el mayor genocidio de la historia (4)

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sábado,

13 febrero,

2010

“A trescientos metros del puesto de salvación de la doctora Stark se encontraba la clínica de Fischertal. Ahí se habían quemado vivas treinta madres con recién nacidos.” (Jörg Friedrich, El incendio, p. 18). “and that is an absolutely devastating exterminating attack by very heavy bombers from this country upon the Nazi homeland” (Winston Churchill, cit. en Charles Messenger, ‘Bomber’ Harris and the Strategic Bombing Offensive 1939-1945, Londres, 1984, pág. 39). “that those who have loosed these horrors upon mankind will now in their homes and persons feel the shattering strokes of just retribution” (Gerard J. De Groot, “Why dis they do it?”, en The Times Higher Educational Supplement, 16 de octubre de 1992, pág. 18). Las evidencias documentales son aplastantes y podríamos citar aquí un sinnúmero de ellas. Churchill habla literalmente de “exterminar” (exterminating attack) a los civiles alemanes:

Existen menos de 70 millones de hunos malvados. A algunos se podrá curar, a los demás hay que exterminarlos.”
(Churchill, W. S., His Complete Speeches, Londres, 1974, nota 34, Capítulo V, p. 6384).

Churchill anticipa (abril de 1941) el proyecto de genocidio diseñado y hecho público en los Estados Unidos en julio del mismo año. Todo esto ocurre antes de que pueda remotamente hablarse siquiera de holocausto y en una época en que Alemania busca la paz con Inglaterra. A fin de hacer imposible la realización de esta patente voluntad política pacífica de Adolfo Hitler respecto de Inglaterra, habrá que provocar a la Luftwaffe con ataques aéreos contra Berlín sin otro objetivo que el puramente político de aterrorizar a la población, de manera que los alemanes, quienes en ese momento disponen de una superioridad militar incuestionable, respondan con las inevitables represalias y el pueblo inglés se indigne lo suficiente como para aceptar de manera tácita el plan de exterminio. Ninguna de las respuestas alemanas buscará asesinar en masa a los civiles ingleses como estrategia generalizada de guerra. Esta pauta de conducta será adoptada sólo por los “demócratas” acuñados en el molde de la mentalidad bíblica; la aviación alemana estaba concebida intelectualmente para atacar objetivos militares; por el contrario, la inglesa se irá equipando y adaptando de forma inexorable a la orientación “estratégica” pseudomilitar de matar al mayor número de ancianos, mujeres y niños “teutones”. Estos son hechos que se pueden demostrar y que, juntamente con otros que ya hemos analizado en nuestro blog (por ejemplo, el pacto con el régimen genocida de Stalin, con 13 millones de víctimas ya en su haber en el momento en que comienza a recibir la ayuda angloamericana), echan por tierra la versión “humanitaria” de la causa aliada occidental en la Segunda Guerra Mundial. El tema de moral bombing inglés es esencial a fin de determinar la conexíón entre la voluntad política de exterminio manifestada en determinados ámbitos de la sociedad civil “bíblica” norteamericana y la estrategia de guerra de Londres. Conviene subrayar que dicha voluntad queda acreditada no sólo por la gratuidad de las matanzas aéreas perpetradas contra los civiles alemanes cuando ya la guerra está poco menos que concluida y no caben ni tan sólo las baratas excusas habituales, sino que se confirma de forma apabullante si observamos el trato recibido por las poblaciones alemanas expulsadas del Este y Centroeuropa, las hambrunas planificadas de posguerra y el exterminio de los prisioneros militares alemanes desarmados. Son estos hechos los que iluminan el sentido genocida inicial del moral bombing y su conexión con el plan Kaufmann de exterminio del año 1941, culminado en el plan Morgenthau de 1945. Véase que no añadimos nada nuevo a la información de lo que ya se sabe. Tampoco negamos que Alemania adoptara represalias, en ocasiones también brutales e injustificables, como reacción a las actuaciones del enemigo. Nuestra originalidad consiste sólo en la interpetración filosófica de unos hechos de sobra conocidos pero que hasta ahora han sido ignorados en su profunda significación política, jurídica y moral. La ideología del Holocausto puede ser refutada sin negar que judíos y no judíos, al final de la guerra, fueron en Alemania sometidos a condiciones muy duras en los campos de concentración, con desprecio total hacia los  “derechos humanos” (unos derechos que, empero, habían sido previamente pisoteados por los comunistas de Moscú y los cristianos a Londres) con grave mortandad de los prisioneros. En algunos casos los judíos fueron asesinados sin piedad -incluyendo también a ancianos, mujeres y niños- pero siempre con las imágenes de los bombardeos y el texto genocida de Kaufmann memorizado en la mente de los perpetradores, ayunos ya de todo sentimiento de compasión. El caos en que se sumió el país germánico en los últimos meses del conflicto hizo el resto. La idea de un holocausto gratuito, carente de todo motivo humanamente pensable, se desvanece como terrón de azucar en el café con el simple desarrollo de una hermenéutica crítica de los hechos ya establecidospor los historiadores.

Para que nos hagamos una idea de la realidad en la que se concretaron los designios genocidas de Churchill, recogemos aquí una descripción poco menos que alucinante del bombardeo de Hamburgo (1943): “En pleno verano de 1943, durante un largo período de calor, la Royal Air Force, apoyada por la Octava Flota Aérea de los Estados Unidos, realizó una serie de ataques aéreos contra Hamburgo. El objetivo de la empresa, llamada ‘Operación Gomorrah’ -atiéndase a las resonancias bíblicas-era la aniquilación y reducción a cenizas más completa posible de la ciudad. En el raid de la noche del 28 de julio, que comenzó a la una de la madrugada, se descargaron diez toneladas de bombas explosivas e incendiarias sobre la zona residencial densamente poblada situada al este del Elba, que abarcaba los barrios de Hammerbrook, Hamm Norte y Sur, y Billwerder Ausschlag, así como partes de St. Georg, Eilbeck, Barmbek y Wandsbek. Siguiendo un método ya experimentado, todas las ventanas y puertas quedaron rotas y arrancadas de sus marcos mediante bombas explosivas de cuatro mil libras; luego, con bombas incendiarias ligeras, se prendió fuego a los tejados, mientras bombas incendiarias de hasta quince kilos penetraban en las plantas más bajas. En pocos minutos, enormes fuegos ardían por todas partes en el área de ataque, de unos veinte kilómetros cuadrados, y se unieron tan rápidamente que, ya un cuarto de hora después de la caída de las primeras bombas, todo el espacio aéreo, hasta donde alcanzaba la vista, era sólo un mar de llamas. Y al cabo de otros cinco minutos, a la una y veinte, se levantó una tormenta de fuego de una intensidad como nadie hubiera creído posible hasta entonces. El fuego, que ahora se alzaba dos mil metros hacia el cielo, atrajo con tanta violencia el oxígeno que las corrientes de aire alcanzaron una fuerza de huracán y retumbaron como poderosos órganos en los que se hubieran accionado todos los registros a la vez. Este fuego duró tres horas. En su punto culminante, la tormenta se llevó frontones y tejados, hizo girar vigas y vallas publicitarias por el aire, arrancó árboles de cuajo y arrastró a personas convertidas en antorchas vivientes. Tras las fachadas que se derrumbaban, las llamas se levantaban a la altura de las casas, recorrían las calles como una inundación, a una velocidad de más de 150 kilómetros por hora, y daban vueltas como apisonadoras de fuego, con extraños ritmos, en los lugares abiertos. En algunos canales al agua ardía. En los vagones del tranvía se fundieron los cristales de las ventanas, y las existencias de azúcar hirvieron en los sótanos de las panaderías. Los que huían de sus refugios subterráneos se hundían con grotescas contorsiones en el asfalto fundido, del que brotaban gruesas burbujas. Nadie sabe realmente cuántos perdieron la vida aquella noche ni cuántos se volvieron locos antes de que la muerte los alcanzara. Cuando despuntó el día, la luz de verano no pudo atravesar la oscuridad plomiza que reinaba sobre la ciudad. Hasta una altura de ocho mil metros había ascendido el humo, extendiéndose allí como un cumulonimbo en forma de yunque. Un calor centelleante, que según informaron los pilotos de los bombarderos ellos habían sentido a través de las paredes de sus aparatos, siguió ascendiendo durante mucho tiempo de los rescoldos humeantes de las montañas de cascotes. Zonas residenciales cuyas fachadas sumaban doscientos kilómetros en total quedaron completamente destruidas. Por todas partes yacían cadáveres aterradoramente deformados. En algunos seguían titilando llamitas de fósforo azuladas, otros se habían quemado hasta volverse pardos o purpúreos, o se habían reducido a un tercio de su tamaño natural. Yacían retorcidos en un charco de su propia grasa, en parte ya enfriada. En la zona de la muerte, declarada ya en los siguientes días zona prohibida, cuando a mediados de agosto, después de enfriarse las ruinas, brigadas de castigo y prisioneros de los campos de concentración comenzaron a despejar el terreno, encontraron personas que, sorprendidas por el monóxido de carbono, estaban sentadas aún a la mesa o apoyadas en la pared, y en otras partes, pedazos de carne y huesos, o montañas enteras de cuerpos cocidos por el agua hirviente que había brotado de las calderas de calefacción reventadas. Otros estaban tan carbonizados y reducidos a cenizas por las ascuas, cuya temperatura había alcanzado mil grados o más, que los restos de familias enteras podían transportarse en un solo cesto para la ropa.”  (W. G. Sebald, Sobre la historia natural de la destrucción, Barcelona, Anagrama, 2003, pp. 35-38). Los efectos del llamado “bombardeo moral” habían sido cuidadosamente concebidos, preparados y diseñados por los técnicos británicos del Bomber Command. No se trata, pues, de “efectos colaterales”, sino de algo buscado y exitosamente “logrado” con una finalidad política, no militar. Algunas voces se alzaron en Inglaterra contra tamaños abusos, pero no fueron escuchadas incluso cuando se supo que los alemanes, a raíz de estas bárbaras actuaciones, habían endurecido su determinación de seguir resistiendo, puesto que, con razón, no esperaban otra cosa de los vencedores que el exterminio total. Y pese a que el efecto moral de la acción “estratégica” (?) era el contrario del teóricamente buscado y se traducía en una prolongación absurda de la guerra, los aliados continuaron con el moral bombing hasta el último día de la guerra. De lo que se desprende, a mi entender, que las motivaciones militares aducidas para justificar la masacre -forzar la rendición del pueblo alemán- eran sólo una excusa legitimadora del genocidio que había sido propuesto de antemano por escrito, emprendido tempranamente desde el aire y prolongado con sadismo repulsivo hasta mucho después del fin de las hostilidades. Dresde como paradigma del genocidio contra los alemanes en su conjunto La noche del 13 al 14 de febrero de 1945, a las 23.13 h., los aliados occidentales desencadenaron la mayor atrocidad conocida en su directriz estratégica de exterminio aéreo de la población germana. El objetivo fue esta vez la bellísima localidad sajona de Dresde, repleta de refugiados que huían del Este, donde el Ejército Rojo ya había dado muestras de lo que significaba en realidad la supuesta “cruzada antifascista en defensa de los derechos humanos y de la civilización”, con millones de víctimas civiles. En Dresde se  trataba de quemar vivos a unos 160.000 ancianos, mujeres y niños acampados en las calles, además de  los 640.000 habitantes de la ciudad. Dresde carecía de toda importancia militar y además Alemania estaba ya completamente derrotada por esas fechas. La masacre no tuvo ninguna justificación racional. Sólo puede explicarse como consumación de una política genocida diseñada por judíos estadounidenses y que empezó a ponerse en práctica ya en 1941 con el  plan del Bomber Command británico de asesinar mediante incineración a 15 millones de civiles. Por las mismas fechas, las autoridades alemanas planeaban trasladar a los judíos a Madagascar, es decir, a la sazón no tenían intención de exterminarlos. Más tarde, ante los cadáveres quemados de centenares de miles de personas inocentes, en algunos casos sus propios familiares, hijos incluso, cuya horrible muerte no podrían ya olvidar, los “nazis” que custodiaban los campos de concentración perderían todo escrúpulo moral con respecto a los judíos. El mayor ejemplo de inhumanidad se lo dieron al Tercer Reich los “demócratas” y “progresistas”, aliados del  tirano Stalin. Dresde es sólo el símbolo de lo que representó una de las líneas de actuación en el proyecto de genocidio contra los alemanes, a saber, la mal llamada “guerra aérea” en forma de “bombardeo moral”. En el presente post pretendemos demostrar que todos los tópicos con que se ha pretendido justificar las atrocidades de los aviadores británicos ocultan la realidad de una voluntad criminal que queda perfectamente reflejada en Dresde, carnicería gratuita e inútil carente de la más mínima coartada técnico-militar, jurídica o política. Sólo una mente genocida puede agazaparse detrás de un hecho histórico como el bombardeo de Dresde, pero también de todas las actuaciones pseudo militares similares que precedieron y siguieron a ésta. No nos engañemos ya más: se trataba de matar al máximo número de alemanes que fuera posible;  por tierra los comunistas rusos, como auténticas hordas de violadores y asesinos, se encargaban de ello a destajo y con placer; por aire eran los aliados occidentales quienes mostraban al mundo el significado de la palabra “democracia” frente a la “barbarie” nazi. Más tarde, y ya en tiempo de paz, vendrían las hambrunas cuidadosamente organizadas contra los prisioneros de guerra y los civiles de la nación vencida a efectos de conseguir su empequeñecimiento demográfico. La ofensiva aérea representó, por tanto, sólo el primer recurso en la implementación del “plan Kaufmann” Germany must perish, ideado por el judío Theodore N. Kaufmann antes de que empezara el holocausto y culminado en 1945 por otro judío: el banquero neoyorkino Henry Morgenthau. El problema del número de víctimas Respecto al tema de Dresde entendido en un sentido amplio, es decir, como imagen simbólica del plan británico de terrorismo aéreo contra Alemania en general, conviene aclarar primero la cuestión del número de víctimas alemanas totales -siempre de civiles– como consecuencia de los bombardeos incendiarios aliados. A tal efecto nos basaremos en la obra de Friedrich, un autor que, en cualquier caso, no puede ser calificado de “fascista” pues ha investigado “los delitos de Estado del nacionalsocialismo y sus crímenes de guerra” (véase la presentación del personaje en su libro El incendio. Alemania bajo los bombardeos 1940-1945, Madrid, Taurus, 2003). Sigue siendo habitual tropezarse con la cifra de 600.000 muertos, a pesar de que en realidad serían casi el doble, es decir, alrededor de 1.100.000 civiles quemados vivos. En ocasiones, la mala fe de los medios de comunicación “democráticos” lleva a citar la cifra minimizada incluso en la presentación pública del libro de Friedrich, donde en ningún momento se la admite. Es el caso de “El País”, que, en “Jörg Friedrich rompe el tabú y presenta a los alemanes como víctimas de la II Guerra Mundial”, de 2 de diciembre de 2002, citando a Friedrich se habla de “más de medio millón” de víctimas civiles http://www.adecaf.com/altres/mesdoc/mesdoc/001rompe%20el%20tabu.pdf

a pesar de que en la mismísima solapa del libro puede leerse muy clarita la frase “más de un millón de personas”. !Pequeña diferencia en el uso de los números humanitarios que, como forma descarada de negacionismo, volveremos a encontrar una y otra vez! Los fariseos “antifascistas” sostienen que no pretenden entrar en una “macabra” contabilidad de cadáveres; ahira bien, exageran hasta el absurdo los “cálculos” de víctimas del nazismo mientras, casualmente, se vuelven extrañamente cicateros a la hora de fijar la “evaluación de daños” del bando “antifascista”. 

¿Quién empezó? Otra coartada habitual de los “demócratas”. Alemania tiene siempre la culpa. Los “teutones”, los malvados “hunos”, provocaron la guerra. En enero de 1941, Heinrich Himmler ya advirtió en una confderencia secreta en Wewelsburg que 30 millones de personas serían desplazadas en Europa central y oriental para hacer sitio a colonos alemanes, una pretensión que, de acuerdo con la legislación vigente en la actualidad, constituiría un crimen contra la humanidad. Sin embargo, ya después de la Primera Guerra Mundial, y al amparo de las potencias promotoras de la Sociedad de Naciones, se permutaron griegos por turcos y turcos por griegos para poner fin a un largo contencioso étnico entre estos dos países. En el año 1938, es decir, antes del holocausto, Ben Gurion, fundador del Estado de Israel, consideraba que expulsar a los palestinos de sus hogares para acomodar en su lugar las colonias del pueblo elegido era un proyecto totalmente aceptable, y añadía:

“Soy partidario del traslado forzoso, no veo nada inmoral en él”
(David Ben Gurion a la ejecutiva de la Agencia Judía, junio de 1938, Archivos Sionistas Centrales, actas de la reunión de la ejecutiva de la Agencia Judía, 12 de junio de 1938, cit. en Pappé, Ilan, La limpieza étnica de Palestina, Barcelona, Memoria Crítica, 2008, pág. 9 y nota 1).

¿Es inmoral, empero, el traslado forzoso, si lo propone Heinrich Himmler en beneficio de los alemanes? ¿No lo es si lo propone David Ben Gurion en provecho de los hebreos? Ha llegado la hora, en el pensamiento crítico, de acabar con los dobles raseros. La expulsión de pueblos, en el tiempo en que Himmler la planea, es una práctica aceptada por todos los estados. Nadie la considera entonces un crimen. Hoy ya no la aceptaríamos y, en cualquier caso, no fueron los alemanos quienes la inventaron. Pero los sionistas israelíes pusieron en práctica el Plan Dalet en Palestina después del juicio de Nüremberg, una vez aprobada la Declaración Universal de los Derechos Humanos, y las Naciones Unidas todavía no han condenado -en realidad, ni siquiera lo han mencionado- este delito contra la humanidad ahora ya sí tipificado, mientras las palabras de Himmler sirven, en cambio, para quitar hierro a los bombardeos y justificar a posteriori, en definitiva, los planes genocidas de Kaufmann y Morgentahu contra el pueblo alemán. La pregunta sobre el “quién primero” se desglosa en otras dos: (a) la genérica de quién comenzó a utilizar en el mundo moderno la atrocidad contra civiles como forma sistemática de acción política y militar; (b) la concreta de quién desencadenó en la Segunda Guerra Mundial los bombardeos aéreos específicamente pensados contra los civiles, en el bien entendido de que estamos hablando no de una acción puntual, sino de una estrategia global de guerra reflejada en el punto a/. A pesar de lo que sugiere la pseudo historiografía popular evacuada regularmente por Hollywood (y que sustituye en la mente de las masas el rigor de toda cienciade la historia), hemos de responder rotundamente que en ninguno de los dos casos fueron los alemanes quienes “empezaron”. Veámoslo.

Por lo que respecta a la primera cuestión, Inglaterra es la responsable del bloqueo naval que, prolongado de forma alevosa después del final de la Primera Guerra Mundial y hasta el verano de 1919, provocó la muerte por hambre de 800.000 civiles alemanes, la mayor parte de ellos niños. Se trata de las cifras oficiales, pero el libro de Paul C. Vincent The Politics of Hunger habla de 2 millones de víctimas. El nazismo ni siquiera existía. Alemania no había cometido genocidio alguno y su culpabilidad en el desencadenamiento del conflicto sigue siendo motivo de debate, tan poco claro resulta en este punto el Tratado de Versalles. Es evidente que este genocidio, cuya finalidad era la habitual de “matar el mayor número de alemanes posible” (una permanente obsesión anglo-francesa desde el momento en que Alemania despunta como potencia emergente frente a los viejos imperios coloniales occidentales), enseñó a los “nazis” en qué consistía el humanismo y la democracia de la doctrina Wilson. Tenemos que preguntarnos si la siempre subrayada “brutalidad fascista” no será el producto de una enseñanza histórica que, impartida por fariseos “demócratas” de “mentalidad bíblica”, el delegado alemán en el Tratado de Versalles Graf Ulrich von Brockdorff-Rantzau les recordaba a los vencedores: “Los centenares de miles de no combatientes que han perecido desde el 11 de noviembre a causa del bloqueo fueron destruidos fría y deliberadamente con posterioridad al logro de una victoria indudable y segura de nuestros adversarios. Piensen en esto cuando hablan de culpa y reparación” (cit. en Glover, J., Humanidad e inhumanidad. Una historia moral del siglo XX, Madrid, Cátedra, 1999, pág. 98). Son famosas las explicaciones de Keynes en su intento de explicar la prolongación del bloqueo más allá del fin de las hostilidades y sus tristes consecuencias: “En aquél momento, el Bloqueo se había convertido en un instrumento perfectísimo. Había llevado cuatro años crearlo y era el logro más preciado del gobierno; había evocado en su máxima sutileza las cualidades de los ingleses. Sus autores habían llegado a amarlo por sí mismo; incluía ciertos progresos recientes que se perderían en el caso de que se le pusiera fin; era muy complicado, y una amplia organización había establecido poderosos intereses al respecto” (John Maynard Keynes, Dr Melchior: a Defeated Enemy, en Two Memoirs, Londres, 1949, cit. en Glover, J., op. cit., p. 101). Se habla de la exactitud alemana y de las formalidades de la burocracia alemana a la hora de asesinar a los judíos, pero la capacidad  para diseñar las bombas que iban a quemar vivos al máximo número de civiles alemanes, ¿no tiene mucho que ver con esas “cualidades de los ingleses” que ya se pavoneaban con orgullo a la hora de matar de hambre a los niños “teutones”? Y si nos remontamos más atrás en la historia moderna, encontraremos una nación alemana dividida, convertida en campo de batalla de las potencias europeas, y no una Alemania que pueda, de alguna manera, considerarse la causante del trágico desenlace genocida de la modernidad. El propio militarismo prusiano es más una consecuencia que un factor explicativo, porque Alemania sufrirá durante tres siglos las agresiones francesas antes de entender que sólo la fuerza militar podía garantizar la seguridad de su población. A los orígenes de Prusia dedicaremos, en su momento, otro post en este blog. Baste, por el momento, recordar que el retroceso al pasado no favorece a la causa “humanitaria” de las potencias occidentales, sino que, antes bien, pone en evidencia que el nazismo es el resultado de la doble moral, de la hipocresía insufrible y repugnante de los llamados “demócratas”. Más información sobre el libro de Paul C. Vincent y el bloqueo naval británico en: http://1914-1918.invisionzone.com/forums/index.php?showtopic=587Cuando Hitler habla del Tratado de Versalles, no se refiere sólo a una cláusulas abusivas: en la memoria de todos los alemanes están los cientos de miles de muertos provocados por el bloqueo una vez que el país se había ya rendido pero Francia e Inglaterra se obstinaban sádicamente en mantenerlo. Los jóvenes que entre 1915 y 1919 conocieron las excelencias morales de la Sociedad de Naciones eran, en parte, como los palestinos actuales cuando se les pasa una película del holocausto. No es difícil saber lo que pensaran unos y otros de los “buenos”. El nazismo fue, ante todo, una gran ola de indignación y desprecio, un recuerdo de la humillación y del asesinato deliberado, frío y calculado, de niños inocentes. Los bombardeos incendiarios ingleses no hicieron otra cosa que añadir una evidencia más, por otra parte irrefutable, de que Inglaterra estaba llevando a la práctica el plan Kaufmann de exterminio del pueblo alemán. La política inglesa fabricó el nazismo y, luego, convenció a los alemanes de que Hitler decía la verdad cuando sostenía que Alemania iba a ser borrada del mapa si no luchaba hasta el último hombre. La historia moderna de Europa, desde la Guerra de los Treinta Años hasta el bombardeo de Hamburgo de 1943, constituía una prueba aplastante de la plausibilidad de esta percepción. 

(continuará) Jaume Farrerons, 21 de febrero de 2010.

Enlaces: https://tresmontes7.wordpress.com/2010/03/29/dresden-300-000-muertos-no-descansan-en-paz/

Publicado porResistencia Anti-Oligárquica (RAO)en11:23 AM

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