EVA, La OTRA MITAD DE ADAN

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Copiamos esta apología de la mujer por ser la “otra mitad” que con la mitad masculina forman al ser humano, o simplemente “hombre”, palabra que en latín antiguo, como en hebreo, designa tanto al varón como a la varona.http://www.minutodigital.com/articulos/2007/12/09/pedro-rizo-la-mujer-y-el-sexo-de-los-angeles-i/

Se trata de un artículo titulado “La mujer y el sexo de los ángeles”, publicado en www.minutodigital.com  y cuyo autor es Pedro Rizo:

Tiempo atrás recibí un e.mail denigrando a la mujer. Mi remitente se amparaba en autores anacrónicos con respecto a la madurez de la civilización cristiana, incluso si para estos tiempos de decadencia. Vean seguidamente los menos ofensivos:PITÁGORAS: “Hay un principio bueno, que ha creado el orden, la luz y el hombre, y un principio malo, que ha creado el caos, las tinieblas y la mujer”. SAN JUAN DAMASCENO: «La mujer es una burra tozuda, un gusano terrible en el corazón del hombre, hija de la mentira, centinela del infierno, ella ha expulsado a Adán del Paraíso». “SAN” TERTULIANO, “PADRE DE LA IGLESIA”: «Tú eres la puerta del demonio; eres la que quebró el sello de aquel árbol prohibido; eres la primera desertora de la ley divina (…)» SAN AGUSTÍN: «El marido ama a la mujer porque es su esposa, pero la odia porque es mujer.»

Las fobias a las mujeres suelen venir del miedo al sexo contrario, válido también de ellas hacia el hombre, es decir, provienen de una falta de evolución pre-adulta. Si se trata de un casado, de la inconsciente protesta contra deberes imprevistos, o ante una esposa más inteligente de lo esperado. En general, la beligerancia se nos despierta por el deseo de posesión, que no es egoísmo sino el miedo a amar. Los pensamientos que escojo de mi remitente, que canoniza a Tertuliano y selecciona autores de muy variada condición, merecen alguna apostilla. Destaca la muestra de San Agustín, del que selecciona lo que le parece sin tener en cuenta la cultura de la época (s. IV), su historia personal (estuvo sujeto a una amante absorbente), o la evolución de su pensamiento (fuertemente atrapado en el maniqueísmo). Si es verdad que el de Hipona no era partidario del matrimonio, la cita propuesta debe ajustarse a su contexto cuando el santo opinaba que un «buen cristiano ama en una misma mujer a la criatura de Dios […] y odia la unión corruptible y mortal; es decir – sigue el santo -, ama en ella lo que es humano, y odia lo que es animal.» Un poco corto, pero una distinción alma-cuerpo con la que todos gozamos y sufrimos en permanente duplicidad de atractivos. (Gal 5, 17) Aunque, así lo creo, peligrosamente anticipado al jansenismo, quizás por ese maniqueísmo de los dos principios divinos: el Bien personificado en lo humano – que es la unión de alma y cuerpo -, y el Mal, representado en el cuerpo – el soporte animal de lo humano -, al que considera separado de la criatura humana.

La valoración de la mujer, su defensa, es medalla que sólo merece esta civilización nuestra, todavía cristiana, pues que no fue Grecia ni Roma sino la cultura infundida por la Iglesia católica lo que tras siglos de educación colocó a la mujer en el lugar alcanzado – hasta ahora -, en nuestras sociedades. Miren el resto del mundo y no encontrarán otro caso como el del Occidente salido de la fe y culto a Jesucristo. (Recordemos que “cultura” se deriva de “culto”, es decir, de una religión.) Consideren qué es la mujer en todas las culturas ajenas a “lo católico”, desde la sumeria, babilónica, egipcia, persa, fenicia, judía… hasta los pueblos del Oriente chino, indochino, japonés, mogol y el tapiz salvaje de la negritud africana, o las religiones indo-brahamánicas, el Islam, los lamas, la simplicidad de los aborígenes americanos. En todos, excepto casos irrelevantes, la mujer fue y sigue siendo, algo parecido a un instrumento un poco más útil que un animal o un esclavo. El pensamiento griego y la organización romana tampoco son ejemplo de respeto femenino, hasta que se bautizaron cristianos. Es indiscutible por evidente. Intentemos, pues, una apología de la mujer ya que en la misma Iglesia, y en ella algún fundador que rebajó el matrimonio a la clase de tropa, se ha pecado mucho en este renglón.

Yo encuentro que la mujer, en igualdad de origen y educación, es mejor criatura que el hombre; más sutil, delicada, receptiva e intuitiva; más capacitada para la abnegación y más preparada para pisar tierra firme, lo cual no la priva de idealismo. El hombre es más creativo, más desvalido y, por tanto, más audaz en su fuerza y enfrentamiento con la supervivencia y el dominio de su entorno, lo cual no le impide sentir lo espiritual. La Iglesia, en virtud de la Nueva Alianza que representó Jesucristo (Jn 19, 26-27) fue la primera institución que se rebeló contra la marginación de la mujer que en la Antigüedad no era mucho más que un recipiente procreador y en cuanto al amor se la desechaba para preferir los efebos, lo cual para Platón era el amor más generoso ya que de él no se esperaba descendencia. Caradura aberrante que ignora el objeto de la genitalidad y se queda de guagua con el premio; esto es, lo que los antiguos llamaban lascivia. Por su naturaleza de esposa y madre la mujer conserva la especie y blinda a la sociedad por la creación y gobierno de la familia, donde el hombre es un bruto que se humaniza a través de la experiencia en su regazo. Enorme, imprescindible experiencia vital es la mujer para el hombre, criatura que Dios creó sola y corrigió con la compañía de Eva. De ella empezamos a beneficiarnos en el habitat natural de su vientre, cuando nos alimenta a sus pechos, maravilla desde cualquier perspectiva que se estudie; cuando nos asea acostumbrándonos de niños a la limpieza; cuando llena de besos al bebé que fuimos, “alimento” irreemplazable para nuestro desarrollo; mientras mece la cuna, de sus labios tomamos “inconsciente conciencia” de que Dios existe; de su amor por el esposo se infunde en el hijo el amor al padre. Todo eso y más nos llega de la mujer en diferentes grados, según el rango de su entorno y clase. Ellas, me refiero a las cristianas, desde niños hasta ancianos nos disponen un hogar acogedor, nos cuidan en la enfermedad, son durante toda la vida la amistad serena del alma… y la pasión unificadora que parece fruta que jamás caduque. Y – no sé por qué no lo dije ya -, nos regalan nuestra sucesión en los hijos, única reencarnación filosóficamente aceptable. Dios quiso tanto al hombre que les mandó del cielo el enamoramiento y con ello el don de sacarnos cualidades “olvidadas y cubiertas de polvo”. Pienso que el que las ofende quizás sea porque sólo trató con mujeres heridas que odian al hombre por torpe instinto de conservación. Para conocerlas lo mejor es amarlas: como hijos, primero, y como hombres, después. Y si en el tráfico de sentimientos nos tienta el culparlas de nuestros males, leamos las redondillas de Sor Juana Inés de la Cruz y examinemos si escondemos subconscientes turbadoresr. Jesús dijo que “la dureza de corazón de los hombres de la Antigua Ley” relegó a la mujer a condición denigrante. (Mt 19, 5-8)

En el libro del Génesis podemos advertir que el hombre, por más que presuma de primogenitura, ni siquiera supo ejercer esa supuesta autoridad. Adán aceptó la propuesta de Eva en la primera edición de calzonazos que se registra. Quizás, no lo olvidemos, porque ella era parte de su identidad y seguirla, incluso en el error, fue misterio de solidaridad hacia la especie. Fue a través de una mujer que se iniciaron hechos de infinita y “teológica” trascendencia como que, si bien bajo un árbol nos enfrentamos a Dios, por el contrario fue por una doncella de estirpe real, otra mujer, que pudo iniciarse el rescate del género humano tras aquellos eternos minutos previos al sí de la Anunciación. No sé yo si separados – Eva expulsada por instigadora y nosotros dando nombre a los dinosaurios – habríamos soportado el tedio de no pelear media vida por y con ellas y descubrir que nos quieren hasta cuando nos odian. Mark Twain imaginó a Adán poniendo en su tumba este epitafio: “Donde quiera estuvo ella, estuvo el Paraíso”.

La “manzana” y el pecado.- Mucha novelería rodea a la famosa manzana ideada por los pintores flamencos y renacentistas; más en particular desde que se impuso el celibato para el clero católico. Hasta el punto de que parezca ser solamente una figura condenatoria del amor humano, reducido a sólo sexo y éste, encima, vilipendiado como si no fuera un don que Dios nos entregó ya en la misma edad de la inocencia. Crecer y multiplicarnos no era posible por el solo perfume de las flores. Adán y Eva fueron criaturas nuevas y singulares, compuestas de espíritu inmortal en un soporte de carne; nuestra unión con ellas es una aleación -cuerpo y alma, hombre y mujer – que supera la función cooperadora con gratificaciones que el sexo a solas no puede dar. Así, igual que el instrumento no peca sino la errónea intención de su uso, no hay sexo malo si respeta sus funciones y el amor que lo enciende. Debemos señalar la gran mentira que presenta la nueva cultura materialista, pues que, contrariamente a lo que se nos propone no hay relación sexual que valga la pena sin amor espiritual.

Sobre la prohibición hacia el árbol del Génesis oí decir hace algunos años al titular de una parroquia muy famosa del noroeste de Madrid, que nuestros primeros padres cuando tomaron el fruto del Árbol de la Ciencia “robaron la inteligencia”. ¿Será el referente de la formación de la nueva Iglesia? Porque lo dijo un alumno de la sobre-prestigiada escuela de la Santa Cruz y el Opus Dei. Sin duda, este pasaje básico de las Escrituras sigue siendo poco estudiado. Lo que hemos sabido siempre sobre el árbol “de la Ciencia del Bien y del Mal” es que en él Dios se reservó el derecho a decidir qué es el Bien y qué el Mal y, por ende, creer que Dios nos quiso tontos es una blasfemia. ¿Para qué mandarnos que domináramos la tierra si es tarea que supone facultades portentosas? Es muy obtuso pensar así de Aquél de cuyo aliento recibimos la vida y el alma y nos distinguió del resto de las criaturas. No sólo no nos prohibió “ser inteligentes” sino que nos proporcionó unas facultades que de no haberlas perdido nos habrían facilitado mucho la vida y nuestra relación con Él.

Por tanto, el pecado fundamental de la criatura hombre fue otro distinto al uso del sexo y en absoluto “robar la inteligencia”, vaya bobada. El error de nuestros primeros padres, el pecado capital de todos los capitales, fue sin duda el que se apunta: querer igualarnos con Dios. Un pecado que surge evidentemente del desamor, de la ingratitud hacia Dios, que es un dios celoso. El Mentiroso engañó a nuestros padres y sigue haciéndolo cuando queremos ver otra cosa diferente a lo que Él nos reveló, principio y base del ecumenismo modernista. El resto de los pecados son reediciones de bolsillo que, antes que a Dios, nos hacen daño a nosotros mismos; en cada pecado llevamos la penitencia. Por ejemplo, la gula, la ira, la pereza y la lujuria nos animalizan; o el robo, la envidia, la codicia y el asesinato nos aniquilan socialmente. De aquí se desprende que Dios con sus leyes miró antes nuestro bien que su imperio. Así su Hijo lo subrayó llamándole Padre, y San Juan le definió con la palabra: Amor. (1 Jn 4, 8; 4, 16)

Despreciar a la mujer… Pero qué imbéciles. Es tirarnos piedras a nuestro tejado, es despreciar a Eva y a María, otro más de los antagonismos dialécticos, lucha de clases, pauta progre que todo lo tergiversa. Por eso quieren ver en la Escritura antigua una enemistad entre la mujer y el hombre, como dice “San” Tertuliano, en lugar de entre la mujer y la serpiente que es lo que dice la Biblia (Gn 3, 15).

 

 

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