BERLIN 1936

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http://www.abc.es/blogs/muro-berlin/public/post/30-secuencias-de-leni-riefenstahl-olympiastadion-y-messe-2171.asp

Del blog Berlin a conciencia copio un reportaje sobre la Olimpiada de 1936:

30. SECUENCIAS DE LENI RIEFENSTAHL. Olympiastadion y Messe
De Emili J. Blasco (el 31/10/2009 a las 10:00:00, en XII. MÁS ALLÁ DE LA KU’DAMM)

A cámara lenta, el cuerpo desnudo y musculoso del discóbolo flexiona sus piernas, gira poco a poco sobre ellas y luego estira con fuerza su brazo derecho hacia un cielo cubierto de nubes, en un decorado pretendidamente mitológico. Es imposible pasear por los alrededores del Olympiastadion y no evocar esas estéticas secuencias de Leni Riefenstahl. La que simplistamente se ha conocido como la cineasta de Hitler legó unas imágenes de los Juegos Olímpicos de 1936 incontestablemente bellas, en las que los torsos de los atletas, sus esfuerzos y sus movimientos, la composición de las figuras y su relación con los elementos arquitectónicos, aportaron un nuevo lenguaje fílmico y elevaron el deporte a la categoría de arte cinematográfico. Un arte, eso sí, mezclado con la progaganda y el deseo de resaltar la fortaleza de la raza aria. En las dos partes de Olympia (Fiesta de los pueblos y Fiesta de la belleza, estrenadas en 1938) prima el tipo humano germánico, con siluetas generalmente recortadas en el cielo; se margina a los atletas alemanes de origen judío, autorizados a participar sólo para evitar un boicot norteamericano, y sobresale entre el público y los deportistas la persona de Hitler, ensalzada mediante la selección de planos. “El arte es libre, sin embargo debe habituarse a determinadas normas”, había proclamado Goebbels en su primera reunión con una prometedora industria cinematográfica alemana que pronto encarrilaría el exilio hacia Hollywood.

Las dos cintas de Olympia se pueden adquirir en los grandes almacenes culturales de Berlín, en cambio no suelen estar a disposición del público Victoria de la fe (1933) ni Triunfo de la voluntad (1934), que Riefenstahl produjo sobre las multitudinarias concentraciones del partido nazi en Núremberg. No figuran en las estanterías por las mismas razones que tampoco está el Mein Kampf de Hitler, censurado por las leyes que combaten la apología del nazismo. Es de suponer que puedan encontrarse en alguna trastienda, aunque yo no me esforcé en conseguirlo, pues mi interés periodístico por Riefenstahl no tenía nada que ver ni con ese compromiso entre sensibilidad artística y nazismo, ni con el pionero tratamiento de la luz que la cineasta demostró ya en su primer gran éxito, La luz azul (1932). El objeto de mis pesquisas era otro de sus filmes, Tiefland [Tierra baja], que Riefenstahl rodó en los primeros años cuarenta y sólo pudo estrenar en 1954. La directora tomó la historia y la música de una ópera del mismo título de Eugen d’Albert, cuyo libreto a su vez se basaba en la pieza dramática Terra baixa (1897) del catalán Àngel Guimerà. Por ello la acción transcurre supuestamente en España y para recrear su ambiente rural Riefenstahl visitó varias provincias españolas. Por casualidad di con la persona que le había hecho de traductor en algunas entrevistas desarrolladas en Madrid. A final, la película reproduce indumentarias y decorados que mezclan lo charro y lo andaluz. Lo polémico es que con el fin de encontrar tipos humanos hispánicos, Riefenstahl utilizó gitanos de un campo de concentración, lo que lastraría para siempre la película. En los noventa, Riefenstahl pudo exponer en Berlín su posterior producción fotográfica, con sus series sobre la tribu africana de los Nuba y sobre paisajes submarinos, pero no se llegó a reconciliar con la ciudad, pues nunca renegó de su filmografía. Murió en 2003 a los 101 años.

Supremacía aria en el deporte

Berlín organizó los Juegos Olímpicos de 1936 después de haberse postulado cinco veces como sede. La Primera Guerra Mundial impidió que los albergara en 1916, y Alemania quedó excluida de la participación en las dos siguientes competiciones olímpicas. La organización de los Juegos de Verano de 1936 se vio incluso en peligro ante la actitud hostil tanto de comunistas, que denunciaban el burgués orgullo nacional que fomentaban los JJ.OO., como sobre todo de los nacionalsocialistas, que rechazaban la mezcla de razas y la cultura individualista de la búsqueda de medallas personales. Los nazis cambiaron de opinión después de hacerse con el poder, pues vieron en los Juegos un triple beneficio: el reto de expresar la supremacía alemana también en el deporte, la ocasión de dar publicidad a los logros del Estado totalitario y la oportunidad de engañar a la comunidad internacional denegando la persecución de la oposición interna y de los judíos. Para ocultar sus fauces, el Tercer Reich suavizó el régimen policial durante los Juegos Olímpicos. Fueron los primeros en ser parcialmente televisados.

El objetivo de impresionar a los espectadores extranjeros lo cumplían ya las propias instalaciones. El centro del área olímpica lo acupa el Olympiastadion (1), con forma de óvalo. Delante del estadio dos altas pilastras actúan de portal y soportan entre ambas los aros olímpicos. Una torre aún más alta, con funciones de campanario, queda en la parte de atrás, separada por la explanada del Maifeld. Al este del estadio están las pistas para competiciones de tenis y hockey, al norte se encuentra la piscina olímpica y al suroeste el campo de equitación. La zona había sido conocida previamente como Reichssportfeld, pues desde tiempo atrás se dedicaba a la práctica deportiva. Un primer proyecto pensado para los abortados Juegos de 1916 fue reemplazado entre 1934 y 1936 por el arquitecto Werner March. March ideó un estadio semienterrado, cuyo terreno central se sitúa a doce metros por debajo del nivel exterior. Aunque inspirado en algunas estructuras romanas, responde más bien a la estética del nazismo; no en vano, el elemento quizá más característico de todo el conjunto, la piedra caliza de pilares y revestimientos, fue propuesta de Albert Speer. A ese diseño original, presente en pasillos, baulastradas y apliques de luz, se unió el cubrimiento del campo en 2008, con motivo de la Eurocopa de fútbol. El Olympiastadion presenta un corte en su curva oriental; allí está la puerta del maratón y el pebetero para el fuego olímpico, cuya llama se trajo desde Grecia por primera vez en el olimpismo moderno. Es el decorado en el que transcurren las postreras escenas de Mefisto, el galardonado filme de István Szabó: en las primeras luces del alba, el estadio vacío ofrecía toda la potencialidad dramática que requería el final de la película.

88 hileras de escalones

La mejor perspectiva sobre el complejo olímpico se obtiene desde los 67 metros de altura de la Glockenturm (2) (Torre de la Campana). Este campanario corona la Langemarkhalle, una galería que honora los caídos en la Primera Guerra Mundial y en la que hay inscripciones de versos patrióticos, entre otros éstos de Höldelin: “Vive en las alturas, oh patria, / y no cuentes los muertos, / para ti, amada, / no ha caído ni uno de más”. Esta comunión entre patria, muerte y deporte, espiritualizada con el tañir de la campana de la torre, guarda relación con la adhesión de voluntades y cuerpos –en forma para la Vaterland, en forma para la guerra– que reclamaba el nazismo con su pretendido misticismo. En las últimas horas de la Segunda Guerra Mundial, dos mil jóvenes, reclutados en muchos casos entre adolescentes y niños para la División de las Juventudes Hitlerianas, murieron aquí bajo el fuego soviético. Hoy la campana ya no lleva la esvástica, pues tras la contienda hubo que fundir una nueva, como también fue necesario reconstruir la propia torre.

A los pies de la Glockenturm queda el Maifeld, una enorme explanada que los fotogramas de Riefenstahl muestran llena de cientos de gimnastas, todos realizando al unísono los mismos movimientos, corporeizando la uniformidad tan cara a los sistemas totalitarios. Al no existir en Berlín ningún gran espacio para las manifestaciones de partido, Hitler pidió a March que aportara un lugar donde cupieran medio millón de personas en formación, aunque luego el tiralíneas del arquitecto sería algo más comedido.

A poca distancia del campanario, en una hondonada, está la Waldbühne (3) (Escenario del Bosque), un anfiteatro de inspiración clásica que Werner March realizó a petición esta vez de Goebbels. El escenario, al final nada menos que de 88 filas de escalones, sirvió para amenizar los Juegos con música nacionalsocialista, alternada con las competiciones de gimnasia. No consta que esa cifra, que luego ha sido utilizada por los neonazis para evocar sibilinamente las iniciales del grito Heil Hitler (la letra h es la octava letra del alfabeto), fuera premeditada, pero ¿qué esperar de Goebbels, que a sus seis hijos les puso nombres que comenzaban por h, supuestamente para honrar al Führer? La Waldbühne fue recuperada como lugar de conciertos en 1966 con una actuación de los Rolling Stones y desde entonces su programación de verano ha sido muy apreciada por los berlineses. Singular momento es la cita anual de la Filarmónica de Berlín, que por un día abandona su auditorio del Kulturforum para pasar una jornada en el campo. Ése es el espíritu de la convocatoria, a la que todo el mundo acude con sus cestas de picnic repletas de cerveza y de Butterbrot, la variante alemana del sándwich, normalmente de pan moreno. Como última pieza del concierto es preceptivo que la Filarmónica toque la popular marcha del Berliner Luft, que es coreado y seguido con palmas por todo el público.

Hertha BSC

Aunque fui testigo de este recomendable espectáculo con Plácido Domingo a la batuta, que anduvo algo acartonado en lo de los compases finales del Berliner Luft, mi recuerdo más vivo de estas instalaciones es un partido de fútbol en el Olympiastadion entre el Hertha de Berlín y el Barça. Fue una noche de espesa niebla en la que como no se podía ver más que una mínima parte del terreno de juego me entretuve en inspeccionar el palco presidencial, que hoy se llama de honor pero que en su tiempo fue la Führerloge. Habiendo visto antes las fotos de época, no era difícil situarse en el mismo lugar desde el que Hitler doblaba su brazo como respuesta al saludo nazi de la multitud y desde el que el dictador siguió con ceño fruncido las incómodas victorias de Jesse Owen. El atleta norteamericano de raza negra ganó nada menos que cuatro medallas de oro: salto de longitud, relevos de cuatro por cien, los cien metros lisos y también los doscientos. Demasiado para el Führer, que abandonó su lugar antes de que finalizara esa última prueba. El palco fue ligeramente reformado en la remodelación realizada para acoger los mundiales de fútbol de 2006, en la que se procedió al cubrimiento de las gradas.

La noche del Hertha-Barça me sirvió, además, para comprobar que la reunificación de los dos Berlines, lenta en muchos aspectos, tiene una historia de relativo éxito en el Hertha BSC (Berliner-Sport-Club). Relativo porque, aunque este equipo ha conseguido colarse alguna vez en las competiciones europeas, su juego es irregular y en la Bundesliga le cuesta superar posiciones modestas. Pero el éxito al que me refiero no es deportivo sino social, pues el Hertha es un factor de integración que suma aficiones a ambos lados del antiguo Muro. Eso lo constaté nada más coger el S-Bahn en la Friedrichstraße: el tren venía del este ya cargado de aficionados con camisetas y bufandas del Hertha, y a ellos se fueron sumando luego otros seguidores en las estaciones del oeste.

El equipo se fundó en 1892 en un barco de vapor que tenía por nombre Hertha y cuya chimenea estaba pintada de franjas blancas y azules, colores que pasaron a su camiseta. En 1930 y 1931 ganó la liga alemana. Después vino la excepcionalidad del nazismo, la destrucción de la ciudad y su decadencia. Berlín Occidental no dejó de ser un gueto y su equipo de fútbol cayó a tercera división. Casi simultáneamente con el traslado del Parlamento y del Gobierno a Berlín, el Hertha regresó a la primera liga. Dejó su pequeño campo (ahora ocupado por el Tennis Borussia Berlin, en bajas categorías, y objeto de transformación por parte del hijo de Albert Speer, también arquitecto) y se mudó al Estadio Olímpico. El equipo ha ganado hinchas en el este de la ciudad a falta de un conjunto propio que rivalice en la misma división. En eso el Hertha se beneficia de que el BFC Dynamo, que ganó diez veces la liga de la República Democrática, esté encuadrado en categorías regionales y tenga poco empuje para atraer la Ostalgie. El Dynamo fue conocido en sus buenos tiempos como el equipo de la Stasi; muchos de sus jugadores eran agentes, que aprovechan sus desplazamientos extranjeros para su doble juego; su presidente fue Mielke, ministro de la Seguridad de la RDA.

Villa Olímpica

Antes de tomar el S-Bahn de regreso puede uno acercarse hasta Le-Corbusier-Haus (4) (Flatowallee 16). El arquitecto francés proyectó su Unité d’Habitation para la Exposición Interbau de 1957, si bien no participó en la ya referida reconstrucción del Hansaviertel del Tiergarten, sino que plantó aquí su contribución berlinesa. Ideado como un conjunto de módulos multifamiliares autosuficientes, el bloque de quinientos apartamentos de dos plantas tiene algunos servicios integrados, como tiendas, polideportivo y guardería. Le Corbusier se desentendió después de su “vivenda-máquina” porque la falta de presupuesto eliminó algunos servicios previstos y porque la altura de los pisos fue ligeramente elevada.

A quienes deseen revivir los escenarios de la Juegos Olímpicos de 1936 les compensará enormemente acudir al Olympisches Dorf (Villa Olímpica). El poblado se construyó en el término municipal de Elstal, fuera de la capital pero a no más de media hora en coche en dirección oeste. El estado de abandono en que se encuentran esas instalaciones las convierte en aún más interesantes, porque casi todo está como fue dejado después de que los equipos de atletas regresaron a sus países. Parte del terreno fue usado luego como cuartel, tanto por el nazismo, que ya ideó la villa olímpica pensando en esa reutilización, como por el comunismo, pero la mayoría de los edificios han permanecido invariados. Al menos así era cuando los visité, atendiendo al recorrido guiado que llevaba a cabo una asociación de entusiastas de las históricas instalaciones. Después han salido varios compradores interesados en hacerse con el complejo, que en cualquier caso debe respetarse al tratarse de un bien cultural protegido. Se ha rehabilitado el barracón adjudicado a Jesse Owen y sus compañeros de equipo.

El solitario Rudolf Hess

Más cerca del área del Olympiastadion, pero también al margen de nuestro mapa, queda el antiguo pueblo de Spandau, con su interesante ciudadela y sus vestigios medievales. Spandau nació en la confluencia entre los ríos Spree y Havel, de la misma manera que, en el otro extremo berlinés, Köpenick surgió en la conexión entre el Spree y el Dahme. Los asentamientos de Spandau y Köpenick datan de los siglos VIII y IX y precedieron a los de Berlín-Cölln, que aparecieron a mitad del curso del Spree entre ambas históricas poblaciones. Su antigüedad y tradición como entidades independientes no fue obstáculo para quedar anexionadas en 1920 a la capital alemana.

El viejo núcleo urbano de Spandau está rodeado de agua. En su interior, la retícula de calles medievales bordea la antigua plaza del mercado. Ahí se encuentra la St.-Nikolai-Kirche, cuna del protestantismo de la marca de Brandemburgo, pues en ese templo el príncipe elector Joaquín II abrazó la Reforma en 1539. Las casas más antiguas de Spandau se hallan en su punta norte, conocida como Kolk. Frente a ella se levanta la Zitadelle, presidida por el magnífico mirador que es la almenada Juliusturm. La ciudadela comenzó a construirse en 1560 y algunas partes fueron añadidas en el siglo XIX. Aunque en ella había una antigua cárcel, el preso más famoso de Spandau, Rudolf Hess, no estuvo encarcelado en la Zitadelle sino en una cercana prisión militar. Hess, lugarteniente de Hitler en el partido nazi, que protagonizaría el extraño episodio de su caída en paracaídas sobre Inglaterra en plena guerra, fue condenado a cadena perpetua en los juicios de Núremberg de 1946. Compartió prisión con otros capitostes nazis, como Speer, condenado a veinte años. Desde 1966, Hess fue el único interno de la prisión. Terminó suicidándose el 17 de agosto de 1987, después de veinte años de vida en solitario. Tras su muerte, la cárcel fue derruida y sustituida por un centro comercial (Wilhelstraße 23, Berlin-Spandau). Hess es una de las figuras más veneradas por los neonazis, que organizan marchas cada 17 de agosto.

La presencia de la Zitadelle propició el desarrollo en Spandau de una temprana industria militar, que a finales del siglo XIX dio pie a la instalación también de industria civil. Al norte del municipio nació a partir de 1906 la Siemensstadt (Ciudad de Siemens), un combinado de grandes factorías de ladrillo y de viviendas para los obreros. Siemens había nacido en 1847 en un patio trasero de la Schöneberger Ufer, en el distrito de Kreuzberg, fundada por Werner Siemens. Su rápido éxito obligó a buscar nuevos terrenos para la expansión. La Siemensstadt fue sede principal del consorcio hasta que en 1957 las dificultades de un Berlín y un país divididos aconsejaron el traslado de la central de la compañía a Múnich.

Berlín tiene su torre Eiffel

La torre industrial enladrillada de la Siemensstadt es lo primero que se ve de la capital al entrar en la ciudad desde el aeropuerto de Tegel. Pero cuando se toma hacia el sur el Stadtring, la autopista interna de circunvalación (en realidad de media circunvalación, pues sólo recorre Belín-Oeste), otra esbelta estructura llama la atención. La primera vez que se contempla a distancia se produce un instante de confusión. ¿Estoy acaso en París? Desde lejos, la silueta de la Funkturm (5) (Torre de la Radio) parece indicarnos que pronto nos toparemos con el Sena. De cerca, las reducidas dimensiones de la torre, de 138 metros de altura, pronto nos resitúan, aunque es cierto que el espigado mecano de hierro y las plataformas que lo jalonan evocan irremisiblemente al símbolo de la capital francesa. Más que de una copia, las guías alemanas prefieren hablar de las posibilidades técnicas de una época, en la que las primeras torres de comunicaciones se parecían tanto entre sí como ocurre ahora. A pesar de encontrarse en medio de un perímetro de ferias y exposiciones, la Funkturm no nació como objeto de exhibición, que es el caso de su precedente parisino, sino como una necesidad tecnológica. El desarrollo de la radio reclamaba una altura desde la que difundir señales. La Torre de la Radio, diseñada por Heinrich Straumer, fue inagurada en 1926 y tres años después comenzó la emisión de primitivas imágenes de televisión. El día de su apertura, el pionero Alfred Braun proclamó: “Los años berlineses vienen y van, habrá tormentas, ¡pero la torre permanecerá en pie! Cuida en todo momento tus costillas férreas de indignas roturas y dí siempre al mundo con labios de hierro tu sentencia: ‘¡Atención, atención, aquí está Berlín!’”. La grandilocuencia del tono no resta razón a la profecía: ahí sigue la Funkturm, y aunque hoy ya no opera como antena sino como mero indicador para el tráfico aéreo, a su alrededor se celebra la Internationale Funkausstellung (IFA), una de las ferias de radiotelevisión más importantes de Europa.

Desde el restaurante de discreto menú de la plataforma intermedia de la Funkturm, a 55 metros de altura, y sobre todo desde los 125 metros del mirador superior, se alcanza a ver gran parte del oeste de la ciudad. Desde aquí se observa el comienzo del AVUS (6) (Automovil-Verkehrs- und Übungstraße), la primera autopista de Alemania. Se trata de una línea recta de diez kilómetros, trazada en 1921, que atraviesa el bosque de Grunewald y llega hasta orillas del Wannsee. El AVUS ocupa un lugar mítico en la historia del automovilismo; fue en su tiempo la más moderna pista de competiciones y permitió que aquellos primeros coches de carreras alcanzaran los ciento treinta kilómetros por hora. Las tribunas que congregaron a esas generaciones entusiasmadas con la máquina y la velocidad –el vértigo del futurismo– siguen dando testimonio de aquella pasión.

Feria de Muestras

Justo debajo de la Funkturm quedan los distintos edificios de la Messe (Feria de Muestras). La primera zona de exposiciones de Berlín había estado junto a la hoy Lehrter Hauptbahnhof. Con la expansión hacia el oeste, antes de la Primera Guerra Mundial se transformó en nueva Messe un campo de ejercicios militares situado en los confines de Charlottenburg. El nazismo rehizo y amplió las instalaciones. La Ehrenhalle (7) (Pabellón de Honor), construido en 1936 por Richard Ermisch en la principal entrada al recinto, queda en la Hammarskjöldplatz como una de las típicas construcciones del nacionalsocialismo.

El deseo de utilizar sedes de un monumentalismo deslumbrador para albergar acontecimientos internacionales es algo común a todos los sistemas. Es el caso de la Ehrenhalle, pero también del Internationales Congress Centrum (8) (ICC), un descomunal edificio con aspecto de enorme factoría cuyos ochocientos mil metros cuadrados se han convertido en ocasiones en un problema de excesos para el Senado berlinés, con voces que incluso planteaban su demolición. El ICC, el mayor palacio de congresos de Alemania, comenzó a construirse en 1973 y rivalizaba en intento de modernidad con el Palacio de la República que esos mismos años levantaba la RDA. Irónicamente, en los dos proyectos trabajó Ralf Schüler, que tras escapar a Berlín-Oeste fue el arquitecto del ICC.

Lucha por las ondas

El interior del ICC carece de interés y al visitante le bastará una ojeada desde fuera, quizá desde el Ecbatane, la escultura alegórica de Jean Ipousteguy de la entrada. Donde sí conviene franquear la puerta en esta excursión es en la Haus des Rundfunks (9) (Casa de la Radio), en la Masurenallee, frente a la Ehrenhalle. El edificio data de 1929-1931 y es la única significativa muestra que queda en pie de las espectaculares decoraciones expresionistas y Art déco creadas por Hans Poelzig. Tras una fachada interminable de buscada monotonía se esconde un patio de luces radiante, con dorados de líneas geométricas que constituyen el conjunto Art déco más notorio de Berlín. Parte de esa decoración original es una escultura de Georg Kolbes, cuyo interesante taller-museo no se halla lejos (Sensburger Allee 25).

La primera emisión radiofónica de Alemania se realizó el 20 de octubre de 1923 desde la Vox-Haus, junto a la Potsdamer Platz. Allí acudieron para leer sus composiciones ante el micrófono escritores como Erich Kästner, Alfred Döblin y Walter Benjamin, quien se prodigó en deliciosos relatos para la “hora juvenil”. El rápido desarrollo del nuevo medio hizo que esos estudios quedaran pequeños y pronto hubiera que organizar un traslado. La Haus des Rundfunks fue en su día la mayor y más moderna instalación de ese tipo en Europa. Y el nacionalsocialismo sacó provecho de sus posibilidades. Además de la programación para los alemanes, desde la Masurenallee se emitió música de jazz, trufada de mensajes propagantísticos, para las Islas Británicas, cuando se trataba de una “música de negros” que estaba prohibida en Alemania. Tras la guerra, los soviéticos controlaron la Casa de la Radio hasta 1952, incluso a pesar de no estar en su sector. Por ello los norteamericanos pusieron en marcha cerca del Ayuntamiento de Schöneberg la estación RIAS (Rundfunk mi Amerikanischen Sektor), su principal arma en la batalla ideológica de las ondas. Después de que los soviéticos desmontaran las instalaciones y se las llevaran a Berlín-Este, en la Haus des Rundfunks arrancó para Berlín-Oeste una radiotelevisión propia, el SFB (Sender Freies Berlin), que tiene sus estudios principales en una sede adyacente. El SFB es la cadena regional pública de la capital alemana.

El AVUS es la manera más rápida de partir de la Feria de Muestras para entrar en el Grunewald, la gran masa forestal de Berlín-Oeste. Pero para perderse por sus tranquilas carreteras interiores es mejor tomar la Teufelsseechaussee, a medio camino entre la Messe y el área olímpica. Es la vía que enfilé una mañana para dirigirme a un congreso de espías.

© Emili J. Blasco

[Imágenes: Estadio Olímpico / Secuencia de Olympia y Leni Riefenstahl rodando la película (Museo del CIO) / Cartel de los JJ.OO. de Berlín / Estadio Olímpico y asistentes durante los Juegos de 1936 (Bundesarchiv) / Waldbühne / Escudo del Hertha / Le-Corbusier-Haus (David Pachali) / Ciudadela de Spandau (Robert Steffens) / Messegelände / Mapa Google / Patio de luces de la Haus des Rundfunks]

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