La colonización de Europa ( 2)

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Hace unos días, autoridades españolas aparentemente “engatusadas” por Obama, (como Soraya respecto a Rajoy) han creído oportuno proponer que se haga una declaración en que se ponga de relieve los padecimientos sufridos en el pasado por los africanos negros que fueron enviados a América como esclavos. Lo interesante es que ya han surgido propuestas, por parte de intelectuales de raza negra que piden que España “pida perdón” por el trato dado a los negros en América.  Se argumenta incluso  que así como los judíos han recibido indemnizaciones, también los “pueblos de color” las deberían recibir.

El único  comentario sensato que merecen propuestas tan absurdas es que quienes tanta sensibilidad tienen hacia los “derechos” de las demás razas, ignoran que los pueblos de raza blanca o europea son, aparte de minoritarios en el mundo (somos menos del 5% del total de la población mundial),  los que han llevado su civilización a todo el planeta hasta el punto de que ese colosal y epopéyico esfuerzo debería llenarnos de  sano orgullo y no de culpa. El hecho de que se dé entre nosotros lo que G. Faye califica de enfermedad de “etnomasoquismo”  sólo demuestra que nuestras mentes están siendo “colonizadas” por criterios y valores hostiles a nuestra existencia física y a nuestra historia. Como detalle marginal, habría mucho que hablar sobre quiénes se lucraron y quiénes traficaron con el comercio de esclavos. Los musulmanes y ciertos prestamistas judíos no saldrían muy bien parados.

En todo caso,debido a este  fenómeno de culpa colectiva que padecemos desde 1945, quizás como consecuencia del resultado de la guerra mundial, conviene conocer la segunda parte de un arículo publicado por G. Faye en el blog debatimos (y  a cuya primera parte hicimos referencia recientemente en URANIA):

Contrariamente a la opinión de los islamófilos, el islam no es solamente una “fe universal”, como el cristianismo, sino una “comunidad de civilización” (“umma”) que tiende a la expansión. El proyecto implícito del islam en Europa es simplemente la conquista de Europa, como así lo estipula el Corán. Ya estamos en guerra, y los europeos occidentales no lo han comprendido. Los rusos, por el contrario, sí. Porque el islam es un vehículo de valores trascendentes que propone una doctrina individual y colectiva en la cual las normas superiores e intangibles se imponen a los creyentes, dando así un valor a su existencia (…), pero el islam no corresponde en nada al espíritu europeo. Su introducción masiva en Europa desfigurará la cultura europea más aun que el hecho de la americanización. Un dogmatismo reivindicado, una ausencia de espíritu faústico, una negación fundamental del humanismo (entendido como autonomía de la voluntad humana) en nombre de una sumisión absoluta a Dios, un rigidismo extremo de obligaciones y de relaciones sociales, un monoteísmo absoluto, una confusión teocrática de la sociedad civil, una reticencia profunda hacia la libre creación artística o científica, son los trazos incompatibles con la tradición mental europea, fundamentalmente politeísta.
Aquellos que creen que el islam pudiera europeizarse, adoptar la cultura europea, aceptar la noción de laicidad, cometen un grave error. El islam, por esencia, no aceptará ese compromiso. Su esencia es autoritaria y guerrera. (…) Dicho de otra forma, con la introducción del islam en Europa, se presentan dos riesgos: desfiguración o guerra.
En una primera etapa, el discurso del islam en Europa se hace relativamente tolerante. Los responsables musulmanes dicen “querer respetar las leyes de la República” y la laicidad, a pesar de que ello es totalmente incompatible con el Corán, pues allí no se acepta otro derecho mas que el derecho coránico, que también incluye el derecho civil. Se presenta con un mensaje que pertenece a la “estrategia del zorro” evocada por Maquiavelo.

Pero ya se elevan en Francia, como en Gran Bretaña, las voces que demandan para los musulmanes un derecho especial. Sus partidarios creen llegada la hora de afirmar estas reivindicaciones. Como veremos más adelante, el islam no revela jamás con franqueza sus intenciones a aquellos que considera enemigos, nosotros, los Infieles; este camuflaje es para ellos una obligación teológica y moral.

En un segundo tiempo, con el aumento constante de efectivos musulmanes por un vuelco del diferencial demográfico, los flujos constantes de inmigración, más la conversión de los autóctonos, Europa será declarada “tierra de conquista” por el islam, lo que constituye una revancha radical de las tendencias históricas de siglos pasados. Revancha contra las cruzadas y la humillación de la colonización, y conquista mediante un gran movimiento de expansión.

El islam es por esencia intolerante y su lógica es aquella, tan maquiavélica, de la utilización conjunta de la fuerza y de la astucia. La astucia se emplea siempre que los musulmanes son minoritarios y débiles, la fuerza, en el momento en que su dominación está asegurada. Es así que entre los inmigrantes árabe-africanos, el islam se piensa no como una religión de esencia espiritualista, sino como una autoafirmación étnica y de revancha frente a los europeos. Más aún que el cristianismo, hoy muy debilitado, el islam es la religión por esencia de la verdad revelada e imperativa, y, con una conciencia ciega, siempre se cree en su derecho y justifica todos sus actos, hasta la exacción, cometidos en nombre de su expansión y de la gloria de Allah.

Los europeos, ingenuos defensores del islam, cometen el error de no conocer ni interpretar el Corán como un bloque sincrético, como un texto globalmente lógico, antes que como un texto de “varias lecturas”, rico en interpretaciones.

Se subraya la “tolerancia y la fraternidad entre las religiones, la libertad de creencia” inscritas en los preceptos coránicos (sura II, 256); se insiste en el rechazo de todo integrismo y fanatismo, “el islam como comunidad del justo medio” (II, 143), o bien “el rechazo de la violencia en materia de religión” (II, 257). El islam estaría unido a la compasión y al perdón de las ofensas, no se debe responer el mal al bien (XLI, 34; XXIII, 96; XII, 22), o bien el islam estaría unido a la humanidad hacia los enemigos, que obliga a todo musulmán a darles protección (IX, 6). Estos versículos se contradicen con catorce siglos de comportamiento del islam, que privilegia la violencia siempre que las relaciones de fuerza le son ventajosas, que ignora el perdón y la compasión, que erradica o somete en ghettos a las otras religiones en los territorios que han conquistado, que no tolera bajo ningún concepto ni a los paganos politeístas ni a los ateos.

Estos versículos pacíficos son un engaño, una astucia. Teológicamente, en el Corán, son anulados por los versículos bélicos escritos con posterioridad, especialmente aquellos de la sura IV, sobre la cual hablaremos más adelante. (…)

De manera general, el islam no practica una política de paz y de tolerancia aparente sino cuando se encuentra en minoría. Varios países musulmanes, como Arabia Saudita, proscriben absolutamente la construcción de iglesias en sus territorios. La práctica de un culto cristiano está prohibida a los extranjeros residentes en el país. En la mayor parte de los países musulmanes, la entrada o la residencia de sacerdotes cristianos es casi imposible, y todo proselitismo está rigurosamente prohibido, bajo pena de expulsión inmediata. En Europa, el proselitismo musulmán está protegido y financiado (construcción de mezquitas) por los poderes públicos, confundiendo la laicidad con la ingenuidad. La regla de la reciprocidad que por siempre ha regido el derecho internacional no se corresponde aquí, y los europeos lo aceptan con toda naturalidad, en su demérito, esta regla del “dos pesos, dos medidas”, que a los ojos musulmanes no es sino un signo de debilidad y de claudicación, que justifica y legitima la “voluntad divina” de su movimiento de conquista etno-religiosa de Europa. En el espíritu del islam, el hecho de que los europeos no exijan a los países musulmanes la misma neutralidad laica, la misma libertad de culto que ellos practican hacia los musulmanes, significa aquí que “Los europeos saben que están en el error; ellos reconocen la superioridad del islam y ante la superioridad de Allah se postergarán ante nosotros reconociéndose Infieles y que es justo que sean para nosotros tierra de conquista”; estas palabras de un famoso imán egipcio fueron recogidas en el diario AI Ahram, de El Cairo

Los europeos ignoran los mismos fundamentos del islam, especialmente el cínico imperativo de las tres etapas de conquista:

En un primer tiempo, la comunidad musulmana instalada en un territorio extranjero, al encontrarse en minoría, debe practicar el “Dar al-Sulh”, la “paz momentánea”, para que los infieles, en su ignorancia e ingenuidad, permitan el proselitismo islámico en su propio suelo, sin exigir ninguna reciprocidad en tierras musulmanas. Es la etapa que vivimos actualmente en Europa, que hace creer que un islam laico y europeizado es posible.

En un segundo tiempo, cuando la implantación de la comunidad islámica está confirmada, entra en juego el imperativo de la conquista y de la violencia. Es el “Dar al-Harb”, donde la tierra de la infidelidad se convierte en “zona de guerra”, y en la cual toda resistencia a la implantación del islam debe ser aplastada, ya que su número suficiente hace posible que los musulmanes abandonen la prudencia de los primeros tiempos de la conquista. Esta es la fase que no tardaremos en vivir: ya estamos viendo las premisas.

La tercera etapa es aquella en la que los musulmanes acaban por dominar. Es el “Dar al-Islam”, el “reinado del islam”. Los judíos y los cristianos son tolerados como minorías, sujetos a un derecho inferior como “dhimmis” (“protegidos”) que les sustrae la mayor parte de sus derechos civiles; los paganos politeístas (“idólatras”) y los ateos son perseguidos, y toda la población debe someterse a las reglas sociales del islam. Los no-musulmanes no pueden beneficiarse de una posición social dirigente. En Marruecos, donde los cristianos eran tolerados y los judíos protegidos, ambos tienen ahora el mismo status de protegidos al finalizar el protectorado francés, aunque allí no se produjo ninguna guerra como en Argelia.

Para muchos actuales líderes islámicos mundiales, el objetivo declarado es imponer en Europa la ley del “Dar al-Islam”. Hablamos de un proyecto planificado, de una voluntad política puesta en marcha, ya que Dios así lo ordena. El islam es un universalismo absoluto y proselitista con vocación imperativa de conquistar toda la tierra. (…)

Los años sesenta conocieron la revitalización de la potencia islámica, al final de la colonización europea. Hoy estamos en los tiempos del contraataque.

El proselitismo cristiano desea imponer una fe universal, pero el proselitismo musulmán desea implantar una civilización, un modo de vida y una sumisión política. El islam no es tanto una religión, en el sentido espiritual del término, cuanto un imperialismo político y étnico con la voluntad de implantar en todos sitios una civilización intolerante en la cual los musulmanes dominarían a todos los demás, como el hombre domina a la mujer. Pretender separar, en el islam, la política de la religión es completamente vano; ambas no son sino una sola y la misma cosa.

Los sermones de los imanes en las mezquitas de nuestros suburbios, que los islamófilos de salón no han entendido jamás, apelan abiertamente a la conquista del suelo francés y al trabajo proselitista de conversión. Desde hace tiempo las noticias dan cuenta de ciertos imanes que predican directamente la violencia armada. Los curas, en su miserabilismo, hace ya tiempo que renunciaron a la conversión; en sus prédicas, al contrario, apelan al islam como una religión hermana, como un enriquecimiento. Cuando se piensa que el ecumenismo jamás ha funcionado con los protestantes y los judíos, ¿cómo imaginar que pudiera ser posible con el islam? Es la fábula del pastor que deja entrar en el aprisco a los lobeznos; cuando crecieron y se convirtieron en lobos ya era tarde. Los prelados y los hombres políticos harían bien en releer de cuando en cuando a La Fontaine.

La doctrina de la cohabitación de comunidades es inaplicable al islam, al igual que al comunismo. Los partidarios del fulard, de los derechos específicos al culto musulmán, de una cohabitación harmoniosa como una “piel de leopardo” según un confuso derecho a la diferencia, se equivocan de cabo a rabo. Porque el islam es visceralmente anticomunitarista y opuesto a todo derecho a la diferencia. Su monoteísmo absoluto le ordena reinar sin oposición sobe la sociedad conquistada. Intrínsecamente, el islam se piensa a sí mismo como la única comunidad legitima, la comunidad de los creyentes, que posee el monopolio de la existencia y de la expresión, y donde las otras comunidades no pueden beneficiarse sino de un status inferior de infieles y tolerados. Para el islam, una sociedad plural, tribal, caleidoscópica, es fundamentalmente impía; no es más que una transición para conseguir la dominación de una comunidad –la musulmana- sobre las otras, preludio para su eliminación o conversión.

Hoy día, los líderes musulmanes, en las sociedades europeas, juegan la carta de una coexistencia comunitaria, y proclaman sus sentimientos laicos. Pero no dejan de tener como objetivo a largo plazo la implantación de la “sharía”, la ley islámica. La aceleración de la historia demográfica llegará a convencer a los más escépticos.

Desde su punto de vista, los paganos politeístas tolerantes y comunitaristas sufren una ceguera total. Estos levantan la voz contra la intolerancia republicana jacobina que pretende imponer su modelo asimilador; se elevan contra el culto de lo Único y contra este culto defienden la coexistencia del islam. Pero, ¿Se han parado a reflexionar que el islam es la doctrina social y política más asimiliacionista que existe? ¿Saben que el islam es el más ardiente defensor de lo Único, que rechaza y refuta todas las diferencias? ¿Imaginan los defensores de el fulard en las escuelas republicanas que en los colegios coránicos de Francia las cruces, las estrellas de David, los martillos en miniatura, cualquier tipo de medallas y símbolos religiosos ajenos al culto musulmán están prohibidos sin apelación?

El islam funciona exactamente según el mismo principio totalitario que el comunismo. Al igual que éste, con sus doctrinas del proletariado como única comunidad, de la lucha de clases y del partido único, el islam tiene vocación de absorber todo el campo social y político. La visión de una sociedad de “libertad de comunidades” le es tan extraña como insoportable, tal como el multipartidismo lo es para el comunismo. Durante los años cincuenta, los comunistas tomaron la consigna de no hablar de la dictadura del proletariado y la conquista de la sociedad, tal como los islamistas esconden hoy sus verdaderos objetivos, hablando de multipartidismo y de libertad de opinión. El comunismo se derrumbó, y el PCP es hoy un partido socialdemócrata. Para en el islam, una mutación tal es imposible. Marx está desacreditado, pero no es el caso de Allah.

La idea comunitarista propone una hipertrofia de la tolerancia. Frente al islam hoy en día, el comunitarismo recuerda las ingenuas reivindicaciones de los liberales a los partidos comunistas de la Europa oriental. El comunitarismo es una ilusión liberal fundada sobre la existencia de que la cohabitación es posible. Pero cuando el otro no se entiende contigo y no quiere cohabitar contigo, entonces es muy posible que te imponga sus exigencias. (…)

Desgraciadamente, aquellos intelectuales o políticos que defienden al islam no le conocen. Ignoran su naturaleza teocrática según la cual todo Estado es ilegítimo si no se rige según los preceptos de la religión islámica. Para un musulmán no pueden coexistir una ley laica neutral y pública y una ley musulmana fundada sobre la fe y que se extiende hasta el dominio privado. (…) La fe y la ley son indisociables, lo cual significa que desde el momento en que la religión islámica deviene mayoría en un país, tal país debe abandonar sus costumbres legislativas y adoptar el derecho coránico. Si nada se le opone, si la lógica demográfica se consuma, el islam devendrá la religión mayoritaria en muchos países de Europa. Sería una estupidez pensar que entonces no pasaría nada…

Los europeos subestimamos la determinación islámica, su potencia y su peligro. Consideramos que son “una religión como cualquier otra”, que se inscribe en un “nicho”, como el judaísmo o el budismo, cuando en estas religiones no existe en absoluto la obligación del proselitismo. El islam no reposa sobre especulaciones, dudas, interrogaciones, abstracciones, sino sobre principios. Por definición, estos principios son intangibles. En tanto que los europeos carecen de principios se arriesgan a la vez a ser víctimas del islam y a estar fascinados por él. Para hacerse respetar ante los musulmanes habría que hacerles respetar los mismos principios intransigentes que ellos manifiestan. Conviene sobre todo no mostrar ninguna debilidad, ninguna tolerancia ante sus exigencias. Es necesario instalarse en posiciones determinadas; si no es posible una cohabitación con el islam que planea la colonización de Europa, habrá que pensar en su expulsión.

El genio del Corán no reside en su espiritualidad religiosa, que es casi inexistente, sino en constituir el mejor tratado de estrategia de conquista geopolítica de la humanidad. El Corán supera con creces las obras de Sun-Tzu, de Maquiavelo o de Clausewitz.

La mayor parte de los europeos no se han dado cuenta, especialmente los islamófilos y los inmigracionistas, y que ninguno de ellos ha leído jamás el Corán, ni habla árabe, ni han puesto jamás sus pies en país musulmán alguno, excepto quizás en los suburbios de Club Med, ninguno de ellos vive en una cuidad con mayoría musulmana. Para ellos, el islam, y toda la inmigración, son hechos abstractos, lejanos, simpáticos. Son gentes que viven una vida propia de las clases descomprometidas, virtual, alejada de la realidad; son gentes que se derrumbarán ante la realidad que se aproxima.

¿Qué nos depara el porvenir?, preguntaba Albert Kehl. “Un sobresalto de autoridad que traerá la calma, la obediencia a nuestras leyes, y por lo tanto el fatalismo instalado por un tiempo entre la población musulmana, el dejarse llevar, estallará en un punto de fanatismo declarando la conversión al islam o la condición de “dihimmis” de nuestro pueblo sobre nuestro propio suelo hasta los tiempos indefinidos. La única solución verdaderamente eficaz, la única digna para nosotros, pueblos de Europa, pasa por el retorno a sus países de origen de la inmensa mayoría de los islamistas”.

Se puede decir mejor, pero no más claro. Bien entendido, este género de propuestas es hoy considerado, en estos tiempos de neurosis etnomasoquista, como diabólico. No es perverso el permitir que el enemigo nos conquiste, pero es perverso que nos defendamos. Bien, seamos perversos.

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