la sexualidad en la Hélade (IV)

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la sexualidad en la Hélade (IV)

Posted on 15 15UTC enero 15UTC 2012by

LAS LEYES Y LA MORALIDAD EN GRECIA

p. 048:

Gea (o Gaya) era la equivalente griega de la Terra (o Tellus) romana y la Erda germánica, y consorte de Urano, el gran progenitor celeste. Se la relacionaba con el matrimonio, los embarazos y la fertilidad de las mujeres. Seguramente Luciano de Samóstata se refiere a ella cuando habla de una “madre primordial”.

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p. 041:

En este apartado veremos una serie de citas que atestiguan una clara hofobia, certificando que hubo Estados griegos, y de los más importantes, que prohibieron la hoxualidad con penas durísimas, y que en tal caso, mal se puede hablar de que la hoxualidad estaba “comúnmente aceptada”, que constituía una “institución social” o que Grecia era una inmensa barriada gay [galli], que es lo que nos hacen creer hoy en día el Sistema Educativo y los Medios de Comunicación.

En su “Contra Timarco”, el orador Esquines (389-314 AEC) nos relata las famosas Leyes de Solón, entre las cuales hay una que nos interesa por su hofobia:

Si algún ateniense tiene etairese [compañía del mismo sexo], no se le permitirá:

-convertirse en uno de los nueve arcontes

– desempeñar el trabajo de sacerdote

– actuar como magistrado del Estado

– desempeñar cargo público alguno, ni en el hogar ni en el extranjero, ya sea por elección o por sorteo

– ser mandado como heraldo

– tomar parte en debates

– estar presente en los sacrificios públicos

– entrar en los límites de un espacio que ha sido purificado para la congregación del Pueblo

– si alguien que se ha involucrado en actividades sexuales ilegales como las descritas, o ejerce una de estas actividades, será ejecutado.

El discurso de Esquines toma tintes cada vez más “ultraderechistas” cuando invita a los jueces a recordar a sus antepasados atenienses, “severos hacia toda conducta vergonzosa”, y que consideraban “preciada” la “pureza de sus hijos y sus conciudadanos”. Asimismo, elogia las radicales medidas espartanas contra la hoxualidad, mencionando el dicho según el cual “es bueno imitar la virtud, aunque sea en un extranjero”.

Como se ve, esta ley de la “progresista” y “avanzada” democracia ateniense, hoy en día sería calificada de “homófoba” y “fascista”, (…): incluso Atenas, acaso el Estado griego más “liberal”, sólo permitía votar exclusivamente a los ciudadanos, es decir, a varones mayores de edad descendientes de las familias autóctonas, que hubiesen superado durísimas pruebas físicas (estamos hablando de proezas deportivas que hoy no cumpliría ni el 1% de la población) y que estuviesen dispuestos a salvaguardar la integridad de la polis ateniense con sus armas y con su sangre.

Por su parte, Demóstenes (384-322 AEC), un político y orador ateniense, enumera alguna medida hófoba similar en su “Contra Androcio” (30), cuando especifica que quienes hayan tomado parte en actos de “sodomía” “no tendrán el derecho a hablar [en público] ni a presentar un caso ante un juzgado”.

La conclusión derivada inevitablemente de estas citas es que a los hoxuales atenienses que eran reconocidos, se les privaba de asistir a eventos políticos, culturales, religiosos o populares de cualquier tipo, y se convertían en ciudadanos de segunda (metoikos).

El caso de Platón (427-347 AEC) me hace bastante gracia, por un lado porque siempre elogia las medidas espartanas (que, como veremos, eran hófobas, autoritarias y “fascistas”) y, por otro, porque está todo el tiempo hablando sobre la importancia de la “continencia”, la “abstinencia”, la “moderación”, el “autodominio” y la mesura; hasta tal punto otorga importancia al control de los instintos y del placer, que cualquiera hoy en día lo consideraría un “rancio” de la vida, y que aun se sigue considerando al “amor platónico” como un amor idílico, desprovisto de carácter sexual ―como podría serlo, por ejemplo, el expresado por el poeta renacentista Petrarca hacia una etérea “amada” que no parece de este mundo, o el que sentía Hitler hacia una joven llamada Estefanía, estando en Linz: se trataba de un amor ascético y ritual, que catalizaba la excelencia del espíritu y que no necesariamente coincidía con el amor físico.

Entrando ya en materia, abrimos las “Leyes” de Platón para encontrarnos con esto:

Cuando el varón se une con la mujer para procrear, el placer experimentado se supone debido a la Naturaleza [kata physin], pero es contrario a la Naturaleza [para physin] cuando un varón se aparea con un varón, o una mujer con una mujer, y aquellos culpables de tales enormidades están impulsados por su esclavitud al placer. Todos censuramos a los cretenses por haber inventado el mito de Ganímedes. (636c).

Más adelante, el anciano ateniense da dos posibles opciones para una legislación en sentido sexual:

Podríamos forzar una de dos en las prácticas amatorias: o que nadie ose tocar ninguna persona nacida de los nobles y libres excepto el marido a su propia esposa, ni a sembrar ninguna semilla profana o bastarda en concubinato, ni, contra la Naturaleza, semilla estéril en varones ―o deberíamos extirpar totalmente el amor por varones. (841ce).

En “Fedro”, Platón habla sobre cómo los hosexuales deben temer que se les descubra, cosa que no sería lo normal en una sociedad donde la hoxualidad es una “institución social”, como declaran los ilusos autores hoxuales que hemos visto:

Tenéis miedo de la opinión pública, y teméis que si la gente se entera [de vuestro asunto amoroso], seréis repudiados. (231e).

Otra traducción reza:

Temes a la costumbre imperante, según la cual, si la gente se entera, caería sobre ti la infamia.

Por su parte, Plutarco, un autor ya posterior (46-120 EC), contrasta en su “Erótica” la unión “natural” entre hombre y mujer con la “unión con hombres, contraria a la Naturaleza”, y unas líneas después dice de nuevo que quienes “cohabitan con hombres” lo hacen para physin, es decir, contra la Naturaleza (751ce).

Otro escritor ya de la época romana, Luciano de Samóstata (125-181 EC), en su obra “Erotes” (“Amores”), tiene numerosas perlas hófobas, entre las que se pueden destacar algunas, aunque lo recomendable es leer la obra entera, que es un debate entre el amor por varones y el amor por mujeres, en el que el autor se posiciona claramente a favor del “divino Platón” y de la opción “heterosexual“[ortosexual]:

Puesto que una cosa no puede nacer de una sola fuente, a cada especie ella [la “Madre Primordial“] la ha dotado de dos géneros, el macho, a quien ha dado el principio de la semilla, y la hembra, a la que ha moldeado como recipiente para dicha semilla. Ella los junta por medio del deseo, y une a ambos de acuerdo con la saludable necesidad, para que, permaneciendo en sus límites naturales, la mujer no pretenda haberse convertido en hombre, ni el hombre devenga indecentemente afeminado. Es así como las uniones de hombres con mujeres han perpetuado la raza humana hasta el día de hoy… (19).

En el principio, cuando los hombres vivían imbuidos con sentimientos dignos de héroes, honraban aquella virtud que nos hace semejantes a los dioses; obedecían las leyes fijadas por la Naturaleza y, juntándose con una mujer de edad apropiada, padreaban niños virtuosos.

Pero poco a poco la raza cayó desde esas alturas al abismo de la lujuria, y buscó placer por caminos nuevos y errantes. Finalmente, la concupiscencia, atravesando todas las barreras, transgredió las mismísimas leyes de la Naturaleza. Más aun, el primer hombre que miró a su semejante como si de una mujer se tratase, ¿podría haber sino recurrido a la violencia tiránica, o al engaño? Dos seres del mismo sexo se encontraron en una cama; cuando miraron el uno al otro, ninguno de los dos se sonrojó por lo que uno hizo al otro, o por lo que había sufrido que le hicieran. Sembrando su semilla (como dice el dicho) sobre rocas estériles, trocaron un ligero placer por una gran desgracia. (20).

Podríamos continuar diciendo que en no pocas comedias teatrales (como por ejemplo Aristófanes) se utiliza un lenguaje extremadamente soez para despreciar a los hoxuales, especialmente a los que toman el papel pasivo del kataproktos. Si la hoxualidad era una práctica “estándar” griega, esto implicaría que el comediante estaría burlándose de la peor manera de todo su público masculino.

Sin embargo, toda la hofobia que hemos visto en este apartado palidece ante las leyes de la que era, con diferencia, la más hófoba y religiosa de todas las polis griegas: Esparta.

ESPARTA

Las disposiciones espartanas sobre los placeres me parecen ser las más bellas existentes entre los hombres.

(Megilo, en las “Leyes” de Platón, 637a).

El caso de Esparta es particularmente sangrante, porque existiendo evidencias sólidas de hofobia, algunos autores hoxuales han pretendido obviarlas para ver si colaba y, confiando ciegamente en la incultura de sus lectores, vendernos a Esparta como otro paraíso hoxual. Vayamos al grano, y para ello, saquemos un fragmento del Capítulo 14 de mi libro “Esparta y su Ley“:

El ritmo de vida que llevaba el varón espartano era de una intensidad como para matar a una manada de rinocerontes, y ni siquiera las mujeres de Esparta hubiesen podido soportarlo. Así pues, el mundo de la milicia espartana era en sí mismo todo un universo —un universo de hombres. Por otro lado, la intensa relación afectiva, el culto a la virilidad y la camaradería que se daba entre los componentes del binomio, entre maestro-alumno, en la falange de combate y en toda la sociedad —y que los débiles de nuestros tiempos no entienden ni podrán entender jamás—, sirvió para alimentar en nuestros días el falso mito de la hoxualidad. Y esto a pesar de que los componentes del binomio eran considerados hermanos, pues a cada espartano le habían inculcado que cada varón de su generación era hermano suyo.

Sobre esto, escribió Jenofonte:

Si alguien, siendo un hombre honesto, admiraba el alma de un muchacho e intentaba hacer de él un amigo ideal sin reproche y asociarse con él, aprobaba, y creía en la excelencia de este tipo de entrenamiento. Pero si estaba claro que el motivo de la atracción era la belleza exterior del muchacho, prohibía la conexión como una abominación, y así erastes y eromenos [1] se abstenían de los muchachos no menos de lo que los padres se abstienen de relaciones carnales con sus hijos, o hermanos y hermanas entre ellos. (“Constitución de los lacedemonios”, II, 13). >>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>> pág. 104 (NOTAS)

Aquí hemos visto que tal relación entre hombre y adolescente en Esparta era del tipo maestro-alumno, fundada en el respeto y la admiración, y constituía un entrenamiento, un modo de aprender, una instrucción a su manera. La sacralidad de la relación maestro-alumno o instructor-aspirante, ha sido impugnada por el Sistema desde hace tiempo, igual que la camaradería. Y sin embargo, ambos tipos de relaciones son el fundamento de la unidad de los ejércitos. Hoy en día, los niños crecen a la sombra de la influencia femenina de las maestras, incluso hasta la adolescencia. Es difícil saber hasta qué punto la falta de influencia masculina limita sus voluntades y sus ambiciones, convirtiéndoles en seres mansos, maleables y manipulables, que es lo que al Sistema le conviene.

Otros hablaron sobre la institución espartana del amor de maestro a discípulo, pero siempre dejaron claro que este amor era “casto”. El romano Aelio dijo que si dos hombres espartanos “sucumbían a la tentación y se permitían relaciones carnales, debían redimir la afrenta al honor de Esparta yéndose al exilio o acabando sus propias vidas”. Lo cual significaba básicamente que la pena por hoxualidad en Esparta era la muerte o el exilio (considerado en aquellos tiempos peor que la misma muerte).

Tenemos otra muestra del carácter platónico de las relaciones maestro-alumno en Esparta en las “Disertaciones” de Máximo de Tiro (en torno a 180 EC), en las que escribe que “Cualquier varón espartano que admira a un muchacho laconio, lo admira únicamente como admiraría una estatua muy hermosa. Pues placeres carnales de este tipo son acarreados sobre ellos por Hubris y están prohibidos” (20e). Hubris o Hybris se consideraba un estado del alma o un demonio que precipitaba al hombre mortal hacia la soberbia, la prepotencia y la ignorancia para con los dioses y sus leyes, incitándole a cometer actos sacrílegos que atentan contra el orden natural sagrado. El mito de Layo y Edipo que vimos más arriba es quizás el ejemplo perfecto de “Hubris absoluto” (violar al hijo de un rey anfitrión, matar al padre, tener hijos con la madre) y de la relación kármica de este concepto de “pecado” o sacrilegio con Aidós y Némesis.

p. 052:

A pesar de cuanto hemos visto aquí, en la sacrosanta y santosacra Güiquipedia hay toda una sección dedicada a la pefilia en Esparta, y lo cómico del asunto es que los escritores (quienes son pro-péfilos ellos mismos y deberían ser encarcelados por promover y justificar semejante perversión) no dan jamás pruebas evidentes de la presunta hoxualidad existente en la leyes y en la moralidad de Grecia (como acabo de dar yo pruebas evidentes de la hofobia allí existentes) ni mencionan fuentes originales (es más, las evitan a toda costa), sino que se dedican a deleitar su imaginación mediante la simple especulación barata, escribiendo verdaderas burradas sin parar, e “imaginándose” señales de hoxualidad donde cualquier persona sana y normal sólo ve amistad, camaradería, afecto y sí: amor, amantes y amados ―pero en ningún caso amor carnal.

Pág. 054:

SUPUESTAS PAREJAS “hoxuales” Y EJEMPLOS EN LA MITOLOGÍA E HISTORIA DE GRECIA

La mitología no hay que tomarla al pie de la letra porque no es “historia” propiamente dicha, pero lo que sí hay que hacer es concederle la importancia que se merece, porque en ella vienen plasmadas las creencias, la mentalidad y el bagaje de valores de toda una civilización, y nos ofrece la clave de su psicología, de sus ideales y de sus sentimientos, es decir, de lo que realmente movía a aquellos individuos de antaño.

Si los antuguos griegos eran supuestamente hoxuales, quiero pruebas además de las paranoias de unos autores hoxuales que escribieron bajo los efectos de la marihuana en plena época hippie. Y es que el caso de los gays [gallis] modernos, que abren un libro de historia y ven gays [gallis]hasta en las páginas en blanco, me recuerda bastante a los afrocentristas y supremacistas negros, que ven “civilizaciones negras” hasta en el Antiguo Egipto. Tales afirmaciones sólo pueden prosperar en un entorno ignorante. Pero remontándose a las fuentes literarias originales, cualquiera puede auto-liberarse de su ignorancia e inseguridad en este tema ―y de tener que creerse a pies juntillas lo que escriba algún hoxual americano en su apartamento neoyorkino sembrado de consoladores, grilletes, tubos de vaselina y material “sadomaso“.

Aquiles y Patroclo

Aquiles y Patroclo acaso son la supuesta pareja hoxual más conocida del mundo griego. Según las presiones del “lobby gay” americano, estos dos hombres eran amantes hoxuales, y por tanto, sin ningún tipo de duda, se acostaban juntos y practicaban el noble, puro y respetable arte del “cola-cao“.

Pues bien: una vez más creo que lo mejor será, como personas letradas y preocupadas que somos, comprobarlo de primera mano, remontándonos a las siempre verídicas y siempre respetables fuentes originales, escritas no por los mencionados marikas de Nueva York, sino por los griegos de la Antigüedad. ¿Y qué mejor fuente que la mismísima “Ilíada” donde se narra la cólera de Aquiles contra Agamenón, por haberle robado éste a Briseida, su esclava favorita (cólera poco propia de un hoxual, ciertamente)? Veamos pues, sin más dilación, qué tiene que decirnos la “Ilíada” acerca de la “homosexualidad” [según el citado lobby] de Aquiles y Patroclo. Señores, nos vamos al Canto IX de susodicha obra.

Aquiles durmió en lo más retirado de la sólida tienda con una mujer que trajera de Lesbos: con Diomeda, hija de Forbante, la de hermosas mejillas. Y Patroclo se acostó junto a la pared opuesta, teniendo a su lado a Ifis, la de bella cintura, que le regalara Aquiles al tomar la excelsa Esciro, ciudad de Enieo. (657-668).

Después de leer “estas aladas palabras”, nosotros, “con torva faz”, les preguntamos a todos los que defienden la supuesta hoxualidad de Aquiles y Patroclo sin más prueba que sus propios delirios de locuela de carnaval: ¿dónde, oh dónde, veis hoxualidad, almas cándidas? Si Aquiles y Patroclo eran amantes, ¿por qué se acuestan cada uno en el lado opuesto de la tienda… con una mujer cada uno? ¿Es que no deberían acostarse uno con el otro, entre ellos? ¿Dónde veis que el “amor” de Aquiles y Patroclo sea algo sexual, más allá de una intensa amistad o amor platónico entre hermanos de armas?

Eso por no mencionar que el comportamiento de Aquiles en toda la saga de Troya es, hablando en plata, de Macho Alfa al cuadrado. Se precia de haber tomado, arrasado y saqueado numerosas ciudades, de matar a infinidad de hombres y de esclavizar y poseer a sus mujeres y a sus hijas. Monta en cólera cuando Agamenón se apropia de Briseida, su esclava favorita, y cuando los aqueos quieren que Aquiles vuelva a la lucha, no le tientan con jóvenes efebos (cosa que sería lo normal para un hombre que “se casa para procrear pero se lía con hombres para divertirse”, como reclaman los hoxuales), sino con infinidad de esclavas hermosas, vírgenes y “expertas en intachables labores”, además de otra serie de presentes materiales de gran valor que no vienen al caso. Patroclo, mayor que él, y más prudente que él, es meramente su maestro y su iniciador además de su amigo, y la actitud que tiene con Aquiles es como la de un hermano mayor. La intensidad de las aventuras vividas en torno a la guerra había forjado entre ellos un vínculo de camaradería y amistad especialmente intenso, cosa que queda muy clara cuando, a la muerte de Patroclo a manos del héroe troyano Héctor, Aquiles se hunde en la más tremenda desesperación. Se alega que la reacción de Aquiles es demasiado fuerte como para que se tratase de una relación de mera hermandad, pero más adelante en la “Ilíada”, el rey Príamo coge tan tremenda aflicción cuando su hijo Héctor cae bajo la lanza de Aquiles, que se revuelca en los excrementos de los animales, cosa que demuestra cómo para los griegos el amor erótico nada tenía que ver con la desesperación por la pérdida de un ser querido.

Creo, en fin, que el ejemplo de Aquiles y Patroclo representa muy bien la imbecilidad generalizada en nuestra sociedad, y cómo los “medios de comunicación” y el lobby gay de Estados Unidos le toman el pelo descaradamente a la inculta y mal informada opinión pública occidental, abusando de ella mediante la sencilla, despreciable, antigua, detestable y deleznable práctica de la mentira.

Zeus y Ganímedes

Según ciertos círculos, Zeus y Ganímedes son otra de las “parejas hoxuales por excelencia” del panorama olímpico. Veamos el mito detenidamente.

Ganímedes era un príncipe troyano que, recién salido de la adolescencia, vivía una transitoria etapa de cazador-recolector en un entorno salvaje, cosa común en la Grecia tradicional (Esparta también tenía esta costumbre) como ritual de tránsito para marcar la llegada de la hombría. Impresionado por su porte, Zeus se convierte en águila y lo rapta en el monte Ida, llevándolo al Olimpo para ser el copero de los dioses.

¿Qué significa “copero”? ¿Stripper? ¿Gogó? ¿Travelo a domicilio acaso? ¿Gigoló ambulante quizás? ¿Locuela de carnaval, tal vez?

No.

“Copero”, como su propio nombre apropiadamente indica, significa el que sirve las copas. Y sólo a un iluso se le podría ocurrir que los dioses y diosas hubieran querido que un feo les repartiese el néctar. Que los dioses buscasen a un “camarero” lo más físicamente bello es bastante comprensible, ya que no eran los dueños de un tugurio barato, sino los reyes supremos del mismísimo Olimpo, y debemos recordar que, de todos los pueblos habidos, los griegos fueron con diferencia los que le concedían mayor importancia a la belleza física, relacionándola inevitablemente con la divinidad ―por lo cual el joven más bello del mundo debía, por fuerza, ascender a la patria de los dioses y ser inmortal a su lado como uno más. [2]>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>pág 104 (NOTAS)

Lo que pretendo dejar claro con esto es que los autores que le colocan rápidamente la etiqueta de hoxual al mito de Ganímedes desde su apartamento urbano sofisticado y del Siglo XXI, están incurriendo en un error garrafal: juzgar un mito que tiene milenios de antigüedad siquiendo patrones psicológicos de la mentalidad moderna.

Veamos, por si acaso, qué dice Homero al respecto de Ganímedes:

… y éste dio el ser a tres hijos irreprensibles: Ilo, Asáraco y el deiforme Ganímedes, el más hermoso de los hombres, a quien arrebataron los dioses a causa de su belleza para que escanciara el néctar a Zeus y viviera con los inmortales. (“Ilíada”)

Así, el prudente Zeus robó al rubio Ganímedes por su belleza, para que estuviera entre los inmortales y en la morada de Zeus escanciara a los dioses, ¡cosa admirable de ver! Ahora, honrado por los inmortales, saca el dulce néctar de una cratera de oro. (“Himno a Afrodita”).

Que levante la mano el que, en vez de leer “escanciar néctar” y “sacar néctar de una crátera de oro”, haya leído “poner el culo en pompa y untarse de vaselina para dejarse porculizar por todo el Olimpo”. ¿Dónde, pues, están las señales de hoxualidad en este mito? En la mente de quienes se lo inventaron de la nada, y de quienes se han tragado la mentira a pies juntillas y sin hacer preguntas. Repito: Zeus lo hace copero, es decir, quien sirve las copas. Yo no he visto en el mito que Zeus cohabitase con él carnalmente ni una sola vez, ni que lo viole, ni que le acose, ni que se le caiga el jabón, ni que le ordene agarrarse los tobillos o subirse los calcetines, ni que lo mande rezar cara a La Meca, ni absolutamente nada por el estilo.

Los habrá que contesten, para justificarse o para darse importancia, que las señales están “ocultas” y “en clave simbólica”. Es bien sabido que a los hoxuales les encanta la ambigüedad, puesto que enciende su imaginación ―pero la realidad es que la mitología griega es bien explícita cuando habla de estos temas: suele hablarse de “poseer”, “subir al lecho”, “unirse en el amor”, etc., y cuando hay alguna duda, el hecho de que se hayan engendrado hijos la despeja de modo definitivo. En esta leyenda, como en tantos otros supuestos “mitos hoxuales” no tenemos absolutamente nada por el estilo. ¿Por qué iban los autores de tales mitos a cubrirlos de ambigüedad, y más si procedían de una sociedad en la que la hoxualidad “se aceptaba y se daba por hecho”? La respuesta es que la hoxualidad pefílica está sólo en la imaginación de algunos de los hoxuales que han leído tales mitos, y que, subvencionados por el sistema oficial y apoyados incondicionalmente por su ejército de críticos literarios neoyorkinos, se han dedicado a difundirlo de un modo tan virulento que ahora cualquier persona sin criterio propio lo toma como una verdad.

Pues bien: debido a esto, y a pesar de la apabullante falta de evidencia de que Zeus en cualquier momento practicara “sexo anal” con Ganímedes, una búsqueda rápida en el Gúguel [es decir, Google] revelará docenas de páginas que hablan de “homosexualidad”, “mito pederástico”, etc. Asimismo, cualquiera que entre en la Güiquipedia [Wikipedia] verá cómo algún hoxual se ha sacado de la chistera que Ganímedes “fue hecho amante de Zeus”, sin más evidencia para ello que sus propias suposiciones, influenciadas inevitablemente por su orientación sexual minoritaria y su deseo de dar legitimidad histórica a algo que nunca la tuvo.

Por lo demás, y como veremos enseguida, Zeus es un dios que rapta, viola, se enrolla, etc., con docenas, por no decir cientos y miles de diosas y mujeres mortales, (en la “Iliada” casi da la sensación de que hay pocos soldados, reyes y héroes que no desciendan de él) tras convertirse en toro, cisne, lluvia, rayo de sol, etc. En cada caso, acarrea los celos y la ira de Hera, su esposa, diosa del matrimonio monogámico que parece estar en conflicto con los insaciables impulsos poligámicos del omnipotente padre celeste procreador, cuyo comportamiento puede describirse quizás como “extremadamente heterosexual”[ortosexual] o “de Macho Alfa”.

Apolo y Jacinto

En la mitología griega, Jacinto era un bello y fuerte príncipe espartano al que el dios Apolo había tomado bajo su protección para enseñarle a convertirse en un hombre. Según Filóstrato, Apolo enseñó a Jacinto a tirar con arco, a tocar la lira, a moverse y sobrevivir en bosques y montañas, y a destacar en las diversas disciplinas deportivas y gimnásticas, con lo cual queda claro su papel de maestro e iniciador, no sólo de Jacinto, sino de toda Esparta, ya que Jacinto fue transmitiendo a su vez los conocimientos adquiridos del dios a sus compatriotas. Durante una de estas prácticas, el dios y el muchacho estaban turnándose en lanzamiento de disco. En un momento dado, Apolo lo lanzó y Jacinto, para impresionarlo, intentó atraparlo, pero al caer del cielo, el disco rebotó contra el suelo, lo alcanzó en la cabeza y lo mató. Apolo, afligido, no permitió que Hades reclamase al muchacho, y con su sangre, creó la flor del jacinto.

¿Alguien ha visto hoxualidad explícita en el mito? ¿Hay alguna intervención de Eros o de Cupido? Pregunto, ¿hay alguna cosa que sugiera que entre Jacinto y Apolo mediaba otra cosa que el amor que puedan profesarse dos buenos hermanos o compañeros de fatigas? Quien tenga alguna prueba que aportar, que hable ahora o calle para siempre. Después de leer lo que tienen que decir al respecto de Jacinto autores como Heródoto (“Historias”), Pausanias (“Descripción de Grecia”), Luciano (“Diálogos de los dioses”), Filóstrato (“Imágenes”) y algunos otros, no he encontrado absolutamente nada que dé a entender amor erótico, sino una profunda amistad de maestro-discípulo.

Pues bien, para una mente hoxual, el mito de Jacinto no sólo demuestra irrefutablemente hoxualidad perástica y relaciones sexuales anales, sino que demuestra también que toda Esparta practicaba la pefilia hoxual… ¡sólo porque la festividad de Jacinto era importante en Esparta! [3] Como ya hemos visto, Esparta estaba lejos de ser un paraíso del “arco iris” y, además, el comportamiento de Apolo en la mitología griega es sin duda “poco gay” [galli] (entre otras cosas, es el dios que maldice al kinaidos Layo a instancias de Pélope), como veremos más adelante. >>>>>>>>>>>>>>>>>>>pág. 104 (NOTAS)

Una versión alternativa explica que Céfiro, el viento del Oeste, bajó desde el Taigeto (el monte desde el cual los espartanos practicaban su eugenesia arrojando al vacío a todos los bebés que no eran sanos y fuertes) y desvió el disco por celos hacia Jacinto. Sin embargo, una vez más, no encontramos connotaciones eróticas por ningún sitio, como sí las encontramos en las relaciones entre Céfiro y la diosa Iris, de cuya unión nació precisamente Eros (según Alceo).

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“Apolo y Dafne”, de Arno Brekker. Según la mitología griega, Apolo presumió en una ocasión de ser mejor arquero que Cupido (el famoso “angelito” que hiere a los mortales con el flechazo del amor a primera vista). Como venganza, Cupido le disparó a Apolo un dardo que lo llenó de amor hacia una ninfa de los árboles llamada Dafne. Pero a ella la hirió con una flecha de punta de plomo, que le provocó desprecio y una profunda repugnancia hacia el dios. Apolo, desesperado, la persiguió (conducta acaso poco propia de un hoxual), mientras que Dafne huyó despavorida. Implorando la ayuda de un dios, Dafne se convirtió en laurel en el mismo instante en el que Apolo la alcanzaba. Aunque algunos hoxuales acorralados dirán que se trata de una parábola sobre el “desencanto para con el sexo opuesto”, la realidad es que Apolo abrazó el árbol y, llorando, dijo “Dafne, mi primer amor”, desde lo cual el laurel fue sagrado para él.

El caso de Alejandro Magno

Alejandro Magno es una figura manipulada hasta extremos inverosímiles. Los judíos metiendo las narices para reclamar que se postró en el Templo de Salomón, la ex-república yugoslava de Macedonia diciendo que era eslavo y ahora los hoxuales reclamándolo como uno de los suyos. Por ello no es de extrañar que cuando salió la película Alejandro Magno en el 2004, un grupo de 25 abogados griegos amenazaran con denunciar a la Warner Bross y a Oliver Stone (el director de la película, hijo de un agente de bolsa judío de Nueva York) por distorsionar la historia a su conveniencia. En Grecia, la película estuvo en taquilla sólo 4 días y fue un completo fracaso comercial.

Antes que nada, es preciso recordar que los hechos sobre Alejandro Magno que han llegado hasta nuestros días, fueron escritos siglos después de muerto, y que por ello han de ser leídos con cautela. Sin embargo, como siempre, tenemos suficientes evidencias como para no tener que tragarnos lo que el hijo de un capitalista judío neoyorkino nos diga sobre un emperador macedonio . Así, todas las fuentes coinciden en describir a Alejandro Magno como un hombre muy contenido sexualmente, y en modo alguno promiscuo. De hecho, Plutarco (“Vida de Alejandro”) nos explica cómo Alejandro se ofende cuando un comerciante le ofrece dos muchachos jóvenes:

Escribióle en una ocasión Filóxeno, general de la armada naval, hallarse a sus órdenes un tarentino llamado Teodoro, que tenía de venta dos mozuelos de una belleza sobresaliente, preguntándole si los compraría. Alejandro se ofendió tanto ante la proposición, que exclamó muchas veces ante sus amigos en tono de pregunta: “¿Qué puede haber visto en mí Filóxeno de indecente y deshonesto para hacerse corredor de semejante mercadería?” E inmediatamente le respondió, con muchas injurias, que mandase al mercader tarentino al diablo, y su mercancía con él. Del mismo modo arremetió con severidad contra un joven llamado Hagnón, que le había escrito que quería comprar un muchacho llamado Cróbulo, famoso en la ciudad de Corinto por su belleza. (Plutarco, “Vida de Alejandro”, XXII).

En cuanto a su supuesto “lío” con su amigo Hefestión, de nuevo, absolutamente ninguna evidencia para suponer que los amigos de la infancia eran una pareja “sodomita“, y de hecho no existe historiador serio que afirme rotundamente que eran amantes, porque no hay dato alguno que lo sugiera y sería de lo más imprudente. Es más, de regreso en Susa, capital del Imperio persa, Alejandro dio a Hefestión por esposa a la princesa Dripetis, y él mismo desposó a Estatira, la hija mayor de Darío y hermana de Dripetis. También mantuvo relaciones con Barsine (quien le dio un hijo, Heracles) y con Roxana (“la mujer más bella de Asia”), quien le dio un hijo póstumo, Alejandro.

En cuanto al famoso beso al eunuco Bagoas, que a menudo es citado como si eso constituyese una prueba de hoxualidad, de nuevo, nos encontramos con lo que pasa cuando se juzga una costumbre antigua con una vara de medir moderna: malentendido asegurado.

Plutarco nos describe cómo Bagoas ganó un concurso de danza y baile, y cómo las tropas macedonias aclamaron pidiendo que Alejandro besase al muchacho (en la mejilla, nada que ver con el morreo hollywoodiense que nos quieren vender), a lo que el emperador accedió. Para empezar, hay que dejar claro que este incidente tuvo lugar tras cruzar el desierto de Gedrosia, y que todos los presentes en la ceremonia, Bagoas incluido, eran supervivientes de esa marcha, con lo cual resulta normal esperar que los soldados pidiesen una señal de respeto hacia el muchacho cuando éste ganó el concurso. Pero lo más importante es el significado del beso. A lo largo y ancho del mundo, y ya no digamos a lo largo de la Historia, los besos han tenido significados de diversa índole. En Japón tradicionalmente el beso sólo era cosa de madre a hijo, mientras que en Occidente, el beso ha tenido connotaciones ceremoniales y públicas como saludo o como señal de respeto, por ejemplo, en Roma (besos en manos, mejilla o labios) o en el primer cristianismo, en el que los fieles se besaban en la mejilla. En la antigua Persia, donde se encontraba Alejandro Magno, los hombres de rango similar se daban un beso en los labios, mientras que si había una diferencia de rango, el beso era en la mejilla. Sencillamente, lo que para nuestro contexto social es una mariconada, en el suyo no lo era, y una vez más, no podemos juzgar una costumbre antigua ni sacar conclusiones de ella (“eran hoxuales“) a base de razonar según los patrones psicológicos de una mentalidad moderna. Por lo demás, para sonsacar una relación sexual de un simple beso en la mejilla hay que echarle bastante fe, especialmente si es la única evidencia que se tiene.

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(Alejandro Magno)

Descansa en paz hasta que en Europa volvamos a necesitar mandos como tú.

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