Las causas profundas de la “CRISIS”…

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Las verdaderas causas de la presunta crisis económica

 
Hace unos años todavía teníamos que hacer un esfuerzo para convencer a la gente de que la incompetencia de la administración era un mero epifenómeno, un síntoma superficial de un problema mucho más profundo: la corrupción política e institucional. Eran tiempos en los que, para la mayoría de los ciudadanos, podía “haber” políticos corruptos, pero se trataba de casos aislados, como ocasionales y anecdóticas parecían también las escandalosas inepcias de los altos cargos y los profesionales del escaño. Hoy ya sabemos que no es así y, afortunadamente, la ciudadanía empieza a tener conciencia de que la corrupción es, como poco, un fenómeno generalizado, pero habría que ir todavía más allá: la corrupción no es una cuestión de cantidad, de “más o menos”, de manera que pudiérase ahora sostener que hay “mucha” o que incluso “todo” es corrupción, sino que -hete aquí nuestra tesis- la corrupción define la esencia misma del sistema oligárquico, éste es constitutiva y estructuralmente corrupto. De manera que quienes, en el mundo de la política, farfullan sobre regeneración democrática y nos explican el cuento de que si les votamos a ellos combatirán la corrupción (como si se tratara sólo de un problema de personas y no de un elemento o rasgo sistémico), son los futuros corruptos. En Italia ya han pasado por eso: partidos enteros se fundaron supuestamene para combatir la corrupción, o basaron sus campañas electorales en una presunta lucha contra la corrupción, por ejempo la Liga Norte. Pues bien, todos aquellos regeneradores han terminado implicados en casos de corrupción. Hay que empezar a hacerse preguntas, porque nos va la vida en ello.
 
Una primera consecuencia de la cotidiana lectura de los periódicos: la excepción es el político o administrador público honesto -alguien que, tarde o temprano, será expulsado del sistema precisamente por serlo-. Entonces, la pregunta que debemos plantearnos es por qué el sistema es necesariamente corrupto, por qué ha de serlo quiéranlo o no las personas, como entes individuales, ubicadas en los distintos escalones de la jerarquía político-administrativa.
 
De la incompetencia a la corrupción
 
Vayamos, empero, por pasos. Primero, de la incompetencia a la corrupción. En la actualidad estamos sufriendo una crisis económica que afecta a la práctica totalidad del mundo occidental, pero especialmente a Europa y, dentro de Europa, a países “meridionales” como Italia y España. A su vez, en España, la comunidad autónoma más afectada por la crisis -puede hablarse de bancarrota administrativa- es Cataluña. De ahí se podría concluir que la crisis económica de Occidente tiene en la sociedad catalana un ejemplo a la vez singular y único del que ya nos hemos ocupado en otras entradas de esta bitácora.
 
Pero la crisis económica no es más que una generalización de lo que antaño parecían casos puntuales de incompetencia. La crisis económica comporta algo así como una saturación de aparentes inepcias, el estallido de la antigua “incompetencia” en una falla estructural del sistema y, por tanto, en una crisis política e institucional de carácter técnico que reclama “mejores técnicos”, de ahí los casos de gestión directa del poder por parte de los tecnócratas… Ahora bien, tanta inepcia no puede atribuirse precisamente a errores técnicos que esos mismos técnicos puedan “solucionar”: nuestros políticos y administradores han demostrado ser, todos ellos en conjunto (y precisamente por ello ninguno asume responsabilidad alguna a título individual) unos incompetentes y esta “incompetencia” les impide incluso nombrar al técnico que pueda aportar las soluciones (el caso del ministro de economía español Luis de Guindos es patente: se trata de un directivo de Goldman Sachs, uno de los bancos causantes de la crisis).
 
La clave está en otro sitio. En efecto, al mismo tiempo, y paralelamente a la crisis económica, se observa un estallido de los casos de corrupción, de suerte que a la crisis institucional por inepcia (que podría mantenerse aislada y abordarse “técnicamente”) se añade una crisis institucional de idiosincrasia moral. La ciudadanía empieza a tener la certeza de que los políticos, además de unos incompetentes, que lo son sin duda alguna, son además unos pillos, unos auténticos ladrones y, en cualquier caso, que la crisis económica, de alguna manera, guarda una conexión con ese otro fenómeno más de fondo, a saber: la debacle política de un entramado institucional basado en el crimen. ¿Es esto un problema técnico? Pues allí donde existe corrupción se vulneran preceptos penales y la crisis redúcese realmente, en última instancia, al hecho de que los políticos roban o permiten que otros roben el dinero o los recursos de la sociedad. Este robo comporta la comisión de diversos delitos, como la prevaricación, la falsedad documental, el cohecho, etc.
 
Ahora bien, para que los políticos y altos cargos puedan cometer delitos de forma impune se necesita ante todo la complicidad del entero entramado de funcionarios, sindicatos y presuntos técnicos reclutados por concurso u oposición, empleados públicos encargados de distinguir entre los actos basados en la eficacia, la eficiencia y, hablando en términos muy generales, la racionalidad política y administrativa, y los actos fraudulentos inherentes al delito, técnicamente “irracionales”. Éstos vulneran la ley, cuando existe una ley que vulnerar. En otros casos, y a tenor del hecho de que las leyes las promueven los políticos, ni siquiera existe transgresión normativa, sino simple transgresión moral, por ejemplo las escandalosas dietas, jubilaciones y acumulaciones de cargos que leyes hechas a medida del expolio, permiten sin que pueda hablarse siquiera de delito. Habría que separar conceptualmente uno y otro aspecto a efectos jurídicos, aunque ambos en el fondo remiten a una raíz común: la crisis “institucional”, política.
 
Centrémonos, por el momento, en el primero. No sé si recordarán que un ministro del Partido Popular, el señor Zaplana, aprobó una norma en virtud de la cual los funcionarios no podían denunciar el acoso psicológico-laboral a la Inspección de Trabajo. Nadie se dio cuenta entonces -y, al parecer, tampoco se da cuenta ahora- de la enorme trascendencia de esa aparentemente inocua circular ministerial que dejaba inermes a los empleados públicos ante las presiones de los políticos y los altos cargos nombrados a dedo por los políticos.
 
De la corrupcíón a la criminalidad
 
Que la promoción profesional de los servidores públicos no dependa de su eficiencia, preparación y eficacia, sino de la confianza que inspiren al político o alto cargo de turno, significa que quienes van a controlar las palancas de mando serán, precisamente, aquellos que, conscientes de cuál es el camino para medrar y no disponiendo de otro por su falta de preparación o inteligencia, actuarán siempre, no como funcionarios servidores de la ley, sino como miembros del “equipo” particular del político de turno, es decir, de aquellos que se muestran, ante todo, leales al jefe. Por el contrario, los funcionarios conscientes de su preparación y eficacia no dependen de dicha lealtad mafiosa, pueden apelar al mérito que, según la norma legal, debería regir la carrera administrativa. Pues bien, contra estos funcionarios legalistas y mejor preparados se pensó la circular de Zaplana. Porque si el político quiere sacarle “partido” a su cargo, necesita funcionarios corporativisas leales al jefe y, al mismo tiempo, debe combatir a los funcionarios honestos, legalistas y más capacitados precisamente en cuanto dependen sólo de sí mismos, del mérito -y no de los favores– en su gestión administrativa. El acoso laboral es el arma que, con la inestimable colaboración de esa banda de mafiosos y corruptos comprados con sobres de dinero negro que son los sindicalistas, permite doblegar la voluntad del funcionario legalista y destruirle como profesional. Pero, ¿qué sucede con una administración que promueve a los ineptos y a los tolerantes con las irregularidades, mientras coloca de baja médica a los más capacitados? El resultado sólo puede ser el desastre. Y al final el desastre llegó, porque tenía que llegar.
 
Ya se perfila, pues, muy resumida, la oscura relación entre incompetencia y corrupción. Los dos fenómenos que permiten conectar ambos facta aparentemente independientes son el corporativismo y el acoso laboral o mobbing, haz y envés de un mecanismo único de subordinación de la legalidad, la racionalidad y la verdad a ciertos opacos “intereses”. Pero no veo que en ningún periódico o medio de comunicación se hable sobre el tema. Tenemos artículos sobre la crisis, y tenemos artículos sobre casos de corrupción. Pero los periodistas, que en esto también son, como los sindicalistas, pseudo profesionales comprados por el poder, se guardan muy mucho de analizar y explicarle a la gente algo tan sencillo como el sentido de la circular de Zaplana, la relación entre crisis económica y saqueo del erario público o, más en general, vulneración sistemática de la ley, perpetrada impunemente ante los ojos de millones de funcionarios que, al parecer, cuando van a trabajar no ven ni oyen nada; el misterioso nexo entre cosas como el acoso laboral impune y la quiebra de las administraciones públicas.
 
Salimos así de la crisis económica, de la incompetencia generalizada y de la bancarrota técnica de un sistema gobernado por técnicos (muy pagados de sí mismos, arrogantes por lo que respecta a las humanidades, pero unos técnicos que nos han llevado a la ruina), para llegar a la criminalidad estructural de un dispositivo administrativo que implica a funcionarios, sindicalistas, altos cargos y políticos. La crisis económica no es económica, es esencialmente política; o, en otros términos, es consecuentemente económica sólo porque causalmente fue, desde el principio, una crisis política.
 
De la criminalidad al genocidio
 
Los ciudadanos se preguntarán de dónde surge esta criminalidad estructural. Porque algo tan enorme como lo que estamos denunciando aquí no puede suceder por casualidad. Hablamos, no de una corrupción más o menos generalizada, insisto en ello, sino de una organización criminal -el estamento político- consciente de que lo es; de unas administraciones que amparan mafias al servicio de ciertos delincuentes llamados “políticos”, testaferros del poder económico-financiero; de gentes que, enquistadas en las más altas cúpulas del poder, son perfectamente sabedoras de la verdad y han diseñado el sistema institucional actual precisamente con tales fines delictivos o radicalmente inmorales (con fines que nunca podrían ser públicamente reconocidos). Esta es la verdad: nuestras existencias como ciudadanos transcurren envueltas en la ficción, en el fraude sostenido como un decorado de cartón piedra, consistente en la ingenua creencia de que nuestros representantes públicos son personas decentes y bienintencionadas. No lo son. Tantos casos de corrupción, incontables ya y únicamente la punta del iceberg de una realidad que jamás llegará a los juzgados o la prensa, resultarían imposibles si todo un estamento político no sólo los hubiera permitido, no sólo los hubiera querido, sino que desde el principio se hubiera organizado con ese objetivo. ¿Qué fin? Manipular, engañar, explotar y saquear literalmente a la inmensa mayoría de los ciudadanos en beneficio de una élite denominada oligarquía. De ahí que, desde las primeras líneas, hablemos de sistema oligárquico y no de sistema democrático. La democracia liberal actual es una impostura, un teatrillo de ladrones, criminales y asesinos. Simplemente no existe esa “democracia” y la rebelión ciudadana sólo puede consistir en llegar a tomar conciencia, en conseguir entender de una santa vez el significado del concepto “sistema oligárquico”.
 
Por este motivo tenemos que ir todavía más allá. ¿Hay más aún? Sí.
Es menester preguntarse por los orígenes del sistema oligárquico. Son esos orígenes los que permiten comprender por qué los fundamentos mismos de la presunta “democracia” emanan ab ovo de la organización de un dispositivo criminal controlado por la alta finanza y los políticos. Y ese origen es el genocidio. El actual aparato de poder se instauró tras la Segunda Guerra Mundial sobre la base legitimadora del juicio de Nüremberg, la Declaración Universal de los Derechos Humanos y la narración oficial del Holocausto. Tales tres son los pilares ideológico-propagandísticos del sistema oligárquico. Tras ellos se esconden, empero, genocidios impunes, como hemos argumentado en otras entradas harto conocidas de esta bitácora. Nuestros políticos son criminales porque antes fueron, y son hasta el día de hoy, genocidas. Sus latrocinios, sus manipulaciones, ilegalidades, mentiras…, representan muy poca cosa comparados con los cadáveres hundidos en el fondo de esa charca infecta denominada “democracia”. Los casos de corrupción son como una delgada capa de moho flotando en la superficie del agua putrefacta. Si apartamos esa mera apariencia contemplaremos con horror los rostros de silenciosas víctimas que, por millones, yacen en el fondo.
 
Es lo que hemos intentado explicar en el libro La manipulación de los indignados (2012).

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FUENTE:
http://www.nacional-revolucionario.blogspot.com.es/2012/12/las-verdaderas-causas-de-la-presunta.html

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Una respuesta to “Las causas profundas de la “CRISIS”…”

  1. tresmontes Says:

    Reblogged this on TRESMONTES.

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