“el arte de ligar “…. un raro libro de un “iluminado” “conspiranoico”?

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224 RAFAPALpewqno MEDIANO

 

 

    1. Parte II: El arte de la conquista
    1. El ligar sin ligar

Segunda parte de “El arte de ligar”

Por Rafael Palacios, RAFAPAL

http://www.rafapal.com

  1. A lo largo de la primera parte hemos analizado los métodos para ligar, para seducir a otra persona, para convencerla, en definitiva, de que a quien debería prestar atención y ofrecer sus favores es a nuestra persona y no a otra. De una u otra manera, de lo que hemos estado hablando es de las máscaras que podemos utilizar para seducir (de “engañar”, como decía el diccionario) a otra persona.

Como hemos visto, esa seducción que parte de la impostura es una maniobra que todos hemos aprendido a efectuar en una sociedad en la que la colocación de caretas y máscaras ha constituido una forma de relacionarnos, un modelo empresarial en toda la regla; y lo ha sido hasta tal punto que lo hemos asumido como normal. De acuerdo a ese modelo, cuantas más caretas logre colocarse una persona, más posibilidades de seducción tendrá, pues el abanico de posibles compradores de su producto (uno mismo) aumentará proporcionalmente. Valgan como ejemplos el mítico Casanova o el conde Valmont de las “Amistades peligrosas” de que hay técnicas para convencer: el ligar sería así, un tipo de marketing, una venta en la que uno mismo es el producto, que se ajusta a un mayor número de compradores. Si en eso, en la apariencia, reside lo que uno considera el triunfo, no hay duda de que algunas de las técnicas apuntadas en la primera parte resultarán atractivas para los lectores. Ahora bien, todo aquel que se coloque una careta, en cualquier situación de la vida, y específicamente, en el arte del cortejo, sabe que, a partir de ese momento, su relación con la otra persona quedará marcada por ella. Es decir, si la otra persona se enamora de esa careta, de esa máscara, demandará que nos la coloquemos constantemente porque es de ella, de la máscara, de la que se ha enamorado. En otras palabras, que nos obligará a ser otra persona, a desarrollar otra personalidad para recibir su aprobación, su cariño. Por el lado positivo, en el caso de que la otra persona haya conseguido sacar a la luz una faceta nuestra oculta que permanecía reprimida, esto redundará en una potenciación de nosotros mismos y de la pareja resultante. Por el contrario, en el caso de que las facetas que nos potencie sean imposturas, la imitación de un personaje, nos obligará a ser ese personaje, ese fantasma, todo el tiempo que pasemos con la otra persona. Las consecuencias de esto serán, de una u otra forma, violentas. En el caso de que estemos reprimiendo nuestra verdadera esencia, buscaremos en otro lado quien nos permita expresarnos tal y como somos (amigos, amantes) o, incluso, puede que acabemos odiando a esa persona que nos tiene “apresados”. De todo ello, resultarán relaciones, en mayor o menor medida, sadomasoquistas, es decir, que se sostengan sobre una dinámica perversa.

Toda esta exposición, como ha quedado reflejado a lo largo del ensayo, puede explicar muchas cosas. Explica, por ejemplo, lo poco que duran los matrimonios entre actores; muchos de ellos se enamoran del personaje que interpretan, es más, algunas de las personas que se casan con actores seguro que lo hacen, en alguna medida, enamorados del personaje que interpretaron en determinada película. Incluso nosotros mismos cada vez que hemos deseado a un personaje famoso es muy posible que nos sintiéramos atraídos por ese personaje y no por la persona, por su esencia. La vida de los actores es paradigmática del tiempo que nos ha tocado vivir; ellos llevan hasta las últimas consecuencias el tema de la máscara: quizás por ello se pusieron tan de moda las entrevistas a los actores en el tiempo del que nos ocupamos. Si recordáis, las preguntas más repetidas por los periodistas fueron:

-¿Cómo hiciste para meterte en la piel de ese personaje? ¿cómo te sentías? ¿te ha costado separarte de él?

En realidad, en esas preguntas están ímplicitas muchas reflexiones que todos nos hemos hecho: cómo encontrar nuestra verdadera esencia, ésa sin máscaras que un día dejamos atrás cuando nos introdujimos en el mundo de los adultos, el mundo del fingimiento, el mundo de Mátrix.

La respuesta es muy sencilla, a menos que seas consciente de que estás interpretando un personaje, que no te lo llegues a creer y te autoobserves actuando, ese personaje te acabará devorando. Pasó con Tarzán/Johny Weismüller, con Bela Lugosi/Drácula y les pasó a la mayor parte de las estrellas del show business (Michael Jackson, Prince, Janis Joplin, Marilyn, James Dean, etc, etc). Recuerdo una anécdota, relatada por un conocido locutor español, acerca del músico español, Enrique Urquijo, cantante del grupo “Los Secretos”, muerto a los cuarenta y tantos años de cirrosis, después de una vida depresiva, alcohólico y drogadicto, que le llevó a escribir memorables canciones; la vieja historia mil veces contada del rockero. Contaba el discjockey Diego Manrique que este afamado músico español nunca logró superar el complejo de que, cuando bajaba del escenario, las mujeres se encontraban con una persona “normal”. Las fantasías femeninas se desvanecían y él no era capaz de estar a la altura de lo que (pensaba) que ellas esperaban. Todo ello contribuyó a potenciar su pesimismo y su carácter autodestructivo.

A una escala mucho menor, algo así, la necesidad de bajar del escenario, nos ha pasado a todos, al salir del pub o la discoteca, de alguna u otra forma, y las parejas que han nacido de esas películas (sin comillas) han sido eso, culebrones. Si alguien se enamora de tu máscara, te volverás esa máscara. Es el precio del éxito. Michael Jackson, la máscara por antonomasia, lo sabe muy bien.

En esta última parte, nos proponemos ser un poco más arriesgados ¿es posible seducir sin máscara?, ¿es posible ligar sin colocar una barrera de por medio que nos proteja?

Tirarse a la piscina

En algunos de los capítulos anteriores, las llamadas tribus urbanas nos fueron sirviendo de ejemplo acerca de la evolución del cortejo. Vimos las influencias de las modas, las películas y los diferentes arquetipos femeninos y masculinos en nuestras propias costumbres, de cómo el hombre y la mujer fueron evolucionando a través de los personajes que escenificaron los mods, los rockers, los hippies, los heavys y el “buen rollito”. Dentro de la oferta existente, y en cada época concreta, cada uno se fue acomodando a aquella (im)postura que se correspondía más con su forma de pensar y sentir, con su esencia. De alguna manera, tras un tiempo ejercitándolas, esas máscaras ya nos pertenecen, son parte de nosotros, facetas de nuestra vida, pero no son nosotros, son juegos a los que hemos jugado que nos han permitido desarrollar facetas de nuestra personalidad. Así pues, no es necesario renunciar a ninguna de ellas, salvo que nos hagan daño, es decir, aquellas máscaras que nos automortifican y buscan reproducir modelos de conducta autocompasivos (el ejemplo del amor platónico puede ser bien descriptivo). Unificar todas esas máscaras, todos esos “yoes”, que hemos ido desarrollando a lo largo de nuestras vidas, debe ser la primera cuestión a alcanzar; ser el mismo/la misma en todos los ambientes que nos encontremos: completos. Es decir, ser capaces de utilizar todos los recursos que conocemos de nuestra propia personalidad donde quiera que nos hallemos.

La segunda debería ser encontrarnos a nosotros mismos, reencontrarse con el niño que fuimos, es decir, sin corazas ni defensas de ningún tipo, una empresa para la que hace falta tanto más trabajo cuantas más capas nos hayamos colocado encima; una auténtica labor de desprogramación mental. El objetivo es presentar el “material” (nuestra esencia), tal cual es: de nada sirve que una persona se enamore de alguien que no somos. Por el contrario, si alguien se siente atraído por nuestro verdadero ser, nos ayudará a explorar nuevas facetas de nosotros mismos. En eso consiste la no posesividad, las dos personas se convierten en compañeras de viaje en función de lo que de verdad son, y su camino llega hasta que ellos decidan, sin exigirle que ejerza de un personaje que no es.

La tercera, probar suerte de esta forma, internarse en esa jungla que hemos descrito anteriormente pero sin más defensa que nuestro propio ser. Veremos cómo podría ser esa nueva forma de ligar que ya muchos han comenzado a poner en práctica.

Una nueva propuesta de ligue

Lo dejamos perfilado cuando hablamos del rollo hippie y del buen rollito: la forma suprema de encuentro entre el yin y el yang es aquella que se produce sola, es decir, fluida, a través del propio magnetismo, de la propia ley de la atracción. Para algunos, la Ley por antonomasia que rige el Universo. Los chinos taoístas le llamaron el “no hacer” (wu wei), que no es la pasividad, como algunos podrían interpretar, sino la plena conciencia de lo que estamos haciendo, el 100% de nosotros sin voluntad de por medio, sino natural fluir. Descartaríamos así, de esta forma, cualquier comportamiento que haga forzar la situación, entendiendo ésta como lo cerebral, lo repensado, lo a destiempo, lo antinatural. Puede que alguien confunda este concepto con lo animal, con lo instintivo, con un arrebato pasional, pero no es de eso de lo que estamos hablando. Para explicar este terreno de lo sutil, en el mundo espiritual tenemos la palabra “fluir”.

El diccionario lo define como “correr de un líquido o un gas”. Es pues un concepto físico ligado a la naturaleza y tiene que ver con el recorrido que efectúan unas moléculas, siguiendo su camino más lógico, aquél donde encuentra el mejor espacio para expandirse.

En realidad, no es algo extraño, cuando de verdad se establece una comunicación (no solo amorosa, también amistosa) entre dos personas, una luz de confianza se enciende entre los ojos de ambas (entre los ciegos, esa luz se sentirá de otra manera, sin duda). La confianza, el saber que no hay juego (en el sentido perverso de la palabra, no en el lúdico que es muy necesario) de por medio, es la llave que el hombre utiliza para desafiar una situación aparentemente peligrosa, como es ponerse a hablar con una desconocida o profundizar en el interior de una amiga. La confianza, por el lado femenino, es la señal de que puede dejar entrar en su espacio a un extraño con pene. Esa confianza se activa por un fenómeno físico, magnético, de atracción natural, y que engloba a todas las atracciones que se pueden producir entre un hombre y una mujer (sexual, intelectual, amorosa, humorística, emocional y espiritual); la atracción se produce desde el espíritu, el cuerpo más sutil, lo que los hindúes conocen por el séptimo chakra.

Las señales para que se active este tipo de ligue se fundan en la mirada, de tal forma que, si no existe una comunicación visual sincera, es preferible no intentarlo; la ausencia de una mirada sostenida es sinónimo de falta de interés o incluso de autoconfianza por parte de alguno de los sujetos, y sin confianza no hay nada que hacer. Si alguien no cree en sí mismo, tú no vas a poder convencerle, lo máximo que podrás hacer será apoyarle en su trabajo para que recupere esa confianza. En el caso de los ciegos, el tacto o el sonido de la voz serán las señales a seguir. La sensación final es que no existe ninguna barrera, que todas las corrientes de comunicación entre el yin y el yang están abiertas.

Aprender a seguir estas señales tiene algo de mágico, y sólo podremos acceder a esa información cuando hayamos aprendido a detener nuestra mente para escuchar nuestra intuición que, como quedó dicho, es una inteligencia superior a la cerebral y no anterior, como es el instinto. Una vez más, habría que acudir a la física, y entender al ser humano como un compuesto de electricidad y magnetismo; el mecanismo de atracción entre los seres humanos estaría compuesto de esas dos leyes físicas. A la electricidad le correspondería la sexualidad, y al magnetismo, lo mental, la energía saldría del corazón e integraría ambas. Desde luego, los que estén en el camino del tantra también podrán identificar todas las atracciones anteriores, es decir, la sexual, la comunicativa (amistosa) y la amorosa, y lanzarse a una relación desde cada una de esas bases. Con este planteamiento, no debería haber lugar para discusiones porque no deseamos atraer desde el ego (desde la imposición de nuestra razón) sino que una fuerza superior nos estaría atrayendo mutuamente. Para que esto se dé, obviamente, el miedo no debería existir, pues el miedo es una emoción propia del ego, de la ansiedad por perder algo que creemos nos pertenece, en otras palabras, del apego, y en este juego no tenemos apego ni miedo porque hacemos simplemente lo que debemos, sin ego de por medio; seguimos el natural impulso del electromagnetismo.

De acuerdo a la tesis que mantengo, de no existir caretas entre los dos participantes, ambos, hombre y mujer, sentirán el mismo deseo, evitándose conflictos. Esta suposición, fundada en la experiencia de personas que han alcanzado este estado, se basa, una vez más, en los fundamentos del electromagnetismo, del cual estamos hechos, el proceso de atracción de los opuestos en la naturaleza funciona de una manera perfecta, así que, de alcanzar ese estado sublime, la ecuación se ha de realizar necesariamente entre hombre y mujer. El ligue sería así una cristalización más, en el sentido estrictamente físico-científico de la expresión.

En palabras humanistas esto se traduciría en que, si ambos, hombre y mujer, dejan atrás sus miedos (que nos disminuyen) y sus egos (que nos aumentan artificialmente) aflorarán los verdaderos yang y yin, que deberán complementarse porque su atracción será un fenómeno espiritual, físico y mental al mismo tiempo, provendrá de una fuente superior, que los englobe a ambos y que no se puede contradecir, porque es perfecta. Por supuesto que este concepto está claramente relacionado con el terreno de las creencias y, seguramente, es preciso haber llegado a una comprensión (experimental) de la Realidad Última, para admitirlo y, por tanto, para vivirlo.

Es preciso aclarar qué es eso de “no forzar la situación” porque, como queda dicho, alguno puede confundirlo con la pasividad, y nada hay más alejado. El concepto que propongo tiene más que ver con la no-acción que enseñan el taoísmo y el budismo. Cualquiera que haya practicado taichi puede tener nociones de a lo que me refiero, de cómo los movimientos se entrelazan con suavidad y determinación al propio tiempo, pero el fluir del agua puede ser mejor ejemplo. El curso de un río fluye por los lugares que le son más propicios, los naturales, pero en algunos momentos no le queda otro remedio que saltar desniveles o fallas y convertirse en cascada o catarata, es decir, es capaz de asumir riesgos cuando la situación así lo exige. Actúa dejándose llevar por la situación sin presiones ajenas, pero no se desvía de su camino, sino que el propio río es el camino, el lecho del terreno le indica por donde tiene que fluir y el agua se limita a regar los campos que así están señalados. La mujer sería de esta forma el campo, el terreno; y el agua, el líquido que lo riega, el hombre. Ella señalaría el camino y él lo recorrería. Ambos, juntamente, campo y agua, constituirían el río, pues el agua sin la tierra no sería tal y la tierra sin agua estaría seca. ¿En qué se traduciría toda esta poesía? Trataré de describirlo seguidamente.

Ejemplos del fluir

La principal diferencia con el ligue tal y como se ha entendido comúnmente hasta ahora, es que el nuevo cortejo no sigue ninguna pauta estereotipada, no se repite, no es un acto mecánico sino un acto creativo y singular. Nada hay más lejos de este no-método que el típico “¿estudias o trabajas?”. En realidad, no existe cortejo tal y como lo hemos explicado en la primera parte del libro. Es decir, no hay una programación para ello sino una predisposición para conectar con otro ser humano, distinto y complementario.

Al concebirse al ser humano como un ente perfecto en sí mismo, en paz con sus propios errores, ninguna fórmula preconcebida es mágica sino que la receptividad al propio momento se convierte en la llave. En otras palabras, nos volvemos creativos en todo momento, también en el amor, porque el ligue como acto de afirmación del ego desaparece. No tiene cabida porque ya no hace falta afirmarlo. Nos hemos fundido con el Todo y en el Todo aparece el alma gemela, pues la Naturaleza de la que estamos hechos, que funciona por la ley de la atracción magnética es perfecta y actúa de la misma forma que se atraen los imanes, “ocurre lo natural”. Así pues, para encontrar a esa llama gemela primero es preciso estar centrado en nuestro interior y sentir la confianza, la confianza de ser uno con el universo, en ese momento, comienzan a suceder los milagros. Ya no hace falta ocultar nuestros errores, ni potenciarlos (como en el ‘Woody Allen’ ni el ‘triste’ o el ‘maldito’), tampoco es preciso ocultar nuestras virtudes, porque sin el ego, no hay tampoco lugar para la falsa modestia.

Seguir los sueños

En este escenario, que a algunos podrá parecer irreal pero que muchos nos hemos dado el tremendo gustazo de vivir en esta vida, cualquier situación puede prender la chispa, en forma de mirada (los ojos se convierten en vitales de este nuevo ligue), sin depender de la hora del día, de la noche, o el día de la semana. Todos los días pueden esconder sus señales. En lugar de desconfiar de esa señal, como hasta ahora, la seguimos, sin necesidad de hacernos mil preguntas ni de lanzarnos a lo loco a por ella/él. La propia atracción de los complementarios hará propiciar la situación. Seguro. Y en ese momento, nos permitimos ser activos, es decir, dejamos que nuestro ser interno actúe. No existe el temor: ni a ser demasiado buenos, ni demasiado malos. Todo es perfecto. El miedo ha desaparecido porque no llevamos ninguna careta y la señal que nos han lanzado ha impactado en nuestro corazón. Vendría a ser como el flechazo de Cupido sólo que no hacemos planes ni fantaseamos acerca de lo que significará a largo plazo, simplemente vivimos. Puede que no sea más que una amistad, puede que sea sexo, puede que sean unos besos, unas palabras o puede que sea el alma gemela del largo viaje. En realidad, no importa, porque no vamos buscando nada. Lo que sea, será bienvenido. Y a ello no entregaremos.

Entregados al fluir, seguimos nuestros sueños, que ya son realidades, no creamos fantasías sino que las vivimos, no nos entregamos a la mente sino a la noacción, que es la verdadera acción. Nos decimos: “Si esto me corresponde hacer, lo hago”.

Mi amiga Mamen, ya en la cuarentena, recibió en un sueño que ese día encontraría al padre de su hija. Completamente convencida, se preparó para encontrar a su príncipe azul esa misma noche… sin resultados. A la mañana siguiente, fue a la reunión en casa de unos amigos y se encontró con el hombre que había estado esperando; lo reconoció en seguida, y viceversa. Se mostró convencida y se entregó a él confiada. La niña que nació de esa relación le dijo cuando aprendió a hablar, que había llegado para que nunca más estuviera sola…

La libertad se convierte en la fusión de hacer lo que nos da la gana y lo que nos dicta nuestra conciencia, la “obligación” y la voluntad se convierten en una sola cosa. Ambas se convierten en la misma cosa porque nuestro deseo nace del corazón y no del ego. Ante ello, la vida se vuelve múltiple, rica, holográfica, infinita. Cada momento, aunque sea repetido, adquiere matices sorprendentes. No repetimos las mismas acciones cuando conocemos a diferentes personas porque cada una de ellas es única. En definitiva, nos convertimos en dioses creando en todo el momento. El tiempo se convierte en Arte.

Los patrones de conducta estereotipados que hemos estudiado anteriormente se vuelven irrelevantes porque no los necesitamos. Como dice la sabiduría china, nos montamos en el tigre y nos fusionamos con él. Seguimos nuestros deseos, los genuinos, los que nacen de nuestra conexión con el infinito, por ello son todos son sagrados y los tenemos que saludar porque son la fuente de nuestra noacción.

En ese estado de cosas, todos nuestros comportamientos han de cambiar, desde el acto de besar, al de acariciar o el de escuchar y hablar. Cada cosa que hacemos es un acto de meditación, un acto de plena consciencia que nos produce un estado de orgasmo continuo, como estar viviendo nuestra película, la película que queremos protagonizar y no la que nos tienen preparada. El día y la noche dejan de ser mundos diferentes, más allá de la natural relajación que trae la noche y la actividad proclive a las horas solares. Nuestra personalidad no cambia de lunes a viernes ni de las vacaciones al trabajo, tan sólo la naturaleza, nuestra naturaleza cambia con las estaciones y los diferentes estados climatológicos. Nos fusionamos con la naturaleza.

En el nuevo cortejo no existe el miedo de entregarnos porque nadie nos puede hacer daño, aquella persona a la que nos entreguemos estará dispuesta a encajar con nosotros en la justa medida en la que nosotros lo estemos necesitando.

Por supuesto, ello no exime la risa, el juego se convierte en una risa entre dos, no en una serie de pruebas que uno coloca al otro, porque los dos juegan el mismo juego.

El Insistir

Hemos abordado este tema anteriormente, en el apartado “ligar en la tierra”. Allí, en la tierra, uno tiene que decidir si perservera, si se sobrepone a un “No” y sigue a su instinto. En el cielo, en este espacio idílico que nos atrevemos a crear, la insistencia, la perseverancia del varón estaría ligada a las pistas de la hembra, y la perseverancia de la hembra en dejar pistas estaría ligada, a su vez, en el instinto de que se merece esa espera, esa atención. Ya no hace falta elegir el momento sino que nos dejamos elegir por él.

El juego del insistir sería, únicamente, el espacio que ambos se dan para culminar una historia a la que se lanzan sin miedo. El tiempo que tarden en recorrerlo sólo servirá para aumentar todavía más el deseo.

En cualquier caso, el guerrero, ese guerrero que se ha propuesto esa batalla a medio plazo, no debería ir a ninguna batalla sin ser el 100% de sí mismo, de lo contrario, las dolencias acarreadas podrían sumirle en la tristeza, algo que le llevaría al odio hacia la otra. La mujer, por su parte, debería no meter presión ni hacer pasar por momentos complicados a quien no está preparado para ello.

Las cuatro direcciones y los cuatro elementos

En estos tiempos de igualdad, muchas mujeres (y muchos hombres) se preguntan por sus roles en el acto del cortejo. Como hemos visto a lo largo de este ensayo, la igualdad ha llevado a la parálisis en muchas relaciones que, como bien explicó el Tao hace miles de años, no se ponen en marcha si no hay un elemento dinamizador y otro receptivo. Si bien es cierto que la propia dinámica de la sociedad ha hecho que mujeres y hombres hayan intercambiado roles, con algunos aciertos, a la mayor parte de la población le ha supuesto un desgaste y un nivel de fracaso doloroso.

Desde el punto de vista de la sabiduría perenne, el papel creador del elemento femenino está en generar la oportunidad, en preparar el terreno para que el elemento yang, actúe. La mujer es la guía que lleva al marinero a buen puerto, y para ello ha de manejar (en el sentido benigno de la palabra) las cuatro direcciones y los cuatro elementos. Al norte, el niño interior; al sur, la pasión sexual; al este, la mente; y al oeste, la acción.

La sensualidad puede ser una buena pista para conducir al marinero, pero si se convierte en la única, se quedará en mera pasión sexual. Por ello, la fémina ha de conseguir que el marinero se ilusione como un niño, con inocencia; pero siendo así sólo, podría generar una relación noña, así que ha de meter la mente adulta en el asunto, pero no sólo, pues entonces la relación sería sólo intelectual. Así que debería también incluir la acción, el compartir actividades. Todo ello, desde el corazón.

Una relación del siglo XXI debe incluir el elemento agua (los sentimientos), el elemento fuego (la pasión), el elemento aire (la mente), el elemento tierra (trabajo, materia, dinero) y el quinto elemento, el éter, la parte espiritual.

También es posible que todos los gustos: dulce, salado, amargo, agrio y picante, que cada uno podrá identificar fácilmente con las diferentes emociones de las que se compone la vida. Atravesar cada uno de ellos puede ser una manera ajustada de establecer la duración del cortejo.

Los oráculos: el I Ching y el calendario maya

Por supuesto, que todas las suposiciones y cábalas que el enamorado haga acerca del estado de la amada y la causa de su estado de ánimo son sólo eso, suposiciones, hasta que ella quiera reconocer que ello es así. Obligar a alguien a confesar algo que no quiere sólo puede originar sufrimiento, así que no son recomendables las escenas pasionales tal y como se entendían antaño y se ven en las películas…

El enamorado, mientras tanto, entre visita y visita, ha de jugar en el terreno del tiempo y de las suposiciones acerca del estado de su amada. La espera se puede hacer eterna y puede generar numerosas dudas, debatiéndose entre la acción y la no-acción y más ahora que la mujer reclama su libertad… (“¿la llamo o no la llamo?”, “¿se agobiará?”). El hombre, por el hecho de serlo, tiende a la acción por naturaleza, con mayor razón si está enamorado. Lo que ocurre es que, como decíamos al principio, los roles hombre-mujer ya no están tan marcados como antaño, así que una actitud excesivamente masculina, en el sentido de “activa”, puede ser contraproducente. Así las cosas, el hombre también tiene que dominar el arte de detenerse… para volver a la carga cuando ella lo apruebe, es decir, ha de estar descansado, sin esperar nada, pero alerta al mismo tiempo. ¿Cuándo hacerlo?

Consultar los oráculos puede ser de gran ayuda.

La magia, en realidad, no es un remedio que nos ayuda sin que nosotros hagamos nada, como nos contaron. Los oráculos, por ejemplo, han de ser consultados con plena consciencia de la situación que vivimos y sólo en las ocasiones en las que, de verdad, necesitemos su apoyo. Al I Ching, por ejemplo, hay que llegar con la conciencia limpia, es decir, sin autoengaños y dispuestos a escuchar lo que nos diga. Las imágenes y sentencias del I Ching no nos dirán lo que tenemos que decir sino que nos ayudarán a ver mejor la situación, el momento en el que estamos, lo que, consecuentemente, nos ayudará a tomar la mejor decisión. Como libro sagrado que es, conviene no tomarlo a la ligera y consultarlo sólo cuando de verdad lo necesitemos. Como cualquier cosa poderosa, si nos pasamos, podemos desvalorizarlo. Dicho esto, te puede ser de una inmensa ayuda para saber si tienes que arriesgar o detenerte.

El calendario maya, o calendario 13 lunas, es otra gran ayuda pues nos conecta con la energía de cada día. Existen días para la realización, para dar forma, para iniciar un propósito, para la colaboración, para el cuestionamiento, el amor, el sueño, la intuición, el instinto… Si de verdad nos conocemos a nosotros mismos y somos plenamente conscientes del desarrollo de la relación, es decir, del relato completo, con sus tonos altos y sus bajos, es muy posible que nos ayude a tomar decisiones de acción o reposo en cada momento.

El Tiempo

El Tiempo, entendido como la espera hasta que consigamos aquello que anhelamos (la otra persona) es el principal enemigo del ligue. Por una razón muy sencilla: podemos echar por tierra la culminación de nuestro deseo en un futuro debido a nuestra ansiedad por conseguir nuestro propósito : “ahora o nunca” es todo lo contrario del modelo tántrico del ligue.

Planteando el encuentro entre opuestos como una operación que comienza con el DAR, es decir, con la proclamación sincera y a la cara (no valen escapismos cibernéticos) de lo que sentimos, dejamos la pelota en el otro tejado… y seguimos viviendo.

Sí. Así de claro y de rotundo.

Has dicho lo que sentías hacia el Yin y, entonces, dejas actuar a la Naturaleza. Todas las mujeres del Mundo (incluida aquella a la que amas) forman parte de esa Naturaleza, así pues, si no es ella (en ese momento) la parte Yin de esa Naturaleza te corresponderá de alguna forma.

Eso sí, puede que la respuesta no venga de la persona que esperas… Y sí de alguna otra parte….

El problema es que, ofuscado por El Tiempo, puede que no veas que la Naturaleza te está respondiendo.

Y, lo que es peor, con la rabia del momento en que no “correspondió” con tus deseos en aquella ocasión (otra vez, el Tiempo) no aceptarás que EL MOMENTO HA LLEGADO.

Siente que tu relación con ESA MUJER, es tu relación con LA MUJER, con la parte femenina de la Naturaleza.

Ofrece tus sentimientos a ESA MUJER en representación de LA MUJER, de la parte femenina de la Creación. No te ofusques si no es el momento.

Tú has hecho lo que deberías.

Ahora, siéntete alegre. La Naturaleza te va a corresponder.

Esa es toda la clave.

DA, y ábrete a Recibir… Pero tienes que estar atento: la recompensa puede venir por donde menos te lo esperas.

PD: Aunque nos quieran hacer creer que el Ser Humano busca su felicidad, los tiempos que corren, cargados de mensajes de miedo y desconfianza (sobre todo entre los sexos), inspiran más bien a salir corriendo cuando encontramos al opuesto que nos puede provocar la mística sensación de unión con el Tao, con el Todo. Por ello, es bien habitual que nos busquemos excusas, autoengaños, escapismos y hasta “alternativas” en las que nuestro corazón no se vaya a exponer tanto, para evitar romper el muro que nos atenaza y nos impide llegar a la Realización completa, la Plenitud.

Por todo ello, y dado que entre las buenas personas, la felicidad personal está interiorizada como un egoísmo (“con lo mal que está el Mundo, cómo voy a ser yo tan feliz”) es preciso encontrar una fórmula para deshacer nuestro autoengaño y superar el pánico que nos atenaza.

La fórmula secreta, la fórmula que ahora comparto contigo es ésta.

HAZLO POR LA HUMANIDAD.

Si te cuesta abrir tu corazón por ti, piensa que ese acto desinteresado que es exponer lo que sientes en lo más profundo de tu corazón, lo haces por el Bien de la Humanidad. Por su sanación.

No esperes resultados (aunque no te olvides de escuchar, no vaya a ser que…). Hazlo por el Planeta. Por su sanación.

 

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