tener identidad para dar sentido a la vida

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Juan Pablo Vitali publica en el manifiesto un artículo titulado “Reivindicar la identidad (…)”.
“Solo en los ciclos vitales de las culturas particulares, hay una significación profunda.

Las culturas son primero, luego vienen las relaciones. El pensamiento moderno juzga, empero, lo contario.”

Oswald Spengler

No poseemos ni siquiera el mero fundamento de una cultura, porque no estamos convencidos aún de estar provistos de una vida verdadera en nuestro interior.

Friedrich Nietzsche

Para mantener una identidad, debe existir el predominio de una cultura históricamente consolidada.

La identidad, es un patrimonio complejo, que recibe influencias y sufre transformaciones provenientes del exterior, o que son inducidas desde su interior, pero permanece fiel al acervo recibido, mientras la comunidad se mire en él, como en un espejo de conocimiento de sí misma.

La aceptación de influencias, está siempre sujeta a una discriminación, a la previa distinción de lo que se considera positivo, y de aquello que se considera negativo.

Hay que tener una identidad, para saber qué es compatible con nuestra personalidad, con nuestros valores y los de nuestra comunidad.

No discernir afinidades es no tener cultura.

Sólo cuando una cultura ha llegado a su final Lo igual e indeterminado puede avanzar destruyendo identidades que se forjaron por milenios.

Porque los hombres de una cultura en su etapa final ya no saben qué enriquece y qué destruye, qué fortalece y qué debilita, qué es compatible y qué no lo es. Prefieren no hacer ese esfuerzo, porque han llegado al final de su impulso vital. Cuando el núcleo profundo de una identidad ha dejado de funcionar, ya no hay discernimiento, sino sólo aceptación de lo ajeno.

Esa aceptación indiscriminada de lo ajeno, es la base de la ideología dominante.

El estado de anemia y de debilidad cultural también es propio de esa ideología, pero sólo para imponerlo a las grandes culturas, a las que han tenido o pueden tener todavía pretensiones trascendentes. En cambio, se protegen las identidades si son primitivas, o si resultan de ayuda para señalar a las culturas elevadas como opresión retrógrada, oscurantista o racial.

Así se dirige la “geopolítica cultural” del mundo. Es una dialéctica simple, que sólo puede utilizarse cuando se ha vaciado a los hombres de criterio y sobre todo –como en la novela de Orwell– cuando se está en posición de cambiar el pasado con total impunidad.

Este proceso afecta profundamente a la cultura europea, porque está dirigido principalmente contra ella, como cumbre de un milenario proceso cultural, producido por un tipo de hombre, comúnmente llamado indoeuropeo.

Esa identidad cultural –la nuestra– ya muy debilitada en la misma Europa, está presente también en toda América, Australia, y aún en África y en Asia, y es la única que podría oponerse, de conservar su fuerza vital y volviendo a sus raíces, a la ideología de la indiferenciación global, porque es la única que ha dado al hombre, en tanto persona, la altura adecuada para enfrentarla.

Por eso, cuando el hombre europeo reclama su identidad, se habla de racismo, y cuando todos los demás reclaman su identidad, se habla de la justa reivindicación de derechos conculcados.

No cabe duda, la indiferenciación de lo culturalmente superior es uno de los requisitos previos e indispensables para la dominación.

 

 

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