Si para el párroco de un pueblo de Cantabria abolir la tradición histórica y quitarle la espada a Santiago apostol es un “simbolo de aplastar la violencia” es que no es consciente que su gesto de desarmar a Santiago, “el hijo del Trueno” (¿Suena algo belicoso, no?) es un supremo acto de violencia.
Desde aquí sugerimos que también despoje de su látigo a Jesus de Nazareth cuando lo enarbola para arrojar a los mercaderes del templo. Añade el citado párroco que el cristianismo manda “no matar”. Se olvida de señalar que ese mandato no concierne ni a la legítima defensa ni a la guerra santa o cruzada en defensa de la Cristiandad, ni tampoco a la pena de muerte cuando está justificada. Si él considera que la Iglesia se ha equivocado durante dos mil años, es su opinión y su problema.
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