LA MUJER, LA OTRA MITAD DEL HOMBRE

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“La mujer y el sexo de los ángeles” es un artículo en el que Pedro Rizo demuestra que la mujer no es la antagonista del varón –como hace creer el “feminismo” y las “ideas modernas”–, sino que con el varón forma la pareja humana. Lo que sigue es un párrafo de dicho artículo, publicado el 9 de dic. de 2007 en EL MINUTO DIGITAL:

Yo encuentro que la mujer, en igualdad de origen y educación, es mejor criatura que el hombre; más sutil, delicada, receptiva e intuitiva; más capacitada para la abnegación y más preparada para pisar tierra firme, lo cual no la priva de idealismo. El hombre es más creativo, más desvalido y, por tanto, más audaz en su fuerza y enfrentamiento con la supervivencia y el dominio de su entorno, lo cual no le impide sentir lo espiritual. La Iglesia, en virtud de la Nueva Alianza que representó Jesucristo (Jn 19, 26-27) fue la primera institución que se rebeló contra la marginación de la mujer que en la Antigüedad no era mucho más que un recipiente procreador y en cuanto al amor se la desechaba para preferir los efebos, lo cual para Platón era el amor más generoso ya que de él no se esperaba descendencia. Caradura aberrante que ignora el objeto de la genitalidad y se queda de guagua con el premio; esto es, lo que los antiguos llamaban lascivia. Por su naturaleza de esposa y madre la mujer conserva la especie y blinda a la sociedad por la creación y gobierno de la familia, donde el hombre es un bruto que se humaniza a través de la experiencia en su regazo. Enorme, imprescindible experiencia vital es la mujer para el hombre, criatura que Dios creó sola y corrigió con la compañía de Eva. De ella empezamos a beneficiarnos en el habitat natural de su vientre, cuando nos alimenta a sus pechos, maravilla desde cualquier perspectiva que se estudie; cuando nos asea acostumbrándonos de niños a la limpieza; cuando llena de besos al bebé que fuimos, “alimento” irreemplazable para nuestro desarrollo; mientras mece la cuna, de sus labios tomamos “inconsciente conciencia” de que Dios existe; de su amor por el esposo se infunde en el hijo el amor al padre. Todo eso y más nos llega de la mujer en diferentes grados, según el rango de su entorno y clase. Ellas, me refiero a las cristianas, desde niños hasta ancianos nos disponen un hogar acogedor, nos cuidan en la enfermedad, son durante toda la vida la amistad serena del alma… y la pasión unificadora que parece fruta que jamás caduque. Y – no sé por qué no lo dije ya -, nos regalan nuestra sucesión en los hijos, única reencarnación filosóficamente aceptable. Dios quiso tanto al hombre que les mandó del cielo el enamoramiento y con ello el don de sacarnos cualidades “olvidadas y cubiertas de polvo”. Pienso que el que las ofende quizás sea porque sólo trató con mujeres heridas que odian al hombre por torpe instinto de conservación. Para conocerlas lo mejor es amarlas: como hijos, primero, y como hombres, después. Y si en el tráfico de sentimientos nos tienta el culparlas de nuestros males, leamos las redondillas de Sor Juana Inés de la Cruz y examinemos si escondemos subconscientes turbadoresr. Jesús dijo que “la dureza de corazón de los hombres de la Antigua Ley” relegó a la mujer a condición denigrante. (Mt 19, 5-8)

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