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domingo, 27 de marzo de 2016
BRUSELAS: terrorismo y multicultura
Los recientes atentados de Bruselas han llamado poderosamente la atención sobre una de las consecuencias de la creciente inmigración musulmana. Como dicen muchos, la cosa no es realmente grave, ya que solo una proporción ínfima de los musulmanes parece dispuesta a sacrificarse y sacrificar la vida de otra gente, y los terroristas serán descubiertos y castigados en su momento. Los islamistas se integrarán en la sociedad europea y aceptarán sus valores, solo hay que tener paciencia, comprensión y fomentar el multiculturalismo. Por tanto, el peligro real no está en el propio terrorismo, sino en que este genere una protesta entre la población que a su vez dé lugar a “islamofobia” o “corrientes de odio”. Lleva tiempo hablándose de perseguir y castigar penalmente el “odio” o la “incitación al odio”.
Ciertamente el odio no es un sentimiento sano, aunque el psiquiatra antifranquista Castilla del Pino lo ensalzara diciendo que gracias a él ha progresado la humanidad. Pero intentar reglamentar los sentimientos de la gente, como se promueve en la UE, con las correspondientes sanciones, es algo que ni siquiera el totalitarismo soviético intentó.
Por lo demás, la incitación al odio que pretende castigar la oligarquía de la UE no va más que en una dirección. Así, su preocupación por la islamofobia no se aplica en absoluto a la cristianofobia, que es hoy en la UE una seña de identidad de los poderes políticos y mediáticos. Así, entran como parte del panorama “normal” las calumnias, burlas, profanaciones y violencias, hoy por hoy dispersas pero con una tradición prácticamente genocida contra el cristianismo en España y Francia, también en países ex comunistas. Y hasta podríamos decir que la promoción del islam –pues es una promoción, a poco que se quiera examinar— por los poderes de la UE constituye una manifestación más de cristianofobia, confundida en algunos países como España con un odio abierto o disimulado a la cultura e historia del país.
Pero ocurre que el cristianismo es la base misma de la cultura europea, un hecho que no puede siguiera discutirse. Cristianofobia equivale en ese sentido a eurofobia. Sin embargo, se replica, a “Europa” (la UE) no la caracteriza la cultura cristiana, sino la doctrina de los “derechos humanos”, de la Revolución francesa, la cual no por casualidad se impuso sobre una terrorífica y sangrienta persecución contra la Iglesia y las tradiciones católicas. Por consiguiente se trata de construir una nueva realidad cultural no sobre, sino contra la tradición europea que se remonta al Imperio romano. Ahora bien, la noción de derecho de las personas es muy anterior a la Revolución francesa, con un sólido apoyo en el cristianismo, y en Usa recibió formulaciones no anticristianas sino inspiradas en la tradición cristiana. Por lo demás, la cultura es un concepto mucho más vasto que una doctrina legal: se compone de ideas, creencias, costumbres, arte, conocimientos de todo tipo, también leyes, etc. asentadas en una larga historia. Y eso no se improvisa con medidas legales: lo han intentado los totalitarismos, tratando de moldear a las personas desde el poder, y han fracasado. La sustancia real del llamado multiculturalismo consiste, precisamente, en la abolición de la cultura europea, así como de las culturas nacionales forjadas a lo largo de siglos.
Debemos tener en cuenta, además, la formulación práctica de los derechos humanos por las autoridades de la UE, tan preocupadas por cierto tipo de “incitaciones al odio”: se trata de definir a los valores europeos por políticas como el abortismo (liquidación de una vida humana en el seno materno elevada a “derecho de la mujer”) o el homosexualismo (que equipara la sexualidad normal a otra evidentemente defectuosa e inventa un supuesto derecho que niega el más elemental de un niño a tener un padre y una madre de verdad). Pero no solo eso, se injuria constantemente, se procura el silenciamiento o la muerte civil y se amenaza, incluso con acciones penales, a cuantos se permitan opinar y argumentar contra tales “derechos”.
Estas tendencias nos alertan de una degeneración de la democracia ya señalada por pensadores como Tocqueville: un poder inmenso y tutelar que dirige a los hombres y se encarga de suministrarles todos los goces con tal de que no piensen sino en gozar, que recordaría a la autoridad paterna si como esta buscase preparar a los niños para la edad adulta, pero que en realidad solo persigue mantenernos irrevocablemente en la infancia. La ideología de esa democracia degenerada a la que tiende la UE es la del consumo y la diversión masivas como meta y sentido de la existencia humana.
El problema de la inmigración islámica entra en esa dinámica. El islam es una religión de conquista. Ciertamente los terroristas son muy pocos, pero su apoyo social es mucho más vasto, como indica el fracaso de los intentos de empujar a la mayoría de los musulmanes a condenar o protestar por los atentados. El ideal de esos “derechos humanos” tal como viene practicándose no parece seducir a la gran mayoría de los musulmanes que, donde forman grupos lo bastante numerosos, procuran vivir en barrios islámicos al margen de las leyes de la UE. No es que los burócratas de la UE simpaticen realmente con el islam, sino más bien que lo consideran un instrumento útil para atacar al cristianismo y disolver la cultura europea en un “multiculturalismo”.
¿Son conscientes de estos problemas y derivas las autoridades de la UE? Por supuesto lo son, aunque vagamente. Contra un error común, ellas no son antirreligiosas sino anticristianas, pues tienen su propia religión con una serie de dioses presididos por el dios mayor “Progreso”. Una religión sui generis, compartida en buena medida por los comunistas, como se recordará, y que engendra sus propios fanatismos inmunes a cualquier crítica. Hace poco el presidente húngaro Viktor Orban ha dicho algo importante: “Hoy en Europa está prohibido decir la verdad”. Por “Europa” quiere decir la UE, una confusión demasiado frecuente y que en sí misma implica una falsedad. Pero es cierto: al modo de los países comunistas, la disidencia se intenta ahogar con insultos de “fascista”, “reaccionario” etc. Es significativo que sea en Hungría y Polonia, los países que se rebelaron contra el comunismo, donde más resistencia encuentran las políticas de Bruselas. Vladimir Bukovski, el antiguo disidente ruso que pasó bastantes años en el GULAG, ha denunciado repetidamente la inclinación de la UE a convertirse en un “monstruo” con grandes similitudes con la Unión Soviética: “El propósito último de la URSS era crear y expandir por todo el mundo una nueva entidad histórica, el pueblo soviético. Lo mismo ocurre con la UE: tratan de crear un nuevo tipo de gente a la que llaman “europeos”, sea eso lo que fuere”.

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FUENTE:

http://gaceta.es/pio-moa/terror-islamico-multiculturalismo-o-ue-europa-26032016-2054

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