ENAMORARSE…¿ ES SUFRIR?

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En el suplemento dominical El Semanal se puede leer la respuesta que da a una lectora Eduardo Punset, autor de
“El viaje al amor”.

¿Qué lector hombre no ha experimentado la frustración que causan las reticencias y aplazamientos consecutivos –la promesa de otra cena o de un café dentro de una semana– de la pareja potencialmente enamorada? Esta actitud femenina que rebota en la mente del seductor presenta claros perfiles evolutivos: se trata de la precaución lógica de quien tiene mucho que perder en una inversión precipitada y, también, de la mayor componente mental de la libido femenina. La fase temprana del amor se asemeja a una montaña rusa hormonal, con subidas y bajadas bruscas que inducen los distintos estados necesarios para que una buena relación pueda estabilizarse más adelante. Un encuentro afortunado genera ansiedad porque, aunque se pueda haber iniciado el proceso amoroso y postergado la aversión a extraños, tampoco se quiere, de entrada, dejarse arrollar por ese amor. Las personas enamoradas arrojan índices de cortisol más elevados, reflejando así el estrés que producen los estímulos asociados a los inicios de una relación. Como explico en mi último libro El Viaje al Amor, hace falta un nivel moderado de estrés para iniciar un vínculo. El amor es un arma de doble filo. Enamorarse y ser correspondido nos hace sentir bien, eufóricos, obsesionados con el otro. Hay de qué alegrarse; lo que empezó por una sensación de placer en la mente fustigada por un estímulo exterior se ha transformado en una emoción de amor en toda la regla. Tanto es así que, a menudo, da la impresión de que uno ha caído en un estado parecido al de las conductas obsesivas. La diferencia radica en que, en éstas, la obsesión se manifiesta en alteraciones de conducta, mientras que el enamoramiento cambia, sobre todo, el pensamiento: sólo se piensa en la persona amada. ¿Quién no se reconoce en una situación como ésta, característica del flechazo improvisado? Es algo químico y repentino, pero ya tiene todo el potencial del amor absoluto. No se debe subestimar el conocimiento inconsciente asimilado por la amígdala –el órgano cerebral rector de las emociones– durante millones de años, pero no es, obviamente, el momento adecuado para la calma. Descienden los niveles de serotonina. Surge a la vez un rechazo a dejarse arrastrar por estímulos nuevos que trastocan compromisos ya adquiridos. Sube la concentración de vasopresina, una de las dos hormonas, con la oxitocina, del amor. Se ha sugerido que las preferencias mostradas por una pareja determinada se deben a los circuitos de la vasopresina que, de algún modo, conectan con los circuitos de la dopamina, la hormona del placer, por lo que un organismo asociará a una determinada pareja con una sensación de recompensa.¿Quién gana o pierde la partida? Tiene más probabilidades de ganar aquel de los dos en la pareja que sea consciente de cabalgar en una montaña rusa y sepa esperar a que suene el silbato del final de esta vuelta para reiniciar conjuntamente el camino después de la tormenta hormonal. La realidad, sin embargo, es muy otra. Nuestros antepasados han pasado por trances parecidos sin la información de que disponemos hoy sobre circuitos cerebrales y hormonas. Tuvieron que inventarse un código de los muertos, que hemos heredado y que sigue orientando las conductas de la mayoría.Quizá, ha llegado el momento de contrastar si todas las recetas que les sirvieron a ellos son aún válidas en el mundo actual. La verdad es que el desamparo y el sufrimiento de la gente de la calle contrasta con los fines evolutivos bien intencionados de las hormonas y de los circuitos cerebrales.
Eduardo Punset

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