un libro sobre LTI (Lengua del Tercer Imperio)

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http://www.spiegel.de/international/grossbild-341147-343262.html






Gorzów Wielkopolski, abreviado Gorzów Wlkp. (en alemán: Landsberg an der Warthe), es una ciudad de 125.780 habitantes (2005) situada en el occidente de Polonia, a las orillas del río Warta


En esta ciudad, que fue alemana, nació Victor Kemplere

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LTI. LA LENGUA DEL TERCER REICH – Victor Klemperer

Más que la propaganda de los discursos, las octavillas y los carteles, afirma Victor Klemperer, el instrumento que permitió al nazismo instilar su veneno en las masas fue  el lenguaje: palabras aisladas, expresiones y formas sintácticas repetidas hasta la saciedad y que, favorecidas por su simplicidad, acababan por penetrar en el inconsciente de los individuos, quienes las asimilaban y las reproducían mecánicamente. Si, por otra parte, es cierto que el lenguaje –su estilo, sus énfasis- revela de las personas más de lo que ellas quisieran, el sello de una época se halla también en el lenguaje prevaleciente. Pocas cosas pueden ser más relevantes para la puesta en evidencia del nazismo, pues, que el conocimiento de la LTI: Lingua Tercii Imperii, que es como Klemperer designa a la lengua del Tercer Reich. Una lengua que, para decirlo con nuestro autor, envenenó cantidad de conceptos y sentimientos y que revela mucho de las convicciones, propósitos y hábitos de pensamiento del nazismo.

Victor Klemperer (1881-1960) fue un filólogo e historiador de la literatura alemán de origen judío, primo del célebre director de orquesta Otto Klemperer. Tras combatir como voluntario en la Primera Guerra Mundial, inició una trayectoria académica que lo condujo a una cátedra de literatura francesa en la Universidad de Dresde. Forzado a dimitir por las leyes antijudías promulgadas por el régimen nazi, rehusó adoptar la vía del exilio y, casado con una mujer etiquetada como «aria», soportó en condiciones precarias casi toda la duración del Tercer Reich en Dresde. Escribió en ese tiempo unos diarios, los que fueron publicados por primera vez en Alemania en 1995. A partir de algunos de sus apuntes sobre el habla nazi, Klemperer  publicó en 1947 el libro LTI, Apuntes de un filólogo, una interesante recopilación de observaciones que revelan al experto y al erudito pero que ante todo es un testimonio a la vez dramático y ameno de un genuino humanista.

Que el régimen nazi desvirtuó ideas o conceptos se manifiesta por ejemplo en su empleo de los términos «heroísmo»y «fanatismo», machaconamente explotados por el discurso  oficial. Antes del Tercer Reich, la palabra «fanático» solía tener connotaciones negativas, asociada como estaba en la propia Alemania a una actitud amenazadora y repulsiva. El régimen nazi convirtió el fanatismo en una virtud, y es en este sentido que inundó toda clase de textos y comunicados, desde artículos periodísticos y discursos a felicitaciones personales y proclamas dirigidas a organizaciones, militares y civiles. Se hablaba sin rubor de «juramento fanático» y de «valentía fanática», y se ensalzaba a Goering como «fanático amigo de los animales». Cuando la situación militar se tornó definitivamente crítica y la palabra parecía desgastada e insuficiente, Goebbels consideró necesario exhortar a un «fanatismo feroz»… como si existiese un fanatismo dócil. Con Klemperer, por otro lado, se puede recelar del heroísmo cuando carece de pureza y de discreción. «Lo que reprocho al concepto de héroe aplicado por el nazismo –dice nuestro autor- es precisamente su continua dependencia de lo decorativo, la fanfarronería de su presencia. El nazismo nunca conoció oficialmente un heroísmo honesto y auténtico. Y de este modo falsificó y desacreditó todo el concepto». La manipulación del término daba pie a la lectura entre líneas, especialmente después de Stalingrado: cuando un parte de guerra informaba que las tropas luchaban heroicamente, se podía suponer que a las tropas les iba fatal. «Heroicamente» sonaba a necrología.

La propensión del nazismo a absorber los espacios y las almas, su impulso totalitario, queda en evidencia en el uso de la palabra «coordinar»; palabra que revela también una tendencia a la mecanización y la automatización. Las instituciones debían alinearse con el ideario y las metas del nazismo, hacerse partícipes de su cosmovisión. La judicatura, los sindicatos, el cuerpo docente, las iglesias, los coros, los clubes deportivos, también las organizaciones de extrema derecha que podían rivalizar con el partido nazi -tal el caso de los Cascos de Acero-; ninguna instancia corporativa debía quedar exenta de la política de «coordinación», que era en verdad una empresa colosal de homogeneización de la sociedad bajo el signo de la esvástica. La omnipresencia del término podía prestarse a su ridiculización, como ocurrió cuando un humorista (con seguridad en los tiempos iniciales del régimen), a propósito de una salida a terreno realizada por la Asociación de Excursionistas, declaró que la naturaleza acababa de ser «coordinada».

«El lenguaje del vencedor… no se habla impunemente. Ese lenguaje se respira y se vive según él», sentencia Klemperer. Hombres y mujeres nada sospechosos de congeniar con el nazismo, algunos de ellos pertenecientes al número de sus víctimas, podían dar pruebas de la exitosa difusión del habla nazi. Un dentista que profesaba aversión a su país y se confesaba anglófilo a rabiar, tenía a bien decir que los alemanes eran «caracterialmente inferiores», recurriendo a un término –«caracterial»- acuñado por los nazis e impregnado de connotaciones racistas. Una colega de Klemperer, filóloga de origen judío desaparecida más tarde en un campo de concentración, podía largar en presencia del autor una retahíla de eslóganes y  lugares comunes del nazismo comprimidos en apenas un par de frases: según ella, había que leer a Goethe, había que ser «alemanes fanáticos», había que «lavar a la patria de su no-germanidad». En el libro sobre el judaísmo en la vida intelectual del siglo XIX publicado en 1936 por Arthur Eloesser, judío y otrora admirado por Klemperer, se multiplicaban los tópicos característicos de la LTI: cundían las burdas generalizaciones sobre el judío alemán y en torno a lo alemán; cierto personaje de Heine era un judío «camuflado» (precisamente un estigma que los nazis adjudicaban al propio Heine); se hablaba de la «llamada mística de la sangre»… Una perla: en el ámbito cultural, según Eloesser, los judíos alemanes se creían «coordinados» con sus compatriotas no judíos. En fin. Testimonios del triunfo de una mentalidad perversa, enfermiza, considerada durante años como virtud suprema.

Por supuesto, la LTI no tenía necesidad de inventar todos sus términos y expresiones, casi siempre le bastaba con apropiarse de los ya existentes e impregnarlos de una connotación específicamente nazi. El sentido peyorativo original de una palabra como «masificación», cuyo origen puede rastrearse en la crítica de arte y en el vocabulario especializado de disciplinas como la sociología y la economía, resultaba neutralizado por la demagogia del colectivismo racial. Ya Flavio Josefo y el novelista Lion Feuchtwanger habían dado lustre a la expresión «guerra judía», pero en el contexto del Tercer Reich venía a significar algo muy distinto, cargado de connotaciones funestas, como todo lo relacionado con los judíos. A propósito: a día de hoy, apenas hace falta extenderse demasiado –al menos en el espacio de una reseña- sobre la importancia de términos como «el judío» o «lo judío» en la práctica lingüística de los nazis. «Lo judío» era en la versión nazi el común denominador de todo lo que pudiese haber de negativo en el mundo; en definitiva, un resumidero de falacias, simplificaciones y generalizaciones espurias.  Klemperer dedica a este apartado algunas de sus observaciones más interesantes.

Había en el nazismo una especie de infantilismo que lo impulsaba a concebir sus logros –presentes y futuros- en términos superlativos. De partida, el Tercer Reich debía ser el imperio más grande y poderoso de todos los tiempos. Cada uno de los productos salidos de sus fábricas debían ser «los más modernos», «los más eficientes», «los más poderosos» del mundo. Todo se expresaba de modo superlativo. No había simplemente batallas ni enemigos, lo que había eran un «enemigo universal» y «batallas de aniquilación» o «la mayor batalla de la historia». Klemperer aplica el escalpelo a lo que denomina la «maldición del superlativo», que en la LTI adquirió proporciones inauditas. La fanfarronería y las exageraciones que proliferaban en la propaganda y en el discurso cotidiano llevaron al extremo lo que, siguiendo al autor, puede considerarse como la raíz específicamente alemana del nazismo: la supresión de los límites, una desmesura casi delirante que remonta a la esencia del romanticismo y su intento de asir lo ilimitado. Klemperer afirma precisamente que «la raíz alemana del nazismo se llama romanticismo».

– Victor Klemperer, LTI, la lengua del Tercer Reich. Apuntes de un filólogo. Minúscula, Barcelona, reimpresión de 2007. 414 pp.

FUENTE: http://www.hislibris.com/lti-la-lengua-del-tercer-reich-%E2%80%93-victor-klemperer/

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Victor Klemperer 
“Quiero dar testimonio hasta el final. Diarios 1933-1945”
http://www.memoriales.net/lite_kle.htm


Biografía

Victor Klemperer nació en 1881 en Landsberg an der Warthe (Polonia), aunque se familia se trasladó a Berlín en 1891. Interrumpió sus estudios de bachillerato para trabajar durante tres años como aprendiz de comercio pero, posteriormente, estudia filología románica y germánica, entre 1902 y 1905. En 1906 se casó con la pianista Eva Schlemmer, y se alistó voluntario en el ejército alemán, al estallar la Primera Guerra Mundial; fue condecorado con la Medalla del Mérito de Baviera. Durante los años 1920 fue profesor en la Universidad de Dresde, se bautizó en la religión protestante, militando también como nacionalista alemán.

Cuando el régimen nazi llegó al poder, fue perseguido y humillado por su ascendencia judía, aunque su matrimonio con una mujer aria le permitió salvar la vida. A pesar de todo, no se libró de sufrir el envilecimiento que el régimen deparó a todos los judíos de los matrimonios mixtos. Pero tuvo suerte, porque el régimen nazi mostró cierta condescendencia con los matrimonios mixtos. Trabajó en diversas fábricas y residió en una “casa de judíos”.

Después de la guerra, se mantuvo afín al régimen de la antigua República Democrática alemana, donde alcanzó altos honores académicos. Murió en 1960.

Obra

Diarios.
Durante su marginación en Alemania, como judío dentro de un matrimonio mixto, Klemperer anotó con una gran regularidad todas las vejaciones del terror nazi contra los judíos, dejando un testimonio de la vida cotidiana de los judíos “privilegiados” en el Tercer Reich. Con un estilo conciso y efectivo, demuestra que estaba dotado de una brillante capacidad de observación y análisis.

Sabiendo el peligro que corrían las personas que le rodeaban, a causa de los Diarios, se impuso el deber de dar testimonio exacto de la monstruosa existencia de los judíos de Dresde, que sentían el miedo cada vez que sonaba un timbre, sufrían malos tratos, ignonimia, hambre, esclavitud y degradaciones cada vez peores, en la más absoluta indefensión. Se trataba de personas a las que habían desposeído de todos los derechos civiles.

A través de su obra, nos da cuenta de la aniquiladora intensificación del odio institucionalizado contra los judíos, la expropiación material de todos sus bienes, la desaparición de sus derechos, la deportación y el exterminio. Y también nos ofrece una visión de su propia transformación personal, como alemán y como ser humano. Al mismo tiempo nos ofrece observaciones sobre aspectos casi imperceptibles de la vida diaria bajo el Tercer Reich: encerrado en su limitado mundo, relató en sus diarios el implacable aumento de la represión, hasta en los detalles más nimios, de forma que arroja nueva luz sobre una realidad menos conocida que la de las cámaras de gas, aunque sea, si cabe, más monstruosa.

Klemperer señala que lo más monstruoso de todo el proceso es que los 60 millones de habitantes de un pueblo europeo, el más culto, se pusieran al servicio de aquella banda de psicópatas y criminales, que consiguieran ensordecer al individuo en el colectivismo y sólo dejaron en Alemania lo no alemán, la idea de sangre, lo animal.

Así se desarrolló esta obra, más de 1.500 páginas que contemplan unos diarios llevados en riguroso secreto durante los años del Nacionalsocialismo, salvados milagrosamente de la guerra. Traducidos a más de 17 idiomas y publicados por las más importantes editoriales del mundo, se ha convertido en un documento histórico de gran valor sobre el Tercer Reich. Porque no se centra en los horrores de los campos de exterminio, como la mayoría de los textos, sino que habla de la vida cotidiana de la Alemania nazi.

“(…) Yo me pregunto siempre: ¿Qué alemán ‘ario’ no ha sufrido ningún contagio del nacionalsocialismo? La epidemia los ha afectado a todos, tal vez no sea una epidemia sino idiosincrasia alemana” .

LTI
Su pasión por la filología le indujo, durante la redacción de sus Diarios, a estudiar el sentido de la terminología utilizada por los nazis. La necesidad de anclar el régimen nazi provocó la creación de un lenguaje de la disciplina, de la obediencia al Führer, con la progresiva intrusión de “lo militar” en todos los campos de la vida, la política, la literatura, el entorno económico y cotidiano.

Este libro es una brillante crítica y análisis del lenguaje del Tercer Reich, la principal referencia de toda reflexión sobre el lenguaje totalitario. Klemperer comenzó a recopilar información para este libro ya en 1933, y llevó a cabo la redacción clandestinamente. Pone de manifiesto la habilidad de este filólogo alemán para plantear cuestiones complejas de forma inspirada y emotiva. Más de cincuenta años después de su primera publicación, sigue siendo tan actual y provocador como entonces, en la medida en que muestra como ninguna sociedad permanece ajena a los peligros de la manipulación del lenguaje.

“Lengua: a tener en cuenta: Machtübernahme [‘toma del poder’], no ‘entrada en el gobierno’ ni ‘asunción de la soberanía’, sino justamente eso, ‘pod

http://www.memoriales.net/lite_kle.htmer’ (…)”.

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