/3B75C4TDErRyDDykql_SNl5PLQilVeN-b3wo02PMyaCrDCse8rjTH_WGFnMD_3DGQVbwNbc9S2Dq-NWxpibQ2rN7WYDJfSraGg-Gex82eyanxi-XScz6A8xCVr-G1SjCcA

Para esta fecha, la cantidad de aspectos representativos de muerte es abrumadora:

Saturno en Tránsito conjunción parti Sol/Venus en cúspide de casa VIII, donde Venus es regente de octava (casa de la muerte) y Saturno regente de cuarta (final de la vida). Saturno es además el planeta más elevado, y vuelve a situarse (como en el natal) en su propio punto antiscio.
Quirón en tránsito, en cuadratura partil a la Luna (regente de MC) y en cuadratura partil a su propia posición natal.

Plutón en tránsito sobre la cúspide de Casa XII (internaciones, enfermedades, hospitales)

Venus en tránsito llegando al trígono exacto con el Sol (más allá de ser un trígono, para una persona de 82 años se convierte en un aspecto relacionado con la muerte, tanto por ser regente de la casa octava, como también por ser dispositor del Sol)

Mercurio, regente de doce, en tránsito conjunción cúspide de FC y en cuadratura con su propia posición natal.

Neptuno/Júpiter en tránsito, en oposición a Neptuno/Plutón Natal

Sol (dispositor de saturno) en tránsito en oposición a Saturno (regente de FC)

Sol Progresado en cuadratura partil a Urano natal.

Sol por Arco Solar en cuadratura partil a Urano natal.
Tal como podemos comprobar, y sin demasiado esfuerzo interpretativo ya que para el astrólogo conocedor de las técnicas utilizadas los aspectos mencionados surgen a simple vista, la fecha del 5 de Febrero de 1971 propuesta por el periodista Abel Basti luego de exhaustivas investigaciones históricas, es mucho más significativa del momento de la muerte de Hitler que la que propone la historia “oficial”.

“LA MANIPULACIÓN DE LOS INDIGNADOS” (cap. 01)

2 de febrero de 2013

sábado, diciembre 29, 2012

Stéphane Hessel o la pólvora mojada del sistema oligárquico

Stéphane Hessel

PRIMER CAPÍTULO DEL LIBRO “LA MANIPULACIÓN DE LOS INDIGNADOS”

Resulta imposible comprender las ideas de Hessel sin explicar quién es. Para los aspectos básicos me remito a la página de Wikipedia, poco sospechosa animadversión hacia un ex prisionero de Buchenwald. Hessel es el vástago, padre judío y madre alemana, de una familia burguesa acomodada de Berlín. Alumno de una escuela de élite elevado a los altares de la ONU gracias a sus excelentes relaciones privadas con oligócratas (verbi gratia: la esposa de Roosevelt), Hessel “osténtase” ante los jóvenes actuales como paradigma ético. No cabe duda de que el comportamiento de Hessel durante la Segunda Guerra Mundial, abandonando un seguro exilio inglés para infiltrarse clandestinamente en territorio controlado por los alemanes, constituye un acto de heroísmo que sería mezquino negar. Tampoco puede obviarse la inteligencia y alto nivel cultural de Hessel, que explican en parte, pero sólo en parte, su vertiginosa carrera hacia las cumbres de la diplomacia occidental. Las luces de Hessel resultan de sobra conocidas, ¿hará falta subrayarlas? Mas junto a las luces existen también las sombras en su vida. Unas sombras que no pueden ser calificadas sólo de anecdóticas, por aquello de que nadie sería perfecto. Nuestra tarea consiste aquí en criticar las ideas de Hessel, pero a tenor de que él mismo se ha erigido como “modelo”, es decir, como encarnación de aquello que dice defender, no podremos eludir el trabajo de una cierta desmitificación personal.

De la lectura de su autobiografía se desprende, por de pronto, la decisiva influencia de unos progenitores que encarnan todos los tópicos de los ambientes vanguardistas. Por ejemplo, el adulterio de la madre tolerado por el padre marca tempranamente su impronta en la personalidad del muchacho. Éste desarrolla un sentido de la moralidad harto relativista, compatible, por un lado, con la picaresca, el robo y la mentira, y, por otro, con una vaga noción estética de “progresismo” muy propia de los “antifascistas” de procedencia burguesa. Para que nos hagamos una idea de la frivolidad intelectual de Hessel, obsérvese cómo valora las aficiones quirománticas de una compañera lesbiana de la madre y la idea de “racionalidad” que desprende:

Justamente porque trató la interpretación de las líneas de la mano como una ciencia, para mí encarna el triunfo seguro de la razón.[1]

Será la “razón” de la masonería, pero no aquello que un filósofo serio pueda admitir como tal. De la parte materna le benefician, por otro lado, nada desdeñables relaciones familiares con el mundo de la banca, en las cuales no profundizan las memorias, pero sabemos que cuando su padre Franz tiene que huir de los nazis, nada menos que los Rothschild de París son quienes le reclaman.[2] Hessel –cuyo talento y valentía, insisto en ello, no negamos- nunca ha dejado de moverse con listeza entre las altas esferas del poder, incluidas las del bando estalinista.

Ahora bien, después de décadas de impunidad del sionismo, que alguien con semejante pedigrí (se declara “amigo de Israel”), funcionario de las Naciones Unidas y diplomático francés a las órdenes del derechista Giscard d’Estaing, pueda gozar de credibilidad como crítico del “sistema”, sólo confirma el grado de lavado de cerebro al que han estado sometidos los ciudadanos de Occidente durante décadas. La inversión en propaganda ha sido muy útil para el dispositivo oligárquico, porque incluso cuando los maltratados por ese mismo aparato de explotación y coacción toman la palabra, aquello que habla en ellos y a través de ellos sigue siendo, en la mayor parte de los casos, la propia oligarquía. Parece evidente que el dispendio publicitario a lo largo de medio siglo resulta, más que rentable, imprescindible para los poderosos. Debemos entender así por qué gobiernos y grandes empresas gastan cantidades astronómicas de dinero en la partida de manipulación psíquica de la población.

Mayo del 68: el fraude de la modernidad transgresiva,
cuyos frutos conocemos bien. Cohn-Bendit
burlándose del “policía” en cuanto “encarnación de la ley”.

Hessel no debería, en efecto, merecer nuestra confianza ética. Preguntémonos cómo escapó Hessel a la muerte en Buchenwald. Pues bien, fue gracias a la intervención de Eugen Kogon, miembro del comité de políticos que dirigía el campo a cuenta de los alemanes. Kogon era “amigo” del médico de las SS que le salvó la vida. Todo esto nárralo el propio Kogon en su libro Der SS-Staat. Das System der deutschen Konzentrationslager, traducido al francés bajo el título L’enfer organisé (1947). Testigo del juicio de Nüremberg contra los nazis, Kogon devino una eminencia reconocida entre los escritores de la literatura sobre “el Holocausto” y se cuenta entre los “padres fundadores” de la República Federal Alemana. Pero resulta que, según Kogon, los nazis sólo le exigían al comité del campo, so pena de substituirlo por otro, que mantuviera el orden entre los presos. A cambio de esta colaboración, los energúmenos del comité, casi todos ellos de filiación estalinista, recibían porciones de comida suplementarias y se apropiaban, a costa de la mayoría, de las magras raciones de los presos comunes o políticos no comunistas, provocando con ello hambrunas, enfermedades y altos índices de mortandad. La supuesta ética de muchos de los supervivientes se basaba así en la corrupción, en la delación y en la bestialidad de los castigos que la mafia comunista de Buchenwald infligía al resto de los internos con la colaboración, por activa o por pasiva, de la dirección SS del campo. Kogon nos cuenta que el comité comunista de Buchenwald, compinchado con la SS, ocultaba a las inspecciones de Berlín y a los visitantes (cadetes de la policía, juventudes hitlerianas, diplomáticos o prominentes de potencias fascistas) las evidencias de que se practicaba la tortura (Kogon, p. 256):

Frecuentemente, tenían lugar en los campos las visitas de la SS. Con este motivo, la jefatura de la SS aplicaba un extraño método: por una parte disimulaba todos los detalles accesorios; por otra organizaba verdaderas exhibiciones. Todos los dispositivos que podían hacer adivinar que se torturaba a los presos eran pasados en silencio por los guías y se les ocultaba. De este modo el famoso potro que se encontraba en la plaza era disimulado en un barracón habitable hasta que partían los visitantes. (…) Igualmente eran apartadas las horcas y las estacas en las cuales se colgaba a los presos. Los visitantes eran conducidos a través de unas ‘instalaciones modelo’: enfermería, cine, cocina, biblioteca, almacenes, servicio de limpieza de ropa y sección de agricultura.[3]

El infierno estaba organizado, así reza el título galo de la obra, pero parece que los comunistas eran expertos en sacar partido de una situación política privilegiada empeorando la del resto de internos. Kogon afirma que “tenía en mis manos al doctor Ding-Schuller” (Kogon, p. 218) y algo más sorprendente todavía (Kogon, p. 275):

Las direcciones de los campos no eran capaces de ejercer un control sobre decenas de millares de presos de otra manera que no fuese la exterior y esporádica. Ella ignoraba lo que realmente sucedía tras las alambradas.[4]

Las conclusiones de Kogon resultan estupefacientes para los espectadores de Hollywood, porque al parecer haber sido preso de Buchenwald no constituye ninguna garantía de moralidad (Kogon, pp. 16-17):

(…) era un mundo en sí, un estado en sí, un orden sin derecho en el cual se arrojaba a un ser humano, que a partir de ese momento sacando partido de sus virtudes y de sus vicios –más vicios que virtudes- sólo combatía para salvar su miserable existencia. ¿Luchaba sólo contra la SS? ¡Por supuesto que no! Le era preciso luchar otro tanto, si no más, contra sus compañeros de cautiverio (…). Decenas de millares de supervivientes a los que el régimen de terror ejercido por arrogantes compañeros ha hecho sufrir aún más quizá que las infamias de las SS, me agradecerán por haber señalado igualmente este otro aspecto de los campos, por no haber tenido miedo de descubrir el papel representado en diversos campos por ciertos tipos políticos que hoy pregonan a voces su antifascismo intransigente. Yo sé que algunos camaradas míos se han desesperado viendo cómo la injusticia y la brutalidad fueron adornadas después con la aureola del heroísmo por personas honradas que no sospechaban nada. Esos explotadores de los campos no serán ensalzados en mi estudio porque éste ofrece los medios para hacer palidecer esas glorias usurpadas.

Sin embargo, pese a estas afirmaciones, el propio Kogon reconoce de qué manera ha evitado, en su libro, inculpar a los presos políticos responsables de los mencionados abusos criminales (Kogon, pp. 20-21):

(…) para disipar ciertos temores y demostrar que este relato no corría peligro de transformarse en acta de acusación contra ciertos presos que habían ocupado una posición dominante en el campo, lo leí, a comienzos del mes de mayo de 1945, cuando ya estaba casi terminado y sólo faltaban los dos últimos capítulos de un total de doce, ante un grupo de quince personas que habían pertenecido a la dirección clandestina del campo o que representaban a determinadas agrupaciones políticas de detenidos.

En suma, Kogon admite en la introducción a su libro, ya de por sí bastante revelador, que encubrió a los responsables de los crímenes; no en vano el propio Kogon formaba parte de esa élite de presos privilegiados. Él mismo tenía mucho que callar. Ahora bien, si Hessel pudo falsificar sus papeles y salvar así su vida gracias a la amistad de Kogon con el médico-jefe de las SS, doctor Ding-Schuler, según cuenta la Wikipedia, parece evidente que Hessel pertenecía también de alguna manera, como poco en calidad de “protegido de lujo”, a la cúpula del comité:

At Buchenwald, Kogon spent part of his time working as a clerk for camp doctor Erwin Ding-Schuler, who headed up the typhus experimentation ward there. According to Kogon’s own statements, he was able to develop a relationship bordering on trust with Ding-Schuler, after becoming his clerk in 1943. In time, they had conversations about family concerns, the political situation and events at the front. According to Kogon, through his influence on Ding-Schuler, he was able to save the lives of many prisoners, including Stéphane Hessel, by exchanging their identities with those of prisoners who had died of typhus. In early April 1945, Kogon and the head prisoner nurse in the typhus experimentation ward, Arthur Dietsch found out from Ding-Schuler that their names were on a list of 46 prisoners who the SS wanted to execute shortly before the expected liberation of the camp. Ding-Schuler saved Kogon’s life at the end of the war by hiding him in a crate and smuggling him out of Buchenwald.[5]

En definitiva, Hessel pudo sobrevivir gracias a la brutal mafia de presos políticos que, en beneficio propio, gestionaba el campo a cuenta de las SS. Kogon y Hessel fueron ambos beneficiarios de esa mafia. ¿Cómo alcanzó Hessel tales posiciones de privilegio? El propio Hessel, quien reconoce en su autobiografía que ha sido un mentiroso empedernido hasta los 70 años, atribúyelo a la “amistad”:

A finales de septiembre, la conjura estaba madura. Yeo-Thomas debía elegir a los beneficiarios. ¿Uno? ¿Dos? Tres como máximo. Eligió a un inglés, Harry Peulevé, y a un francés, yo. ¿Por qué a mí? ¿Para que hubiera un oficial francés? ¿Porque hablaba alemán? Quién sabe. Tal vez por amistad.[6]

En la obra de Kogon, los hechos que afectan a Stéphane Hessel son relatados en las páginas 226-232 de la versión alemana y 217-225 de la francesa. Aunque el fondo del relato es el mismo, se trata de textos muy distintos. En la versión alemana, la original, ya se anuncia que Hessel se ha convertido en un funcionario de las Naciones Unidas:

Die Rettung gelang. Yeo-Thomas und Pauleve sind heute in London. Stéphane Hessel in New York bei der UN.

Drogas, sexo, pederastia, violencia, negación de todas
las normas: hoy son políticos corruptos.
¿Debería extrañarnos? Daniel Cohn-Bendit joven.

La versión francesa amplía la importancia atribuida a la figura de Hessel reproduciendo in extenso algunas notas o cartas que éste hiciera circular y en virtud de las cuales se le erige poco menos que en héroe cinematográfico. Desde luego, que Hessel culminara su carrera en la ONU no puede ser ajeno al hecho de que la cúpula comunista del campo decidiera seleccionarlo. Cuando habla de mera „amistad“, Hessel oculta los verdaderos motivos. En las dos versiones de la obra, Hessel es descrito por Kogon como alguien que trabaja para el servicio secreto del general De Gaulle. En consecuencia, la displicente actitud de Hessel hacia el comunismo debe ser observada con lupa, porque su salvación a manos de los comunistas de Buchenwald fue un acto político. Comunistas eran quienes decidían entre la vida y la muerte (Kogon, pp. 231-232):

Les forces clandestines du camp ont sauvé des centaines de camarades de toutes nations de ce block 61; dans cette affaire, c’étaient les communistes qui avaient le plus de chance. (…) Les détenus chargés du choix avaient toujours la possibilité de procéder à des échanges de persones, et les victimes qu’ils choisissaient n’étaient pas toujuours ceux qui étaient qualifiés de „traîtres“ ou „d’espions de la SS“ par leurs compatriotes. Dans toute una série de cas bien déterminés, on livra ainsi à la mort des hommes dont le seul crime était d’être en mauvais termes avec les communistes dirigeant leur groupe national, ou d’avoir fait quelque déclaration politique contre le parti communiste.

Pero es que, además, los comunistas sólo podían ejercer su dominio a través de sus contactos con los nazis. En el caso de Kogon, el Dr. Ding-Schuler, de las SS, como ya hemos subrayado. Conviene no olvidar, en este sentido, que en 1940, la vigencia del pacto germano-soviético, firmado el 23 de agosto de 1939, había convertido a comunistas de toda Europa en aliados del nacionalsocialismo. Para los antifascistas españoles, dicha alianza debió de convertirse en una auténtica revelación. Cuando los alemanes ocuparon París, el partido comunista francés y Hitler formaban en el mismo bando. Según cuenta Herbert Lottmann en La rive gauche, a los comunistas (Lottmann, p. 202):

(…) la línea oficial les hacía considerar la guerra francobritánica con Alemania como imperialista; en lugar de combatir el fascismo, la lealtad a la línea soviética les imponía sabotear a lo que ellos llamaban ‘la pretendida guerra antifascista’ y considerar agresores a los franceses y a los británicos. Después de la ocupación de París por los alemanes, en junio de 1940, todavía transcurrió un año hasta la invasión de la URSS por Hitler. El órgano oficial comunista, L’Humanité, publicado clandestinamente, trataba la guerra como un asunto de bandas rivales, entre bandidos, y está probado que los comunistas solicitaron a las fuerzas alemanas de ocupación el permiso para publicar un L’Humanité hostil a la guerra. La idea gustó a los alemanes, pero el gobierno de Pétain opuso su veto.

Hessel joven: “luché contra Hitler”.

Es en esa misma época que algunos comunistas presos en Alemania se convierten –por razones obvias- en internos privilegiados que controlan al resto de los reclusos. Esta relación de conveniencia entre nacionalsocialistas y comunistas no sería rota por Moscú, sino por los nazis, puesto que fue Hitler, ante un incrédulo Stalin, quien decidió invadir la Unión Soviética en 1941. En el momento de cruzar la frontera rusa, el holocausto todavía formaba parte del futuro, pero el régimen bolchevique, desde la época de Lenin, ya había exterminado a 13 millones de ciudadanos rusos. Este hecho no impidió a Churchill y De Gaulle, para quien Hessel trabajaba en calidad de espía, hacer causa común con los soviéticos, como si luchar contra Berlín fuera más justificable que apoyar a otro dictador; con la diferencia de que Stalin, en ese momento, además de tirano era ya un probado genocida y asesino de masas. Hitler, no. Atacada Rusia, el partido comunista se hizo inmediatamente con el control de la Resistencia francesa contra los alemanes, pero las características morales de esa Resistencia se tienen que convalidar con la atroz idiosincrasia del régimen estalinista para el que trabajaban, de forma consciente, la mayor parte de los resistentes. De manera que, cuando Hessel fue detenido e internado en Buchenwald, el apoyo que recibió por parte de la cúpula comunista del campo puede calificarse, sí, de “política”, pero en el peor sentido de la palabra. Hablar de “indignación” y, al mismo tiempo, aceptar un vínculo con los estalinistas, “compromiso” cuyas consecuencias Hessel no podía ignorar, es lo más parecido a burlarse de la gente, eso que los políticos profesionales acostumbran a hacer con los ciudadanos.

Puede pretenderse honestamente que la alianza con Stalin tenía un sentido racional para los nacionalismos francés y británico, cuya intención de ganarle una guerra al nacionalismo alemán era en cuanto tal tan válida como la contraria. Pero aquélla quiere envolverse con el manto del heroísmo cuando no hay lugar para la palabra “ética” en semejante contexto abominable. Utilizar la ética para tales fines es indignante: si la Segunda Guerra Mundial fue desencadenada por la invasión alemana de Polonia, pero siempre con ese sentido ético, que Hessel esgrime, de amparar a un país agredido, ¿por qué Francia e Inglaterra no declararon la guerra a la URSS en 1939? ¿No cruzaron los soviéticos la frontera oriental y se apropiaron de la mitad de la nación polaca en cumplimiento del pacto Ribbentrop-Molotov? ¿No invadió Stalin a continuación los Países Bálticos y luego Finlandia? ¿Dónde se escondía entonces la supuesta ética de los gabinetes de Londres y París? Hessel afirma que se alegró cuando el Ejército Rojo derrotó a los nazis, pero esa victoria permitió, precisamente, que no sólo Polonia, sino toda la Europa del Este cayera en manos de Stalin. Quizá los polacos, víctimas de Katyn, no se alegraran tanto de los éxitos de Moscú. Gracias a su alianza con Inglaterra, Francia y Estados Unidos, el comunismo totalitario pudo extenderse a China y otros países; y continuar impunemente con sus genocidios, crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad en todo el mundo, hasta alcanzar la cifra de 100 millones de víctimas. ¿Es esta “ética de juventud” la que pretende esgrimir Hessel contra los políticos corruptos de nuestros días? ¿No fueron los acontecimientos a los que me estoy refiriendo el origen histórico del fraude, es decir, de la falsa democracia en el seno de un estamento político que ya ha mostrado con creces a todos los ciudadanos cuál es su verdadero rostro? ¿No será que él, Hessel, forma parte de la misma casta política que pretende criticar? ¿No trabajaba para ella al publicar su libro, como siempre hizo a lo largo de su dilatada carrera de trepador institucional?

Para la España que se ha convertido en epicentro del movimiento de los indignados, es muy importante tener una idea clara de contra qué está luchándose. En nuestros días, los historiadores, que, tras la caída del comunismo totalitario, tienen acceso a los archivos de Moscú, han llegado a conclusiones poco conocidas por la mayoría. Así, según Stephen Koch, autor de El fin de la inocencia (Koch, p. 317):

(…) durante los meses más cruciales, heroicos y sangrientos de la lucha armada antifascista en Europa, mientras españoles y radicales de todo el mundo se jugaban la vida por lo que creían que era una batalla para detener la oleada fascista, el gobierno soviético, el supuesto patrocinador de esa batalla y esa lucha, utilizaba el sufrimiento español en negociaciones cuyo objetivo era una alianza con Hitler.

La finalidad de Stalin al pactar con Hitler no era, empero, ni mucho menos, evitar la guerra, sino conseguir que el Tercer Reich y las potencias occidentales se desgastaran en un conflicto previo para, a continuación, poder sacar provecho de la situación e invadir una Alemania ya debilitada, expandiendo la sanguinaria dictadura comunista por toda Europa. El “antifascismo” en el que militó Hessel no representa más que una pieza muy pequeña en este puzzle de política caracterizada por el cinismo, el crimen y el más absoluto desprecio de todos los principios éticos (Koch, p. 157):

Stalin propuso una política dual, en apariencia contradictoria, pero coherente en la realidad. Una vez que Hitler estuvo en el poder, la estrategia de Stalin fue estabilizar sus fronteras orientales dirigiendo la agresión nazi contra las democracias occidentales. De haber guerra, quería que fuese entre Alemania y Occidente, mientras él quedaba al margen del conflicto tras la seguridad de una alianza con Hitler. Parece haber asumido que Hitler sería tan cauto como él. Estaba completamente convencido de que los alemanes jamás se embarcarían en una guerra en dos frentes. Por supuesto que, pese a su considerable admiración por el tirano de Berlín, Stalin no quería que Hitler ganase. Su idea era destruir a Hitler y a las democracias en una tercera guerra mundial que acabaría con la intervención del Ejército Rojo en territorios ya preparados por los servicios secretos y sólo cuando los combates de verdad hubieran cesado. Entonces, él, gángster contra gángster, podría apuñalar por la espalda a un rival ya maltrecho por los combates.

Hitler, perfectamente consciente del doble juego de Stalin, decidió adelantarse y atacarle por sorpresa en 1941, siendo así que el verdadero objetivo del nazismo no eran las democracias occidentales (a las que ofreció la paz en diversas ocasiones), sino la destrucción del comunismo y la creación de un “imperio alemán” en el Este que esclavizaría a los eslavos como “raza inferior”; colonialismo aplicado a europeos que nos escandaliza, pero que Francia, EEUU e Inglaterra ya habían puesto en práctica hasta la náusea con pueblos “de color”.

Hessel en apoyo
al partido de Cohn-Bendit.

Con todo lo que actualmente sabemos, la Segunda Guerra Mundial no cabe concebirla como una lucha entre la democracia y la tiranía, la ética y la infamia, según pretendieron hacernos creer los vencedores: fue una lucha entre distintos imperialismos, a cual más opresor e inmoral. Y de esa lucha brotó vencedora la putrefacta clase política actual, amparada en la hegemonía de los Estados Unidos e Israel, con las consecuencias que, pasados sesenta años, los ciudadanos conocemos de sobras (aunque las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki, Dresde, Palestina o el gulag, entre otras atrocidades, dejaran claro desde el principio, para quien no quisiera taparse los ojos, lo que podía esperarse de los “antifascistas”). Pero Hessel pretende convencernos de que, pese a la corrupción, pese al crimen y el genocidio que precedió, acompañó y siguió a la victoria de los aliados, esa guerra fue una gesta épica; y que Hessel mismo debe servirnos de paradigma o modelo cívico para enfrentarnos, precisamente, a los herederos políticos de quienes ganaron. Semejante pretensión no puede sostenerse ni un segundo ante una conciencia crítica y bien informada sobre los hechos. Hessel miente. ¡No nos dejemos manipular!

Mimado por los comunistas, Hessel vivió en Buchenwald todo lo bien que se podía vivir en un campo de concentración de cualesquiera de los bandos en conflicto. Cierto es que los miembros de la Resistencia iban siendo liquidados a medida que avanzaba el curso de la guerra, pero lo que oculta Hessel al lector es que la Convención de Ginebra no amparaba a una guerrilla que, sin uniforme, lanzara alevosos ataques sorpresa –o sea, por la espalda- contra tropas regulares. El maquis, a la luz de la legislación militar internacional, estaba compuesto por criminales que podían ser ejecutados inmediatamente sobre el terreno de manera perfectamente legítima. Y así actuaron los aliados con los paracaidistas alemanes apresados que, con uniformes ingleses o americanos, habían precedido a la contraofensiva de la Wehrmacht en las Ardenas destruyendo o anulando postes de señalización y comunicaciones. No obstante, Hessel, espía y así reo de muerte, desconoció el horror en Buchenwald, ese celebérrimo horror del que, según Hessel, sólo tuvo noticias… ¡cuando leyó el libro de Kogon!

El 8 de septiembre, dieciséis de nosotros fuimos llamados a la torre. Balachowski nos confirmó, tres días después, que habían sido ejecutados. Nos ocultó los aspectos atroces del ahorcamiento que había averiguado. Estos horrores, como tantos otros, yo los descubriría tres años más tarde en El estado de las SS de Eugen Kogon, nuestro segundo salvador. Kogon trabajaba también en el barracón 50 con Ding-Schukler (sic), cuya confianza se había ganado. Estaba al corriente de los experimentos in vivo que Ding llevaba a cabo con “criminales”.[7]

La descripción que hace Hessel de su estancia en Buchenwald incluye pasajes como los siguientes:

Escuchaba las noticias de la radio alemana a través de un altavoz. La víspera del bombardeo de Gustloff, París había sido liberado por los Aliados. Una gran emoción. Alfred Balachowski vino a vernos y nos trajo conejo. Estaba rico.

Ignoramos hasta qué punto había que disfrutar de privilegios para comer conejo en Buchenwald, pero, desde luego, no es ésta la imagen que se nos ofrece habitualmente de un campo de concentración nazi. Por lo demás, el propio Hessel compara su destino con el de los denominados Muselmänner, quienes trabajaban hasta la extenuación y cuyo aspecto físico era lo más parecido al de un faquir. Convine no olvidar que en aquellos momentos, centenares de miles de mujeres y niños alemanes eran quemados vivos por los bombardeos incendiarios aliados y, en consecuencia, los nazis no se andaban con chiquitas a la hora de tratar a los prisioneros enemigos. En cualquier caso, quizá por ser privilegiados de los campos, entre los que al parecer se contaba Hessel, podían también organizarse en Buchenwald espectáculos artísticos:

También estaba Hewitt, a quien los SS habían autorizado a montar un cuarteto de cuerda que tocaba Mozart, por la noche, en uno de los barracones. Extraño campo, donde se podía tocar música y escribir tragedias.

Conejo, teatro… Curiosas formas del “horror”. ¡El propio Hessel tiene que reconocerlo, pues la norma canónica de aquello que debe ser, a los ojos del mundo, un Konzentrationslager alemán, no procede de su propia experiencia, sino del libro de Kogon, como él mismo ha admitido! Pero la metodología con que Kogon escribió su obra tiene un carácter tan nauseabundamente político como los criterios que permitieron seleccionar a Hessel para ser salvado del fusilamiento (Kogon, p. 15):

J’espère être parvenu, même sur les points les plus délicats, à dire la vérité toujours de telle sorte qu’elle serve au bien et non au mal.

Que sirva al “bien” significa aquí: a la causa aliada de Stalin y Roosevelt.

El promotor de la “transgresión” Daniel Cohn-Bendit.
Toda su vida ha sido un político profesional.

Hessel funcionario de la ONU, diplomático, político

La carrera de Hessel empezó después de la Segunda Guerra Mundial. Una recomendación de la esposa de Roosevelt le permitió formar parte del grupo de redactores de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948). Sobre Roosevelt ya se conocen algunas exquisiteces morales, como, por ejemplo, durante la conferencia de Teherán (1943), su aprobación a las propuestas de Stalin de asesinar a 50.000 oficiales alemanes prisioneros. Cuando Churchill manifestó su repugnancia ante semejante sugerencia, Roosevelt respondió:

Como siempre, parece que me toca hacer de mediador en la contienda. ¿Por qué no lo dejamos en 49.500?

Y el hijo de Roosevelt, Elliot, se sumó al coro del crimen de guerra planificado con la siguiente afirmación:

Espero que se ocupen de esos cincuenta mil criminales de guerra, pero ¡que no se olviden de otros varios centenares de miles de nazis!

Roosevelt fue favorable a la aplicación del plan Kaufman/Morgenthau, del que ya hablaremos más abajo, cuya finalidad era el exterminio del pueblo alemán. En una conversación con el ministro del Interior de EEUU a propósito de dicho plan genocida, castraciones y esterilizaciones incluidas, Roosevelt afirmó:

Tenemos que ser duros con los alemanes, y me refiero al pueblo alemán, no sólo a los nazis. También tenemos que castrar a los alemanes de a pie, o cuando menos habrá que tratarles de tal forma que no puedan seguir alumbrando sin más a individuos que deseen continuar por el mismo camino que antes.[8]

Como es sabido, la bomba atómica norteamericana fue construida bajo el mandato de Roosevelt y lanzada sobre el Japón por orden del presidente Truman. Pues bien, Truman heredó un memorándum secreto redactado por Roosevelt y Churchill donde se establecía que “una vez construida la bomba, se podría, después de maduras consideraciones, utilizar contra los japoneses, a los que se advertiría que se repetiría esta acción hasta que se rindieran.” No creemos que se pueda gozar de la amistad de la esposa de Roosevelt inocentemente. Mientras ella promovía la futura Declaración Universal de los Derechos Humanos, su marido, en la habitación contigua, diseñaba políticamente el arma absoluta y redactaba el documento que iba a permitir utilizarla contra decenas de miles de civiles inocentes. La ética no tolera estas ambigüedades. ¿Qué dijo la señora Roosevelt cuando Truman arrojó finalmente el “horror” –este sí, de verdad- sobre las cabezas de las mujeres y los niños japoneses? Agárrense, indignados: “Truman tomó la única decisión que podía”, pues el uso de la bomba era necesario “para evitar el tremendo sacrificio de vidas estadounidenses”. Pero esta afirmación es éticamente insostenible, además de una mentira de hecho: los norteamericanos estaban ya perfectamente informados de que la intención del Japón era rendirse de manera inmediata. El problema consistía precisamente en eso, porque EEUU buscaba poder lanzar la bomba para conocer sus efectos reales e intimidar, de paso, a la Unión Soviética. Por si fuera poco, una vez lanzada la de Hiroshima, y todo ello con el supuesto fin de salvar más vidas americanas, los héroes de la libertad glorificados por Hollywood lanzaron un segundo artilugio mortífero sobre Nagasaki. Eleanor, la amiga de Hessel, legitimó estas atrocidades. A tenor del favor que gozaba de la primera dama, no creemos que Hessel se lo reprochara como merecía… Una vez más, los amigos de Hessel le delatan. Toda su influencia personal procede de dudosos contactos con el estamento político oligárquico, y ello hasta niveles verdaderamente asombrosos. Ora son los criminales comunistas, ora los criminales capitalistas, pero Hessel no deja nunca de beneficiarse de singulares referentes humanos de la “barbarie” del siglo XX. Todo ello, empero, en nombre de unos “ideales maravillosos”, cuya encarnación humana él, como judío de Buchenwald, representaría paradigmáticamente.

Es cierto que Hessel cuenta también con el apoyo de Daniel Cohn-Bendit, el mítico dirigente “rebelde” de mayo del 68 convertido de por vida en funcionario de las instituciones europeas. Pero Cohn-Bendit no es precisamente un dechado de ética, siendo así que en su heroica juventud se dedicó a promover argumentaciones político-filosóficas a favor de las relaciones sexuales entre adultos y niños. Se le considera un legitimador ideológico de la pederastia y ha tenido que pedir perdón por ello (“La Vanguardia”, 22-2-2001):

Veintiséis años más tarde, la hija de Ulrike Meinhof desentierra varias entrevistas y un viejo libro Le grand bazar, publicado en 1975, sin que entonces llamase la atención, haciendo afirmaciones de este tipo: ‘Ocurrió que algunos niños me abrían la bragueta y me hacían cosquillas. Yo reaccionaba de manera diferente según las circunstancias. A veces, les decía a los niños: ¿Por qué no jugáis entre vosotros…? Pero ellos seguían y yo terminaba por acariciarlos’. Cohn-Bendit agrega: ‘Mi ligue con los chavales tomaba, rápido, formas eróticas…’ Estas afirmaciones y comentarios formaban parte de su libro, en el que su autor evoca su aventura personal en los medios ‘contra-culturales’ franceses y alemanes de los años sesenta y setenta, contando, con mucho detalle, sus grandes experiencias y grandes debates en materia de educación y sexualidad, y abogando, con distinto énfasis, en muy distintas ‘liberaciones’. Veinticinco años más tarde, Cohn-Bendit descubre horrorizado, afirma, el ‘alcance’ de sus declaraciones, realizadas, según él, ‘para escandalizar a los burgueses’. Cohn-Bendit sale al paso de cualquier sospecha de pederastia, declarando: ‘Nunca tuve relaciones sexuales con ningún niño. Por otra parte, los padres y los niños de la guardería donde yo trabajaba publicaron una carta abierta en la prensa alemana, insistiendo que jamás hubo la menor sospecha de pederastia. No hay ninguna duda’. El semanario L’Express desentierra hoy esta historia, y pone en boca de Cohn-Bendit esta frase: ‘Sabiendo lo que hoy sé sobre abusos sexuales, siento un remordimiento profundo por haber llegado a escribir y declarar estas cosas…’. Cohn-Bendit intenta explicarse afirmando que, en verdad, muchas de las afirmaciones de su libro Le grand bazar son sencillamente falsas, poniendo como propias ‘reflexiones sobre la sexualidad infantil que corrían entre los grupos contraculturales’. ‘Hoy -concluye Cohn-Bendit en L’Express- todo esto parece horrible e incomprensible. Y quizá lo sea. Pero, en mi libro, es un condensado de las discusiones que sosteníamos padres y educadores en la guardería donde yo trabajaba’.

Hessel y Cohn-Bendit son correligionarios del partido Europe Ecologie. Pero un ciudadano indignado nunca aceptaría compartir escaño u opción política con un personaje capaz de semejantes afirmaciones, sobre cuyas consecuencias no basta con disculparse. Quien en edad adulta ha dicho: “podía sentir perfectamente cómo las niñas de cinco años habían aprendido a excitarme” (1976), tiene que dimitir de cualquier cargo público. Pero Cohn-Bendit, muy a la española, no soltó jamás su poltrona y no parece que Hessel se lo haya reprochado. Al contrario, le apoyó públicamente el 9 de febrero de 2011 en la campaña electoral de Europe Écologie. Una vez más, la política pasa por delante de la ética en Hessel. ¿Cuenta este personaje con autoridad moral alguna para tutelar filosóficamente la rebelión de los indignados? Que el lector juzgue por sí mismo.

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[1]Hessel, S., Mi baile con el siglo, Barcelona, Destino, 2011, p. 40.

[2]Op. cit., p. 33.

[3] Traducimos directamente de la versión francesa, pero, para mayor seguridad, hemos confrontado el texto con la versión original (p. 260) y constatado que la francesa es más extensa e incluye detalles que no se encuentran en la edición alemana, pese a lo cual el sentido es básicamente el mismo: “SS Besuche fanden in den Lagern haufig statt. Die Lagerführung entwickelte dabei eine merkwürdige Praxis: einerseits verschleierte sie die Zusammenhänge, anderseitszeigte sie besondere Schaustücke. Einrichtungen, die auf Marterungen der Häftlinge hinweisen konnten, wurden bei den Führungen übergangen, derartige Gegenstände versteck. So kam zum Beispiel der berüchtige „Bock“, wenn er auf dem Appellplatz stand, so lange in eine Wohnbaracke, bis die Besucher wieder gegangen waren. En la versión francesa se encuentra la siguiente precisión, ausente en la alemana: Une fois, semble-t-il, on oublia de prendre ces mesures de prudence : un visitant ayant demandé quel était cet instrument, l’un des chefs de camp répondit que c’était un modèle de menuiserie servant à fabriquer des formes spéciales. Les potences et les pieux auxquels on pendait les détenus étaient également rangés chaque fois.

[4] Versión francesa: Les directions des camps n’étaient pas capables d’exercer sur des dizaines de milliers de serfs un contrôle autre que purement extérieur et sporadique.Elles ignoraient ce qui se passait réellement derrière les barbelés.Versión alemana (p. 280) : Die Lagerführungen waren nicht imstande, Zehntausende von Unterjochten anders als rein äuBerlich und durch plötzliche Eingriffe zu kontrolieren. Was hinter dem Stacheldraht wirklich vorging, blieb ihnen verborgen.

[5]Traducimos al castellano: “(…) en Buchenwald, Kogon pasó parte de su tiempo trabajando como oficinista para el doctor Erwin Ding-Shuler, quien lideraba la sala de experimentación del tifus del campo. Según las propias declaraciones de Kogon, fue capaz de desarrollar una relación que bordeaba la confianza con Ding–Schuler después de convertirse en su oficinista en 1943. A partir de entonces, tenía con él conversaciones sobre asuntos familiares, la situación política y el frente. De acuerdo con Kogon, gracias a su influencia con Ding–Schuler, fue capaz de salvar la vida de muchos prisioneros, incluido Stéphane Hessel, cambiando sus identidades con aquellos que habían muerto de tifus. A principios de abril de 1945, Kogon y el jefe de enfermeros prisioneros de la sala de experimentación con tifus, Arthur Dietsch (sic) supieron por el propio Ding-Schuler que sus nombres estaban en la lista de 46 prisioneros que los SS querían ejecutar inmediatamente antes de la esperada liberación del campo. Ding-Schuler salvo la vida de Kogon al final de la guerra escondiéndolo en un cajón de embalaje y sacándolo ilegalmente de Buchenwald.

[6]Hessel, S., Mi baile con el siglo. Memorias, Barcelona, Destino, 2011, p. 100.

[7) Hessel, S., Bailando con el siglo, op. cit., p. 99.

[8]Reagan, Geoffrey: Guerras, políticos y mentiras. Cómo nos engañan manipulando el pasado y el presente, Barcelona, Crítica, 2006, p. 45.

Publicado por ENSPO en

ANGELA MERKEL: ¿aria ó judía?

30 de enero de 2013

merkel-nazi_470x327ANGELA MERKEL
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Con motivo de su visita a Chile, la canciller de la República Federal de Alemania está siendo objeto de comentarios.
Unos, los más falaces y absurdos, la acusan de “nazi”…
Otros afirman que es de ascendencia judía…
He aquí una muestra de tales decires:

juanjo dijo…
No creo que se sienta muy aria la tal Merkel, puesto que si es cierto lo que se lee en la red es hija de una judía de Polonia (por lo tanto y segun los judíos ortodoxos es judía) la señora Herlind jentzsch. Su padre era un pastor luterano, Horst Kasner.Ello no quiere decir, ni mucho menos, que deje de ser racista. Lo que si es verdad es que no para de regalarle a Israel armamento de última generacion como son los submarinos invisibles que fabrica.
28 de enero de 2013 15:18

http://www.jmalvarezblog.blogspot.com.es/2013/01/raul-castro-no-saludo-la-reencarnacion.html#more
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NOTA DE URANIA: EL comentario emitido por “JUANJO” se ha publicado en un blog de tendencia estalinista… y por tanto es coherente que desde esa óptica se llame “racista” a la Sra. Merkel. Evidentemente no es “racista” en el sentido que da a esta palabra la propaganda del Sistema, sino que se somete totalmente a las fuerzas que hacen de Europa un continente invsadido por todo tipo seres humanos de razas exóticas y, por supuesto, es más devota de Israel que de Alemania, lo cual es perfectamente lógico…dadas las circunstancias…
La fotografía de más arriba corresponde a los ataques demagógicos y antialemanes de cierta prensa de Grecia…

10 blogs con texto y belleza

23 de septiembre de 2012

POR ESTA MUJER  VALE LA PENA SUBIR A LA MONTAÑA…

…la España del 18 de Julio también perdió la guerra…!

14 de mayo de 2012

En un excelente blog,  VITA MILITIA EST, su autor, Janus Montsalvat, publica, con el titular de “Crónicas alrededor del franquismo”  el artículo que URANIA/tresmontes7 tiene a bien reproducir íntegramente (con el presunto permiso de Janus Montsalvat):

El franquismo como sistema político o, mejor dicho, el Estado del 18 de Julio cimentado con la sangre de tantos miles y miles de mártires y de héroes, llegó realmente a su fin en el hemistiquio de 1956-59 cuando Franco se desembarazó definitivamente de los últimos restos de la Falange histórica, enterró las propuestas falangistas de Arrese y entregó el poder a los tecnócratas de Opus Dei, hombres ya claramente vinculados al plutocratismo judeo-capitalista y desligados completamente del idealismo inicial del Régimen, idealismo que aún compartían grandes sectores del mismo (Frente de Juventudes, Guardia de Franco, ex-Divisionarios, SEU, Alféreces Provisionales, etc.) y que precisamente en los 50 aún seguían luchando por una autentificación de las estructuras del mismo. No deja de ser curioso que en la senda iniciada en febrero de 1957 -la crisis más traumática y decisiva del Régimen franquista-, el proceso de des-falangización del Estado fue paralelo al proceso de des-militarización y de burocratización y des-politización del mismo. El Estado del 18 de Julio, desde sus mismos orígenes (18-VII-1936) hasta la dramática crisis político-ideológica e institucional de finales de los 50, se caracterizó por ser un Estado fuertemente autoritario, militarista, viril, con una doctrina legitimadora del Sistema y con una componente falangista muy fuerte e importante, no decimos que fuera un Estado completa y verdaderamente falangista, porque mentiríamos, pero sí que al menos la Falange, o, si se prefiere, la Falange franquista (que no era lo mismo, ni mucho menos, que la Falange mítica de José Antonio), fue algo así como el “primus inter pares” de la coalición del 18 de Julio: su predominio político e ideológico hasta el 57 fue innegable. A partir de entonces, la única “doctrina” legitimadora de la nueva senda liberal-capitalista iniciada en 1957-59, serían el “desarrollo y el consumismo”… el nacional-sindicalismo y el nacional-catolicismo (nunca nos ha hecho mucha gracia dicho calificativo, primero por ser un término peyorativo lanzado por los enemigos y segundo por su gran carga clericalizante), serían definitivamente enterrados por considerarse “anacrónicos” en la Europa decadente plutocrática y demo-marxista nacida de la catástrofe de 1945.

Franco, como muy bien dijo Víctor D’Ors, fue un derrotado más de los vencedores de 1945, siempre fue considerado como un “apestado”, otra cosa es que por una serie de condicionamientos históricos -la “Guerra Fría”- acabara siendo “aceptado” por los vencedores, aunque no sin cierta resignación, y eso Franco lo sabía. Su Régimen siempre estuvo en cuarentena y los 30 años que mediaron entre la derrota de Europa de 1945 y su muerte en 1975, vinieron a ser algo así como una “prórroga” de esa derrota. Franco, aún en contra de sus ideas y de su cosmovisión, fue obligado a “evolucionar”… Los acuerdos de 1953 con EEUU y con el Vaticano en su día fueron señalados como una victoria indiscutible de Franco sobre el brutal cerco diplomático y comercial que le impusieron las democracias desde 1943-45, pero a la larga constituyeron su derrota definitiva en el plano ideológico y doctrinal. Con esos acuerdos, el final del Estado del 18 de Julio y de la Falange estaban sellados, ya que representaban la derrota ideológica definitiva del Sistema… tan sólo cuatro años después finalizaba la Era Azul del Régimen, comenzando lo que el falangista de la vieja guardia José Luis de Arrese calificó como “proceso de transición hacia el nacionalcapitalismo piadoso (encarnado por los nuevos tecnócratas del Opus Dei) y hacia la monarquía burguesa y liberal”; el tiempo le ha dado la razón. El Ejército, con una oficialidad en gran parte joven y forjada en los campos de batalla de la Cruzada, la Falange y el Requeté, ganaron la Guerra pero perdieron la Paz, ya que a partir del 57 la “Victoria” (a la larga una “victoria sin alas”, parafraseando a José Antonio) fue administrada por burócratas y tecnócratas fríos y sin alma, banqueros y negociantes de la peor calaña.

Ya decía Carl Schmitt que no hay mentalidades y actuaciones más antagónicas y antitéticas que las de un político y un negociante… qué duda cabe de que los tecnócratas, aquellos que tanto hablaban de “desarrollo”, “progreso”, “consumo”, “renta per cápita”, “eficacia” y demás tecnicismos materialistas y anti-espirituales, entraban dentro de la segunda categoría señalada por el gran jurista alemán.      Lo verdaderamente admirable de Franco es que supo mantenerse firme ante la adversidad y salió triunfante ante la multitud de frentes que se le abrieron a partir de 1943. Apelando al espíritu de Sagunto y de Numancia aguantó con una firmeza sobre-humana el temporal que amenazaba con arrasarlo todo, dispuesto en todo momento a no claudicar, a morir con las botas puestas: “De aquí sólo saldré con los pies por delante”, dijo a uno de sus más allegados en 1945 cuando muchos, entre ellos el mismísimo Serrano Súñer e incluso algunos falangistas que empezaron a cambiarse de chaqueta ante el temor de lo que se avecinaba, le aconsejaron que dejara el poder y restaurara la monarquía en la persona odiosa y repugnante del traidor de Don Juan, ser rastrero y nefasto capaz de pactar con el mismísimo diablo con tal de subir al poder (estuvo en connivencia con los servicios secretos yanquis en 1945 para propulsar y organizar un levantamiento popular contra el Régimen, del que el famoso “Manifiesto de Lausana” de Marzo del 45 era su primer episodio o, si se quiere, su preámbulo…). “Yo no hago la tontería de Primo de Rivera, de aquí al cementerio”, fueron otras palabras dichas a sus allegados por parte de Franco, verdaderamente admirables por su estoicismo y su valentía y heroísmo espartanos… Pero claro, tuvo su precio y a cambio se vio obligado a reestructurar su Régimen de forma por él no prevista ni deseaba; de todas formas siguió dando una orientación falangista -aunque fuera disminuyendo con el paso de los años debido a la presión ideológica de los vencedores del 45- hasta finales de los 50 e incluso pensó y deseó en una institucionalización del Régimen en sentido plenamente falangista como demuestra su apoyo a la reforma política de Arrese y su equipo de la Secretaría General de la Falange de 1956-57. La condena del Vaticano y la oposición cerrada y obtusa de los Obispos españoles imposibilitaron que dichos proyectos triunfaran definitivamente, además resultaban “anacrónicos” en plena fase de reconocimiento internacional del Régimen y del restablecimiento de relaciones comerciales y diplomáticas con el democratismo internacional.

Franco salió triunfante de las conspiraciones monárquicas de 1943-47, constantes y corrosivas, de la “carta de los generales” de 1943 invitándole a abandonar el poder, de la carta de los 27 influyentes procuradores y consejeros invitándole a ídem de lo mismo y a restaurar la fracasada monarquía liberal, de las Conferencias que los vencedores organizaron en Yalta y Postdam -los “buenos”, en la terminología democrática al uso, es decir, los carniceros de Dresden, Hamburgo, Colonia, Hiroshima, Nagasaki, los asesinos de millones de seres humanos en definitiva… ¡¡¡CON STALIN A LA CABEZA!!!, verdaderamente demencial-, donde se programó el futuro reparto del botín europeo y se acordó, si no arrasar al Régimen de Franco como propuso Stalin, sí derrocarlo por la vía del asfixiamiento económico, aislamiento absoluto en lo comercial y diplomático, sin descartar la vía armada (ahí tenemos a los maquis, apoyados por las democracias). Salió triunfante de toda esa multitud de frentes abiertos, pero salió derrotado totalmente desde punto de vista doctrinal. El ya fallecido periodista Emilio Romero -de pasado azul, como tantos otros-, señaló en su día que si Franco hubiera sido un “político” al uso, en el sentido moderno y demoliberal del término, sin duda hubiera abandonado el poder acobardado y anonadado ante la gigantesca coalición mundial que se le echó encima tras la caída de los fascismos, pero supo capear el temporal y mantener el barco a flote ante el diluvio democrático y marxista que amenazaba con hundir nuevamente a España. Esa es su gloria y su grandeza, pero también perdió la II Guerra Mundial -como señala Álvaro D’Ors en su gran libro “La Violencia y el Orden”- aún sin haber participado directamente en ella, ya que los vencedores de 1945 fueron los tradicionales enemigos de España: Inglaterra -la pérfida Albión-, Francia -centro subversivo originario de los principios disolventes y decadentes liberales-, EEUU -los liquidadores definitivos de los últimos restos del Imperio Español- y la Rusia soviética -culpable de los mayores desastres que España ha sufrido en el siglo XX-. Franco, genial militar y uno de los grandes estadistas de la Europa contemporánea, no era un idealista sino un pragmático, si hubiera sido un idealista como lo fueron los líderes nacional-revolucionarios europeos, hubiera tenido un final similar al que tuvieron todos ellos y fue ese pragmatismo el que le permitió sobrevivir en un mundo tan disoluto y cambiante, aun a costa de sacrificar todo idealismo. Sus principales errores políticos, a la larga, fueron un desastre para el futuro de España que él consideraba “atado y bien atado”: la entrega del poder a la Tecnocracia y la restauración de la fracasada y decadente monarquía borbónica, aunque quizá era un “signo de los tiempos” el que la antaño viril, caballeresca y católica España acabara convirtiéndose en el basurero y estercolero de la Europa democrática y del Nuevo Orden Mundial plutocrático y,  frente a esto, reconozcamos que Franco poco o nada podía hacer. De todas formas, pese a los fuertes y graves condicionamientos de todo tipo (cosmológico, ciclológico, político, etc.) creemos en la eterna libertad del hombre verdaderamente diferenciado del resto de la masa -del inmundo y grosero vil populacho- y en el poder divino que atesora de poder subvertir el orden establecido, siempre y cuando este orden sea perverso y contra-natura y, además y sobre todo siempre y cuando esté influenciado -el hombre diferenciado del que hablábamos- por ideales verdaderamente supraterrenales, trascendentes y espirituales; algo que hoy brilla por su ausencia en esta Europa crepuscular y en ruinas. “Mantenerse en pie ante un mundo en ruinas”, ésa debería ser la consigna que deberíamos seguir todos los que nos consideramos exiliados de este nefasto y satánico mundo artificial de seres robotizados y sin alma, de gigantescas e infernales estructuras de hormigón y de acero, perfecta reproducción en la Tierra del Infierno y del mundo demoníaco.

Una gran filósofa hindú dividía a los hombres en tres categorías: aquellos que están “Sobre el Tiempo”, los que están “Contra el Tiempo” y, finalmente, los que están “Con el Tiempo”, es decir, estos últimos son los que creen y están a merced de la corriente disolutoria y decadente del devenir, los que están a merced del mundo cambiante y en continua revuelta, muy típico de la modernidad anti-tradicional. Los primeros, los que están “Sobre el Tiempo”, es la categoría a la que pertenecen los místicos y grandes reformadores religiosos para los que el Tiempo  simplemente es una cárcel o una prisión de la que hay que huir mediante el desapego y la renuncia a todo lo material.  En cuanto a los segundos, aquéllos que están “Contra el Tiempo”, son los que hacen o quieren hacer frente de forma admirable y heroica a la corriente disolvente y degradada de la modernidad inspirándose en valores tradicionales y arcaicos con la esperanza revolucionaria de alterar un orden de cosas injusto y aberrante desde el punto de vista espiritual y metapolítico, remontando con su accionar el proceso de caída por la pendiente… Franco, al igual que todos los grandes líderes nacional-revolucionarios siglo XX, pertenece a la segunda categoría.

Tiempos duros y difíciles nos esperan. Es posible que estemos viviendo ya esos tiempos finales de los que habla el Evangelio, tiempos catastróficos que conllevarán no un “final del mundo”, del que tanto pseudo-profeta habla haciendo el juego a la subversión mundial al servicio del Anti-Cristo -deseosa como está por acelerar el proceso de caos y de caída- sino el FINAL DE UN MUNDO, es decir, el de la actual pseudo-civilización materialista y antitradicional, totalmente anti-espiritual e infra-humana.

Tenemos la promesa de la venida más o menos próxima de un nuevo Héroe Vengador, la Parusía para los cristianos, Kalki para los hindúes, etc. Puede que ello sea un símbolo, pero la Historia demuestra que los Nuevos Órdenes, los nuevos ciclos áureos de civilización han surgido después de etapas catastróficas, cataclísmicas, traumáticas y después de indecibles padecimientos y horrores. No queremos decir que estemos cruzados de brazos esperando que todo nos venga como un regalito del cielo, sino que queremos decir con ello que todos los procesos de destrucción que estamos viviendo y los venideros, vienen a ser algo así como los dolores de parto de un mundo nuevo que pugna por nacer, lo importante es que ese “Nuevo Orden” en el que creemos y por el que lucharon y murieron tantos y tantos camaradas mucho mejores que nosotros, y por el que seguiremos luchando, ese “Nuevo Orden”, repetimos, viva ya dentro de nosotros, nos guíe y de sentido a nuestras vidas en medio de este mundo crepuscular, porque, tengamos seguridad en ello, aunque nosotros no lleguemos a verlo, ni siquiera nuestros hijos, ese día llegará en un futuro: “Y vi un nuevo Cielo y una nueva Tierra, porque el primer Cielo y la primera Tierra han desaparecido, y el mar ya no existe (símbolo, el del mar, de disolución y de inestabilidad..)”, es la promesa de San Juan en el Apocalipsis, último Libro Sagrado del Nuevo Testamento. “De la putrefacción y descomposición alquímicas, surge el Oro Filosofal”, como decían los filósofos herméticos del Medievo. Tenemos que estar preparados y en alerta ante lo que se avecina, por de pronto Europa está sufriendo una invasión en toda regla por parte de seres primitivos y supersticiosos portadores de una cosmovisión anti-europea y anti-cristiana y frente a ello, la Iglesia post-conciliar predica el abandono moral y la renuncia, dice que los abracemos y los acojamos como “hermanos”… a los mismos que quieren darnos el tiro de gracia como cultura. Eso es cobardía, traición y renegar de nuestros gloriosos y sagrados Ancestros. Europa históricamente -y no digamos España- se ha afirmado luchando contra el Islam, no podemos ahora pretender acogerlos en nuestro seno de forma masiva como si hermanitos de la caridad fueran. Lo repetimos, la actitud de la Iglesia post-conciliar, favorable al multiculturalismo y a la globalización, la convierte en una institución subversiva más al servicio del Nuevo Orden Mundial que amenaza con triturarlo todo, pueblos, culturas, tradiciones, razas, religiones, etc., todo ello en aras de un mundo igualado y nivelado por lo bajo, por lo infra-humano, un mundo de seres con mentalidad de esclavo y sin ninguna conciencia   -ni religiosa, ni histórica, ni moral- fácilmente manipulable y manejable y sin ninguna capacidad de respuesta ante la odiosa tiranía totalitaria que poco a poco se está imponiendo a nivel mundial. El Evangelio habló del Reinado del Anti-Cristo, ¿Y qué es sino el Nuevo Orden Mundial?…

En otro orden de cosas, y retomando hilos anteriores,  señalar que nunca simpatizamos con la figura de Carrero Blanco. Parece que al final se dio cuenta del callejón sin salida al que había conducido al Régimen tras apoyar a pies juntillas a los tecnócratas opusdeístas y tras su enfermizo anti-falangismo. Señalamos esto porque en el Gobierno que nombró ya como Presidente en Junio de 1973 por primera vez desde 1957 los tecnócratas prácticamente desaparecen del mismo, a excepción del Ministerio de Asuntos Exteriores: nombrando para ello a su amigo López Rodó. Pero siempre nos ha resultado más que incómodo que tuviera como lugarteniente al deleznable y cínico de Torcuato Fernández Miranda, el hombre que ya se había encargado de desmontar el Movimiento desde dentro desde que accedió a dicho cargo en la fecha emblemática            -nuevamente todo un “signo de los tiempos”- del 29 de Octubre de 1969, nada menos que cuando se celebraba el XXXVI Aniversario de la Fundación de la Falange, donde semejante hipócrita y cínico se presentó al acto de Jura del cargo ¡¡¡con camisa blanca!!!… toda una declaración de intenciones y algo totalmente herético, pese a todo, en la España de entonces (dicen que Franco lo consideró un insulto y un agravio). Pensamos que Carrero, aleccionado en este sentido por el “murciélago” (así calificaba despectivamente a Torcuato el sector falangista del Régimen que lo odiaba a muerte), tenía planeado un proceso de transición tras la muerte de Franco hacia una “democracia controlada”, pero esto es algo que el atentado de la ETA (con la CIA actuando entre bastidores) nos impidió ver o comprobar.

No podemos por más que concluir estas líneas recordando que esta miserable plutocracia demo-liberal que se nos ha impuesto tras la caída del franquismo nos está conduciendo a la miseria y a la pobreza; eso sí, siempre “liberados” de las cadenas que nos impuso el franquismo. Y mientras los foráneos disfrutan de ayudas gubernamentales de todo tipo, los españoles somos algo así como ciudadanos de segunda, sólo útiles para pagar los impuestos que a su vez sirven para mantener en el poder a una burocracia y a unos politicastros cada vez más corruptos, degenerados y perversos; eso sí, con los votos de la masa borreguil y debidamente telebasurizada. Es un círculo vicioso verdaderamente diabólico.

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Nota de Tresmontes: La fuente original del artículo es:

http://vitamilitiaest.wordpress.com/2010/05/12/cronicas-alrededor-del-franquismo/

La “desinformación” informativa… del “Ministro de la Verdad”…

9 de mayo de 2012

 

…Cuando los datos presuntamente informativos son abrumadoramente abundantes tratar de decubrir o conocer lo que más se acerque a la realidad objetiva es tarea muy difícil… Es posible que las medias verdades y las medias mentiras estén repartidas emn proporciones parejas…. Nuestra misión y desafío es distinguirlas…

Aquí tenemos un blog ( http://winstonsmithministryoftruth.blogspot.com.es) que tiene muy interesantes y sorprendentes informaciones. Probablemente en su mayoría son ciertas… pero, siempre queda  la duda…En todo caso, está inspirado en el Ministerio de la Verdad que George Orwell describió en su profético libro “1984”…

Friday, 31 December 2010

Non-Jews are dogs

Jewish professor Sacha Stern writes:

“The non-Jews are considered similar to dogs; they are even, according to the Mekhilta, of a lesser account than dogs. Ishmael, the ancestor of the Arabs, is “equal to a dog”, for both he and the dog eat carrion. Eating together with an uncircumcised is like eating together with a dog: for a dog is also uncircumcised. R. Akiva told Turnus Rufus that he appeared to him in a dream as a dog, and with good reason: for ‘what is the difference between you and dogs-you eat and drink, and so do they, you bear fruits and multiply, and so do they, you will eventually die, and so will they.’

It is quite clear that these statements aim at conveying that the non-Jews share
the general features of the animal world, and particularly the lowliness of dogs.”
Jewish professor Israel Shahak writes:
“Thus an Orthodox Jew learns from his earliest youth, as part of his sacred studies, that
Gentiles are compared to dogs, that it is a sin to praise them, and so on and so forth.”
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Fuente:

Thursday, 30 December 2010

“A woman is a sack full of excrement”

The Talmud, the highest authority in Rabbinical Judaism, has some charming things to say on the fairer sex:

Professor Israel Shahak of the Hebrew University of Jerusalem, a survivor of the Warsaw Ghetto & Nazi concentration camp Bergen-Belsen writes:
“The numerous misogynistic statements in the Talmud and in talmudic literature constitute a part of every Haredi male’s sacred study. The statement in Tractate Shabat, page 152b, defining a woman is exemplary: ‘A woman is a sack full of excrement.'” page 38

The Soncino, English language edition of the Babylonian Talmud, Shabbath 152a reads:
“Though a woman be as a pitcher full of filth and her mouth full of blood, yet all speed after her.” source
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Fuente:

“¡miente… que algo queda!”

19 de abril de 2012

El saludo neonazi de Breivik

“Si hay una figura que odio es Adolf Hitler” (Anders B. Breivik, “Manifiesto 2083”)
Hoy leemos con sorpresa en “La Vanguardia” (17-4-12, p. 3) que Breivik “exhibe un peculiar saludo neonazi” (sic)  antes de sentarse en el banquillo de los acusados. No creo que hayamos sido los únicos en saltar de la silla ante tan repugnante manipulación. El gesto chulesco de Breivik, con el puño cerrado, no es fascista ni neonazi, sino una suerte de saludo comunista con el brazo extendido. Tan válido habría resultado anotar que se trataba de un peculiar saludo hitleriano, cuan de un peculiar saludo bolchevique. En ambos casos estaríamos ante una falsedad, una mentira consciente, siendo así que en sus escritos ideológicos, por llamarlos de alguna manera, Breivik se pronunció contra el nazismo tanto como contra el comunismo.
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Nota de TRESMONTES:
Cuando se atribuye a Goebbels la frase de que “una  mentira repetida mil veces se convierte en verdad”… ya se está mintiendo… porque esa frase no es original de Goebbels… sino de la práctica de la propaganda soviética… Lo que realmente dijo Goebbels es que esa frase no responde a la realidad…
Es notorio que todos los medios de comunicación mienten  cuando dicen que el asesino de Oslo (que en su Manifiesto afirma odia a Hitler y a Quisling) hizo el “saludo nazi”, el “romano”, el “fascista”, el “neonazi”, etc., ó como lo quieran llamar. Lo cierto es que es un enfermo mental cuyo cerebro ha razonado en función de la realidad social, política y demográfica  creada en Europa desde que en los años sesenta del siglo XX se abrieron las fronteras de Europa para que entraran todo tipo de gentes del mundo entero… Lo cual, se mire como se mire, es  que Europa es víctima de una colonización que no sólo no la “enriquece”… sino que la aboca a un futuro tenebroso… Y esto no lo piensan los “nazis” sino cualquiera que conozca la historia de Europa y, por ejemplo, las causas de la caida del Imperio Romano… aunque en aquella ocasión los “bárbaros” invasores,  fueron, por otra parte, fermento de revitalización biológica…
Fuente del post de arriba:

…SE INTENTÓ MATAR DE HAMBRE A ALEMANIA

12 de abril de 2012

http://mises.org/daily/4308

En la dirección de arriba se informa de cómo en el siglo XX, reiteradamente se intentó destruir a Alemania mediante el genocidio, siendo éste un tema tabú silenciado en todos los medios de comunicación…desde 1945. Seguidamente publicamos la citada información en versión original:

The Blockade and Attempted Starvation of Germany

Mises Daily:Friday, May 07, 2010 by

[The Politics of Hunger: Allied Blockade of Germany, 1915-1919 • By C. Paul Vincent • Ohio University Press (1985) • 185 pages. This review was first published in the Review of Austrian Economics 3, no. 1.]

The Politics of Hunger: Allied Blockade of Germany, 1915-1919

States throughout history have persisted in severely encumbering and even prohibiting international trade. Seldom, however, can the consequences of such an effort — the obvious immediate results as well as the likely long-range ones — have been as devastating as in the case of the Allied (really, British) naval blockade of Germany in the First World War. This hunger blockade belongs to the category of forgotten state atrocities of the twentieth century. (Similarly, who now remembers the tens of thousands of Biafrans starved to death during the war of independence through the policy of the Nigerian generals supported by the British government?) Thus, C. Paul Vincent, a trained historian and currently library director at Keene State College in New Hampshire, deserves our gratitude for recalling it to memory in this scholarly and balanced study.

Vincent tellingly recreates the atmosphere of jubilation that surrounded the outbreak of the war that was truly the fateful watershed of the twentieth century. While Germans were overcome by an almost mystical sense of community (the economist Emil Lederer declared that now Gesellschaft [Society] had been transformed into Gemeinschaft [Community]), the British gave themselves over to their own patented form of cant. The socialist and positivist utopian H.G. Wells, for instance, gushed: “I find myself enthusiastic for this war against Prussian militarism. … Every sword that is drawn against Germany is a sword drawn for peace.” Wells later coined the mendacious slogan “the war to end war.”

As the conflict continued, the state-socialist current that had been building for decades overflowed into massive government intrusions into every facet of civil society, especially the economy. The German Kriegssozialismus that became a model for the Bolsheviks on their assumption of power is well known, but, as Vincent points out: “the British achieved control over their economy unequaled by any of the other belligerent states.”

Everywhere state seizure of social power was accompanied and fostered by propaganda drives unparalleled in history to that time. In this respect, the British were very much more successful than the Germans, and their masterly portrayal of the “Huns” as the diabolical enemies of civilization, perpetrators of every imaginable sort of “frightfulness,”[1] served to mask the single worst example of barbarism in the whole war, aside from the Armenian massacres.

This was what Lord Devlin frankly calls “the starvation policy” directed against the civilians of the Central Powers (particularly Germany),[2] the plan that aimed, as Winston Churchill, First Lord of the Admiralty in 1914 and one of the framers of the scheme, admitted, to “starve the whole population — men, women, and children, old and young, wounded and sound — into submission.”[3]

The British policy was in contravention of international law on two major points.[4] First, in regard to the character of the blockade, it violated the Declaration of Paris of 1856, which Britain itself had signed, and which, among other things, permitted “close” but not “distant” blockades. A belligerent was allowed to station ships near the three-mile limit to stop traffic with an enemy’s ports; it was not allowed simply to declare areas of the high seas comprising the approaches to the enemy’s coast to be off-limits.

This is what Britain did on November 3,1914, when it announced, allegedly in response to the discovery of a German ship unloading mines off the English coast, that henceforth the whole of the North Sea was a military area, which would be mined and into which neutral ships proceeded “at their own peril.” Similar measures in regard to the English Channel insured that neutral ships would be forced to put into British ports for sailing instructions or to take on British pilots. During this time they could easily be searched, obviating the requirement of searching them on the high seas.

This introduces the second and even more complex question: that of contraband. Briefly, following the lead of the Hague Conference of 1907, the Declaration of London of 1909 considered food to be “conditional contraband,” that is, subject to interception and capture only when intended for the use of the enemy’s military forces. This was part of the painstaking effort, extending over generations, to strip war of its most savage aspects by establishing a sharp distinction between combatants and noncombatants. Among the corollaries of this was that food not intended for military use could legitimately be transported to a neutral port, even if it ultimately found its way to the enemy’s territory. The House of Lords had refused its consent to the Declaration of London, which did not, consequently, come into full force. Still, as the US government pointed out to the British at the start of the war, the declaration’s provisions were in keeping “with the generally recognized principles of international law.” As an indication of this, the British admiralty had incorporated the Declaration into its manuals.

The British quickly began to tighten the noose around Germany by unilaterally expanding the list of contraband and by putting pressure on neutrals (particularly the Netherlands, since Rotterdam more than any other port was the focus of British concerns over the provisioning of the Germans) to acquiesce in its violations of the rules. In the case of the major neutral, the United States, no pressure was needed. With the exception of the beleaguered secretary of state, William Jennings Bryan, who resigned in 1915, the American leaders were amazingly sympathetic to the British point of view. For example, after listening to complaints from the Austrian ambassador on the illegality of the British blockade, Colonel House, Wilson’s intimate advisor on foreign affairs, noted in his diary: “He forgets to add that England is not exercising her power in an objectionable way, for it is controlled by a democracy.”[5]

The Germans responded to the British attempt to starve them into submission by declaring the seas around the British Isles a “war zone.” Now the British openly announced their intention of impounding any and all goods originating in or bound for Germany. Although the British measures were lent the air of reprisals for German actions, in reality the great plan was hatched and pursued independently of anything the enemy did or refrained from doing:

The War Orders given by the Admiralty on 26 August [1914] were clear enough. All food consigned to Germany through neutral ports was to be captured and all food consigned to Rotterdam was to be presumed consigned to Germany. … The British were determined on the starvation policy, whether or not it was lawful.[6]

The effects of the blockade were soon being felt by the German civilians. In June 1915, bread began to be rationed. “By 1916,” Vincent states, “the German population was surviving on a meager diet of dark bread, slices of sausage without fat, an individual ration of three pounds of potatoes per week, and turnips,” and that year the potato crop failed. The author’s choice of telling quotations from eye witnesses helps to bring home to the reader the reality of a famine such as had not been experienced in Europe outside of Russia since Ireland’s travail in the 1840s. As one German put it: “Soon the women who stood in the pallid queues before shops spoke more about their children’s hunger than about the death of their husbands.”

An American correspondent in Berlin wrote:

Once I set out for the purpose of finding in these food-lines a face that did not show the ravages of hunger. … Four long lines were inspected with the closest scrutiny. But among the 300 applicants for food there was not one who had had enough to eat for weeks. In the case of the youngest women and children the skin was drawn hard to the bones and bloodless. Eyes had fallen deeper into the sockets. From the lips all color was gone, and the tufts of hair which fell over the parchmented faces seemed dull and famished — a sign that the nervous vigor of the body was departing with the physical strength.

Vincent places the German decision in early 1917 to resume and expand submarine warfare against merchant shipping — which provided the Wilson administration with its final pretext for entering the war — in the framework of collapsing German morale. The German U-boat campaign proved unsuccessful and, in fact, by bringing the United States into the conflict, aggravated the famine.

“Soon the women who stood in the pallid queues before shops spoke more about their children’s hunger than about the death of their husbands.”

“Wilson ensured that every loophole left open by the Allies for the potential reprovisioning of Germany was closed … even the importation of foodstuffs by neutrals was prevented until December 1917.” Rations in Germany were reduced to about one thousand calories a day. By 1918, the mortality rate among civilians was 38 percent higher than in 1913; tuberculosis was rampant, and, among children, so were rickets and edema. Yet, when the Germans surrendered in November 1918, the armistice terms, drawn up by Clemenceau, Foch, and Pétain, included the continuation of the blockade until a final peace treaty was ratified.

In December 1918, the National Health Office in Berlin calculated that 763,000 persons had died as a result of the blockade by that time; the number added to this in the first months of 1919 is unknown.[7] In some respects, the armistice saw the intensification of the suffering, since the German Baltic coast was now effectively blockaded and German fishing rights in the Baltic annulled.

One of the most notable points in Vincent’s account is how the perspective of “zoological” warfare, later associated with the Nazis, began to emerge from the maelstrom of ethnic hatred engendered by the war. In September 1918, one English journalist, in an article titled “The Huns of 1940,” wrote hopefully of the tens of thousands of Germans now in the wombs of famished mothers who “are destined for a life of physical inferiority.”[8] The “famous founder of the Boy Scouts, Robert Baden-Powell, naively expressed his satisfaction that the German race is being ruined; though the birth rate, from the German point of view, may look satisfactory, the irreparable harm done is quite different and much more serious.”

Against the genocidal wish-fantasies of such thinkers and the heartless vindictiveness of Entente politicians should be set the anguished reports from Germany by British journalists and, especially, army officers, as well as by the members of Herbert Hoover’s American Relief Commission. Again and again they stressed, besides the barbarism of the continued blockade, the danger that famine might well drive the Germans to Bolshevism. Hoover was soon persuaded of the urgent need to end the blockade, but wrangling among the Allies, particularly French insistence that the German gold stock could not be used to pay for food, since it was earmarked for reparations, prevented action.

In early March 1919, General Herbert Plumer, commander of the British Army of Occupation, informed Prime Minister Lloyd George that his men were begging to be sent home; they could no longer stand the sight of “hordes of skinny and bloated children pawing over the offal” from the British camps. Finally, the Americans and British overpowered French objections, and at the end of March, the first food shipments began arriving in Hamburg. But it was only in July, after the formal German signature to the Treaty of Versailles, that the Germans were permitted to import raw materials and export manufactured goods.

Besides the direct effects of the British blockade, there are the possible indirect and much more damaging effects to consider. A German child who was ten years old in 1918, and who survived, was twenty-two in 1930. Vincent raises the question of whether the miseries and suffering from hunger in the early, formative years help account to some degree for the enthusiasm of German youth for Nazism later on. Drawing on a 1971 article by Peter Loewenberg, he argues in the affirmative.[9] Loewenberg’s work, however, is a specimen of psychohistory and his conclusions are explicitly founded on psychoanalytic doctrine.

Although Vincent does not endorse them unreservedly, he leans toward explaining the later behavior of the generation of German children scarred by the war years in terms of an emotional or nervous impairment of rational thought. Thus, he refers to “the ominous amalgamation of twisted emotion and physical degradation, which was to presage considerable misery for Germany and the world” and which was produced in large part by the starvation policy.

But is such an approach necessary? It seems perfectly plausible to seek for the mediating connections between exposure to starvation (and the other torments caused by the blockade) and later fanatical and brutal behavior in commonly intelligible (though, of course, not thereby justifiable) human attitudes generated by the early experiences. These attitudes would include hatred, deep-seated bitterness and resentment, and a disregard for the value of life of “others” because the value of one’s “own” life had been so ruthlessly disregarded.

A starting point for such an analysis could be Theodore Abel’s 1938 work, Why Hitler Came into Power: An Answer Based on the Original Life Stories of Six Hundred of His Followers. Loewenberg’s conclusion after studying this work is that “the most striking emotional affect expressed in the Abel autobiographies are the adult memories of intense hunger and privation from childhood.”[10] An interpretation that would accord the hunger blockade its proper place in the setting for the rise of Nazi savagery has no particular need for a psychoanalytical or physiological underpinning.

Occasionally Vincent’s views on issues marginal to his theme are distressingly stereotyped: he appears to accept an extreme Fischer-school interpretation of guilt for the origin of the war as adhering to the German government alone, and, concerning the fortunes of the Weimar Republic, he states: “That Germany lost this opportunity is one of the tragedies of the twentieth century. … Too often the old socialists seemed almost terrified of socialization.”

The cliché that, if only heavy industry had been socialized in 1919, then German democracy could have been saved, was never very convincing.[11] It is proving less so as research begins to suggest that it was precisely the Weimar system of massive state intervention in the labor markets and the advanced welfare-state institutions (the most “progressive” of their time) that so weakened the German economy that it collapsed in the face of the Great Depression.[12] This collapse, particularly the staggering unemployment that accompanied it, has long been considered by scholars to have been a major cause of the Nazi rise to power in 1930–33.

These are, however, negligible points in view of the service Vincent has performed both in reclaiming from oblivion past victims of a murderous state policy and in deepening our understanding of twentieth-century European history. There has recently occurred in the Federal Republic of Germany a “fight of historians” over whether the Nazi slaughter of the European Jews should be viewed as “unique” or placed within the context of other mass murders, specifically the Stalinist atrocities against the Ukrainian peasantry.[13] Vincent’s work suggests the possibility that the framework of the discussion ought to be widened more than any of the participants has so far proposed.

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Ralph Raico, Professor Emeritus in European history at Buffalo State College is a senior fellow of the Mises Institute. He is a specialist on the history of liberty, the liberal tradition in Europe, and the relationship between war and the rise of the state. He is the author of The Place of Religion in the Liberal Philosophy of Constant, Tocqueville, and Lord Acton. You can study the history of civilization under his guidance here: MP3-CD and Audio Tape. Send him mail. See Ralph Raico’s article archives.

This review was first published in the Review of Austrian Economics 3, no. 1.

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Notes

[1] Cf. H.C. Peterson, Propaganda for War. The Campaign against American Neutrality, 1914–1917 (Norman, Okla.: University of Oklahoma Press, 1939), especially pp. 51-70, on propaganda regarding German “atrocities.”

[2] Patrick Devlin, Too Proud to Fight: Woodrow Wilson’s Neutrality (New York: Oxford University Press, 1975), pp. 193–98.

[3] Cited in Peterson, Propaganda, p. 83.

[4] Cf. Devlin, Too Proud to Fight, pp. 158–67,191–200; and Thomas A. Bailey and Paul B. Ryan, The Lusitania Disaster: An Episode in Modern Warfare and Diplomacy (New York: Free Press, 1975), pp. 27–33.

[5] Cited in Walter Millis, Road to War: America, 1914–1917 (Boston: Houghton Mifflin, 1935), p. 84. The US government’s bias in favor of the Allied cause is well documented. Thus, even such an “establishment” diplomatic historian as the late Thomas A. Bailey, in his A Diplomatic History of the American People, 9th ed. (Englewood Cliffs, N.J.: Prentice-Hall, 1974), p. 572, states: “The obvious explanation of America’s surprising docility [in the face of British violations of neutrals’ rights] is that the Wilson administration was sympathetic with the Allies from the beginning.” The partisanship of Wilson, his advisor Colonel House, Secretary of State Robert Lansing, and, especially, the American ambassador to England, Walter Hines Page, is highlighted in Bailey’s even-handed account of the entry of the United States into the war (pp. 562–95). The reader may find it an interesting exercise to compare Bailey’s treatment with that from a newer generation of “establishment” authority, Robert H. Ferrell, American Diplomacy: A History, 3rd ed. (New York: Norton, 1975), pp. 456–74. Ferrell gives no hint of the administration’s bias toward Britain. Of the notorious British propaganda document luridly detailing the nonexistent German atrocities in Belgium, he writes: “It is true that in the light of postwar investigation the veracity of some of the deeds instanced in the Bryce Report has come into question” (p. 462). (On the Bryce Report, see Peterson, Propaganda, pp. 53-58, and Phillip Knightley, The First Casualty [New York: Harcourt Brace Jovanovich, 1975], pp. 83–84.) Ferrell’s account could itself pass muster as somewhat refined Entente propaganda. Lest American college students miss the moral of his story, he ends with the assertion: “It was certainly in the interest of national security to go to war … logic demanded entrance.”

[6] Devlin, Too Proud to Fight, pp. 193, 195.

[7] The British historian Arthur Bryant, writing in 1940, put the figure even higher, at 800,000 for the last two years of the blockade, “about fifty times more than were drowned by submarine attacks on British shipping.” Cited in J.F.C. Fuller, The Conduct of War, 1789–1961 (London: Eyre & Spottiswoode, 1961), p. 178.

[8] F.W. Wile, “The Huns of 1940,” Weekly Dispatch, September 8,1918. Vincent notes that he is citing the article from a book published in Stuttgart in 1940.

[9] Peter Loewenberg, “The Psychohistorical Origins of the Nazi Youth Cohorts,” American Historical Review 76, no. 5 (December 1971): 1457–502. Loewenberg writes, for instance:

The war and postwar experiences of the small children and youth of World War I explicitly conditioned the nature and success of National Socialism. The new adults who became politically effective after 1929 and who filled the ranks of the SA and the other paramilitary party organizations … were the children socialized in the First World War. (p. 1458)

[10] Ibid., p. 1499.

[11] The leading advocate of socialization in Germany after the war was Emil Lederer, whose remarks about Gemeinschaft and Gesellschaft were cited previously. He denied, however, that the socialized economy would be more productive than capitalism. See Karl Pribram, A History of Economic Reasoning (Baltimore: Johns Hopkins University Press, 1983), p. 382.

[12] The recent debate among German economic historians on this question is discussed in Jürgen von Kruedener, “Die Überforderung der Weimarer Republik als Sozialstaat,” Geschichte und Gesellschaft 11, no. 3 (1985): 358-76.

[13] Historiker- “Streit.” Die Dokumentation der Kontroverse um die Einzigartigkeit der nationalsozialistischen Judenvernichtung (Munich: Piper, 1987).

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TRADUCCIóN AL CASTELLANO:

Los estados a lo largo de la historia han persistido en dificultar severamente e incluso prohibir el comercio internacional. Sin embargo, casi nunca las consecuencias de dicho intento (tanto en los resultados evidentes inmediatos como probablemente en los de largo plazo) pueden haber sido tan devastadoras como en el casi del bloqueo naval aliado (realmente británico) a Alemania en la Primera Guerra Mundial. Este bloqueo de hambre pertenece a la categoría de las atrocidades estatales olvidadas del siglo XX. (Igualmente, ¿quién recuerda hoy a las decenas de biafreños muertos por hambre durante la guerra de independencia por la política de los generales nigerianos apoyados por el gobierno británico?) Así, C. Paul Vincent, un veterano historiador y actualmente director de la biblioteca, en el Keene State College en New Hampshire, merece nuestra gratitud por traerlo a la memoria en este estudio erudito y equilibrado.
Vincent recrea eficazmente la atmósfera de júbilo que rodeó al estallido de la guerra que fue en realidad el hito funesto del siglo XX. Mientras que los alemanes estaban poseídos por un sentido casi místico de comunidad (el economista Emil Lederer declaraba que ahora la Gesellschaft [sociedad] se había transformado en Gemeinschaft[comunidad]), los británicos se entregaban a propia forma patentada de hipocresía. El socialista y utópico positivista H.G. Wells, por ejemplo, decía efusivamente: “Me encuentro entusiasmado por esta guerra contra el militarismo prusiano. (…) Toda espada que se empuñe contra Alemania, es una espada que se empuña por la paz”. Well acuñó más tarde el falso lema: “la guerra para acabar con la guerra”.
Mientras continuaba el conflicto, el actual estado socialista que se había venido construyendo durante décadas se desbordó con masivas intrusiones del gobierno en todas las facetas de la sociedad civil, especialmente en la economía. El Kriegssozialismusalemán que se convertiría en un modelo para los bolcheviques en su ascenso al poder es bien conocido, pero, como apunta Vincent: “los británicos alcanzaron un control sobre toda la economía sin parangón con ningún otro estado beligerante”.
En todas partes la apropiación del poder social por el estado estaba acompañada y estimulada por labores de propaganda sin precedentes en la historia. A este respecto, los británicos tuvieron mucho más éxito que los alemanes y su magistral retrato de los “hunos”como diabólicos enemigos de la civilización, perpetradores de todo tipo de“horror” imaginable,[1]servía para enmascarar el peor ejemplo de barbarie de toda la guerra, aparte de las masacres armenias.
A éste lo llama abiertamente Lord Devlin, “la política del hambre”, dirigida contra los civiles de las Potencias Centrales (particularmente Alemania),[2] el plan que se dirigía, como admitía Winston Churchill, Primer Lord del Almirantazgo en 1914 y uno de los redactores del plan, a “hacer pasar hambre a toda la población (hombres, mujeres y niños, jóvenes y viejos, heridos y sanos) para que se rinda”.[3]
La política británica contradecía el derecho internacional en dos puntos principales.[4]Primero, respecto del carácter del bloqueo, violaba la Declaración de París de 1856, que había firmado la propia Gran Bretaña y que, entre otras cosas, permitía bloqueos “cercanos”, pero no “distantes”. Se permitía a un beligerante estacionar buques cerca del límite de las tres millas para detener el tráfico con puertos enemigos; no se permitía sencillamente declarar áreas de alta mar que incluyeran las aproximaciones a la costa enemiga fuera de esos límites.
Eso es lo que hizo Gran Bretaña el 3 de noviembre de 1914, cuando anunció, supuestamente en respuesta al descubrimiento de un barco alemán desplegando minas cerca de la costa inglesa, que desde entonces todo el Mar del Norte era área militar, que podía minarse y en la que los barcos neutrales actuarían “bajo su propio riesgo”. Medidas similares respecto del Canal de la Mancha aseguraban que los barcos neutrales se vieran obligados a arribar a puertos ingleses para recibir instrucciones de navegación o recoger pilotos ingleses. Durante este periodo podían ser revisados, evitando el requisito de buscarlos en alta mar.
Eso introduce la segunda y aún más compleja cuestión: la del contrabando. En pocas palabras, siguiendo el camino de la Conferencia de La Haya de 1907, la Declaración de Londres de 1909 consideraba que la comida era “contrabando condicional”, es decir, estaba sujeta a intercepción y captura solo cuando s dirigía al uso de las fuerzas militares del enemigo. Esto era parte del meticuloso trabajo, extendido durante generaciones, de quitar a la guerra sus aspectos más salvajes estableciendo una clara distinción entre combatientes y no combatientes. Entre los corolarios de esto estaba que la comida que no tuviera un uso militar podía transportarse legítimamente a un puerto neutral, incluso si acabara llegando al territorio enemigo. La Cámara de los Lores había rechazado dar su consentimiento a la Declaración de Londres, que, en consecuencia, no tenía vigencia plena. Aún así, como apuntó el gobierno de EEUU al británico al inicio de la guerra, las provisiones de la declaración en general seguían “los principios generalmente reconocidos del derecho internacional”. Como una indicación de esto, el almirantazgo inglés había incorporado la Declaración a sus manuales.
Los británicos empezaron pronto a apretar el dogal alrededor de Alemania expandiendo unilateralmente la lista del contrabando y presionando a los neutrales (especialmente a Holanda, ya que Rotterdam, más que ningún otro puerto, era el foco de las preocupaciones inglesas respecto del aprovisionamiento de los alemanes) para que consintieran sus violaciones de las leyes. En el caso del neutral más importante, Estados Unidos, no hizo falta ninguna presión. Con la excepción del atribulado secretario de estado, William Jennings Bryan, que dimitió en 915, los líderes estadounidenses fueron asombrosamente simpatizantes con el punto de vista británico. Por ejemplo, después de escuchar las quejas del embajador austriaco sobre la legalidad del bloqueo británico, el coronel House, el íntimo asesor de Wilson en asuntos exteriores, apuntaba en su diario: “Olvida añadir que Inglaterra no está ejercitando su poder de una forma objetable, pues está controlada por una democracia”.[5]
Los alemanes respondieron al intento británico rendirles por hambre declarando a los mares alrededor de las Islas Británicas como “zona de guerra”. Entonces los británicos anunciaron abiertamente su intención de incautarse de todos y cada uno de los bienes originados o en camino hacia Alemania. Aunque a las medidas británicas se les dio el aspecto de represalias por las acciones alemanas, en realidad el gran plan se habría urdido y realizado independientemente de cualquier cosa que hiciera o dejara de hacer el enemigo:
Las Órdenes de Guerra del Almirantazgo del 26 de agosto [de 1914] eran muy claras. Iba a capturarse toda la comida consignada a Alemania a través de puertos neutrales e iba a considerarse que toda la comida consignada a Rotterdam estaba consignada a Alemania. (…) Los británicos estaban determinados en su política del hambre, fuera ajustada a derecho o no.[6]
Los efectos del bloqueo se sintieron pronto entre los civiles alemanes. En junio de 1915, el pan empezó a estar racionado. “En 1916”, dice Vincent, “la población alemana sobrevivía con una mísera dieta de pan negro, rodajas de salchichas sin grasa, una ración individual de tres libras de patatas por semana y nabos” y en ese año se perdió la cosecha de patatas. La elección del autor de contar citas de testigos oculares para llevar al lector la realidad de una hambruna como no se había experimentado en Europa fuera de Rusia desde las tribulaciones irlandesas de la década de 1840. Como decía un alemán: “Pronto las mujeres que esperaban en las pálidas colas hablaron más del hambre de sus hijos que de la muerte de sus maridos.
Un corresponsal estadounidense en Berlín escribía:
Una vez salí con el propósito de encontrar en estas colas de comida una cara que no mostrara los estragos del hambre. (…) Inspeccioné con cuidado cuatro largas colas. Pero entre los 300 buscadores de comida no había nadie que hubiera tenido suficiente para comer durante semanas. En el caso de las mujeres y niños más jóvenes, la piel se había pegado a los huesos y no tenía sangre. Los ojos se habían hundido en las cuencas. Había desparecido todo el color en los labios, y los mechones de pelo que caían sobre las caras apergaminadas parecían lacios y famélicos (una señal de que el vigor nervioso del cuerpo desaparecía con la fortaleza física).
Vincent pone la decisión alemana de principios de 1917 de reanudar y extender la guerra submarina contra la marina mercante (que proporcionó a la administración Wilson su pretexto final para entrar en guerra) en el marco del desmoronamiento de la moral alemana. La campaña de los U-boat alemanes resultó un fracaso y, de hecho, al hacer entrar a Estados Unidos en el conflicto, agravó la hambruna.
“Wilson garantizó que se cerrara toda laguna jurídica dejada abierta por los aliados (…) incluso la importación de alimentos por los neutrales se prohibió hasta diciembre de 1917”. Las raciones en Alemania se redujeron a alrededor de mil calorías por día. En 1918, la tasa de mortalidad entre los civiles en un 38% mayor que la de 1913, proliferaba la tuberculosis y, entre los niños, también el raquitismo y los edemas. Aún así, cuando los alemanes se rindieron en noviembre de 1918, los términos del armisticio, redactados por Clemenceau, Foch y Pétain, incluían la continuación del bloqueo hasta que se ratificara el tratado final de paz.
En diciembre de 1918, la Oficina de Salud Nacional en Berlín calculaba que 763.000 personas habían muerto hasta entonces como consecuencia del bloqueo: la cifra adicional a ésta en los primeros meses de 1919 se desconoce.[7] En algunos aspectos, el armisticio supuso la intensificación del sufrimiento, ya que la costa alemana del Báltico estaba ahora efectivamente bloqueada y anulados los derechos de pesca en el Báltico.
Uno de los puntos más notables en la explicación de Vincent es cómo la perspectiva de una guerra “zoológica”,luego asociada con los nazis, empezó a aparecer en la vorágine del odio étnico engendrado por la guerra. En septiembre de 1918, un periodista inglés, en un artículo titulado “Los hunos de 1940”, escribía con optimismo de las decenas de miles de alemanes ahora en los vientres de mujeres famélicas que “están destinados a una vida de inferioridad física”.[8] El“famoso fundador de los boy-scouts, Robert Baden-Powell, expresaba ingenuamente su satisfacción de que la raza alemana fuera arruinada: aunque la tasa de natalidad, desde el punto de vista alemán, pueda parecer satisfactoria, el daño irreparable producido es bastante distinto y mucho más serio”.
Frente a las fantasías genocidas de esos pensadores y el despiadado rencor de los políticos de la Entente deberían considerarse los angustiosos reportajes de periodistas y, especialmente, oficiales británicos del ejército desde Alemania, así como de miembros de la American Relief Commission de Herbert Hoover. Una y otra vez destacaban, aparte de la barbarie del continuo bloqueo, el peligro de que la hambruna bien puedira empujar a los alemanes hacia el bolchevismo. Hoover se vio en seguida convencido de la urgente necesidad de acabar con el bloqueo, pero las disputas entre los aliados, particularmente la insistencia francesa en que las existencias de oro no podrían usarse para pagar alimentos, pues estaban destinadas a las indemnizaciones, impidieron actuar.
A principios de marzo de 1919, el general Herbert Plumer, comandante del Ejército Británico de Ocupación, informaba al Primer Ministro Lloyd George que sus hombres demandaban volver a casa: ya no podían soportar la vista de “hordas de niños flacos e hinchados buscando entre los desperdicios” de los campos británicos. Por fin, estadounidenses y británicos superaron las objeciones francesas y a finales de marzo, empezaron a llegar los primeros cargamentos de comida a Hamburgo. Pero solo fue en julio, después de la firma formal alemana del Tratado de Versalles, cuando se permitió a los alemanes importar materias primas y exportar bienes manufacturados.
Aparte de los efectos directos del bloqueo británico, hay posibles efectos indirectos y mucho más dañinos a considerar. Un niño alemán que tuviera 10 años en 1918 y sobreviviera, tendría 22 en 1930. Vincent plantea la pregunta de si las miserias y sufrimientos por el hambre en Alemania en los primeros años de formación contribuyen a explicar en alguna medida el entusiasmo de la juventud alemana por el nazismo posterior. Partiendo de un artículo de 1971 de Peter Loewenberg, argumenta positivamente.[9]Sin embargo, la obra de Loewenberg es una especie de psicohistoria y sus conclusiones se basan explícitamente en la doctrina psicoanalítica.
Aunque Vincent no las apoye sin reservas, se inclina a explicar el comportamiento posterior de la generación de niños alemanes marcados por los años de la guerra en términos de dificultades emocionales o nerviosas para pensar racionalmente. Así, se refiere a “la ominosa amalgama de emoción retorcida y degradación física, que iba a presagiar una considerable miseria para Alemania y el mundo” y que fue producida en buena medida por la política de hambre.
¿Pero es necesaria una aproximación así? Parece perfectamente factible buscar las conexiones que median entre la exposición al hambre (y los demás tormentos causados por el bloqueo) y el posterior comportamiento fanático y brutal en actitudes humana comúnmente comprensibles (aunque, por supuesto, no por eso justificables) generadas por experiencias anteriores. Estas actitudes incluirían el odio, una profunda amargura y resentimiento y un desprecio por el valor de la vida de “otros”,porque el valor de la “propia” vida hubiera sido despreciado tan despiadadamente.
Un punto de partida para un análisis así podría ser la obra de Theodore Abel de 1938, Why Hitler Came into Power: An Answer Based on the Original Life Stories of Six Hundred of His Followers. La conclusion de Loewenberg después de estudiar esta obra es que “el más sorprendente afecto emocional expresado en las autobiografías de Abel son los recuerdos de adultos de la intensa hambre y privaciones de la infancia”.[10]Una interpretación que pondría al bloqueo del hambre en su lugar apropiado en la aparición del salvajismo nazino tiene ninguna necesidad particular de un fundamento psicoanalítico o fisiológico.
De vez en cuando, las opiniones de Vincent en temas marginales a éste son lamentablemente estereotipadas: parece aceptar una interpretación extrema de la escuela de Fischer de la culpabilidad del origen de la guerra como atribuible solo al gobierno alemán y, respecto de la fortuna de la República de Weimar, dice: “Que Alemania perdiera su oportunidad es una de las tragedias del siglo XX. (…) demasiado a menudo los viejos socialistas parecieron casi aterrorizados ante la socialización”.
El tópico de que si se hubiera socializado la industria pesada en 1919 la democracia alemana podía haberse salvado, nunca fue muy convincente.[11]Cada vez resulta serlo menos ya que la investigación empieza a sugerir que fue precisamente el sistema de Weimar de intervención masiva del estado en los mercados laborales y la extensión de las instituciones del estado del bienestar (el más “progresista” de su tiempo) el que debilitó la economía alemana que se desplomaba ante la Gran Depresión.[12]Este desplome, particularmente el asombroso desempleo que lo acompañó, ha sido considerado desde hace mucho por los investigadores como la mayor causa del ascenso nazi al poder en 1930-33.
Son sin embargo, puntos mínimos a la vista del servicio que ha proporcionado Vincent tanto el rescatar del olvido a las víctimas de una política asesina de estado y en profundizar en nuestra comprensión de la historia europea del siglo XX. Se ha producido recientemente en la República Federal de Alemania una “lucha de historiadores”sobre si la matanza nazi de judíos europeos debería considerarse como “única” o ubicarse dentro del contexto de las matanzas masivas, en concreto las atrocidades estalinistas contra el campesinado ucraniano.[13] La obra de Vincent sugiere la posibilidad de que el marco de la discusión tendría que ampliarse más de lo que haya propuesto hasta ahora cualquiera de los participantes.
Ralph Raico es miembro senior del Instituto Mises. Es profesor de Historia Europea en el Buffalo State College y especialista en la historia de la libertad, la tradición liberal en Europa y la relación entre la guerra y al aumento del estado. Es autor de The Place of Religion in the Liberal Philosophy of Constant, Tocqueville, and Lord Acton.Puede estudiarse la historia de la civilización bajo su guía aquí: en MP3-CD y en casete.
Esta reseña se publicó por primera vez en la Review of Austrian Economics 3, nº 1.
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NOTA de Tresmontes: La versión en lengua española del post publicado por
Ludwig von Mises Institute la hemos tomado del blog FILOSOFÍA CRíTICA.

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