Stalin / “Acero” ó Iosif David Vissarionovich Dzhugashvili

by

La bondad de Stalin y el mito del progreso

La fe progresista: Stalin detuvo a los nazis. Todas las atrocidades del dictador georgiano quedan de esta suerte convalidadas. Hacía falta algo tan brutal como el comunismo para derrotar a Hitler, el demonio, la bestia…
Este razonamiento parte del supuesto de que el régimen nacionalsocialista representa el mal absoluto y el comunismo soviético, aunque “malo”, ayudó de forma decisiva a vencerlo, ostentando así una virtud. En suma: que Stalin fue al menos relativamente bueno. La “bondad” de Stalin y el mito del progreso.
Pero, ¿en qué se basa la idea de que el nazismo constituyó la encarnación del mal absoluto? En los 6 millones de judíos supuestamente asesinados en cámaras de gas. Sin embargo, antes de que empezara el holocausto en 1943, y cuando Alemania invade Rusia (año 1941), el régimen bolchevique ya había exterminado a 13 millones de personas. Auschwitz no existía todavía ni siquiera en la versión (ya harto dudosa) de la historia académica oficial. O sea que, en cualquier caso, el “mal absoluto” sería a la sazón el comunismo, no el nazismo.
Los hechos posteriores confirman esta percepción: la derrota alemana, obtenida por una alianza mundial que encabezan Estados Unidos, el Imperio Británico y la URSS, desencadenó la expansión territorial del comunismo y, consiguientemente, la liquidación de 100 millones de personas (como poco) a manos de las autoridades marxista-leninistas en Rusia, China y otros países. ¿Progreso?
Si Hitler hubiera ganado, se habría evitado la muerte de 87 millones de personas. Obsérvese que el razonamiento es reversible y mucho más justificado en el caso de la “bondad relativa” de Hitler por una simple cuestión de cifras.
Pero Occidente cree en el progreso, esa religión laica es su droga; debe pues promover la falacia de que la muerte de 87 millones de personas fue “mejor”, en algún sentido racional y moral relevante, que la de 6 millones.
Alemanes batiéndose en Stalingrado.
No se entiende, pero es así porque lo manda Hollywood. Que yo sepa, muy pocos se han “apercibido” de lo escandaloso de este razonamiento, marco interpretativo de la historiografía y de la política actuales. Resulta muy duro para un ciudadano occidental tener que aceptar que la historia no “progresa”, mas gracias a la “crisis económica” estamos en condiciones de empezar a darnos cuenta de que esa podría ser precisamente la realidad. Realidad que, tal vez, comenzara a forjarse en Stalingrado. Conviene añadir que las víctimas del comunismo fueron acusadas de fascistas. En este punto, la manipulación, el auténtico lavado de cerebro al que hemos sido sometidos los europeos por la propaganda sionista queda en evidencia hasta para el más lerdo. Europa está pagando en estos momentos las últimas consecuencias de semejante construcción ideológica.
La verdad: cuestión filosófica de fondo
Evidentemente, tras la cuestión del genocidio se esconde el meollo filosófico de un enfrentamiento entre el fascismo y el binomio capitalismo/comunismo que va mucho más allá.  Aunque ya nos hemos referido a este tema en otras entradas, y encima de forma nada anecdótica, quizá convenga resumir aquí el fondo del asunto.
La cantinela hipócrita de los seis millones y de las cámaras de gas, que no se nutre sólo del filón numérico sino del aspecto “cualitativo” del exterminio (industrias de la muerte, etc), ha sido alegada como argumento narrativo para justificar la diabolización del régimen nacionalsocialista. Se trata de una imagen fácil que puede utilizarse tanto en la propaganda de masas cuanto en sesudos estudios académicos de historia contemporánea y antropología cultural. En realidad, el problema es otro. Si nuestros antifascistas fueran santones de los derechos humanos no habrían perpetrado, consentido u ocultado, hasta el día de hoy, crímenes de masas iguales o incluso mucho peores que los de sus adversarios fascistas.Y en cuanto al aspecto tecnológico del asesinato de civiles, nada hubo más sofisticado que la bomba de Hiroshima.
Por una parte, se pretende que el fascismo en general carecía de ideología, era puro oportunismo táctico para la conquista y acrecentamiento del poder. Incluso historiadores antifascistas que osaron cuestionar este dogma han sido insultados, es el caso del italiano Emilio Gentile (a él nos referiremos en otra entrada). En la actualidad, la existencia de una doctrina, de unos valores, de unos “ideales” fascistas, es empero admitida ya -a regañadientes- por los académicos del sistema. Un segundo dogma es que el fascismo (y usamos aquí el término en un sentido genérico, planteamiento también discutible o, al menos, sujeto a importantes matizaciones) pertenece a la extrema derecha, a la “reacción” frente al “progreso”. En suma, que el fascismo propugna un retorno al pasado anterior a la Revolución Francesa, ignorándose con ello de fenómenos culturales tan importantes como el futurismo. Por no hablar de Nietzsche, fuente filosófica del ideario fascista.

Me-262, el pionero avión a reacción alemán: modernidad fascista.

Ya Payne establece distinciones entre derecha radical, derecha conservadora y fascismo (revolucionario), pero quizá la última aportación para la demolición del segundo dogma es la obra de Roger Griffin “Modernismo y fascismo” (2010, versión inglesa original del 2007). Puede afirmarse, así, sin temor a incurrir en desvarío, que el fascismo constituye una alternativa moderna a la modernidad burguesa cristiano-secularizada, comunista o liberal. La diferencia que opone a ambas “modernidades” es una cuestión de valores, o sea, filosófica. Mientras la modernidad burguesa, de la que depende también el comunismo en el concepto axiológico, apela a la felicidad y a un “progreso” que conduce al “paraíso social” (en sus distintas versiones), el valor fundamental del fascismo será la verdad. La opción fascista era coherente con un elemento crucial de la modernidad, a saber, la ciencia, de suerte que el nacionalsocialismo se erigió como alternativa potencialmente exitosa de civilizacion frente a sus rivales hedonistas. La modernidad progresista, comunista y capitalista, tenía que aliarse así a escala planetaria, por un imperativo ideológico y casi de supervivencia, para destruir, en su germen, la construcción de un imperio alemán que habría operado como centro político de una cultura europea unificada y opuesta tanto a Occidente como a la Unión Soviética.
De todo lo dicho no se puede desprender que la alternativa fascista fuera “válida”, sin más. El fascismo niega el progreso como avance hacia una felicidad colectica definitiva, no el desarrollo tecnológico, ciertamente, pero el fascismo alemán, por ejemplo, al cuestionar, con razón, el mito burgués de la unidad del género humano en nombre de la ciencia biológica, preparaba el terreno para legitimar y reintroducir en la historia instituciones como la esclavitud (de determinadas razas). De hecho, el fascismo adolecía de una contradicción fundamental en el corazón mismo de las ideas que le proporcionaron su arrolladora fuerza inicial. En el caso de que el fascismo fuese una ideología plenamente vigente, nosotros nos proclamaríamos fascistas sin dudarlo ni un momento, pero la crítica del antifascismo lo es también de su ceguera para captar honestamente la realidad del fascismo, que incluye la evidencia palmaria de dicha contradicción interna. No nos referiremos a ella en esta entrada, sino en otra que estamos preparando sobre “La esencia del fascismo”. La crítica del antifascismo no sólo nos permite de este modo superar la ideología oligárquica imperante, sino el propio fascismo como figura transitoria de una modernidad antiburguesa que anhelamos y que cada vez será más necesario clarificar en sus fundamentos últimos. El camino sigue siendo la alternativa moderna al capitalismo (lo único que queda de la modernidad burguesa tras el colapso del comunismo) y apunta a la verdad como valor ético, que el fascismo quiso hacer suyo. Es menester trascender, por una cuestión ideológica y filosófica intrínseca y no por el puro oportunismo de eludir la dura estigmatización que comporta declararse abiertamente “fascista”, el modelo de modernidad antiburguesa acuñado por el fascismo y el nacionalsocialismo. La clave de esta problemática se encuentra en la filosofía y, en concreto, en la obra de Heidegger. A ello estamos dedicando nuestro esfuerzo.  Qué duda cabe, el enemigo seguirá calificándonos de “fascistas”. No vamos a eludir el peso de esta inevitable carga.
Jaume Farrerons
23 de mayo de 2012

http://nacional-revolucionario.blogspot.com.es/2011/03/la-frase-de-zinoviev.html
http://nacional-revolucionario.blogspot.com.es/2011/04/la-frase-de-zinoviev-2.html
Este post ha sido censurado en el foro “La Burbuja Inmobiliaria”.

Etiquetas: , , , , , ,

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: