el mayor genocidio de la historia (1)

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miércoles,
23 septiembre,
2009
En las fotos, niños alemanes asesinados en 1944 en el pueblo de Nemmersdorf. Antes de morir eran en muchos casos violados por las tropas soviéticas, que seguían las instigaciones a la violencia del poeta judío marxista Ilya Ehrenburg.
LA VERDAD VA SALIENDO A LA LUZ
No nos referimos a las bajas sufridas en el frente bélico por el ejército alemán (relativamente pocas y la mayoría debidas a las inclemencias del clima ruso), sino a víctimas civiles, o militares pero de prisioneros ya desarmados. Hace unos meses hablábamos de seis millones y algunos se sorprendieron porque hasta ahora, al parecer, nadie se había dedicado a condensar en una sola cifra el número de los exterminados de diferentes maneras. Por ejemplo, estaban las víctimas de los bombardeos crematorios contra civiles, por un lado, y las mujeres que habían fallecido a causa de las repetidas violaciones, por otro; estaban los civiles muertos en campos de concentración dirigidos por judíos (que se organizaron en la posguerra como forma de venganza colectiva), por un lado, y los soldados caídos en campos de prisioneros administrados por los soviéticos, pero también por los franceses y los norteamericanos, por otro; estaban las víctimas mortales de entre los expulsados de las provincias alemanas del Este, por un lado, pero también los asesinados entre las minorías alemanas centroeuropeas, por otro; estaban las víctimas de las hambrunas planificadas por los aliados, remedo del plan Morgenthau, por un lado, y las víctimas de la violencia pura y dura, por otro. Etcétera. Nosotros nos limitamos a sumar, sumar y sumar: nuestros ojos no daban crédito a lo que veían. Si entonces dijimos seis millones, hoy podemos afirmar que la cifra casi se ha triplicado, llegando a cerca de los 17 millones. Estamos confeccionando una lista bibliográfica y nuestra intención es presentar un documento ante Amnistía Internacional para que, al menos, se empiece a reconocer el hecho en toda su macabra dimensión. Dudo que nos hagan caso, pero con el dígito17 millones” el alemán constituye el mayor genocidio de la historia humana. Si a este hecho sumamos los 100 millones de víctimas del comunismo marxista, en su mayor parte personas acusadas de “fascistas”, parece que la cuestión de los derechos humanos da un giro de trescientos sesenta grados y quienes deben sentarse en el banquillo de los acusados son los vencedores de la Segunda Guerra Mundial. Este dato no puede dejar de afectar a los actuales herederos de Churchill, Roosevelt y Stalin: los corruptos e incompetentes políticos del sistema, acostumbrados a considerarse a sí mismos la encarnación de la democracia, a pesar de lo cual han ocultado tales atrocidades cósmicas para lograr su ensordecimiento mediático e impunidad legal. Un delito con un nombre: obstrucción a la justicia, encubrimiento, banalización y justificación del genocidio. Tienen que pagar por ello y, a la larga, conseguiremos que reciban lo que se merecen como los asesinos que son. Queremos que impere la ley democrática y si en Nüremberg se aplicó la pena de muerte a los criminales nazis, habrá que tener en cuenta este hecho a la hora de ajusticiar a los cómplices de los mayores genocidas de la historia. Recordémoslo: el delito de genocidio no prescribe y los SS son juzgados con 80 de edad años si es necesario. Tarde o temprano, el destino alcanzará a los responsables del bando triunfador.

GENOCIDIO CONTRA LOS ALEMANES Hemos de emplear esta expresión, poco ortodoxa gramaticalmente, porque si habláramos de genocidio u holocausto alemán, el lector, manipulado por décadas de racismo sionista, entendería que nos referimos a la Shoah. Debe quedar claro, por otro lado, que aquí pretendemos promover una defensa de la verdad y de ciertos principios jurídicos garantes de la civilización, no del nazismo, lo que implica que aceptamos la existencia de unos deberes del ser racional, los cuales tienen como contrapartida unos derechos correlativos. Por este motivo hablamos de deberes y derechos fundamentales, que preferimos a la fórmula “derechos humanos” porque se aplicarían a cualquier especie viva del universo, humana o no, capaz de comprender y experimentar la verdad. Este planteamiento coincide parcialmente con la Declaración Universal de los Derechos Humanos, la cual consideramos una expresión limitada (y harto manipulada) de tal ideario ético-jurídico, pero suficiente para llevar ante la justicia a los perpetradores, justificadores, banalizadores  y negadores del mayor genocidio de la historia.

Militares prisioneros asesinados
Empecemos con los soldados alemanes que cayeron en manos de los norteamericanos y de los franceses. A pesar de que Alemania respetó en general la Convención de Ginebra con las tropas apresadas de esas nacionalidades, Francia y EE. UU. no actuaron a la recíproca, provocando con ello la muerte por hambre, enfermedades o asesinato, de un millón de soldados ya desarmados. El clásico sobre este tema es la obra  Other Losses, del periodista canadiense James Bacque (Fenn Publishing Book, Bolton, Ontario, Canadá, 1999). Quienes quieran ampliar información sobre la cuestión pueden entrar en el siguiente enlace:
En el caso de los soldados alemanes que cayeron prisioneros de los soviéticos, las cifras son más confusas y, además, el carácter brutal del frente del Este, que llevó a ignorar la Convención de Ginebra por parte de los dos bandos (con idéntica responsabilidad política, siendo así que la URSS se negó a sumarse a la dicha convención, pero a posteriori sugirió a Alemania que se respetaran sus normas, propuesta que no obtuvo respuesta por parte del gobierno alemán) muestra un panorama tan caótico como desolador. Sin embargo, constituye una ingenuidad imperdonable pensar que si los alemanes hubieran acatado las normas humanitarias con los soldados del Ejército Rojo prisioneros, luego Moscú hubiera actuado en justa correspondencia. El régimen comunista era genocida ya mucho antes de la llegada al poder de Hitler y, no habiendo respetado los derechos humanos con sus propios compatriotas, difícilmente podía esperarse que lo hiciera con los miembros de un ejército extranjero. Además, si países “democráticos” como Francia o EE.UU. masacraron a los prisioneros alemanes, ¿qué no iban a hacer las autoridades de una dictadura totalitaria con unos invasores calificados además de fascistas, principal tipo penal conducente al Gulag? En efecto, según la legislación vigente en Rusia, todos los soldados alemanes eran criminales por el simple hecho de vestir el uniforme de la Wehrmacht. En consecuencia, los  millones de prisioneros alemanes exterminados por los soviéticos no se pueden banalizar poniéndolos en la cuenta de una “comprensible venganza”: este crimen representó la forma de actuar habitual e inherente al régimen comunista, que llevó erróneamente a los alemanes a no respetar los derechos fundamentales de prisioneros rusos contando con lo que les iba a pasar a los suyos cuando cayeran en manos de Stalin.

Las fuentes oficiales hablan de 3.000.000 de alemanes retenidos por la URSS, de los cuales 475.000 aproximadamente perecerían en los campos de concentración siberianos. Sin embargo, el centro de recepción de ex prisioneros de guerra alemanes en el Este sólo contabiliza en la posguerra 1.200.000 retornos, lo que deja abierta la interrogante sobre dos millones de estos soldados, desaparecidos de los cuales únicamente cabe sospechar lo que les sucedió. Sobre el número de prisioneros en total: http://es.wikipedia.org/wiki/Prisionero_de_guerra Sobre los retornos: http://de.wikipedia.org/wiki/Heimkehrerlager_Gronenfelde#Zahlen_der_Heimkehrer Parece evidente que si el número de prisioneros rebasaba los 3,2 millones y en la posguerra sólo volvieron 1,2 millones, el número de bajas no puede ser de 474.967 personas, como se pretende con todo desparpajo. ¿Qué pasa con los demás? Las cifras oficiales amparan descaradamente la sombría causa de los vencedores, quienes tampoco reconocen en los campos de concentración norteamericanos y franceses (auténticos antros de exterminio) cifras de pérdidas alemanas que vayan más allá de las 5.000 víctimas. Los asesinos han ocultado su crimen y han podido hacerlo porque, ¿quién se preocuparía por los alemanes y los fascistas? El control que el poder oligárquico sionista ejerce sobre los ciudadanos occidentales es tan completo, que sólo muy tardíamente, es decir, sesenta años después de la ominosa masacre, se han empezado a plantear algunas preguntas incómodas. Nosotros nos limitamos a reconstruir los hechos y a juntar piezas de convicción tomadas de aquí y de allá, de manera dispersa, llevando la evidencia resultante de la tremenda criminalidad “liberal-progresista” hasta sus últimas consecuencias. Excepción hecha del singular caso ruso,  aquéllo que, en efecto, conviene subrayar aquí, es que el régimen nacionalsocialista, una dictadura supuestamente identificada con la más absoluta inhumanidad, respetó los derechos humanos de los prisioneros aliados occidentales que sobre el papel se adherían  la Convención de Ginebra, mientras que, por el contrario, fueron los representantes de la cruzada contra el “fascismo” quienes exterminaron a los prisioneros bajo su custodia, vulnerando así los principios humanitarios que decían defender y que, según la propaganda actual, justificaron su causa como una “buena” guerra. Este dato resulta decisivo y constituye a estas alturas el punto de partida de toda consideración restrospectiva sobre el fascismo. Teniendo siempre presentes hechos similares, hay que juzgar los restantes genocidios perpetrados contra los alemanes por los vencedores de la Segunda Guerra Mundial como partes de un acto intencional unitario ordenado por el sionismo y enderezado al exterminio de un pueblo

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