control de la mente a través de la sexualidad

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Lo que llaman “revolución sexual” es sólo una forma perversa de manipular la mente y determinar las ideas y por consiguiente el voto de los ciudadanos.  Si no fuera así no se explicaría el brutal empeño que tienen los poderes mundialistas en imponer comportamientos sexuales que repugnan al sentido común y sobre todo, se trata de comportamientos sexuales que persiguen lo contrario de lo que marca la biología. Si la sexualidad, se mire como se mire, sólo tiene explicación y justificación en su fin último que es la procreación, los manipuladores y corruptores de las costumbres sexuales insisten en convertir la relación sexual entre hombre y mujer en una mutua masturbación pues masturbación es en definitiva toda práctica que hace imposible la posible fecundación y nacimiento de un niño.

Por otra parte, es lógico pensar que un pueblo entregado obsesivamente a la lujuria, es decir a una sexualidad enfermiza, es un pueblo que destruye perspectivas de crecer y fortalecerse mediante la formación de familias numerosas y cohesionadas. En consecuencia, pierde sus motivaciones vitales y el carece de voluntad de vivir, de superarse, desconoce la finalidad y sentido de su vida. Se convierte en un pueblo facilmente manipulable y explotable por sus enemigos.

Por supuesto que la naturaleza ha dispuesto que la sexualidad sea gratificante y placentera. Es el premio que la biología da para incentivar la procreación y por tanto la conservación de la especie humana.  Pero la sexualidad meramente zoológica se enriquece y hace mucho más digna  cuando va acompañada del amor y fidelidad leal entre un hombre y una mujer. Es decir, cuando la unión conyugal está sacralizada como matrimonio en principio indisoluble.

Todas estas consideraciones son una meditación resultante de haber leído un interesante  artículo, un agudo análisis escrito por Eduardo Arroyo en el semanal digital a propósito de lo que el pensamiento “políticamente correcto” llama “educación sexual” y que como veremos es más bien “perversión sexual”.  Copiamos algunos párrafos del citado artículo:

“(…/…) Pero ¿qué es lo “políticamente correcto”? He aquí la respuesta: la defensa policíaca y represora que la izquierda hace del marxismo cultural. Este es uno de los grandes secretos de la sociología moderna. Toda la tramoya de la “emancipación”, las “libertades” y la “democracia” no es sino la defensa del marxismo cultural y sus subproductos degenerados mediante el potencial coercitivo del Estado. Los orígenes de esta policía del pensamiento se retrotraen, no a los años 60, como creen algunos, sino al período anterior a la Primera Guerra Mundial, cuando la teoría marxista predecía que la ruptura de las hostilidades en Europa conllevaría la insurrección de la clase trabajadora mundial y el derrocamiento del capitalismo, para dar paso a la “sociedad sin clases”. Pero cuando comenzó el conflicto esto no sucedió así y los teóricos marxistas -que ya contaban en su haber con la justificación de actos de terrorismo sangriento a sus espaldas- empezaron a pensar qué es lo que había pasado.

Así las cosas, dos colosos del marxismo -que no de la filosofía- Antonio Gramsci en Italia y Georg Lukacs en Hungría, llegaron independientemente a la conclusión de que el valladar fundamental era la matriz cristiana, que constituía el andamiaje religioso, cultural, social e ideológico de todo el Occidente. En consecuencia la religión cristiana y la cultura occidental debían ser destruidos en beneficio de la “lucha de clases” que finalmente “emanciparía” a los trabajadores.

Los marxistas han sido corruptos, asesinos y gentuza de toda laya pero una cosa no podrá jamás recriminárseles y esto es no haber sido siempre consecuentes. Por eso cuando Georg Lukacs alcanzó el cargo de subcomisario de Cultura bajo el sanguinario mandato de Bela Kuhn en Hungría en 1919 una de sus primeras medidas consistió en imponer en los colegios la “educación sexual” o más bien una especie de educación de tipo zoológico-hedonista, con el fin de destruir la moral tradicional sexual. Kuhn sabía sobradamente que la sustitución de una moral por otra sería un paso de gigante hacia la demolición del sistema cultural occidental en vigor, con todas sus luces y sombras, un sistema que había protegido al hombre europeo de la debacle durante casi dos mil años.

Lukacs se convirtió en uno de los buques insignia del pensamiento marxista de la Universidad de Frankfurt en Alemania y, en consecuencia, del Instituto de Investigaciones Sociales creado en esa universidad en 1923 y que se haría famoso en todo el mundo bajo el nombre de “Escuela de Frankfurt”. Cuando Max Horkheimer se hizo cargo de la “Escuela” en 1930, asumió la ciclópea tarea que Lukacs había pergeñado; es decir, traducir el marxismo económico a términos culturales. En esta misión histórica sería secundado por poderosos cerebros como Theodor Adorno, Eric Fromm, Wilhelm Reich y Herbert Marcuse. Su marxismo no era el marxismo soviético y posiblemente todos hubieran sido ejecutados por “desviacionistas” en la URSS, siguiendo la conocida tradición caníbal de los comunistas de todo el planeta, pero era marxismo al fin y al cabo.

Para lograr tan ambicioso objetivo era necesario ir un paso más allá del marxismo estándar, algo que se consiguió merced a la hibridación de la teoría marxista con las veleidades de Sigmund Freud. Así las cosas, Freud -un literato genial cuyas teorías ni curaron jamás a nadie ni contaron con base experimental alguna- proporcionó el siguiente peldaño hacia tan glorioso objetivo: igual que el capitalismo mantenía a todos en un estado de opresión económica, la cultura occidental mantenía a todos bajo una represión psicológica, dado que el hombre es básicamente un ser sexual. Esa represión podía combatirse condicionando -la idea de “condicionamiento” se haría repentinamente muy importante- la propia psique humana. Por ejemplo, si se quiere normalizar la homosexualidad, basta con someter a la población a un programa de TV tras otro y a una película tras otra en la que los homosexuales salgan como gente comprensiva, tolerante etc, es decir, gente unívocamente “buena” y los críticos aparezcan como el paradigma de todos los males. ¿Les suena? Esta estrategia tiene la “ventaja” de que anula el pensamiento crítico y convierte a los sujetos -meras “unidades experimentales”- en una masa histérica y acrítica.

En 1933 la Escuela se fue con la música a otra parte, concretamente dejaron Alemania y se marcharon a Nueva York, donde produjeron su herramienta más deletérea y funesta: la “teoría crítica”, según la cual resultaba imperioso someter a una crítica despiadada cada uno de los valores de la tradición occidental, sin ofrecer nada a cambio, empezando por la misma idea de familia. Produjeron ríos de tinta en estudios sobre los “prejuicios” hasta llegar a la obra con la que Theodor Adorno sentenció que todo defensor de los valores tradicionales era un “fascista” mentalmente enfermo: la personalidad autoritaria. Según este esquema ideológico, cualquiera que se resista a la “teoría crítica” y sus consecuencias debe ser “recondicionado” para que deponga su actitud y muestre sumisión.

Durante los años 50 y 60 Herbert Marcuse tradujo las ideas abstrusas de la “Escuela de Frankfurt” a manuales más divulgativos del tipo de Eros y civilización, de modo que inyectaron en el baby-boom de los años 60 todo el marxismo cultural de la “Escuela” hasta el punto de que ahora se ha convertido en la ideología dominante en varias generaciones. Y esto es lo que hoy conocemos como “corrección política”.

Bajo este esquema forzosamente simplista dada la extensión de este texto– es muy fácil comprender lo que hoy sucede. Los autores de libros que niegan el Holocausto dan con sus huesos en la cárcel pero que la Real Academia de la Lengua Española anuncie que incluirá el adjetivo de “totalitario” en la definición de “comunismo” despierta las iras del Partido Comunista que amenaza con “movilizaciones”. Al parecer, la lucha contra el totalitarismo solo combate el totalitarismo de un signo. Ideas como el “multiculturalismo” y la “diversidad” justifican que la izquierda defienda al Islam invasor en Occidente pese a que el Islam daría buena cuenta del totum revolutum de “porreros”, “ocupas”, “gays”, “lesbianas”, terroristas amateur, progresistas y “libertarios” que componen la izquierda mundial; ello se debe a que las vanguardias de lo “políticamente correcto” se alían con quien quiera que sea si éste se dedica a minar los fundamentos de la civilización occidental. Como se sabe, los enemigos de mi enemigo son mis amigos.  (…/…)”

Nota de URANIA: el personaje arriba fotografiado es el ideólogo marxista, hijo de un banquero judío, entre cuyas obras se destaca el ensayo titulado en español “El asalto a la razón”, que pretende ser una condena del nacional-socialismo alemán.  Su aspecto facial y su dedicación –no anecdótica y sí muy significativa– a la dependencia de la nicotina, denotan, al parecer, una actitud despreciativa hacia cualquier tipo de valor positivo, generoso y vital.

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