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Alberto Bárcena expone la Agenda Illuminati

21 de diciembre de 2017

Alberto Bárcena expone la Agenda Illuminati del Luciferismo

 

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15 de noviembre de 2015

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Antonio Medrano: Los dos pilares de la vida noble y feliz

19 de octubre de 2015

Los dos pilares de la vida noble y feliz

Antonio Medrano

Los dos pilares de la vida noble y feliz Antonio Medrano Para vivir de forma realmente humana, para que nuestra vida discurra de manera correcta, plena, satisfactoria, sana, libre y feliz, estamos obligados a proyectarla, a construirla y cincelarla con el mayor esmero, poniendo nuestra mejor voluntad en ello. Tenemos que construir doblemente nuestra vida y nuestra persona, y hacerlo de forma paciente, continua y tenaz. No podemos desertar de esta tarea. Cada cual debe tomarse muy en serio esta labor, que sólo él o ella puede llevar a cabo. Es su responsabilidad ineludible. Nadie puede hacerla por nosotros. En nadie podemos delegar a la hora de vivir, de recorrer nuestro camino y de hacer nuestra vida. ¿De qué medios o instrumentos disponemos para construir nuestra vida y nuestra persona como es debido, con garantías de que lo estamos haciendo bien y no nos vamos a equivocar ni perder en el empeño? ¿Cuáles son las armas que hemos de emplear para salir victoriosos de tan ardua empresa? ¿En qué elementos podemos poner nuestra confianza y sobre qué pilares podemos edificar de forma segura nuestra obra? 1. Los dos pilares de la vida humana Dos son los pilares, columnas o fuerzas sobre los que podemos y debemos asentar nuestra vida. Dos pilares fundamentales, inconmovibles e invencibles, con los que tendremos garantizada la correcta ordenación o edificación de nuestro existir personal. Dos pilares con un poder tan formidable e irresistible que, mediante su eficaz ayuda, seremos capaces de vencer todos los retos, problemas y dificultades que encontremos a lo largo del camino que vamos a emprender. Son los dos pilares que constituyen el eje de coordenadas de la vida noble, la vida personal plenamente lograda y feliz: la inteligencia y la bondad. O, también la razón y la voluntad, y, en una perspectiva más profunda y elevada, al menos en lo que respecta al primer término del binomio, la sabiduría y el amor. Dicho con otras palabras: el Intelecto y la Voluntad, la coherencia lúcida y la sana afectividad, el entendimiento y el impulso enérgico, la claridad mental y la cordialidad, la agudeza lógica y la sensibilidad o emotividad (por supuesto, una sensibilidad o emotividad vigorosa y rectamente encauzada). Es decir: por un lado, un logos implacable e insobornable en la aplicación de su luz intelectual (con toda la lógica y la metalógica que se deba), una mente clara, abierta a la verdad y a la realidad, dispuesta a ver las cosas tal como son, sin engaños, deformaciones ni subterfugios; y, por otro lado, una buena voluntad, una voluntad capaz de querer y decidir no sólo con energía sino además en la buen dirección, un corazón inclinado a amar, un alma sensible capaz de vibrar con la armonía y belleza del Cosmos, una voluntad fuerte dispuesta a abrazar el bien y a obrar en consecuencia, actuando en todo momento de manera responsable y haciendo el bien sin mirar a quién. Desde una perspectiva superior, donde decimos “inteligencia” podemos decir sabiduría y donde decimos “bondad” podemos decir amor. La inteligencia, cuando se utiliza y cultiva correctamente, a medida que se va ejercitando y poniendo en práctica en la vida cotidiana, va creciendo y desarrollando sus mejores posibilidades, convirtiéndose finalmente en sabiduría. Al funcionar como es debido, dentro de su orden y con arreglo a las normas a las que debe atenerse, se abre a una facultad superior, que es el Intelecto, la Razón trascendente, la Supra-Mente o Mente suprarracional, el Nous de la doctrina platónica, la Buddhi de las doctrinas orientales, que es justamente la sede de la Sabiduría, el saber que está por encima de todos los saberes. Lo mismo ocurre con la bondad, la cual, conforme se va expandiendo, al conectar con sus raíces más hondas, se abre al Amor divino, el Eros de la filosofía helénica, que es la fuente de todo amor. He aquí los dos pilares, pivotes o columnas que nos permitirán hacer bien nuestra vida, construirla y edificarla sobre sólidos cimientos. Dos pilares firmes y potentes, de la mayor eficacia y contundencia, que van inseparablemente unidos, que se exigen y apoyan recíprocamente. El uno no puede existir ni funcionar bien sin el otro. Si uno desapareciera, se desmoronara, se debilitara o viniera a menos, el otro quedaría dañado de forma irremediable, degenerando, deformándose y dejando de ser lo que es o debiera ser. 2. Significado y función de estos dos pilares La inteligencia significa visión penetrante en el mundo de lo real, capaz de desentrañar sus conexiones y las leyes que lo rigen, siendo apta posteriormente para aplicarlas de modo práctico y aprovecharlas así con vistas al dominio de las circunstancias y al propio crecimiento personal. La inteligencia se manifiesta como lucidez, sensatez, buen juicio, sagacidad, clarividencia, cordura, apertura mental, imaginación creativa, capacidad para aprender, aptitud para conocer y entender las cosas, racionalidad o racionabilidad (habilidad para razonar, criterio para dar razón de las cosas y disposición para adoptar una actitud razonable), destreza para captar la verdad y acertar en los asuntos, habilidad para dar o encontrar sentido, facilidad o prontitud para reflexionar, idear y pensar con rigor, teniendo su cima o expresión culminante en la sabiduría, la sapiencia, el saber contemplar sabiamente la realidad. La bondad significa dulzura, ternura, blandura cálida y fuerte, suavidad en el trato, talante abierto y comprensivo, lo cual se traduce en una inclinación a hacer el bien, a buscar el bien tanto propio como ajeno, a entusiasmarse por todo lo que es bueno, recto, justo, auténtico, noble y bello. Si la inteligencia se expresa como lucidez y sabiduría, la bondad se manifiesta como amor, caridad, compasión, empatía y simpatía, amabilidad y sensibilidad (capacidad de sentir con los demás y de ser impresionado por cualquier cosa valiosa o digna de atraer la atención de un alma noble), y también como moralidad, actitud ética, rectitud, virtud, decencia, probidad e integridad, conducta justa y cabal. Si la sabiduría viene a ser la forma suprema de la inteligencia, la luz superior que la ilumina y orienta, el amor es la base y esencia misma de la bondad, la fuerza que la hace posible, el resorte que sostiene y mueve el buen ánimo o ánimo bueno. La persona sabia y amorosa, que va derramando sabiduría y amor en torno suyo, será ciertamente una persona inteligente y buena. Y qué duda cabe que, con esas dos poderosas palancas vitales, será también una persona noble, feliz, moral y anímicamente sana, que sabrá disfrutar de su vida y sacarle el máximo provecho. Con respecto a la sabiduría conviene, antes de seguir adelante, hacer una importante precisión conceptual. Hay que distinguir la sabiduría como dato subjetivo, referido a la realidad interna de una persona, pues se trata de un profundo saber que se presenta como don o virtud del sujeto, y la sabiduría como hecho objetivo, como cosa externa, como riqueza o patrimonio sapiencial que está siempre ahí a nuestra disposición para ser conocido y asimilado, para que nos enriquezcamos con él. En el primer caso, al hablar de la sabiduría nos estamos refiriendo a una cualidad personal, algo que se posee o se ha conquistado, un atributo que distingue a una persona permitiendo calificarla de “sabia”. Atributo o cualidad que hace referencia al conocimiento hondo y elevado al mismo tiempo que la persona en cuestión ha llegado a conseguir a lo largo de su vida; un conocimiento que se manifiesta y hace patente en su comportamiento y su manera de actuar, en su forma de pensar, de hablar y hasta de gesticular. A este significado de la palabra “sabiduría” apuntan las dos primeras acepciones que de la misma nos da el DRAE: “conducta prudente en la vida o en los negocios”; “conocimiento profundo en ciencias, letras o artes”. En el segundo caso, tenemos la Sabiduría en su significación de doctrina sapiencial –así, por ejemplo, lo que suele llamarse “Sabiduría universal”, como sinónimo de “Doctrina tradicional”–, conjunto de enseñanzas de origen suprahumano y de naturaleza suprarracional que hablan de los más diversos aspectos, niveles y dimensiones de la realidad: desde la doctrina metafísica o el saber sobre la Divinidad a la cosmología, la antropología, la mitología, la simbología y el resto de las ciencias sagradas, incluyendo también las aplicaciones de estas últimas, como puedan ser el rito, las artes, la moral y las normas de vida. Se trata de una serie de enseñanzas, doctrinas y orientaciones que los seres humanos han de escuchar, aprender y hacer suyas para iluminar su inteligencia y llegar a poseer el don o virtud de la sabiduría. Sin la luz de la Sabiduría la inteligencia humana no podrá desarrollar al máximo todas sus posibilidades. Sin esa luz que es más que humana, que es trascendente e intemporal, las facultades intelectuales del ser humano no llegarán a la cima sublime en la que tocan el nivel suprarracional de la intuición o visión espiritual, donde resplandece la luz del Intelecto o Razón trascendente, reflejo directo en el ser humano de la Razón divina, de la Inteligencia o Intelecto de Dios, órgano por consiguiente de la más alta sabiduría. Facultad puramente espiritual, que está más allá de lo anímico o psíquico, para entrar en una dimensión suprahumana, y que dada su naturaleza espiritual es infalible en su funcionamiento. 3. El eje de coordenadas de la vida Si representamos cuando hemos dicho con la forma de un eje de coordenadas –o sea, dos líneas que se entrecruzan por su centro, una vertical y otra horizontal, para formar la figura geométrica de una cruz de brazos iguales–, la inteligencia y la sabiduría constituirían el eje vertical, mientras que la bondad y el amor podríamos verlas representadas por el eje horizontal. Tendríamos así ante nosotros la figuración simbólica de lo que podríamos llamar el eje de coordenadas de la vida, el sistema axial que da orden, paz, armonía y sentido a nuestra vida. Desde este punto de vista, el eje vertical es el polo lumínico, el rayo de luz que desciende desde lo alto y hace posible la visión, la línea uránica y solar que alumbra la vida, el faro luminoso que se yergue vertical sobre la horizontal de la tierra para orientar al navegante, la luz de la verdad, el criterio axial que equilibra y afianza las cosas, la voz jerárquica y normativa que, al tiempo que ayuda a ver, ordena, manda y prescribe, muestra por dónde hay que ir, dice lo que hay que hacer y aclara lo que está bien y lo que está mal (lo que es correcto o incorrecto). El eje horizontal, en cambio, es el polo ígneo y activo, la línea de la acción justa y recta, el impulso o movimiento realizador que va a derecha e izquierda para abarcar todas las posibilidades de lo real, la fuerza volitiva que ejecuta sobre el plano existencial lo indicado por el eje vertical luminoso; viene a simbolizar los brazos que se abren para actuar, emprender y luchar, pero también para acoger y abrazar. Tenemos pues, por un lado, la perpendicular que, cual rayo del Sol o flecha de Apolo (el dios solar helénico, personificación de la sabiduría), atraviesa la realidad haciéndola inteligible y poniendo orden en ella. Por otro lado, la línea horizontal que simboliza tanto el fuego, que se extiende con fuerza irresistible a lo largo y ancho de un terreno para incendiarlo todo (en este caso, se trataría del incendio amoroso y entusiasta), como la superficie de las aguas del mar, con sus olas acariciantes y siempre en movimiento. En este último símbolo, nos encontraríamos con las aguas y el oleaje, siempre activo, del Océano de Amor que es el Universo, Prem Sagar según la doctrina hindú (en sánscrito: Prema = Amor; Sagar = Océano), pues en él se manifiesta el Amor divino de su Creador. En este diagrama simbólico el verdadero eje, el que sostiene el equilibrio del conjunto, es la línea vertical, esa línea de luz y de claridad que se corresponde con la sabiduría, con la verdad y la iluminación intelectual. Es ella la que mantiene en su sitio a la línea horizontal, haciendo que se mantenga recta y bien centrada, que no se desvíe de su rectitud ni se incline indebidamente hacia un lado o hacia otro. La inteligencia y la bondad, la sabiduría y el amor, son los cimientos de la auténtica libertad. Sobre ellos, como sobre una base sólida y firme, se alza la vida libre, la vida noble, la vida aristocrática a la que todos estamos llamados. Así lo hacía notar Filón de Alejandría cuando afirmaba que “todo hombre bueno es libre”, mientras, por el contrario, “el hombre malo es siempre esclavo”. “Ningún necio e insensato es un hombre libre, aun cuando sea un Creso, un Midas o el mismísimo Gran Rey en persona”, proclama el gran sabio y místico judío. Sólo podremos vivir libremente si nos esforzamos por crecer en inteligencia y bondad, en sabiduría y amor. 4. Luz y calor del vivir humano Echando mano de una terminología muy común en todas las culturas y tradiciones espirituales, podemos los dos polos, el intelectual y el volitivo, el sapiencial y el afectivoamoroso, con los dos símbolos de la luz y del fuego, tan importantes en la simbología tradicional, lo que es tanto como decir en el lenguaje de la Sabiduría universal. La inteligencia y la sabiduría son la luz que nos muestra el camino que hemos de recorrer, la luz que guía nuestros pasos. Nos dicen cómo hemos de proceder en los distintos momentos, quehaceres y asuntos de la vida; nos indican la manera de hacer las cosas para que todo salga bien, para no equivocarnos, para no fallar ni errar, para no desviarnos de nuestra meta última. El amor y la bondad constituyen el fuego, la llama, la energía, la fuerza, el elemento cálido y fogoso que nos pone en marcha, que nos hace buscar con ahínco lo que necesitamos y debemos buscar, que nos lanza hacia adelante para lograr aquello que anhelamos, que nos da las armas para vencer en los combates de la vida, que nos permite no desfallecer ni rendirnos nunca, que nos impulsa a afrontar y superar con éxito todos los obstáculos, dificultades y contratiempos que vayamos encontrando a lo largo del camino. Siempre bajo la orientación y la directriz superior de la inteligencia sabia. En el fuego del amor y la bondad son forjadas las armas y la armadura con las cuales podremos vencer en el gran combate de la vida. Es en la lumbre del hogar u horno de fundición que mantiene encendida la fuerza amorosa donde se pondrá al rojo el hierro de nuestra naturaleza para ir adquiriendo más tarde forma, solidez y potencia en el yunque que los transformará en acero heroico bajo los golpes del martillo de la voluntad, de la tenacidad y el buen hacer. Siendo dirigida toda la operación por el saber artesanal que lleva consigo la Sabiduría, la Sophía, que se define justamente en las más diversas tradiciones, desde la griega a la hebrea y desde la hindú a la japonesa, como artesanía del vivir, como destreza en la forja de la vida. La luz y el calor son las dos fuerzas que hacen posible la vida en la Naturaleza. Las dos fuentes o formas de energía que sostienen el Cosmos. Una planta necesita luz y calor para poder vivir, para crecer y desarrollarse de forma saludable y vigorosa. En la vida anímica y espiritual de los seres humanos esas dos fuerzas dadoras de vida se presentan bajo dos formas más elevadas pero igualmente poderosas: la luz de la inteligencia y la sabiduría, por un lado, y el calor del amor y la bondad, por otro (esa calidez que hace a las cosas y las personas amables, entrañables, atractivas, llenas de encanto). El ser humano necesita de ambas cosas para poder vivir como tal ser humano y llegar a la plenitud de su ser. La planta interior de su alma y su espíritu no puede germinar ni crecer adecuadamente si le falta una de estas dos fuentes de energía, la cálida o la luminosa, la afectiva o la intelectiva. La vida humana no puede desenvolverse de forma justa, madura y saludable en la oscuridad y la frialdad. No podemos vivir en un ambiente tenebroso y gélido, en el que no hay luz ni calor. Un ambiente en el que, por no haber ni lo uno ni otro, el aire está enrarecido, lleno de impurezas y miasmas. No nos es posible crecer ni sentirnos a gusto en tal clima. Nuestra naturaleza lo rechaza, le repugna, y por eso nos quejamos al vernos encerrados en una atmósfera semejante. Cuando nos vemos obligados a vivir en un clima tan inhóspito sentimos que nos asfixiamos, que se apaga la vida en nosotros y vamos muriendo poco a poco. La salud se resiente, sufrimos indeciblemente, nos angustiamos y nos deprimimos, nos invade la ansiedad o nos volvemos irascibles y agresivos, El forjarse, como tantos seres humanos suelen hacer, una atmósfera vital oscura y fría, calinosa y glacial, en la que no entran ni la luz de la sabiduría, o al menos la luz de la inteligencia y la razón, ni tampoco la calidez del verdadero amor, del afecto y el respeto mutuo, de la amistad y la cordialidad, resulta inhumano. No hay nada más inhumano, más cruel y estúpido, que forzarse uno a sí mismo a vivir en semejante penumbra gélida, en la que uno queda aterido, triste, desorientado y confuso, forzando también a los demás que con uno conviven a sufrir las consecuencias de tan tóxica y deprimente atmósfera. 5. La norma: frialdad intelectual y calidez afectiva Es importante constatar que, por su misma naturaleza, y por su manera de operar o funcionar, la inteligencia es fría, como lo es la luz. Y como lo es también la sabiduría. Debe captar, observar, analizar y juzgar fríamente las ideas, los hechos, los sucesos y las situaciones que se le ofrecen. Debe tratar de ver la realidad sin apasionamiento. El amor, en cambio, es cálido, fogoso, ardiente, férvido, como lo es también la bondad. Bondad y amor sienten con pasión, ponen calor en lo que ven y en lo que hacen. Responden de forma calurosa, encendida y apasionada a lo que se les presenta o tienen ante sí. Estando animada por el fuego del afecto, por la inclinación hacia lo que es valioso y por la fuerza del deber, no pueden ni deben actuar de otro modo. Ambas fuerzas, ambas formas de actuar o de encarar la realidad, la intelectual y la amorosa o bondadosa, se complementan a la perfección. Ese es el orden natural, justo y normal: frialdad en el ver, en el conocer y reconocer, en el entender y comprender; calor en el amar, en el querer y el anhelar, en el obrar y actuar vital, cuando se decide y se lleva a la práctica lo que la inteligencia ha visto. Esa debería ser la norma en nuestro vivir cotidiano, el criterio normativo a seguir en todo momento, pues es el criterio de normalidad y racionalidad. El problema surge cuando se invierten los términos: cuando hay calor en el plano intelectual y frialdad en el plano emotivo, amoroso o volitivo. Cosa que tantas veces ocurre en la vida cotidiana. Se piensa y se juzga de manera acalorada, mientras que se reacciona con gélido desinterés ante cosas o situaciones en las que habría que poner amor, entusiasmo y pasión. Eso constituye un desorden que no puede sino acarrear muchos males. Si la inteligencia funciona de forma apasionada y la capacidad amorosa permanece apagada y fría, las cosas no podrán ir precisamente muy bien. Una inteligencia recalentada por el fanatismo, por la pasión desenfrenada o por un amor mal entendido, por los celos o por el miedo, por prejuicios o preferencias partidistas, no podrá funcionar bien, no podrá ver la realidad de manera clara y objetiva, juzgará y pensará mal, Y, por supuesto, no tendrá acceso jamás a la sabiduría. Una emotividad yerta, impávida, frígida, sin temperatura ni pálpito, no podrá llegar a sentir el verdadero amor ni a experimentar la auténtica bondad. Una voluntad congelada, débil, abúlica, indecisa, inestable o inconstante, sin fuego, sin garra y sin energía, no podrá sostener ni secundar a la inteligencia, para realizar lo que ésta haya visto o intuido. Jaime Balmes lo expresa con su habitual maestría: “La razón es fría, pero ve las cosas claras: démosle calor, pero no le quitemos la claridad. Las pasiones son ciegas, pero dan fuerza; démosles dirección sin quitarles fuerza”. Como advierte el filósofo catalán, cada cosa tiene que estar en su sitio, cada una de nuestras facultades tiene que ser fiel a su naturaleza específica y hacer bien su función. “Cuando el hombre descuida alguna de sus facultades, es un instrumento al cual le faltan cuerdas; cuando las usa mal, es un instrumento desafinado”. Si quieres que tu vida esté bien orientada, que se mueva en la libertad y se oriente hacia la plenitud, procura que tu mente funcione con la fría claridad exigible a un ser inteligente. Que no la nuble el fanatismo, el partidismo, la ofuscación, una irracionalidad desbordada, la obsesión egocéntrica ni ningún desorden afectivo. No pretendas tener siempre razón o que la razón y la verdad estén siempre de tu lado. Que te guíe siempre la lucidez de una inteligencia y una razón bien despiertas, bien cultivadas y adiestradas, que sepan juzgar con frialdad, serenidad y objetividad. Pon el mayor empeño en que tu manera de ver las cosas sea ecuánime, imparcial, limpia y clara, sin apasionamiento, sabia, penetrante y certera. Pero, al mismo tiempo, haz que se encienda en tu alma el calor del amor y la energía de la voluntad buena y fuerte. No permitas que se adueñen de ti, ni que se infiltren en tu ser anímico, la frialdad emotiva, el desamor, la insensibilidad, la flojedad de ánimo, la indiferencia, la desgana, la duda o la indecisión, la apatía o la abulia paralizante, el escepticismo incapaz de entregarse y comprometerse. Que dentro de ti, junto a la luminosidad de la inteligencia y la claridad de la razón, surja el vigoroso impulso que proporciona el entusiasmo. Da aliento en tu persona y en tu vida a la pasión sana que despierta y moviliza energías, que nos lleva a hacer cosas grandes y escalar altas cumbres. Fomenta en tu persona la fina sensibilidad, la amabilidad y la compasión que te hacen salir de ti mismo, la empatía y la simpatía que van ligadas a la alegría de vivir. 6. Conocer para amar y amar para conocer Nolens volens, querámoslo o no –nolente o volente, como dicen los italianos–, tenemos que hacer nuestra vida. Y hacerla con el mayor esmero, con todo cuidado, poniendo toda la carne en el asador. Estamos obligados a ello por imperativo vital, por ley de vida. No podemos evitarlo. Y para hacer nuestra vida no contamos con armas mejores ni más potentes que la inteligencia y la bondad, la sabiduría y el amor, la razón y la voluntad. Unidos, actuando en coordinación, ambos poderes, el intelectual con su luz y el amoroso o emotivo-volitivo con su calor, ímpetu y energía, son capaces de transformarlo todo. Tienen una potencia increíble. Todos, para poder vivir dignamente y hacernos personas, necesitamos tanto la luz intelectual, el resplandor que ilumina y despierta nuestra mente, como el calor del afecto, del cariño, de la amabilidad y la ternura. Necesitamos la luz que nos permite ver, conocer, entender y comprender el mundo en que vivimos. Pero necesitamos también amar y ser amados, querer y ser queridos, dar amor y recibirlo. Aunque muchos crean poder prescindir de tales cosas, nuestra más profunda naturaleza busca sentir el calor que vivifica, el fuego que despierta la pasión, el acicate cálido que entusiasma e incita a hacer grandes cosas. Necesitamos tanto la voluntad que quiere apasionadamente (queriendo con pasión a alguien con quien se siente vinculada o algo en lo que tiene puesto su ideal), la voluntad que quiere y se decide con fuerza, el Wille que se empeña y se compromete con valentía (que quiere comprometerse, que ama el compromiso y los retos), como la emotividad o sensibilidad capaz de amar todo lo que es digno de ser amado, capaz de emocionarse por lo que tiene verdadero valor, por todo aquello que vale la pena y es digno de atraer nuestra atención, por todo cuanto pueda dar sentido a la vida (desvelar, poner o crear sentido en ella). Para todo ser humano es fundamental ver con claridad y nitidez la realidad. Conocerla y comprenderla a fondo, de manera objetiva, sin ofuscación ni fanatismo, sin sombras ni engaño, sin deformaciones ni tergiversaciones. Es lo primero que necesita, pues sin ello no podrá aprender a vivir, tropezará sin cesar y fracasará en lo que más importa. La recta y justa visión de las cosas es la primera condición para acertar en cualquiera de las acciones o actividades que nos propongamos emprender. Necesitamos conocer y comprender la realidad para poder amarla. Pero al mismo tiempo necesitamos amarla para poder conocerla y comprenderla. Sólo se ama lo que se conoce, y sólo se conoce lo que se ama. Es el círculo virtuoso del amar-conocer. Tenemos que abrazar la realidad con una mirada a la vez inteligente y amorosa, sabia y tierna, para poder fundirnos con ella, conocerla a fondo y penetrar así en sus secretos y misterios. Una mirada penetrante, serena y relajada, que no deforme ni violente la realidad, como tantas veces ocurre, sino que la acaricie y respete. El amor afina y agudiza la visión. La fuerza emotiva, afectiva y volitiva, sobre todo cuando se manifiesta en forma de entusiasmo, ilusión y vibración creativa, hace que crezca sensiblemente nuestra capacidad visual. Vemos las cosas con más claridad y vemos más de lo que antes veíamos. Somos capaces de ver más allá del límite hasta donde llega la mirada ordinaria, viendo más de lo que los demás ven. Gracias a la calidez del amor que alumbra y enciende nuestra mente bondadosa nuestra visión se afina hasta tal punto que, unida a nuestra imaginación creativa, llega a hacernos visionarios. Una de las cualidades del líder: su capacidad visionaria. Emprendamos, pues, sin tardanza, con presteza, con decisión e incluso con entusiasmo, esta aventura cognoscitiva y afectiva, intelectiva y emotiva, pues nos va la vida en ello. Y hagámoslo empezando por nuestra propia realidad personal, que es lo que ante todo hemos de mirar de forma inteligente y amorosa, para proyectar después a la realidad que nos rodea esa misma mirada amorosa, inteligente, comprensiva y respetuosa, deseosa de conocer todo bien y a fondo, amándolo todo de forma sincera y generosa. Sólo así podremos llevar a cabo una acción creadora, renovadora y transformadora sobre esa realidad en la que estamos instalados y en la que se desenvuelve nuestra vida. Sólo así podremos cambiar el mundo en el que vivimos forjando un mundo mejor, más acorde con nuestros ideales, principios y convicciones. La tarea de limpiar, purificar y afinar la visión intelectual resulta prioritaria, pues de ella dependerá todo lo demás. Incluso para amar verdaderamente, para amar bien y como es debido, mi capacidad amorosa y afectiva ha de ser guiada por la luz y la visión de la inteligencia. Aun reconociendo la importancia capital que tiene el amor, como fuerza forjadora de vida y como pilar fundamental de la vida noble, se impone reconocer que sin la luz de la sabiduría, de la inteligencia y de la razón el amor se desvía llevado por el ímpetu mismo de los sentimientos, de la pasión y de la fuerza emotiva. El amor mal entendido suele degenerar en manifestaciones aberrantes, como son por ejemplo los celos, el amor posesivo que anula al otro, la violencia hacia la pareja o el suicidio ante una crisis sentimental (el llamado “suicidio por amor”, que fue tan extendido en la época del Romanticismo). Para amar en verdad, de manera correcta y sana, necesito ante todo saber lo que es realmente el amor, conocer las leyes o normas que rigen la vida amorosa y someter mi comportamiento a esas leyes y normas. Todo lo cual únicamente será posible si pongo en acción mi inteligencia y me abro humildemente a la luz de la Sabiduría, rectificando en consecuencia todo aquello que haya de ser rectificado en mi manera de ser, en mis actitudes y hábitos, en mi forma de ver las cosas y de comportarme. Y lógicamente, resulta indispensable que vea todo ello con claridad. Para vivir con plenitud, de forma digna, noble y feliz, tengo por tanto que cultivar con esmero y con el más exquisito cuidado esas dos columnas de mi ser personal que son la visión intelectual (la mirada clara de la inteligencia) y la capacidad de amar, esta última inseparablemente unida a la bondad. Únicamente tendré una vida satisfactoria si vivo de manera inteligente y bondadosa, sabia y amorosa. Para poder sacar fruto de la vida, para disfrutar realmente de ella, tengo que dejarme guiar por la luz de la inteligencia, escuchando la voz de la sabiduría y atendiendo también a lo que me dice mi conciencia, la voz de mi corazón; esto es, el susurro callado de mi bondad innata, la cual se halla en consonancia con mi inteligencia o, mejor aún, con mi más alto Intelecto. 7. La voz de la Sabiduría universal ¿Qué nos dice a este respecto la Tradición unánime de la Humanidad, la Sabiduría universal o Filosofía perenne? ¿Cómo enfoca esta importante cuestión el milenario legado sagrado y sapiencial de la Humanidad? Todas las doctrinas y tradiciones espirituales coinciden en resaltar la importancia de estos dos elementos –el intelectual y el afectivo o, según la otra perspectiva, el sapiencial y el amoroso y compasivo–, que suelen ser destacados como los constitutivos esenciales de la naturaleza humana. Ya la filosofía platónica nos presenta como dos ejes sobre los que ha de asentarse la vida humana, por un lado, la razón, la inteligencia, el Nous, que es “el ojo del alma”, cuya función y misión es la visión de las ideas, y, por otro lado, el amor, el Eros, que se perfila fundamentalmente como “amor al bien” y que constituye la fuerza que mueve al ser humano a hacer todo aquello que es realmente valioso, permitiéndole realizar lo que la visión de la razón le ha mostrado. Platón pondrá, por otra parte, buen cuidado en subrayar que los impulsos instintivos y emocionales deben estar en todo momento bajo el gobierno de la razón, que es el elemento dirigente dentro del alma humana. En una línea similar, aunque con un evidente descenso de nivel, Aristóteles pone especial énfasis en subrayar la necesidad de que dentro del alma humana la parte racional se halle en perfecto equilibrio y armonía con la parte irracional, afectiva, volitiva o desiderativa, aquella que quiere y desea, pues sólo así puede el hombre gobernarse y dirigirse a sí mismo, condición indispensable para lograr la felicidad. El querer, sostiene el filósofo ateniense, ha de estar siempre guiado por la razón, por el logos, que es el que nos muestra el fin al que debemos tender, así como el camino para alcanzarlo. No en vano, afirma Aristóteles, “el ser de cada hombre consiste en la razón”, y por eso el justo ama esta parte de sí mismo más que cualquier otra. Afectividad y racionalidad, deseo e inteligencia, han de marchar al unísono, pero bajo el mando del logos, que es el que permite al hombre alcanzar la sabiduría, la sophía. En la tradición budista se insiste en la necesidad de combinar las virtudes fundamentales de prajna, la sabiduría, y karuna, la compasión. Estos son los dos pilares básicos de la disciplina budista, en los cuales se manifiesta la verdadera naturaleza humana: el primero va referido a la parte intelectual, a la visión de la realidad, y el segundo nos remite a la dimensión emotiva y sentimental. Hay que hacer notar que, para la doctrina búdica, decir “compasión” es tanto como decir amor, bondad y generosidad capaz de abarcar a todos los seres, mientras que “sabiduría”, en la terminología budista, viene a ser equivalente de mente clara y lúcida capaz de ver las cosas tal como son, y no como una desearía que fueran (que es lo que hace la mente dominada por la ignorancia). Prajna y karuna, Sabiduría y Compasión –o Bodhi y Maitri, Despertar y Bondad, Conocimiento iluminado y Amor, un amor que es “voluntad de hacer felices y libres a todos los seres”–, son los dos atributos principales de Amitabha o Amidá, el Buddha de la Tierra Pura, que reina en el Paraíso del lejano Occidente, donde brilla el Sol de la Iluminación y donde todo resplandece como el oro. Amidá, a quien rinde culto la rama Shin o Yodó del Budismo Mahayana, es “el Señor”, el Padre-Madre, que libera con su luz y su bondad, cuyo simple nombre, al ser recitado con devoción, redime y salva al fiel que pone totalmente su fe en la misericordia y el poder redentor de este Buddha salvífico. Puesto que Amidá es el Señor y el Sol del Paraíso Occidental, una de las formas más usuales de meditar para los devotos de la rama Shin es colocarse en postura sedente mirando hacia el Oeste y contemplando el Sol que se pone en el horizonte, mientras se recita su bendito nombre. Con ello, el ser humano se llena de esa misma fuerza sabia y compasiva de Amidá. Prajna y karuna son dos “fuerzas universales”, los dos más grandes poderes con que cuenta el ser humano, afirma Christmas Humphreys en sus documentados y profundos estudios sobre la vía del Buddha. Pero prajna, “sabiduría trascendente” o “intuición divina”, no es tal, puntualiza el citado autor, hasta que no se traduce en una disposición de ayuda y auxilio compasivo hacia todo ser viviente. Y karuna, la compasión, no es en realidad sino “sabiduría en acción” (wisdom in action); sólo es real y efectiva compasión si se halla guiada por la correspondiente sabiduría, pues, de lo contrario, puede resultar peligrosa y perjudicial, de efectos muy negativos. Nuestra verdadera realidad, enseña el maestro zen coreano Seung Sahn, es “bondad espontánea”, “bondad innata”, una “naturaleza inmensamente compasiva dispuesta a ayudar a todos los seres”. Y añade que dicha bondad va unida a una “mente clara”, “la mente pura y limpia”, en la cual se refleja la verdad. De la unión de ambas fuerzas resulta la belleza, la belleza de la vida, la belleza interna y externa de la persona, la belleza que rebosa sabiduría. En estas tres palabras, con la honda realidad que encierran, está la clave de la vida libre, saludable y feliz: verdad (jin), bondad (song) y belleza (mi). En el Zoroastrismo, la religión de la antigua Persia, el Ser Supremo, Ahura Mazda, “el Señor de la Luz” (Ahura = Señor, Mazda = Luz o Sabiduría), que se halla simbolizado por el Sol, es descrito como el Creador de todo lo que es bueno. El Orden universal ha sido creado por Ahura Mazda, que le da vida, lo sostiene y mantiene con su Sabiduría y su Amor, personificados por dos de las potencias divinas que son, respectivamente, Vohu Manah (“la Buena Mente”) y Spenta Mainyu (“la Inspiración benefactora” o “la Bondad activa”), las cuales se hallan también presentes en el ser humano. Misión del fiel mazdeísta es luchar sin cesar para mantener ese Orden sagrado, sabio y bueno, combatiendo contra las fuerzas del mal, la oscuridad y la mentira. Para ello cuenta con las dos grandes fuerzas que le vienen de Dios, de Ahura Mazda: la inteligencia y la bondad, la mente lúcida y la inclinación a hacer el bien. La ética zoroástrica anima a cultivar ante todo esa Vohu Manah o “Buena Mente” que lleva dentro de sí como herencia divina y que se nutre de la Verdad. Como explica R. P. Masani, en un libro ya clásico sobre la religión de Zaratustra (o Zoroastro), Vohu Manah significa “el genio del buen pensamiento, la más alta pureza mental que es capaz de alcanzar un ser humano”. Pero, al mismo tiempo, la ética mazdea recomienda cultivar virtudes como la actividad combativa al servicio del bien, la generosidad, la compasión (definida como “atributo y gloria suprema de los fuertes”) y la caridad (existiendo el mandato de “ayudar al prójimo que vive rectamente y con mente buena”). Un texto sagrado lo afirma tajantemente: “El sufrimiento y la desgracia caerán sobre aquel que carece de sentimientos caritativos”. Y en otro lugar se aconseja con no menos énfasis: “Sed sumamente benéficos [o benefactores] como lo es el Señor Ahura Mazda con su Creación”. El Taoísmo chino nos habla insistentemente de la Sabiduría y el Amor con que el Tao cuida de todos los seres del Universo, surgidos de su seno materno y envueltos tan sabia como amorosamente en él, lo que hace posible la armonía universal. El sabio taoísta se nos presenta como la síntesis viviente de esa conjunción de Amor y Sabiduría, reflejándose así en su vida y su manera de ser el esplendor grandioso del Tao, todo ello plasmado en una actitud ante la vida llena de paz y armonía y sellado por una sonrisa que abraza tiernamente al Universo entero. Podemos ver concretado este aspecto de la cosmovisión taoísta en la doctrina del Yin y el Yang, que tanta importancia adquiere en la cultura china. El Yang, el polo masculino, viene a equivaler a la luz, la inteligencia, el resplandor de la Sabiduría, el Cielo que ilumina, todo lo cual se presenta como fuerza vertical, mientras que el Yin, el polo femenino, está más bien relacionado con el amor, el calor de la afectividad, la delicadeza y la ternura, cosas todas ellas ligadas simbólicamente a la oscuridad, ya sea la oscuridad de la noche o la del seno de la Madre Tierra (la cueva o gruta donde se refugia el sabio taoísta teniéndola como hogar), que se corresponde a su vez con el elemento horizontal. Es Yang la fuerza lógica y racional, el eje o principio viril que con su verticalidad y rectitud jerarquiza, pone orden y aclara las cosas. Es Yin el principio femenino que abraza con cariño materno, de forma tierna y compasiva, asumiendo perfiles curvos para acoger y abrazar con más autenticidad, de manera más plena. Yin y Yang, Amor y Sabiduría, son las dos mitades que deben volver a encontrarse dentro del ser humano para que éste recupere su unidad, su integridad, la plenitud de su ser. La unión del Yin y el Yang, representados dentro de un círculo, como dos mitades o dos fuerzas fraternas, una de color blanco y otra de color negro, que se interpenetran, se atraen, se abrazan y funden entre sí como en un continuo movimiento unitivo y envolvente, forma el símbolo del Tai-Chi (o Tai-Ki), el bello y potente emblema del Tao. Esta figura circular, en la que queda plasmada simbólicamente la unidad o totalidad perfectamente integrada, la “síntesis de los opuestos” o, más bien, la fusión de los polos complementarios, puede interpretarse, en la perspectiva que aquí nos interesa, como la armonía plenamente lograda de la Sabiduría y el Amor. Con respecto a los colores simbólicos de las dos mitades del Tai-Chi, blanco y negro (aunque también puede ser a veces rojo y azul oscuro, como en la bandera de Corea), cabe señalar que el color blanco representa la luminosidad, la claridad, el resplandor diurno que nos permite ver las cosas, la luz del amanecer que nos hace despertar (el despertar o nacer a la vida inteligente), mientras que en el color negro podemos ver figurado el manto maternal de la noche que nos envuelve amorosamente para que podamos dormir y descansar (tendidos en posición horizontal) y cuya brisa nos acaricia con ternura, sembrando el alma de sutiles e inspirados mensajes, para que así puedan luego brotar y salir a la luz con fuerza creativa las grandes ideas. En la tradición hindú la disciplina espiritual o sadhana, en cualquiera de los distintos caminos que se ofrecen al ser humano según su vocación y temperamento, se esfuerza por coordinar los dos elementos fundamentales que son Vidya, la visión intelectual, la visión sabia y certera, que tiene como fruto la cualidad llamada viveka, “conciencia discriminante” (o sea, la capacidad de distinguir o discriminar entre lo real y lo ilusorio, entre lo verdadero y lo falso, entre lo valioso y lo carente de valor, entre lo esencial y lo accesorio o superfluo) y que culmina en el Jnana, la Gnosis o supremo Conocimiento, y Prema, el amor, el cariño y el afecto, que tiende a asumir la forma de devoción, de entrega total, de sacrificio y ofrenda, culminando así en la Bhakti, el camino del amor místico y la entrega plena a la Divinidad. La presencia de estos dos valores tan esenciales se considera una condición indispensable para cualificar a un guru o maestro espiritual. Como certeramente indica Richard Freeman, en un excelente libro sobre los fundamentos del Yoga, los auténticos gurus poseen una aguda intuición o penetración intelectual (insight) que va unida a un gran amor hacia todo ser humano, “un amplio y firmemente arraigado sentido de la compasión”. Swami Muktananda, en uno de sus bellos poemas, exclama: “Cuando tu intelecto se vaya afinando [se torne sutil], / se fundirá con el Testigo interno. / Te unirás con amor, / y beberás el néctar de la devoción”. Sin amor, enseña el mismo Muktananda, todo se reduce a cero, incluso un sabio o un yogui sin amor no es nada, es igual a cero; pero con el amor uno puede llegar a quedar establecido en la experiencia del “Yo soy Eso” (So’ham), que es la cima y la esencia de la Sabiduría, teniendo una consciencia continua de esa identidad profunda con el Ser, con Eso, con lo Absoluto, “después de alcanzar el entendimiento correcto de ello”. La misma visión de la unidad entre la Sabiduría y el Amor, o entre la Inteligencia y la Bondad, encontramos entre los pieles rojas de Norteamérica, que ven en la bondad y sabiduría de Wakan Tanka, “el Gran Espíritu”, “el Padre que está en los Cielos”, con su amorosa atención hacia todas las creaturas, el modelo a seguir por el hombre en su peregrinar terreno. El guerrero sioux, comanche, cheyenne, crow, arapaho, pawnee, creek, piesnegros, dakota o apache sabe que, para poder cumplir su destino y misión en esta Tierra, ha de comportarse con la misma solicitud sabia y amorosa hacia la Creación entera, con la misma ternura y el mismo respeto hacia todos los seres. A los “rostropálidos” con los que se vieron enfrentados en condiciones tan trágicas, los indios echarán en cara –además de mentir, no respetar su palabra y no cumplir con lo prometido (tener una lengua bífida)– y que no aman a los seres con los que conviven en la Naturaleza, que no aman ni respetan a la Madre Tierra, lo cual, a su juicio, constituye un comportamiento poco inteligente, siendo un síntoma de impiedad, de estupidez y de ignorancia. Conviene no olvidar, a este respecto, que en la teología cristiana, Sabiduría y Amor, aparecen como los dos atributos o aspectos principales de Dios. Son las dos cualidades esenciales de la Realidad divina, del Sol eterno: la Luz y el Fuego, la luz de la Sabiduría y el fuego del Amor. Al igual que el Sol, el Astro rey, está formado por la unión de luz y fuego haciendo posible la vida sobre la Tierra con la luminosidad y el calor que irradia, Dios, el Sol divino y eterno, crea y mantiene también el Orden universal mediante la Luz y el Fuego que emanan de su ser. Como Sol sobrenatural, ilumina el Universo con la Luz de su Inteligencia y Sabiduría, al tiempo que lo mantiene en vida y en orden con el Fuego de su Amor y su Bondad. De ahí que el Sagrado Corazón, símbolo del Centro del Cosmos, sea representado rodeado de rayos luminosos y de llamas, los rayos de la Sabiduría divina que iluminan la inteligencia humana y las llamas del Amor que confortan y purifican el alma del hombre. Y puesto que el ser humano está hecho a imagen y semejanza de Dios, en él han de estar también presentes esas dos cualidades, configurando su misma esencia, su ser más íntimo. Comentando la doctrina de Santo Tomás de Aquino y resumiendo su hondo contenido filosófico y teológico, el teólogo Réginald Garrigou-Lagrange escribe: “Dios es como el Sol que debe esclarecer nuestras inteligencias y nuestras voluntades en su ascensión hacia la vida eterna, hacia la visión inmediata de la Esencia divina”. Sin la presencia y la acción de ese Sol superno no podrían funcionar como es debido ni nuestra inteligencia ni nuestra voluntad. De Él viene toda la fuerza, la energía y la inspiración que nos permiten no sólo conocer, entender, comprender, pensar y razonar, ver y aprender, sino también querer, amar, desear, decidir, actuar y movernos dentro del orden. Sin abrirnos a su influencia sabia y amorosa nos será imposible iluminar y calentar nuestras vidas, dando luz y calor a cuanto nos rodea. Santo Tomás de Aquino ha mostrado que el intelecto y la voluntad se necesitan entre sí. No sólo se necesitan, sino que se condicionan y se ayudan para llevar a cabo sus funciones respectivas. “Estas dos facultades se envuelven recíprocamente”, afirma en el tratado De Virtutibus. Señala que unas veces es el intelecto el que precede a la voluntad y la mueve, pero otras veces es el intelecto el que sigue a la voluntad, siendo movido por ella para conseguir la perfección en su ejercicio. El Aquinate subraya cómo las virtudes del intelecto (inteligencia, ciencia, sabiduría, arte y prudencia), no pueden existir sin el apoyo de la voluntad. Para que la inteligencia se desarrolle y actúe como es debido, no basta estar en condiciones de conocer la verdad, poder captar o ser capaz de conocer esa verdad que es el bien del intelecto, hay que querer además conocerla, hay que estar decidido a abrirse a ella y a aceptarla, hay que amar la verdad. Es necesaria la intervención de la voluntad. Hay que tener voluntad de verdad. De la misma forma que para obrar bien hay que tener la voluntad de hacerlo; no basta con conocer los principios de la acción buena, justa y correcta. El benedictino Augustine Baker, místico inglés del siglo XVII, recomendaba tener muy en cuenta, a la hora de emprender el camino espiritual, los dos factores que intervienen en la vida de todo ser humano: el conocimiento y el sentimiento, el entendimiento y la voluntad, los pensamientos y los afectos (knowing and affecting). Por un lado, “las afecciones de la voluntad” y, por otro, “la razón y la imaginación”. Baker subraya que para lograr “un alma con buena mente” (a well-minded soul), la sensualidad ha de estar sometida a “nuestra razón superior” y “nuestra superior voluntad”, las cuales deben poner orden en el caos provocado tanto por los deseos sensuales como por la inestabilidad y obstinación de la imaginación. Tenemos que guiarnos por “la luz de la razón”, pero sobre todo hemos de abrirnos a “la clara y superior región de la luz”, donde resplandece “la luz divina” (divine light) y arde “el amor divino” (divine love). Sólo así será posible que brote en nuestra mente esa “luz interior” (internal light) que es consustancial a la vida espiritual, y que va inseparablemente unida al amor, pues “la medida de la luz” depende de “la medida de la caridad”. También Benjamin Whichcote, eminente filósofo inglés, integrante de los llamados Platónicos de Cambridge, grupo intelectual de gran altura que enarboló la bandera de la sabiduría y la tradición espiritual frente al ambiente de agnosticismo y racionalismo que comenzaba a apoderarse del alma de la nación inglesa en el siglo XVIII, insiste en el imperativo de unir “la perfección de la bondad” a “la perfección de la sabiduría”, y como resultado de ambas “la perfección del poder”, para llegar a la unión con Dios, que es tanto como decir conseguir “el bien más principal” y lograr la vida plena y feliz. 8. No hay inteligencia sin bondad He aquí, pues, los dos resortes que nos han de permitir enfocar nuestra vida con acierto y vencer todas las dificultades que encontremos en el camino: sabiduría y amor o, lo que viene a ser lo mismo, inteligencia y bondad. Si nos alejamos de cualquiera de estos dos polos o ejes, si no los desarrollamos o dejamos que se apaguen, nuestra vida se volverá inhumana, triste y deplorable. Gracias a la sabiduría y la inteligencia podemos comprender la estructura y sentido del mundo real, entender el funcionamiento de la Vida y del Universo, descubrir la relación o conexión entre sus diversos aspectos, niveles y dimensiones, así como las leyes y normas a las que están sujetos los distintos planos de la realidad, pudiendo así adecuar nuestro comportamiento a dicha realidad y conseguir por tanto la mayor eficacia en todas nuestras acciones e iniciativas. Gracias al amor y la bondad nos esforzaremos por conseguir todo lo bueno, lo verdadero y lo bello que nos sea posible y nos entregaremos sin titubeos a la realización de los más altos valores, aquellos que hacen la vida digna de ser vivida. Amor y bondad nos impulsarán a la búsqueda del bien en todo instante, tanto para los demás como para nosotros mismos, sin lo cual nuestra vida quedaría sin sentido. Conviene precisar que, ya nos fijemos en uno u otro de estos dos binomios positivos y vivificantes, se trata de dos fuerzas que, como antes decíamos, se complementan, necesitan y apoyan mutuamente, no pudiendo darse la una sin la otra. La inteligencia necesita de la bondad para ser realmente tal, para funcionar bien y ser una buena inteligencia, al igual que la bondad requiere de la inteligencia para estar realmente centrada en el bien, para no desviarse y convertirse en una falsa bondad. Sabemos hoy con toda claridad que, como dice Julián Marías, la inteligencia tiene raíces morales; es decir, que se alimenta del bien: una manera correcta de actuar y de vivir despierta, estimula y aviva la inteligencia. Una conducta incorrecta, inmoral, desconsiderada, irresponsable o arbitraria, que no se atiene a lo que debería ser normativo para ella, hará que la inteligencia se eclipse, se ofusque o se entenebrezca no pudiendo funcionar con toda la claridad, la agudeza y el acierto que son propios de su naturaleza. De la misma manera la sabiduría no puede existir separada del amor y de la bondad, que son su caldo de cultivo, su raíz o savia vivificante. No es concebible un sabio lleno de odio o de maldad. Su misma actitud odiosa, malvada o perversa, demostraría que es muy poco sabio. El amor y la bondad son el terreno en el que germina, crece y florece la vida sabia. El amor, a su vez, necesita de la sabiduría para ser verdadero amor, para crecer y encauzarse como es debido, para no descarriarse en posturas desviadas y dañinas que, como tantas veces hemos podido comprobar en la vida, constituyen formas equivocadas de amar, las cuales en vez de crear bien y bondad causan malestar, daño y dolor, tanto en uno mismo como en el prójimo al que uno dice amar. No hay inteligencia verdadera que no esté animada, encendida y avivada por el calor del amor, por la llama viva de la buena voluntad, por el fuego de la pasión positiva y benigna, por la temperatura afable de la benevolencia y la bienquerencia. Y no hay verdadera bondad que no esté iluminada por la luz de la inteligencia, por el resplandor de la Sabiduría. La mía sólo será una buena inteligencia, si es una inteligencia buena, llena de bien y de bondad. Y no tendré verdadera bondad en mi persona, en mi comportamiento y en mi vida, si no soy inteligentemente bueno, si adopto ideas o actitudes necias, estrafalarias o caprichosas, irracionales o poco sensatas. Sin el fuego del amor, la inteligencia se volvería no sólo fría, egoísta y estéril, sino también obtusa y cerril; poco o nada inteligente, en suma. Y resultaría, sin lugar a dudas, problemática, peligrosa y temible, quedando en simple astucia o listeza egoísta, capacidad mental para manejar datos, para engullir saberes, para ganar dinero, para escalar puestos o acumular poder. Algo quizá muy valioso para medrar y salir adelante en la dura lucha existencial, que me puede ayudar a quedar por encima de los demás en la refriega cotidiana, pero que resultará más bien nocivo para mi propia vida personal, para mi integridad y mis propios intereses íntimos, juzgados desde una alta perspectiva. Por su parte, la bondad, sin la luz intelectual, degeneraría en otras cosas que de bondad sólo tienen la apariencia: estúpida y ñoña sensiblería, blandengue sentimentalismo, simpleza atolondrada, moralismo superficial o hipócrita. Carente de la orientación que proporciona la sabiduría, la bondad corre el peligro de devenir en simple buenismo, el cual a su vez suele servir de máscara o disfraz para la maldad, para la mala conciencia o las malas intenciones. Privada del necesario apoyo de la inteligencia y la sabiduría, las buenas intenciones y los buenos propósitos pueden dar lugar a muchos males, que después habrá que lamentar y será difícil corregir. Una buena inteligencia sabe ver la importancia de la bondad y del amor, para los que descubre continuas posibilidades nuevas y nuevos caminos. De la misma forma que la auténtica bondad se entusiasma por lo que la inteligencia le muestra, por lo que la inteligencia ve y tiene que ver, por aquello que esta última está llamada a descubrir o desvelar, sirviéndole así de acicate y estímulo. Procuremos, pues, cultivar al máximo, con todos nuestros medios, esos dos pilares tan decisivos, desarrollándolos de manera inteligente y amorosa. No descuidemos ni un solo instante para afianzarlos bien en nuestra persona, en nuestra manera de ser y de vivir, pues de ello dependerá el logro o malogro de nuestra existencia, la felicidad o la desgracia que nos esté reservada.

***

[NOTA: Seguiremos con este tema en una próxima entrega.]

http://www.antoniomedrano.net/doc/Medrano%20Antonio%20-%20Dos%20pilares.pdf

…del Cáucaso

8 de octubre de 2015

Los cosacos tradicionales lucharon junto a la Wermacht…

como era lógico…

Ellos representaban valores como patriotismo, tradición y honor guerrero…

No es casualidad que a la raza blanca se la llame raza caucásica…

Schopenhauer y las mujeres—

4 de octubre de 2015

Bajo el título de “Los dolores del mundo”, en el año 2009 “Diario Publico” editó unas reflexiones del filósofo alemán Schopenhauer sobre “el amor”, “el querer”, “la mujer” y “el matrimonio”.

p. 75… El amor y el odio falsean por completo nuestro juicio. En nuestros enemigos no vemos más que faltas, y en las personas que nos son simpáticas, multitud de cualidades. Hasta sus defectos nos son agradables.

p. 82… Las mujeres fueron hechas sólo para el fin de la propagación de la especie (humana), y viven más para la especie que para el individuo.

p. 84… El amor es la estratagema de la que se vale la naturaleza para conseguir su fin, la creación de un nuevo ser determinado. (…). El único fin verdadero, el fin real de toda unión amorosa, es engendrar un hijo (…).

“Lo que también prueba que el amor es un instinto dirigido hacia la reproducción de la especie (humana) es que, por su misma naturaleza, el hombre es un ser inconstante, mientras que la mujer es más fiel. El hombre es polígamo. El número de pueblos polígamos es cuatro veces superior al de los monógamos, El instinto de la naturaleza dirigido a la conservación de la especie (humana) impulsa al hombre a buscar muchas mujeres. Con comodidad el hombre puede engendrar cincuenta o cien hijos, si tiene a su disposición la cantidad necesaria de mujeres. La afición por las mujeres es en el hombre un instinto disfrazado: el inconsciente deseo de mantener la especie (humana).”

p. 85…¿Qué tipo de mujeres deseamos poseer? Las que están en plena juventud, en plena fuerza, en plena salud.    (…).

“El seno redondo, un cuerpo bien lleno, causan en el hombre una verdadera fascinación, porque se hallan en razón directa con las partes genitales de la mujer. Esos pechos poderosos son como depósitos que esperan la boca del recién nacido. (…). También nos atraen unos hermosos ojos, una frente amplia, una barbilla prominente.”

p. 86… Por su parte las mujeres prefieren a los hombres hechos, de 30 a 35 años, (…). No es el gusto, sin embargo, lo que dirige la voluntad de la mujer, sino el instinto que reconoce en esa edad el apogeo a la fuerza generadora y viril.”,

p. 91….  (…) Ahora bien, las personas más honradas y las más rectas dejan todos sus escrúpulos de lado y cometen adulterio, despreciándolo todo, cuando el amor apasionado, es decir, el interés de la especie (humana), se apodera de ellos. Si se formulan protestas contra esta teoría bastará recordar la sorprendente indulgencia con que el Salvador, en el Evangelio, trata a la mujer adúltera, como si presumiera la misma falta en todos los que le estaban escuchando.”

p. 99…  En Oriente, en los pueblos polígamos, toda mujer se halla segura de encontrar alguien que se encargue de ella, mientras que en los pueblos monógamos las mujeres casadas constituyen un número escasísimo: queda una multitud de solteronas (…).  Para las mujeres consideradas en su conjunto, la poligamia no podría ser considerada más que como un beneficio.”.

p. 100… “Inútil es discutir sobre la poligamia, puesto que de hecho existe en todas partes: se trata tan sólo de organizarla. ¿Donde hay verdaderos monógamos?  La mayor parte de nosotros hemos vivido en la poligamia. Y dado que el hombre necesita muchas mujeres, ¿no es justo que sea libre, y que se cargue con cuantas necesita?”

p. 101… “Mantener una querida es una acción mucho más moral que un matrimonio monogámico. Los hijos de semejantes uniones pueden hacer valer sus derechos en los casos en los que la descendencia legítima se llegara a extinguir. El matrimonio no es sino una concesión hecha a las mujeres… y a los sacerdotes, dos clases de las que debemos confiar”.

p. 106…  Por año el hombre podría engendrar más de cien hijos, si tuviera el número suficiente de

mujeres a su disposición. Por el contrario, aunque tuviera todos los maridos que quisiera, una mujer  no podría dar más que un hijo al año, salvo en el caso de que alumbrase gemelos. Es por esto que el hombre va en busca de otras mujeres, mientras que la mujer permanece fiel a un solo hombre. Instintivamente la naturaleza la impulsa a conservar a quien debe alimentar y proteger a sus hijos.¿Qué se desprende de aquí? Que la fidelidad en el matrimonio en el hombre es artificial, mientras que para la mujer es natural. Por consiguiente el adulterio en la mujer, a causa de sus consecuencias y porque es contra natura, es mucho más imperdonable que en el hombre.

p. 107… El amor del hombre disminuye de un modo apreciable a partir del instante en que ha obtenido satisfacción: parece que cualquier otra mujer tuviese más atractivos que la que él posee; aspira, entonces, al cambio. Por el contrario, el amor de la mujer aumenta a partir de ese momento.

extraño gesto ó saludo…

4 de octubre de 2015

…hace varios días, los concejales de C´s junto a Izquierda Unida y PSOE (el PP se abstuvo) en  el Ayuntamiento de Majadahonda votaron a favor de eliminar un monumento que desde hace muchos años conmemora a los mártires rumanos Mota y Marin, que murieron en el año 1937 combatiendo  por la Europa civilizada que fue derrotada en 1945.  Sin embargo, un blog de ideologia estalinista encuentra analogías en el saludo que hacen y hacian distintos elementos. Es evidente que ese blog ignora el verdadero y original significado del gesto que sirve para reforzar la autenticidad de un juramento o de un compromiso.

…responden al autor del “Anti-Moa”

30 de septiembre de 2015

Por el titulo, el Anti Moa debería ser un libelo. Se trata de un buen género; pero como requiere ingenio, agudeza y pulso literario, y, sobre todo, brevedad, no es posible, por mucha buena voluntad que se tenga, calificar como tal este voluminoso libro (parece serlo, porque es un objeto paralelepípedo, de papel y encuadernado) de 521 páginas evacuado por Alberto Reig Tapia, profesor e historiador bendecido con todos los títulos, parabienes y garantías que la universidad española, ese ejemplo de calidad, esfuerzo e imparcialidad, otorga a su personal, sobre todo el docente.

Es una pena que el Anti Moa no llegue a panfleto. La obra de Pío Moa es ya lo bastante amplia y compleja como para merecerse uno. Además, Moa ha suscitado polémicas virulentas, que se prestan a una respuesta digna de tal nombre. Sospecho que nunca las ha eludido, al contrario. O sea, que nuestro acreditado profesor se podía haber lucido.

No ha sido así. Estos historiadores académicos progresistas, que suelen redactar esas sábanas de El País que no lee nadie, perpetran una prosa farragosa, decimonónica, de la de antes incluso de Pereda, pero sin la menor elegancia, qué digo, sin la más remota idea de lo que significa escribir.

Esto es signo de dos defectos. Uno de ellos tiene que ver con la falta de cortesía. Y es que estos profesores titulados están acostumbrados a tratar a sus alumnos como a borregos: como tienen las espaldas bien cubiertas por su condición de funcionarios y un mercado cautivo, el de los alumnos-borregos, pues eso, no se toman siquiera la molestia de ser legibles. Pero claro, el mercado libre no funciona así, y Pío Moa, mucho más entretenido que sus habilitadísimos detractores, vende muchísimo más que ellos.

El otro defecto nos habla de hasta qué punto desconocen sus propias limitaciones. Especialistas en adormecer a las ovejas, los miembros de este rebaño con vocación de pastores corren serios riesgos al adentrarse en un género como el del panfleto. Por eso suelen ser prudentes. Les van, eso sí, los artículos bestiales, zafios, plagados de mentiras y burdas falsificaciones y en los que la historia se trata como arma arrojadiza o para apuntalar una carrera profesional. Buscan, en pocas líneas y sin argumentación alguna, destrozar una reputación y hozar, como hacen los cerdos que les sirven de ejemplo, en lo personal. Lo más común, de todos modos, sigue siendo el silencio y la voluntad de imponer la censura.

Pues bien, nuestro profesor doctor titulado se ha propuesto, animoso y alegre –¡qué buen falangista hubiera hecho en otros tiempos! –, hacer méritos. Y ha salido lo que tenía que salir: una cosa… de quinientas y pico páginas.

La cosa parece tener, por lo que se adivina en medio de la furia adjetivadora, las redundancias y la espesa niebla conceptual, algunos argumentos. Uno es que Pío Moa, a diferencia de nuestro profesor doctor titulado, no es… ¡historiador! Moa es, sin duda, muchas otras cosas, pero negarle la condición de historiador, a él, que ha escrito libros tan esclarecedores como Los orígenes de la Guerra Civil y Los personajes de la República vistos por ellos mismos, además del divulgativo y a la vez pionero Los mitos de la Guerra Civil, es o bien una estupidez, o bien –no es contradictorio– un signo de envidia.

La envidia brota, desmadrada, de cada una de las 521 páginas de La cosa. Pío Moa vende y yo no, confiesa una y otra vez nuestro historiador titulado, y el lector casi se siente tentado a tenerle compasión. A ver si contra Moa vendo algo, se habrá dicho aquél. Y parece que Moa, el intruso, el competidor desleal, le ha hecho vender algún ejemplar, porque, según la página de créditos de mi ejemplar, La cosa va por la segunda reimpresión. El filón está ahí, por tanto.

El historiador acreditado podría mostrar, pues, algún agradecimiento. Ingenuidad suprema: nuestro personaje está entre los favoritos para alzarse con el título de Envidioso Mayor del Reino, título que dejó vacante el difunto Javier Tusell.

El otro argumento de La cosa, algo contradictorio con el primero, es que Pío Moa concentra y sintetiza lo que el Acreditado tiene por toda una historio-ideología neofranquista (con César Vidal, Federico Jiménez Losantos y otros varios alrededor, entre los que se encuentran historiadores “de verdad” como Stanley Payne). No es que argumente esta afirmación, ya sabemos que los profesores titulados no suelen meterse en el campo proceloso de la discusión puramente intelectual (como el propio Pío Moa ha respondido en Libertad Digital a los escasos argumentos que el autor de La cosa maneja, es mejor que el lector interesado los consulte directamente): lo que le resulta insufrible es que haya gente que proponga algo que él denomina, en ese lenguaje llano y claro que le asegurará unas ventas triunfales, un “nuevo paradigma historiográfico”.

En otras palabras, que nuestro acreditado profesor no aguanta la mera posibilidad de que haya gente que no piense lo mismo que él. Se trata de una patología característica de todo el progresismo. En este caso, resulta que mucha gente opina, no sin razones, que la Segunda República fue un desastre, un ejemplo de sectarismo y de violencia que condujo a un conflicto civil del que saldría, inevitablemente, un régimen radical, autoritario y duradero. Digno heredero del comunista Tuñón de Lara, uno de los hombres que más daño han hecho a la verdad histórica y a la reconciliación entre españoles, el Acreditado, ejemplo de talante y tolerancia bien entendidos, no quiere más “paradigma” que el suyo.

La cosa de La cosa no acaba ahí. Porque Pío Moa, además de practicar la competencia desleal y no comulgar con las ruedas de molino de la historiografía oficial, es, según nuestro profesor doctor titulado, algo así como uno de los inspiradores de la derecha española actual, más exactamente la derecha “dura” de Aznar. Hay ocurrencias grotescas, como la de hacer de Franco un precedente de la alianza de Bush, Blair y Aznar para el derrocamiento de Sadam Husein. Y otras de una torpeza difícil de superar, como la de afirmar que Federico Jiménez Losantos tiene “mentalidad curial”, si es que eso quiere decir algo. Hace falta estar ciego para llegar a escribir algo así. En cuanto a inteligencia y sensibilidad, más vale dejarlo.

En resumen, si alguien tiene algún interés en saber por dónde van los tiros de la mafia historiográfica acreditada, que tanto prestigio está dando a la universidad española, basta con que ojee en los estantes de cualquier librería este… síntoma.

¡Menuda empanada mental! No se olviden de tener a mano unas aspirinas, por si acaso.

Alberto Reig Tapia, Anti Moa. La subversión neofranquista de la Historia de España, Ediciones B, Barcelona, 2006, 521 páginas.

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FUENTE:

http://www.ilustracionliberal.com/31/envidia-mentira-y-estupidez-jose-maria-marco.html

Pio Moa responde al profesor Moradiellos

29 de septiembre de 2015

Debo rendir tributo aquí, como excepción, al profesor Moradiellos, que ha intentado refutarme en el área de su especialidad, la intervención exterior en la guerra. Mantuve con él un debate en la revista digital El Catoblepas, inspirada por Gustavo Bueno, y en la Revista de libros, dirigida por Álvaro Delgado Gal. Creo que Moradiellos puede tener razón en algunas de las críticas que me hace sobre fechas y volumen de la intervención  exterior, si bien esos datos siguen sujetos a revisión. Pero, como creo haber demostrado, falla en lo fundamental, es decir, en el carácter cualitativamente distinto de la intervención soviética y de la germano-italiana. Stalin satelizó al Frente Popular, mientras que el apoyo de las potencias fascistas no privó a Franco de su independencia. Este es el punto clave de la intervención exterior, el cual tuvo, entre otras, consecuencias del alcance de la neutralidad española durante la guerra mundial, tan extremadamente beneficiosa para los Aliados. Moradiellos y otros muchos historiadores de estos años han perdido de vista un hecho tan determinante, y orientado sus estudios hacia cuestiones no irrelevantes, pero sí secundarias.

http://www.libertaddigital.com/opinion/ideas/errores-en-los-mitos-de-la-guerra-civil-1276211520.html

‘LA CONSTITUCIÓN FUE REDACTA POR IGNORANTES’

24 de septiembre de 2015

‘LA CONSTITUCIÓN FUE REDACTA POR IGNORANTES’

‘Trueba nos recuerda la famosa sentencia de Hegel’

Gustavo Bueno analiza con Gaceta.es la actualidad con la misma lucidez, claridad y contundencia de siempre: Cataluña y el independentismo, el ISIS, la inmigración siria y el fenómeno Podemos.

Alejandro Nolasco

Miércoles, 23. Septiembre 2015 – 20:42

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El Profesor Gustavo Bueno responde a las preguntas de La Gaceta. A sus 91 años, Bueno hace un análisis de la actualidad con la misma lucidez, claridad y contundencia de siempre. Hablamos de Cataluña y el independentismo, del Estado Islámico, el Islam, la inmigración siria y el fenómeno “Podemos”

-Es casi inexorable, por lo que dicen los sondeos, que la coalición independentista serála ganadora en los comicios catalanes.

Las fuentes de las que se alimentan los movimientos secesionistas catalanes  (o vascos, o gallegos, o andaluces…) habría que buscarla en la misma Constitución de 1978, sin perjuicio de reconocer la conveniencia y aún la necesidad de algunas reformas circunstanciales.

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Los redactores de la Constitución del 78 tenían un horizonte político muy limitado, a saber la “dictadura franquista”. En función de ella tendían, por pura reacción, a subrayar la democracia y a los derechos humanos como la meta suprema de la nueva Constitución. Pero no estaba claro lo que se entendía entonces por democracia y por derechos humanos. Coincidían casi todos en que la nueva constitución debía atenerse al dibujo de un estado de derecho, y además a un estado social del derecho. Daban por supuesto que la dictadura franquista no tenía nada que ver con el estado de derecho ni con el “estado social”, ni tampoco nada que ver con la democracia. Y en esto, a mi entender, se equivocaban.

En todo caso, la democracia como liberación de la dictadura franquista no era el horizonte histórico adecuado para constituir un nuevo estado fuerte y duradero. ¿Acaso Inglaterra había alcanzado su fortaleza imperial por vía democrático-parlamentaria? Desde su horizonte coyuntural antifranquista era imposible trazar un horizonte de un radio mayor capaz de envolver a las circunstancias coyunturales. Y esto ya lo habían entendido lo mismos catalanes soberanistas por boca de Prat de la Riva. Ningún estado soberano que desee redactar una constitución política ( no meta-política o metafísica)  puede refugiarse en el horizonte de los derechos humanos o de “la Humanidad”. Porque la Humanidad o el hombre no es un sujeto positivo de derecho.

En realidad, los redactores de la Constitución del 78 carecían de una doctrina definida del Estado y se guiaban sobre todo por ideales“evangélicos”, como los derechos humanos y  el pacifismo, y esto tanto los socialdemócratas como los democristianos que, por cierto, bebían en las fuentes comunes del pre-Concilio, en el diálogo marxismo-cristianismo.

Los redactores carecían también de doctrina filosófica firme sobre la nación, sobre la religión, sobre la lengua, sobre la cultura. Se conformaban con reivindicar la “Ilustración “de Carlos III , para suponer un origen independiente del marxismo. De algún modo cabría afirmar que aquello que unía a los redactores de la Constitución del 78 era la ignorancia. La ignorancia de los elementos imprescindibles de una doctrina del estado y de sus relaciones con la nación, con la religión, con la lengua y con la cultura.Solo asíse explica que los “padres de la patria”aceptasen la introducción en el título primero de la Constitución, del término “nacionalidad”como contra distinto del termino “nación”. Ignoraban la más elemental taxonomía de las especies históricas de la idea de nación –la nación biológica, o la nación étnica, o la nación política, y sus relaciones con los estados imperialistas- y consideraban que las diferencias entre las ideas de nación política y de nacionalidad eran “meramente semánticas”( conviene recordar que en los años 70 la lingüística moderna de Saussure, Bühler, Hjemslew, Martinet, Chomsky…había producido la impresión en un amplio círculo de gentes semi-cultas de que lo importante era distinguir la semántica de la pragmática ). Y asítambién , la Constitución de 1978 , cuando habla de la cultura flota en una atmósfera genérica, en una nebulosa lixológica. Sólo dice ( artículo 44 , punto1 ) que los poderes públicos procurarán “el acceso a la cultura”de los ciudadanos, pero sin especificar ( morfológicamente) si esa cultura podía ser la cultura cretense , la azteca, la hitita, o la euskérica.

Tampoco concretaba nada morfológicamente la Constitución del 78 referente a la lengua española (a la que se le asigna como referente la lengua castellana), sin duda para sugerir que las lenguas vernáculas peninsulares ( catalán , gallego, aranés, bable, panocho, castúo ) no fueran españolas. Desde este punto de vista, las “Ideas”expuestas en el discurso del pasado sábado que pronuncióFernando Trueba al recoger el Premio Nacional de Cine, delante del Ministro de Educación ( que escuchósus palabras en actitud diplomática y aún contraponiendo sus propios sentimientos españolistas a los del agraciado, es decir, sin llegar a mayores, sin retirar ipso facto el premio nacional al presuntuoso y cuasi analfabeto director de cine) pueden ser consideradas como una quintaesencia de la ideología de la libertad que se incubóen los días de las transición de 1978. Fernando Trueba dijo, seguramente acordándose de “la Ilustración”, que hubiera preferido que Francia ganase la Guerra de la Independencia , y que el no se había sentido español ni un solo minuto de su vida. Al parecer proclama una “sociedad civil”en la que ningún Estado pueda imponer sus normas, capaces de comprometer la libertad del artista. Escuchando a Trueba nos acordábamos de la famosa sentencia de Hegel : “Imposible es meter el espíritu en un perro dándole a mascar libros”.

-¿Quéhay detrás de la retórica independentista catalana?

En mi opinión, no tanto intereses económicos propios de empresarios de tejidos o de banqueros, cuanto miopía política, es decir, ignorancia. Ignorancia que se prueba simplemente por el hecho de que los redactores de la Constitución no establecieron como obligatoria , en la totalidad del estado español, la enseñanza de la lengua española ( sin perjuicio de reconocer también la conveniencia de la enseñanza de las lenguas vernáculas). O bien en el hecho de descuidar totalmente la redacción de una Historia de España común a todas las Comunidades Autónomas del Estado. Y no dar libertad para que desde cada autonomía, se pudiera escribir la historia de España a su modo, llegando incluso los vascos a hablar de Juan Zuría y la batalla de Arrigorriaga, o de Breogán en Galicia.

-Muchas veces usted ha dicho en sus conferencias que política y ética son dos conceptos que deben ir separados. No se puede gobernar con la ética, sino con la política, y que, a fuerza de simple y pura ética podemos cometer graves errores e injusticias. La llegada masiva de refugiados sirios ha abierto el debate en cuanto a los pros y contras que puede generar este fenómeno. ¿Son, a su juicio, más apropiadas las medidas que está tomando Hungría, de cerramiento de sus fronteras, que las que se propugnan desde Francia, España o Alemania, entre otros?

Por influjo de Kant (principalmente) suele entenderse por ética algo así como el conjunto de normas inspiradas por el “imperativo categórico”generado por la conciencia de cada individuo. Los imperativos éticos emanan, según Kant, de la autonomía de las conciencias individuales inmanentes. Y se distinguen de los imperativos hipotéticos ( morales o políticos ) en que estos se fundan no en su autonomía, sino en la heteronomía de las normas que reciben la presión coactiva de las costumbres ( mores ) o de las leyes.

Sin embargo este criterio de distinción entre ética y moral ( o política) adolece de un psicologismo inadmisible que nos remite a la metafísica del cogito ergo sum cartesiano o al no menos metafísico imperativo categórico kantiano. Un iluminado puede escuchar la voz de su conciencia cuando le inspire asesinar a todos los vecinos negros que le salgan al paso en la calle.

Por ello, el criterio de distinción entre la ética y la política ( o de la moral ) no lo ponemos en la supuesta génesis de las normas respectivas sino en los objetivos de todas esas normas. De estemodo las normas éticas serán entonces aquellas normas , procedan de donde procedan, orientadas a conformar a los individuos en su fortaleza, en su firmeza o en su generosidad. Las normas morales o políticas se caracterizarán por estar ordenadas a la constitución y fortaleza de la vida de los grupos humanos o de las sociedades políticas.

Por ello, las normas éticas y las normas morales o políticas no siempre son compatibles, a pesar de que sean inseparables o indisociables. Hay sin embargo una gran resistencia, en nombre de un armonismo panfilista, a reconocer la incompatibilidad entre las normas éticas y las normas morales o políticas. Desde  un punto de vista no panfilista habráque reconocer que las normas éticas tienen un juego y  alcance distinto del que conviene a las normas morales o políticas. Las normas éticas exigen acoger a los refugiados de los que usted habla, pero el acogimiento puede tener sus límites políticos y morales porque con el acogimiento doméstico ( que ingenuamente ofrecen muchos vecinos o incluso municipios ) no resuelve los problemas reales de integración en la sociedad política, sino que más bien pone en peligro el propio sistema laboral de las sociedades acogedoras que tengan un paro interno superior al 20%. Según esto cada estado ( Alemania, Hungría, España…) tiene que ajustar prudencialmente el alcance de sus normas éticas  y de sus normas políticas y sociales. La casuística es aquídecisiva y por ello no cabe declarar en general como absolutamente inadmisibles los cierres de fronteras de un estado a los refugiados y echando la culpa siempre a  las corrientes o limitaciones de la voracidad de las clases dirigentes.

-Hay opiniones encontradas en cuanto al tema de la inmigración islámica. Unos defienden que el Islam es una religión de paz y que son unos pocos- los yihadistas o radicales- los que interpretan erróneamente el Corán. Otros, por el contrario, opinan que el germen del terrorismo y de la yihad estáinserto y es implícito al propio Corán y al Islam, por lo que la inmigración específica de musulmanes es altamente dañina para Occidente. ¿Con cuál de estos dos grupos se identificaría usted más?

El Islam, como el cristianismo ( en cuanto religiones proselitistas ) tienen un componente conflictivo con otras religiones y entre sí, y pueden llevar a la formación de una Yihad. En este sentido, la guerra estáimplicada en muchas religiones históricas, según la época de su evolución, Dicho de otro modo, las guerras religiosas no surgen únicamente de componentes sobreañadidos a la religión. Ni tampoco pueden ser explicados a partir de la barbarie, o  del salvajismo, de una religión dada. El tratamiento del Yihad de Averroes no estáescrito por un salvaje, sino por un aristotélico muy refinado, Y la tolerancia entre las religiones no es tanto el efecto de una “reflexión ética”sino del mismo enfrentamiento religioso que , en un mismo campo social, ha alcanzado poder político suficiente para tener que suavizar las relación con otras religiones. En cualquier caso la tolerancia, en principio, no fue considerada como una virtud sino como un vicio.

-¿Qué solución ve al problema del autoproclamado Estado Islámico? ¿Es partidario de la intervención bélica directa y total  por parte de países europeos o de los propios Estados Unidos?

No le veo solución general alguna, es una cuestión prudencial que debe tener en cuenta que las guerras no se dividen en justas e injustas sino en prudentes e imprudentes. Si las acciones yihadistas traspasan un cierto límite ( que habráde ser apreciado por los estado responsables que se sientan en la Asamblea General de la ONU), seráprudente la más estricta intolerancia bélica. La dificultad reside en el cálculo del margen que pueda atribuirse a esta prudencia.

-Hace unos años publicó usted el libro “Zapatero y el pensamiento Alicia”que trataba de analizar el discurso del presidente socialista; un discurso adornado en la forma, vacío de contenido, simplista, indeterminado y lleno de soflamas populistas con el único propósito de captar votos.  ¿Piensa que el discurso del partido Podemos- y aledaños- también podría encuadrarse dentro de este pensamiento Alicia: buenista y demagógico?

El “Pensamiento Alicia “es sin duda panfilista, o armonista. Se comprenderámi preferencia, dado mi apellido, por el término tradicional panfilismo en lugar del término hoy día muy generalizado de “buenismo”. Pero los movimientos “Podemos”y aledaños, aunque sean panfilistas ( cuando piensan en el futuro ) carecen del componente socialdemócrata propio del pensamiento Alicia.

-¿A qué cree que se debe la rápida multiplicación de partidos políticos homólogos a este por toda Europa?

Probablemente al desmembramiento de la Unión Soviética y a la inspiración anarquista del democratismo que nos invade por todos los lados

-Por último, ¿Ha notado, con el paso de los años, una decadencia del pensamiento crítico, lógico y razonado en los argumentos que esgrime la mayoría de la población a la hora de votar? ¿Es necesario instruir más a la gente sobre quées la Filosofía y su importancia?

Desde luego, he notado este proceso de degradación  sobre todo en el terreno de la llamada  cultura popular ( en el proceso de identificación de la música tradicional con la danza macarra ) y en el terreno de la filosofía académica por culpa de planes de estudio inspirados por sociólogos, psicólogos y pedagos.

Pero esta degradación no creo que deba confundirse con el proceso de la, en tiempos, llamada “muerte de la filosofía “, ni menos aún  con el llamado “proceso de la realización de la filosofía”de inspiración marxista. Lo que se ha degradado, a mi juicio, es la filosofía espontánea de los científicos, de los futbolistas, de los cocineros, de los artistas .La filosofía mundana en auge sorprende  porque en nuestros días todo el mundo tiene ya su propia filosofía. El político : “La filosofía de nuestro partido consiste en lograr la victoria ante la oposición o aliarnos con ella para mantenernos en el poder”. El futbolista : “La filosofía de nuestro club se condensa en la estructura de sus alineaciones, en nuestro caso ( 1,2,3,5)”. El cocinero : “La filosofía de mi negocio es esta : lunes , miércoles  y  viernes, carne; martes y jueves, pescado; domingo, huevos rotos.”

La “filosofía  espontánea “del político, del futbolista, del científico o del empresario transforma a este político, futbolista, o cocinero en un majadero que considera superfluo dedicar una parte del presupuesto a sostener cátedras por proyectos de filosofía sistemática académica, pretendiendo, sin embargo, adornarse con el prestigio heredado del nombre de Filosofía.

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FUENTE:

http://www.gaceta.es/noticias/trueba-recuerda-famosa-sentencia-hegel-23092015-2042

La feminización del hombre

23 de septiembre de 2015

La feminización del hombre

Nuestra sociedad ha sido manipulada por la ideología de género y despojada de los valores masculinos.

Esta ya no es una tierra de hombres, en este sistema la masculinidad es atacada. A los niños se les adoctrina con ser más pacíficos, se les quitan las armas de juguete, en su lugar les dan juegos didácticos, se les va arrebatando el instinto y el amor por el riesgo para sobreprotegerlos y mimarlos.

Uno de los síntomas de vivir dentro de un matriarcado es la feminización del hombre occidental. Esta feminización es un producto de la decadencia de nuestra civilización y propio de un sistema en el que los roles de género se olvidan y en donde la masculinidad es vista como una vergüenza.

Esta feminización del hombre se viene dando por años pero era un problema que no se había tratado hasta hace poco, ha habido publicaciones científicas sobre la estrogenización ambiental, el auge del mariconismo y la pérdida de masculinidad, sin embargo estas investigaciones han sido en su mayor parte ignoradas.

Creemos por la propaganda de la ideología de género que vivimos en una época “más abierta”, craso error, no vivimos en una nueva época ni estamos viendo el nacimiento de una nueva concepción de la normalidad como la ideología del mariconismo asegura sino que estamos viendo la muerte de la virilidad y la decadencia de la civilización.

En un sistema en el que los roles naturales son rechazados entonces los hombres se feminizan, las mujeres se masculinizan y se invierte el orden natural, se acelera el proceso de decadencia de una civilización. Es una verdad absoluta, una ley biológica el que nacemos con un género, con los rasgos naturales de ese género, se es hombre y se es mujer desde que se nace.

Las actividades propiamente masculinas como la caza, la lucha, la pesca, las corridas de toros y el deporte están siendo atacados masivamente, el consumo de carne y el amor por las armas está bajo ataque por parte de los medios.

Es la sociedad de la madre, en la que el padre está ausente y entonces es la figura femenina la que rige.

FUENTE:

http://anticolaboracionista.blogspot.com.es/2015_09_01_archive.html

Nota de URANIA: Este ataque contra los varones no sólo mina y destruye a los hombres, también lesiona gravísimamente la femineidad de las mujeres, pues sin hombres no hay mujeres.


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